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sábado, 22 de septiembre de 2012

Cuando el silencio oculta el miedo

Domingo 25 B – Tiempo ordinario
Por Clemente Sobrado C. P.

“Pero no entendían nada de aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún,y, una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutían por el camino?” Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quien era el mas importante”. (Mc 9,30-37)

Hay silencios que son escucha.
Hay silencios que son respeto para con el que habla.
Hay silencios que son encuentros con un mismo.
Son silencios enriquecedores y personalizadores.
Son silencios que crean vacíos dentro para dejarse luego llenar.


Pero no todo silencio es sincero.
Ni todo silencio es honesto.
Hay silencios que incluso quieren expresar nuestro fastidio interior.
Hay silencios interesados que son fugas calladas de la verdad.
Hay silencios maliciosos.
Son esos silencios de quienes no quieren escuchar por acusan.
Pero a la vez son silencios que nos hacen tomar conciencia de nosotros mismos.

Mientras Jesús los va instruyendo por el camino sobre la suerte que le espera en Jerusalén, los discípulos andan por otros caminos.
No les interesa escuchar la suerte final del Maestro.
Pero sí están interesados en saber cuál de ellos es el más importante.

Todo un contraste entre la enseñanza de Jesús y las aspiraciones de ellos.
Todo un contraste entre lo que será el final de la vida de Jesús y las pretensiones de cada uno cuando él ya no esté.
“Oyen” lo que Jesús les dice.
Pero prefieren “escucharse” a sí mismos.
“Oyen” los sentimientos de Jesús.
Pero prefieren “escuchar” sus propias aspiraciones.

Por eso, cuando Jesús les pregunta, ya en casa “de qué hablabais por el camino”, toman conciencia de esos dos mundos que caminan paralelos.
Primero que no entienden nada cuando se habla de la Cruz.
Pero tampoco se atreven a “preguntarle”.
Siempre es mejor no saber las cosas, para poder vivir más tranquilos.
“Ojos que no ven, corazón que no llora”.
Y luego tampoco “contestan” cuando les pregunta sobre lo que comentaban por el camino.
Prefieren guardar silencio.
Prefieren callar y no confesar sus sentimientos.

Preguntar es la manera que tenemos de salir de nuestras dudas.
Preguntar es la manera que tenemos de clarificar nuestras ideas.
Preguntar es, incluso, la manera de interesarnos por lo que nos dicen.
El no preguntar implica miedo a la verdad.
Por eso el no preguntar puede llevarnos a vivir en el engaño y la mentira.

Y callar es sentir que algo no está bien dentro de nosotros.
Callar puede significar el defendernos de algo que en el fondo nos acusa.
Callar puede significar no querer afrontar la verdad.

“No preguntar” es miedo a saber la verdad.
“Callar” es miedo a reconocer nuestra mentira.
Siento pena cuando me vienen parejas y les pregunto si han hablado del tema.
Con frecuencia la respuesta suele ser: “Mire, el problema sigue, al menos sospecho que sigue, pero mientras no tocamos el tema, todo está tranquilo”.
Para mí es la tranquilidad del engaño mutuo.
Es la tranquilidad no querer afrontar los problemas.
Es la tranquilidad de vivir con el muerto en el alma.

¡Cuántas cosas tendríamos que preguntarle al Evangelio!
Pero ¿no le tendremos miedo?
¡Cuántas cosas debiéramos de responderle a Dios!
Porque también hoy Dios sigue preguntándonos ¿de que hablamos por el camino?