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domingo, 21 de octubre de 2012

La puerta de la fe, puerta de servicio

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario (Mc 10, 35-45) - Ciclo B

La puerta de la fe, que nos abre Jesús, es, ante todo, una puerta de servicio. Puerta de servicio en sentido de “puerta estrecha”: la puertita de atrás, no la principal.
Uno entra a creer no por un acto solemne ni por una declaración pública sino cuando acepta algún servicio humilde de Jesús (que nos lave los pies y nos perdone los pecados, que nos parta el pan o nos ilumine con alguna de sus parábolas…) y recibe la gracia de adherirse a Jesús de todo corazón.

La fe implica también trabajo de parte nuestra: “la obra de Dios, es que crean en Aquel que envió”. Confiar, adherirse a Jesús de corazón, tratar de ver las cosas desde su perspectiva, echar las redes en su Nombre, es una flor de tarea.


La fe en un Jesús que camina y que trabaja, como trabaja el Padre, es una fe que actúa por la caridad y que se muestra en obras.
No es una fe meramente intelectual sino que se traduce en acciones y compromisos concretos.
Santiago desafía: “muéstrame tu fe sin obras que yo, en mis obras te mostrare mi fe”.
Además, está claro que la fe es expansiva. No es un acto privado sino que se profesa en común, con toda la Iglesia, y se predica. La fe viene por la predicación (el Espíritu Santo confirma y consolida la experiencia de Dios en el que recibe una Palabra predicada y se adhiere a ella y la pone en práctica) y en la medida en que la recibimos sentimos la necesidad de comunicarla.

Se ve claro en el evangelio de hoy que Santiago y Juan veían en Jesús una puerta abierta. ¿A qué? Por el pedido que le hacen podemos imaginar que tenían un proyecto “religioso-político”. Proyecto buenísimo para Israel, sometido en ese entonces a Roma, con la mayoría del pueblo añorando un reino esplendoroso como el que habían tenido con el Rey David.
Creo que Santiago y Juan, los hijos del trueno, veían en Jesús a un nuevo David y querían estar a su lado. Lo de sentarse a su derecha y a su izquierda lo expresaría con una frase que se utiliza hoy: “construir poder”. Un poder orientado al bien del pueblo, por supuesto, pero poder al fin. Y Jesús “desmitifica” el poder del poder. Transforma el poder en servicio. Y lo hace en todas las dimensiones en que el poder despliega su poder.

En primer lugar, Jesús clarifica el fin de su venida: El ha venido a servir y a dar la vida en rescate por muchos. No busca ser servido sino servir. Su tarea es recapitular todas las cosas para la Gloria del Padre. Jesús no busca su propia gloria como los poderosos de este mundo, ávidos de su propia imagen.
Esta dimensión creo que todos la tenemos clara, al menos en teoría. Jesús es Alguien “todo para nosotros y todo para su Padre”. Sin embargo, persisten en la vida de la Iglesia “pedidos” como los de Santiago y Juan.
Por eso es importante clarificar que la fe en Jesús es adhesión no sólo al fin de su plan de salvación, sino que es adhesión concreta y de corazón también a los medios que el Señor utiliza para ese fin. El Señor desautoriza todo intento de “construir poder” para luego servir, por eso, en la Cena, agarra directamente la palangana y se pone a lavar los pies de sus discípulos como gesto último que da ejemplo y transforma eficazmente todo poder en servicio humilde.

Desmenucemos un poco esto de los medios.
En segundo lugar, el Señor se desliga de toda relación con los cargos (los asientos que le piden los dos hermanos). Los cargos, en cuanto implican relaciones de poder, tienen su costo y sus beneficios. Suscitan adhesiones y rechazos, provocan admiración y celos, lealtades y envidias… Nuestra mirada comparativa se fija en quién está a la derecha y a la izquierda, en si un título es más grande que otro, en si alguno se saltó un paso en el escalafón…

Entre ustedes, nada de eso.

El Señor no niega esta realidad pero se desentiende de ella. El no reparte cargos. Eso lo deja en manos del Padre, lo que equivale a decir que no sabemos cuáles son los criterios que se utilizan para repartir los cargos. Lo mismo hace el Señor con la cuestión del fin del mundo: eso lo sabe sólo el Padre. De esta manera –genial- nos libera de dos “ansias” que afectan al servicio. No importa si el mundo termina hoy o dentro de mil años y no importa quién sea el Papa, el obispo o el que me manda: “vos seguime a mí” nos dice Jesús y ponete a servir a mi lado. El no tiene puestos a su izquierda y derecha sencillamente porque no está sentado, porque está caminando siempre a buscar a quién servir y a quién predicar.

En tercer lugar, y esto es más sutil, el Señor quita el poder de todas las mediaciones, que es donde se enquista el poder de los que dicen que no ambicionan ningún cargo. Hay gente a la que le gustan los oropeles, los títulos, los asientos… Y otra gente a la que esto no le va ni le viene. Pero hoy en día el poder no pasa por lo estático sino por lo dinámico. Un paro en “los medios” paraliza el país. Un anuncio en “los medios” quema para siempre la fama de una persona.
Todos hemos experimentado en algún momento el abuso de poder a que nos somete algún empleado que no es el responsable de las decisiones pero que las retarda o las complica por no acudir a su jefe. Hay un poder sutil e instantáneo que algunos ejercen en los lugares de paso con exquisitez de verdaderos estrategas. No tienen ningún cargo, es cierto, pero esperan a que pases por su lugar de trabajo y, en vez de servirte, te hacen sentir, si sos un par, que ellos son los que están ahí desde hace tiempo y que mejor que te ubiques y que les preguntes a ellos, y si sos su jefe o encargado, que vayas aprendiendo a ejercer tu cargo porque se ve que no tenés ni idea ya que te olvidaste de algo que es obvio que tendrías que haber previsto y si no para qué aceptaste el cargo.
Perdón si en el ejemplo se nota la saña del perro que agarra un hueso y no lo suelta, pero no puede ser que Jesús agarre la palangana como último gesto de su vida y en la Iglesia la ambición de poder se enquiste igual en esos “ámbitos intermedios” difíciles de precisar. Porque asistimos a veces a peleas por “quién sacó la escoba de su lugar” en las que las caras tienen el rictus de los que libran una guerra fría.
Entre ustedes, nada de eso.
Las tareas que propone Jesús siempre están ligadas a un servicio directo. Jesús en persona lavará los pies a sus discípulos y repartirá los cinco pancitos. Creo que lo de ser servidor “de todos” –de los de abajo, de los pares y de los que mandan- es la clave. De todos significa siempre. Es una cuestión de actitud. En el momento en que estoy sirviendo un plato a un comensal puedo servir también a mi compañero que se apuró y me desordena un poco el servicio sin que nadie lo note (y después, si hace falta, charlarlo) o aprovechar para que todo el mundo note lo eficaz que soy yo, lo desordenados que son los demás y lo inútiles que son las autoridades que no organizan bien y el desastre que es la Providencia que al fin y al cabo, si le creemos a Jesús, es la que puso a estos inútiles que están a cargo…
Entre ustedes, nada de eso.

En cuarto lugar, el Señor desenmascara el poder que se muestra en el estilo. El ámbito anterior es cuantitativo: los “eficaces” ejercen su poder en las mediaciones y “demuestran” que los demás son unos inútiles. Aquí se trata de un matiz cualitativo. Hay una manera de hacer sentir que uno es superior y que se da en el estilo principesco con que algunos se manejan. No se cómo pero hay gente que sirve toda la vida y nadie se da cuenta, se mimetizan con su tarea. Uno recién lo nota cuando desaparecen: ¡mirá todo lo que hacía, cómo llenaba estos espacios que hoy están huecos! Y, al revés, hay gente que agarra un trapo de piso y sale por cadena nacional. En una propaganda del subte salía hace un tiempo un político que estaba plantando árboles en una plaza. Tenía guantes porque había agarrado la pala y ataba los arbolitos. Se le acercó una señora humilde y le dio la mano con el guante puesto! Es cierto que lo apuraron un poco, pero si hubiera sido la reina de Inglaterra seguro que se sacaba el guante. Creo que a esto apunta Jesús cuando al servidor de todos agrega “el esclavo de todos”. Los esclavos tenían que ser “invisibles”, identificados y mimetizados con su rol. Hasta allí llega la recomendación de “ser servidores” y no “dominadores”.
Y no se trata para nada de un imperativo sino de conectarnos con la fuente de la verdadera alegría: si hacen esto, serán felices.

El que sirve así, el que se arremanga y pone manos a la obra en una tarea concreta que busca el bien y la alegría del otro, el que, mientras realiza su tarea, asume la posición de quien obedece a sus jefes y ayuda a sus compañeros, se separa del poder y suscita otro tipo de sentimientos en el que es servido y en la comunidad entera: principalmente agradecimiento.
El servicio humilde, cariñoso y desinteresado, abre la puerta del corazón. El que es servido, especialmente si quien lo sirve es “mayor” que él, se siente honrado como persona y, en el desinterés material de su servidor, valora su amor.
El servicio, cuando el que sirve es “mayor” que el que es servido, iguala los corazones, establece la igual dignidad de las personas, más allá de su situación y condición. Por eso es que la puerta del servicio es la puerta para la fe. Un servicio así nos hace creer que somos valorados como personas.