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sábado, 22 de septiembre de 2012

Dom 23.9.12 ¿De qué hablábais en el camino? Los que corrigen a Jesús



Mc 9, 33-37. Domingo 25, tiempo ordinario. Marcos recoge el ev-angelio (buena nueva de Jesús) y el dis-angelio (mala nueva) de algunos de sus discípulos que quieren invertir su proyecto, desandar su camino.
Jesús dice: Vamos a Jerusalén para entregar la vida, de manera que los niños y los pobres puedan vivir. Sus discípulos, en cambio, piensan y dicen: Vamos a Jerusalén para ver cómo podemos mandar; lógicamente, entre ellos surge la disputa por saber quién será el primero.
El evangelio de Jesús es un proyecto y camino de liberación gratuita, concreta de los hombres. El dis-angelio de sus discípulos es una disputa organizada con razones sacrales para ver quiénes ocupan los primeros puestos.



Jesús resuelve el tema de un modo teórico (diciendo que quien quiera ser primero ha de hacerse servidor de todo), pero sobre todo de un modo práctico: Poniendo en el centro a los niños y añadiendo que el Reino de Dios sólo es posible allí donde los importantes son los niños.

PD 1. Éste es un evangelio tierno y emocionante… pero debe sonar como dinamita en un mundo como el nuestro donde cada día mueren más de 50.000 niños de hambre, porque nosotros (los grandes) seguimos discutiendo sobre quiénes son (somos, hemos de ser) los primeros.

PD 2. Éste es un evangelio tierno, emocionante… pero suena como trompeta apocalíptica en un mundo (una Iglesia) donde seguimos utilizando a los niños en función de ideales sociales o sagrados, a través de diversos tipos de pederastias o paido-fobias, construyendo un mundo en el que millones de niños no podrán vivir en comunión afectiva, en esperanza de vida. Buen bien de semana. Siga quien quiera entrar en el texto de Marcos.

Texto: Mc 9, 33-37

(a. Introducción).33 Llegaron a Cafarnaúm y, una vez en casa, les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino ?34 Ellos callaban, pues por el camino habían discutido sobre quién era el más grande.
(b. Sentencia básica) 35 Y sentándose llamó a los Doce y les dijo: Quien quiera ser primero, sea último de todos y servidor de todos.
(c. Aplicación)36 Luego tomó a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: 37 Pues quien acoja a uno de los niños como estos éstos en mi nombre, a mí me acoge; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino a Aquel que me ha enviado.


9, 33-34. Introducción. Habían discutido en el camino

33 Llegaron a Cafarnaúm y, una vez en casa, les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino ?34 Ellos callaban, pues por el camino habían discutido sobre quién era el más grande.

Éste es un ejemplo claro de “disonancia” evangélica. Jesús dice una cosa, pero Pedro y los Doce entienden otra. Ellos avanzan con Jesús, y el mismo ritmo del camino (están en tê hodô, van a Jerusalén, lugar del cumplimiento mesiánico) les lleva a prepararse, preguntando quién es más grande, pues el Reino debe implicar grandeza para sus portadores, es decir, un tipo de dominio sobre los demás.

Estando ya en casa, Jesús les pregunta sobre el tema del que habían discutido (dielogisesthe), pero ellos “callaban” (esiôpôn), porque se avergüenzan de aquello que habían discutido en el camino. Nos hallamos ante un proceso de ocultamiento. Jesús les habla abiertamente, pero ellos conspiran a su espalda. No conocen (no comprenden) lo que quiere Jesús, pero saben bien lo que ellos quieren. Por eso callan ante él.

--Han podido hablar de las implicaciones de su gesto (dejarlo todo y seguir a Jesús). Se les ha pedido mucho. ¿Qué se les dará? Supongamos que son padres de familia, que han dejado a sus mujeres y a sus hijos para asumir de un modo más directo el proyecto de Jesús. ¿Qué pasará con ellos y los suyos? ¿Qué ventajas podrán obtener del camino de Jesús? Por otra parte, posiblemente, Jesús les parece cada vez más “obsesionado” por el posible fracaso externo de su movimiento.

--De manera consecuente, ellos discuten sobre quién es (o ha de ser) el más grande (9, 34). El tema de la discusión podría personalizarse, diciendo que han surgido envidias, deseos de liderazgo, disputas sobre privilegios. Suele suceder. Jesús no es dictador, no impone su dominio por la fuerza; lógicamente, su movimiento tenderá a escindirse en grupitos de influjo o prestigio (como sabe la historia de los israelitas: cf. Núm. 14 y 16).

Pero también puede tratarse de una discusión de principios: precisamente allí donde Jesús, partiendo de su propia utopía sentimental, poco ajustada a la realidad, parece haberse inhibido (no organiza el poder) tienen que hacerlo ellos, sus discípulos, y por eso quieren corregir y mejorar su proyecto: Ser el más grande significa según ellos estar dispuesto a entregarse más, pero no para que les maten, sino para organizar y conquistar el reino.

Jesús había presentado su proyecto en claves de inversión de poder, abriendo un camino de Reino a través de su empeño y entrega personal. No domina, no se impone (no quiere hacerse el más grande), sino deja que los otros le acojan, le respondan (incluso que le maten), para que llegue así la humanidad de Dios, para que Dios mismo responda no en forma de venganza, sino en resurrección (9, 30-31). Quien desea instaurar el Reino debe abandonar la lucha para conseguirlo, renunciando a la violencia externa y quedando en manos de aquellos que le matan.

Pues bien, sus discípulos piensan que este de Jesús proyecto puede resultar hermoso, pero humanamente hablando es inviable. Por eso, es normal que no lo entiendan, que quieran cambiarlo. No es que sean torpes (ignorantes) ni perversos, sino, quizá, todo lo contrario: precavidos, responsables, realistas. Lógicamente, saben que todo proyecto necesita un liderazgo, una autoridad que aúne esfuerzos y venza resistencias. Conocen la situación; por eso quieren organizarse como siempre (antes y después de Jesús, incluso dentro de su iglesia) han hecho los hombres.

Al condenar así su “deseo de organización”, en línea de poder, el Jesús de Marcos está criticando de hecho la estructura y medio de imposición o dominio que han ido tejiendo los cristianos de Pedro y de los Doce. En otras palabras, Marcos no está criticando aquí la conducta de unos discípulos antiguos de Jesús, sino más bien la vida y proyecto de un tipo de discípulos pascuales de Jesús, representados por Pedro y de los Doce .

‒ No tenemos derecho a criticar su sed de mando, pues lo que piden y buscan puede interpretarse como ejercicio responsabilidad ante la tarea pendiente. Están siguiendo a Jesús, y eso supone que aceptan de algún modo su ideal de reino. Pero, como humanos, deben traducir su proyecto en cauces de poder, dentro del organigrama de poderes de Jerusalén. Hacen lo que han hecho y siguen haciendo los representantes de las organizaciones sacrales (iglesias) y sociales: acogen lo bueno de un líder como Jesús, se aprovechan de sus valores, pero luego interpretan su proyecto, rechazando de hecho su angelismo, su ingenuidad, su falta de contacto con los poderes reales de la tierra.

Por eso “conspiran” (o, si se prefiere, “dialogan” a su espalda), para bien del mismo Jesús, introduciendo un correctivo en su plan de evangelio. Es como si fuera necesaria una doble verdad, un doble lenguaje: asumen por un lado el lenguaje de Jesús (sin entenderlo a fondo); desarrollan por otro lado su propio lenguaje. Para que pueda triunfar, un proyecto como el suyo requiere organización y ellos parecen dispuestos a crearla.

9, 35. Principio general: hacerse los últimos

(b. Sentencia básica) 35 Y sentándose llamó a los Doce y les dijo: Quien quiera ser primero, sea último de todos y servidor de todos.

Jesús no quiere introducir un pequeño correctivo en la estructura de la sociedad dominante (judía o cristiana), sino que expone un proyecto totalmente distinto de “evangelio”. Por eso, va en contra de sus mismos seguidores más cercanos, ofreciéndoles a ellos (a Pedro y a los Doce) su enseñanza y camino radical.

No convoca en general a todos sus discípulos, sino a los Doce, que han querido actuar como portadores de una dinámica de poder, fundando así una iglesia en línea de jerarquía política y/o religiosa. Precisamente para romper esa dinámica de superioridad, que rige en el mundo (que Pedro y los Doce quieren aplicar en Jerusalén), Jesús ha llamado a los representantes de su grupo, sentándose ante ellos, en la cátedra de su magisterio, para decirles, de un modo solemne, las exigencias de su decisión de “entrega” de la vida, con lo que implica de renuncia al poder, para transformar así a los hombres, en humanidad.

Jesús pronuncia en este contexto una sentencia lapidaria, que puede hallarse en otros contextos de sabiduría, pero que aquí recibe un sentido especial, dentro de su proyecto de entrega de la vida (9, 31), en la línea de su gesto de acogida de los niños:

«Quien quiera ser primero,
hágase último de todos y servidor de todos» (9, 35).

Los Doce han querido construir la comunidad mesiánica sobre principios normales de poder social o religioso, y por eso han discutido o dialogado entre ellos, para fijar quién es (debía ser) meidsôn o mayor, en clave de honor, marginando para ello al mismo Jesús (sin contar con él). Pero este Jesús que define su vida como entrega muestra el sentido radical de su tarea (¡se sienta!), y establece el “orden” de la autoridad mesiánica, apelando sólo a su “palabra” (sin armas ni dinero, sin organizaciones ni estructuras), estableciendo así la auténtica grandeza mesiánica.

Quien quiera ser primero (prôtos)... La ambición de ser grande (meidsôn) aparece así como deseo de hacerse primero, de estar antes, por encima de los otros, estableciendo de esa forma la propia identidad en línea de dominio. Jesús no rechaza ese deseo (ei tis thelei…), ni todos los deseos, como ha querido cierto tipo de budismo, sino que lo reconoce y acepta, como algo que pertenece a la misma entraña de la vida humana, pero necesita y quiere “reconvertirlo”, es decir, invertir du dirección.

No necesita seguidores que sean mayores ni primeros, sino que compañeros que “quieran” hacerse últimos (eskhatoi) y servidores (diakonoi) de los demás, pues a los últimos (enfermos, expulsados, pecadores) ha venido él a “buscar”. Por eso quiere que sus servidores sepan ponerse al final, para acompañar y ayudar desde allí a los otros (especialmente a los perdedores del mundo), superando la lógica del mando, que está implícita en otros modelos de mesianismo.

El Jesús de Marcos está condenando, según eso, el tipo de Iglesia que han querido construir los Doce, diciendo que en ella, en la Iglesia, entre todos los cristianos, no puede haber lugar para nadie que quiera ser más grande que otros. Todos, los Doce y los otros, se encuentra ahora igualados, formando un corro en torno al niño (que está en mesô), a quien deben recibir y servir (lo mismo que en 3, 34 formaban un corro en torno a Jesús (peri auton kyklô). En el lugar donde estaba él ha colocado Jesús a un niño (no una Biblia, no un templo) al que todos deben rodear, acoger y servir

9, 36-37. Gesto simbólico y enseñanza conclusiva

(c. Aplicación)36 Luego tomó a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: 37 Pues quien acoja a uno de los niños como estos éstos en mi nombre, a mí me acoge; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino a Aquel que me ha enviado.

Los discípulos se creen importantes, capaces de ordenar la estrategia del reino de Dios. Para que funcione humanamente un grupo humano, hacen falta buenos dirigentes, pero allí donde ellos (u otros) buscan el mando, los inútiles (y niños) quedan dominados, en segundo plano, bajo el poder de otros. Para invertir ese modelo, Jesús toma a un niño cualquiera, de esos que en lugares como la tierra de Israel de entonces andaban (y siguen andando) por la calle, para realizar con él un signo de autoridad, amor y enseñanza:

1. Autoridad: toma a un niño y lo pone en el centro de ellos (estêsen auto en mesô autôn). Sus discípulos buscan el lugar de honor, pero ese lugar (el centro) está ocupado, pues Jesús ha colocado allí a un niño (paidion, niño o niña), en pie, como signo de autoridad, en medio del corro donde él mismo se hallaba en 3, 31-35. En gesto de creatividad sorprendente, Jesús ha dejado la cátedra donde se había sentado, para enseñar a los Doce (recordemos que está en la casa, en tê oikia), y quizá ha tenido que salir de ella, buscando en la calle al más “chico” de los seres humanos (un niño), y lo pone en medio del corro de discípulos (en mesô autôn). No se dice quién es ese paidion (niño o niña, judío o gentil, puro o impuro, cristiano o no cristiano), sino sólo que Jesús lo coloca en pie, en medio de aquellos Doce discípulos suyos, que pretendían hacerse grandes, superando uno al otro en poder .

2. Amor: abraza al niño (enankalisamenos). Buscaban los discípulos el poder, de manera que habían empezado a conspirar por alcanzarlo. En el fondo, según Marcos, esos discípulos (Pedro y los Doce) se habían buscado a sí mismos, no a Jesús, pues, en realidad (quizá sin decirlo expresamente) ellos pensaron de hecho que el proyecto de Jesús implicaba una estrategia de toma de poder, no un camino de servicio. Pues bien, según este pasaje, Jesús ha descubierto y vencido esa conspiración de sus discípulos, mostrando que el más importante es el niño.

En esa línea, en contra del poder que buscan sus discípulos, el primer gesto de Jesús es la ternura, el abrazo que el ofrece a los niños, para que pueden vivir y crecer con ternura. Lo que importa no es tomar el poder, ni ser primeros, sino que los niños puedan vivir, siendo en realidad “primeros”, los más importantes, precisamente porque son los más pequeño. Los niños no tienen que hacerse pequeños (como dirá Jesús a sus discípulos), sino que lo son, porque están a merced de los demás y necesitan cuidado y cariño, como muestra Jesús, al abrazarles .

3. Enseñanza. Después de haber abrazado a un niño, Jesús retoma la enseñanza dirigida a sus discípulos, concretando así el sentido de lo que significa “hacerse último y servidor de todos”, en un sentido muy contrario a todo posible masoquismo o pura negación ascética. Ser último y servidor es saber amar a los niños, es decir, hacerse grande y primero en amor. En este momento, Jesús no enseña desde la cátedra (ni desde un trono político), sino desde su abrazo con el niño, con quien se identifica él mismo y con quien identifica al mismo Dios.

Según Jesús, el modo de ser grandes es hacerse servidores de todos, con eficacia y ternura, sabiendo acoger/abrazar a los niño y pequeños, en gesto de servicio que es amor gratuito (educador). El evangelio se sitúa de esa forma en un mundo donde los niños sufren las consecuencias de la lucha por la supremacía. Ellos son el último eslabón de una cadena de opresiones, de manera que, al final de un proceso de búsqueda de poder, ellos corren el riesgo de sin casa (sin familia, sin comunidad). Pues bien, Jesús invierte ese proceso, diciendo que los más importantes son los niños. Ellos son signo mesiánico, expresión de autoridad, signo de Dios sobre la tierra.

Abundaban en aquel tiempo los niños sin familia, pobres sin casa o afecto. Pues bien, Jesús les declara centro y sentido de la iglesia. De esa forma, lo que empezaba siendo pregunta sobre el poder, entendido como signo de Dios (¿quién es más grande?), desemboca en una exigencia práctica de inversión del poder, de anti-jerarquía: ¡la esencia de la iglesia consiste en suscitar un campo de vida, autoridad y afecto, para los necesitados, es decir, para los niños!

Desde esa perspectiva, el Jesús de Marcos añade que el problema de la iglesia (las dificultades que ella pueda tener, las diferencias entre Pedro y otros grupos) no se solucionan sabiendo quién domina en ella, quién controla u organiza el poder sacral, magisterial o ministerial, sino acogiendo de hecho a los niños (es decir, a los menos importantes), que son el centro de la comunidad, sabiendo que en ella donde todos deben encontrarse acogidos. Así pasamos del ámbito privado de un pequeño hogar (con unos padres que se ocupan de sus hijos) al espacio comunal de una iglesia donde los niños (unas veces con padres, otras sin ellos) forman el centro de identidad y cuidado del grupo entero.

La iglesia ha de mostrarse, según eso, como ámbito materno, casa donde los niños encuentran acogida, siendo honrados, respetados y queridos. Ella no es (no debería ser) un grupo dominado por sabios ancianos (una gerontocracia), ni una sociedad dirigida por sacerdotes poderosos o influyentes, un sindicato de burócratas sacrales, funcionarios que escalan paso a paso los peldaños de su gran pirámide de influjos, poderes, competencias (y también incompetencias). Conforme a este pasaje, la iglesia es ante todo hogar para los niños, espacio donde encuentran acogida y valor los más pequeños. Así culminan los aspectos anteriores del mensaje de Jesús en Marcos.

Los niños no han de “hacer” nada, sino ser lo que son. No deben conseguir ninguna meta; no tienen que esforzarse por lograr influjo por encima de los otros. Su valor está en su propia pequeñez. No han de luchar para volverse símbolo de Cristo: lo son en sí, por encontrarse en manos de los otros. Esa misma debilidad de los niños suscita un compromiso. Los miembros de la nueva casa cristiana han de ofrecer para ellos lo que son y tienen.

La ruptura familiar de Marcos (en cuya comunidad no hay lugar para padres-patriarcas: cf. 3, 31-35; 10, 28-31) se traduce en la acogida de los niños, que son los que importan, pues el mismo Jesús ha puesto a su servicio el evangelio. En esa línea ha de entenderse el hecho de que en la base de la nueva comunidad pascual se encuentren las mujeres (cf. 15, 40-41.47; 16, 1-8), en cuanto “servidoras de la vida”. Si los niños son el centro de la comunidad, es evidente que en ella han de tener un lugar especial las mujeres, pero no como subordinadas a los varones, sino como creadoras de nueva humanidad, en la línea de Jesús . Esta enseñanza incluye dos elementos fundamentales.

1. Los niños, presencia mesiánica: «Pues quien acoja a uno de los niños como éstos en mi nombre, a mí me acoge». Acoger (dekhetai) es recibir. El gesto de fondo supone que Jesús ha recibido/acogido en su “casa” (en su familia) a un niño, al que abraza y con quien se identifica. Pues bien, Jesús habla de aquellos que reciben “a un niño como éstos”, indicando así que en su casa (en su comunidad, en su proyecto) no hay sólo uno, sino muchos niños, y añadiendo que todos los que son como uno de ellos (hos an hen tôn toioutôn), es decir, todos los niños del mundo se identifican con él. El Mesías de Dios (el Hijo de hombre: cf. 9, 31) se manifiesta y se hace presente, según eso, en los niños “reales” y en aquellos que son “como los niños”, es decir, en los que están en manos de los otros, dependiendo de ellos.

2. Los niños, presencia de Dios: «Y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino a Aquel que me ha enviado». Los niños se han identificado con el Hijo del hombre y el Hijo del hombre se identifica con el Dios que le ha enviado (ton aposteilanta me). Jesús aparece así, veladamente, como “enviado” o apóstol de Dios, con quien él se identifica (como en 12, 6). Por eso, frente a los Doce, que son enviados/apóstoles en sentido activo (cf. 3, 14-15; 6, 7.30), él presenta a los niños (y a los que son como ellos) como verdaderos representantes de Dios, signo mesiánico. En este sentido se podría decir que el mismo Jesús puede ser y es de hecho Mesías de Dios porque ha sido “pequeño”, como los niños .

Los niños a los que alude el texto no importan por judíos (de buena raza), ni tampoco por cristianos (iniciados, bautizados), sino simplemente porque son seres humanos que están necesitados, en manos de los otros. Ellos, los niños, son (han de ser) el centro de la Iglesia. Jesús supera así todo sacralismo eclesial y toda autoridad interpretada en sí misma como signo de Dios (en la línea que propugnan los discípulos). Frente a una sociedad de presbíteros, padres patriarcales, donde los humanos importan por aquello que aprenden y saben (por sexo, ley, función) surge aquí una sociedad de niños, y de madres/hermanas que se ocupan del bien y felicidad más honda de los niños (necesitados). Es evidente que Jesús funda su iglesia como hogar materno para ellos.

Jesús no actúa aquí como mujer ni como madre, en el sentido convencional del término, sino como un ser humano; pero ha dado primacía a la función tradicional de la mujer. Su forma de abrazar a un niño rompe los modelos del varón mediterráneo y judío, educado para el sexo y honor, la autoridad y trabajo. Él aparece así de un modo distinto, y hasta escandaloso, como mesías de ternura que no sólo abraza a los niños en grupo sino que propone ese gesto como signo de identidad de su discipulado y reino .

El tema biológico (ser madre o padres del niño) queda, para la Iglesia, en un segundo plano. Marcos no ha escrito su evangelio como manual de educación para padres de familia biológica, sino como guía de vida eclesial, dirigida, especialmente a Pedro y a los Doce, que han de hacer (y no han hecho aún) el camino de Jesús, como Iglesia que acoge a los niños. La comunidad mesiánica de Jesús ha de ofrecer espacio humano, lugar de crecimiento cariñoso, a unos niños que corren el riesgo de vivir

abandonados.
Frente a unos discípulos patriarcalistas (Pedro y sus Doce, en el comienzo de la Iglesia), que, a juicio de Marcos, buscaban el dominio (ser grandes, conquistar con decisión los primeros puestos) ha elevado aquí Jesús el modelo de una iglesia que es familia, hogar materno al servicio de los más pequeños.