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miércoles, 20 de febrero de 2013

Quien importa es Él (1). La Infancia de Jesús

Publicado por El Blog de X. Pikaza

Quien importa no es el Papa, sino Jesús, como J. Ratzinger decía ya en sus primeros libros sobre el cristianismo. Él siempre quiso "más Jesús y menos jerarquía", una iglesia donde hubiera poco culto a la personalidad y mucha Presencia del Misterio, sobre todo en la liturgia.
Pero ha historia tiene sus ironías, y ahora el Papa se ha vuelto famoso,de forma que éstos días él es más noticia que Dios, y su figura es mucho más importante que la de Jesús en los medios y comidillas noticiosas (de forma algunos han podido hablar de papo-latría).
Por eso, aprovechando lo que él mismo hubiera querido, antes de volver a papas y cónclaves y vaticanos (como tendré que hacer, rindiendo culto a lo inmediato) quiero tratar de Jesús, como hace el Papa, aprovechando la ocasión de su tercer libro sobre el tema, La infancia de Jesús.
Imagen 1: Benedicto XVI ha querido quedar en la sombra, de forma que su figura se diluya, y así venga a ponerse en el centro la vida de Jesús, desde su infancia.


Imagen 2. He puesto después un molino de viento, como los que "amaba" don Quijote, con un proverbio chino, que podría ser de Jesús: Cuando el viento sopla no quieras construir un muro para así oponerte..., pues el viento seguirá y acabará derribando el mundo; conviértete tú mismo en "molino", no para girar sin más, sino para moler trigo.

Cervantes entendió bien el tema del Molino, con su humor melancólico. Pienso que también Benedicto XVI lo ha entendido, queriendo convertirse en molino de Jesús (al servicio de Jesús), para que su trigo sea fecundo en la Iglesia.

Buena semana a todos, una semana de espera y cuaresma, ya más cerca de la Pascua.

Introducción. Un tema de mercado

El mercado de novedades suele girar cada pocos días, dejando mañana en el olvido lo que ayer fue el acontecimiento del milenio. Algo más durará lo de este Papa, porque el asunto (Papado, Vaticano) es sabroso, muy dado a conspiraciones oscuras, y el personaje (Benedicto XVI) notable...el asunto no durará mucho en primera página, pues la feria de noticias debe cambiar cada poco tiempo, para tenernos contentos a todos y entretenidos.

A Pablo de Tarso le aguantaron sólo un rato los especialistas de chismes del Areópago de Atenas (así les llama Hch 17). Benedicto XVI durará más tiempo, para convertirse al fin murmuración banal para curiosos.

Por eso, ahora, más que de Benedicto XVI quiero hablar del tema de fondo importante de su vida, que es nada más ni nada menos que Jesús.

Porque Benedicto XVI no ha querido hablar de sí mismo, sino de Jesús, y en sus fuertes años de Pontificado ha sacado tiempo y valor para dedicarle su atención, en tres libros.

-- Sobre el primero (2007) publique una extensa recensión en una revista (Para Leer), que he sacado algún día en ese blog.

-- Sobre el segundo (2011) he publicado varias postales a lo largo de aquel año, planteando sobre todo el tema de la fecha de la Última Cena.

-- Sobre el tercer libro, dedicado a la Infancia de Jesús (véase imagen) (2012) he publicado también algunas reflexiones en este blog, en especial en el entorno de la Navidad.

Es admirable que el Papa, en medio de grandes quebrantos, haya sacado tiempo para hablar sobre Jesús, escribiendo estos libros. Éste ha sido quizá para él el tema más importante, ese su aporte al Pontificado, su palabra de creyente y profesor de teología, su reflexión de cristiano, centro en Jesús.

Una revista de cierta tirada me ha pedido una recensión sobre el libro, y atrevo a presentarla aquí, como tema de actualidad, aunque no sabía al escribirla (¡hace tres semanas!) que este libro sería de algún modo el Testamento de Benedicto XVI como Papa.

Hoy, tras el anuncio de la renuncia del Papa, el tono de mi recensiòn hubiera sido distinto. Pero he querido mantener el texto anterior, sin saber que el Papa renunciaría tan pronto. Recuerde, pues, el lector que el texto que le ofrezco ha sido escrito hace tres semanas.

J. Ratzinger / Benedicto XVI, La infancia de Jesús

Acaba de aparecer (21.11.2012), al mismo tiempo, en varios países e idiomas, en grandes tiradas, con mucha propaganda de mercado, el tercer y último volumen de J. Ratzinger / Benedicto XVI sobre Jesús de Nazaret, titulado La Infancia de Jesús. Es más breve que los anteriores (176 págs.), pero ha sido recibido con más interés, por la importancia que la Iglesia ha dado históricamente a los temas (Identidad de Jesús, Anunciación, Virginidad, Nacimiento en Belén, Magos de Oriente) y por el hecho de que hoy sean ampliamente discutidos en las comunidades.

No es un libro ordinario, ni inmaduro, sino todo lo contrario: Es bueno, incluso muy bueno, de alta densidad, equilibrado, sapiencial, en la línea de las visiones medievales de Jesús, que iban exponiendo los “misterios” de su vida, siguiendo la Escritura, no los dogmas teológicos. Además, retoma y encuadra los motivos centrales de los volúmenes anteriores (2007, 2011), centrados en la vida, muerte y resurrección, según el kerigma del Nuevo Testamento. Es quizá la obra cumbre del autor (y de una generación especial de teólogos del entorno del Vaticano II), aunque quizá Ratzinger no debería haberlo publicado como Benedicto XVI, pues el ministerio Papal no se ejerce con libros discutidos como éste, aunque sean buenos, sino abriendo espacios de vida y pensamiento donde quepan todos los cristianos, incluso (sobre todo) los que piensan de un modo distinto.

Ciertamente, él dijo de manera expresa que “este libro no es en modo alguno un acto magisterial, sino únicamente expresión de mi búsqueda personal… de manera que cualquiera es libre de contradecirme” (vol I, Madrid 2007, pag. 20). Pero es difícil distinguir entre Ratzinger hombre, que ofrece su experiencia personal del evangelio, y Benedicto Papa, que expone con autoridad su teología básica. Se trata, pues, de una obra de dos planos.

Es obra de Ratzinger teólogo, que reflexiona como creyente y teólogo sobre la infancia de Jesús, en un plano de meditación y exégesis canónico/dogmática, conservando y actualizando un tipo de tradición espiritual (sin asumir los aspectos más folclóricos del tema: animales de la “gruta”), pero sin diálogo real con aportaciones de la exégesis histórico-literaria. Por eso, muchos estudiosos se sienten decepcionados, pues juzgan que el autor no ha sido fiel a la letra y mensaje de los textos bíblicos, sobre los que él sobrevuela de un modo magisterial y piadoso.

Pero es también obra de Benedicto papa, que ha tenido el atrevimiento de ofrecer a la Iglesia una palabra autorizada, aunque dividida, sobre Jesús. Muchos piensan que no es saludable que un Papa (signo de fe universal) se introduzca en la disputa de las interpretaciones teológicas, que pueden ser discutidas, como él mismo ha dicho, y añaden incluso que hubiera sido mejor que renunciara al papado (como R. Williams, Primado de Inglaterra), para culminar su obra teológica. Pero otros afirman que es sano (y ejemplar) que un Papa en ejercicio abandone su "sillón" ex cathedra y tome el camino llano de las disputas, discusiones e interpretaciones, relativizando (compartiendo) su magisterio, de manera que su obra valga por lo que el Papa expone y muestra, por lo que ayuda (y dificulta) para entender los evangelios, en diálogo con otros a quienes él mismo (y sobre todo él) debe escuchar.

Ésta es una obra de Iglesia, escrita para creyentes, con quienes R/B (Ratzinger/Benedicto XVI) comparte su fe, leyendo la historia de Jesús desde aquello que dicen (piensa que dicen) los profetas y la Iglesia, desde una tradición piadosa más que desde la misma letra, paradójica, cortante y sanadora, del evangelios. Muchos cristianos la leerán (la hemos leído) con aprovechamiento; pero esta obra quiere abrirse al gran público, y así la han promovido Papa y asesores, publicándola en editoriales de gran tirada, para que se pueda vender fuera del ámbito teológico/eclesial. Por todo ello, me atrevo a presentarla como obra agri-dulce:

Es obra dulce. Me gusta que el Papa se introduzca en la disputa de las interpretaciones; y muchas de sus reflexiones me resultan atractivas, sugerentes, incluso geniales, de manera que espero, con el Papa, que “a pesar de sus límites, este pequeño libro pueda ayudar a muchas personas en su camino hacia Jesús y con él” (pag. 8). En esa línea, pienso que “lo que Mateo y Lucas pretendían –cada uno a su propia manera‒ no era tanto contar ‘historias’ como escribir historia, historia real, acontecida, historia ciertamente interpretada y comprendida sobre la base de la palabra de Dios... Los relatos de la infancia son historia interpretada y, a partir de la interpretación, escrita y concentrada” (pag. 24).

Pero es también una obra agria, pues algunas de sus interpretaciones parecen menos conformes al texto y poco apropiadas para el momento actual, sobre todo por su forma de entender la historia. Pienso con R/B que “en María, la humilde virgen de Nazaret, se produce un nuevo inicio, comienza un nuevo modo de ser persona humana” (pag. 15). Le sigo cuando afirma que “en Mateo y Lucas no encontramos nada de una alteración cósmica, nada de contactos físicos entre Dios y los hombres: se nos relata una historia muy humilde y, sin embargo, precisamente por ello de una grandeza impresionante” (págs. 61-62). Pero descubro después que R/B no ha desarrollado esos principios, no ha dicho en cada caso que, en perspectiva humana, todo sucede “humanamente”, sin rupturas que puedan probarse o buscarse en un plano biológico, material. Parece que no ha podido integrar los dos impulsos (lectura creyente e histórico/literaria). Por eso me atrevo a matizarle (no a contradecirle, como él pedía), en algunos temas, siguiendo el orden del libro:

1. ¿De dónde eres tú? Revelación e historia. R/B recoge la mejor tradición del entorno del Vaticano II (1962-1964), donde él actuó como teólogo influyente, sustituyendo una escolástica anterior, de tipo conceptualista, por una teología espiritual, patrística y simbólica. Esa sustitución fue clave, pero resulta insuficiente, pues sigue interpretando el evangelio como experiencia sacro-sacerdotal, menos propia del movimiento de Jesús, sin recoger su impulso mesiánico. Parece que tiene miedo de asumir las consecuencias del análisis histórico-crítico, como si la revelación fuera una superestructura sacral y no el descubrimiento del valor divino (de la trascendencia de la misma historia). En esa línea me parece ya poco afortunada su forma de sacralizar a Juan Bautista, ignorando el carácter profético radical de sus tradiciones de fondo.

2. Anunciación y concepción virginal. R/B se apoya gustoso en K. Barth que «ha hecho notar que hay dos puntos en la historia de Jesús en los que la acción de Dios interviene directamente en el mundo material: el parto de la Virgen y la resurrección del sepulcro, en el que Jesús no permaneció ni sufrió la corrupción. Estos dos puntos son un escándalo para el espíritu moderno. A Dios se le permite actuar en las ideas y los pensamientos, en la esfera espiritual, pero no en la materia» (pag. 62). Pero esa “intervención” no es igual en la concepción y en la resurrección, y probablemente no debe entenderse en sentido material (¡sobre todo en la concepción/parto de María!), como supone R/B que, a mi juicio, ha perdido la oportunidad de replantear el tema en la línea de su Introducción al cristianismo (1968), donde había destacado el valor personal (dialogal) y no físico-material de la concepción de Jesús. En aquella línea (retomando el sentido de la verdadera tradición) debería haber desarrollado el sentido integral de la concepción de Jesús, que nace totalmente de Dios naciendo (y por nacer) totalmente de un hondo amor humano. Este libro era una buena oportunidad para haberlo hecho, y pienso que R/B la ha desaprovechado. No se trataba de negar, sino de afirmar y explicitar la experiencia originaria de la Biblia, desde el verdadero Dios/hombre de Calcedonia.

3. Nacimiento en Belén, importancia pascual de María. La obra ofrece momentos de gran honradez, como R/B, al afirmar en el entorno de la Adoración de los Magos, que no sabe por qué ellos encuentran sólo a la Madre con el Niño (pues falta José). En ese contexto, él evoca la importancia de la “madre del rey” en las tradiciones israelitas, pero no insiste en el tema. El estudio de ese dato le habría permitido valorar el carácter post-pascual de los relatos de la Infancia, con la importancia de María como Gebirá (Señora-Madre) en la Iglesia de Jerusalén, como saben los investigadores (al menos desde R. de Vaux, Instituciones del AT, 1960), comprendiendo el sentido (y valor) eclesial de la figura de María. Por minusvalorar esta carácter pascual de la Infancia de Jesús, muchas afirmaciones de R/B pierden rigor crítico (y riqueza simbólica), pues quieren buscar la historia allí donde no está la historia evangélica.

4. Relato de los Magos. R/B insiste en su historicidad, a pesar de reconocer que casi ningún exegeta la admita (buscado el apoyo “problemático” de K. Berger). Aquí se descubre bien la riqueza y fragilidad del libro, que, defendiendo una historicidad fáctica de la narración, no ha captado su historia profunda, ni ha podido recibir la ayuda que le habría ofrecido san Pablo, con su mesianismo universal (aunque más en línea de occidente). Este relato abre, simbólica y teológicamente, la puerta de la misión de Oriente y vincula a Mateo con Pablo, siguiendo una larga tradición israelita. La búsqueda de un historicismo anecdótico no ha permitido que R/B comprenda y desarrolle el hondo sentido histórico-político del texto, que ofrece una expresión sangrantes y realista de la Realpolikit, con las exigencias más duras de una política del poder, que no se detiene ni ante el asesinato de los niños.

5. Muerte de los Inocentes. Es sorprendente (y lógica) la falta de sensibilidad de R/B ante ese relato, del que ha ofrecido una lectura erudita, piadosa, literariamente impecable. Pero su misma erudición (haggadah de Moisés, Flavio Josefo…) le impide descubrir el tema: Un poder que se busca a sí mismo asesina (utiliza, maltrata…) a los niños de Belén, del mundo entero. Ese motivo (con el signo del buen niño salvado y salvador) es central en muchos mitos (convencimientos) antiguos, en Israel (Moisés), Grecia (Zeus burla a Cronos) y en otros pueblos del entorno, pero R/B no lo ha visto, y así no ha podido destacar la constante de un poder que, al ponerse como fin de sí mismo, termina matando a los niños.
Mateo no toma a Herodes como un rey especialmente malo, sino como representante del poder, como los grandes imperios bíblicos, desde el Faraón egipcio hasta los reyes helenistas (1-2 Macabeos). Es, además, un rey judío, actuando en colaboración, al menos implícita, con la jerarquía eclesiástico/religiosa de Jerusalén; esa colaboración de sacerdotes/escribas, que se inhiben y callan ante el crimen (¡tras haber informado!) constituye una constante la historia de los poderes religiosos, y es significativo que R/B no lo haya destacado.

En ese contexto se entiende el “cambio” en la cita de Jeremías 31, 15, que R/B ha explicado muy bien, en un plano técnico, pero que a mi juicio no ha entendido. Jeremías vive y proclama su mensaje en un tiempo de esperanzas parciales (al comienzo de su ministerio…), por eso dice que Madre/Raquel será al fin consolada (aunque en su obra conjunta ese tema podría discutirse). Pues bien, la cita/interpretación de Mateo 2, 18 ha visto el tema de un modo más “evangélico”, evocando el riesgo de destrucción universal de Raquel (que llora en su tumba) y de la humanidad entera; por el camino de Herodes nos acabaremos destruyendo todos, sin remedio.
Desde ese fondo de riesgo total (sabiendo que el poder destruye todo lo que se opone a su dominio) ha contado Mateo la historia de Jesús, que se refugiará (será refugiado) en Egipto de donde volverá como nazareo (para liberar a los hombres de la muerte…). R/B ha comentado con mucha precisión ese texto, pero no ha captado su mensaje político, antiguo y moderno. A veces el deseo de probar la historicidad fáctica (concreta) de un pasaje, y su valor sagrado, impide ver su contenido y mensaje histórico más hondo. Es una pena que R/B haya pasado de largo ante un mensaje tan fuerte y consolador como el de Mt 2 (y el Lucas 1-2): A pesar del intento de los herodes antiguos y modernos (todos somos en algún sentido Herodes), Dios dirige con su providencia al Niño para hacerle salvador nazoreo.

6. Jesús Nazoreo. R/B ha comentado con precisión la vuelta a Nazaret, insistiendo en Jesús como “nazoreo” (Mt 2, 23), mostrando su agudeza crítica ante un tema y título por el que resbalan casi todos los investigadores (identificando nazareno y nazoreo). Benedicto XVI lo aborda con profundidad, distinguiendo ambos términos, aunque a mi juicio su conclusión acaba siendo parcial, pues tiende a unir nazir (consagrado) y nezer (retoño), para presentar a Jesús como consagrado de Dios (descendiente del tronco sagrado de Jesé), a quien se debe culto religioso. De esa forma nos sitúa ante un Jesús litúrgico, en la línea de la adoración posterior de la Iglesia. Mi visión no se opone a la suya (como señalo críticamente en La historia de Jesús, Verbo Divino, Estella 2013), pero insiste en otro aspecto: Jesús no es “nazir” como consagrado (en una línea más cercana a Juan Bautista), sino “nezer”, en el sentido de heredero mesiánico (davídico) con una tarea socio/religiosa, en el sentido más intenso de la palabra. Él aparece así como liberador, con un compromiso humano integral, y muere como pretendiente davídico al parecer fracasado (según el “título” de Jn 19, 19). Ciertamente, el movimiento de Jesús tiene un sentido religioso, pero inseparablemente vinculado a la liberación social, a la causa de los crucificados. En esa línea, a diferencia del Papa, pienso que el título "nazoreo" no alude en principio a la naturaleza de Jesús (en línea de dignidad sagrada), sino a su misión mesiánica (de implantación del Reino). A Jesús no le mataron simplemente por "ser", sino por actuar como nazoreo, siendo así un peligro para las autoridades del templo y del imperio.

7. Epílogo. Perdido en el templo. R/B ha incluido al final de su libro un epílogo sobre la escena de Jesús niño en el templo (Lc 2, 41-2). Su comentario sigue siendo brillante, pero quizá pasa de largo ante un hecho fundamental: Jesús niño no se pierde, sino que “abandona” en un sentido a los padres, al cumplir los doce años (fiesta de mayoría edad: Bar Mitzvah), en Jerusalén para dedicarse a las cosas de su Padre, que serán las de todos los hombres, en especial los pobres. Este Jesús que “deja” a sus padres traza una forma nueva de entender a la familia: En un momento dado, el buen niño-joven, para serlo, debe “romper con el padre y la madre” para descubrir y trazar su autonomía, cosa que R/B parece velar.

Con ese Jesús que abandona a sus padres, para abrirse de un modo personal al misterio y tarea de la entrega mesiánica (que empieza a desplegarse desde el templo, para al fin superarlo) culmina el libro de la Infancia de Jesús. Es un final hermoso, pero insuficiente (agri-dulce), y quizá debería completarse con la visión de Jesús tektôn, artesano (Mc 6, 4), con las implicaciones que ese “oficio” tiene para la visión de la infancia y de la tarea posterior de Jesús.
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