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sábado, 8 de diciembre de 2012

Inmaculada 2. Transparencia de Dios, Amiga


Comencé ayer un pequeño triduo sobre la Inmaculada. Hoy, preparando su vigilia, quiero ofrecer una reflexión sobre el sentido más hondo de María, mujer y signo de la humanidad salvada por y para Cristo, presentándola como transparencia dialogal:
1. Es transparente a Dios. En esa línea se sitúa su “pureza”, tal como ha sido destacada por la tradición cristiana.
2. Dialoga con Dios, no es Inmaculada pasiva, sino mujer y persona que colabora con Dios en gesto de comunión arriesgada y fuerte.
3. Es signo y presencia del Espíritu de Dios. Por eso decimos que es Inmaculada. Así lo ha sentido a lo largo de los siglos el pueblo cristiano. Así quiero presentar ahora, retomando unas páginas de mi libro: La Madre de Jesús, Sígueme, Salamanca 1990, 257-264.

El texto consta de dos partes. Lea cada uno la que mejor le parezca. Ambas son básicamente independientes:

a. Amiga de Dios, experiencia cristiana
b. Profundización teológica
c. Apéndice. El apócrifo del nacimiento de María


Dios es la mano que se da, María es la mano que acoge y responde. Es fiesta de María, y siendo suya es fiesta de todos. El nuevo comienzo de la Vida en su plenitud aparece vinculado según Lc 1, 26-38 al diálogo de Dios con una mujer. Ésta es la nueva narración del paraíso, que puede y debe compararse compararse y distinguirse (según la tradición más antigua de la Iglesia) con el diálogo de la mujer en el principio de la historia (Gen 2-3).

Al comienzo de la Vida sigue habiendo una mujer, una persona. Buena Vigilia a todos.

Texto básico: Lc 1, 26-38

Significativamente, la fiesta de la Inmaculada no tiene un Evangelio Propio, un evangelio donde se cuente la Concepción de María, la madre de Jesús. De eso no dice el Nuevo Testamento nada. Tenemos que venir a los apócrifos, como el Protoevangelio de Santiago, parar imaginar cómo ha sido la Concepción y Nacimiento de María, como indicaré en el apéndice. Para celebrar la Inmaculada, la liturgia acude, como en gran parte de las fiestas de María, al texto de la Anunciación de Lucas (Lc 1, 26-38):

26 Al sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, 27 a una joven prometida a un hombre llamado José, de la estirpe de David; el nombre de la joven era María. 28 El ángel entró donde estaba María y le dijo: –Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo. 29 Al oír estas palabras, ella se turbó y se preguntaba qué significaba tal saludo.

30 El ángel le dijo: –No temas, María, pues Dios te ha concedido su favor. 31 Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. 32 Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, 33 reinará sobre la estirpe de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin. 34 María dijo al ángel: –¿Cómo será esto, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?

35 El ángel le contestó: –El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios. 36 Mira, tu pariente Isabel también ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que todos tenían por estéril; 37 porque para Dios nada hay imposible. 38 María dijo: –Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según dices. Y el ángel la dejó.

Una Bibliografía

J. P. Audet, L'Annonce a Marie: RB 63 (1956) 347-374; P. Benoit, L'Annonciation, en Exégêse et Théologie III, Paris 1968, 179-215; R. E. Brown, El nacimiento del Mesías, Madrid 1982, 295-342; C. Escudero F., Devolver el evangelio a los pobres. A propósito de Lc 1-2, Salamanca 1978, 67-172; J. Galot, María en el evangelio, Madrid 1960, 7-78; A. George, La Mire de Jésus, en Etudes sur l'oeuvre de Luc, Paris 1978, 429-464; J. Gewiess, Die Marienfrage: BZ 5 (1961) 221-254; R. Laurentin, Les Evangiles de l'enfance du Christ, Paris 1982; L. Legrand, L'Annonce a Marie, Paris 1981 (donde se reasumen trabajos anteriores); J. McHugh, The Mother of Jesus in the NT, London 1975, 37-68; S. Muñoz Iglesias, Los evangelios de la infancia II. Los anuncios angélicos previos en el Evangelio lucano de la Infancia, Madrid 1986 (que asume trabajos anteriores del autor; con amplia bibliografía en p. 291-315); H. Räisänen, Die Mutter Jesu im NT, Helsinki 1969, 77-155.

AMIGA DE DIOS, EXPERIENCIA CRISTIANA

La incitativa parte de Dios, pero es evidente que su acción (la palabra de llamada del ángel que le dice: (concebirás...!) responde al deseo más profundo de María y lo explicita y desarrolla hasta su límite más hondo. Este es un Dios que se dirige al corazón y cuerpo, al alma y vida entera de María, haciendo que ella exprese todo su ser al responderle.

Por su parte, María responde a Dios con plena libertad, como mujer que ama, como madre que desea un hijo, como hermana que se pone al servicio del conjunto de la humanidad. Ella es distinta de Dios (sólo en cuanto separados pueden dialogar y amarse) y sin embargo los deseos de ambos se vinculan y coinciden: cada uno quiere al otro, los dos buscan al Hijo.

Las tres partes del texto:

De esa forma, la paternidad de Dios se expresa a través de la libre respuesta de María y la maternidad de María culmina allí donde expresa y traduce en forma humana el misterio eterno de Dios Padre. Así lo ha venido a mostrar en belleza insuperable el texto de la Anunciación (Lc 1, 26-38), que ahora presentamos de una forma esquemática, poniendo en boca de Dios las palabras de su ángel (Gabriel significa poder de Dios) y destacando los rasgos más significativos:

- Primer diálogo. Introducción (Lc 1, 28-29). Dios saluda (¡Ave, alégrate!) y María se extraña y se turba porque ese saludo rompe los esquemas normales de palabra y cortesía de este mundo. Suele ser el inferior el que comienza presentando sus respetos; aquí es Dios, ser Supremo, quien se inclina ante María y le ofrece su presencia.

- Segundo diálogo. Promesa y objeción (Lc 1, 29-34). Dios le tranquiliza (¡no temas!), prometiéndole precisamente aquello que María, como buena israelita y madre, había deseado más que nada sobre el mundo: (concebirás, tendrás un hijo, será grande, y Dios mismo le dará el trono de David su padre! Su hijo cumplirá la esperanza de Israel, el sueño y deseo de la humanidad entera. Pero María se atreve a objetar al mismo Dios: (no conozco varón! De tal forma se coloca en manos de Dios y purifica su deseo que, queriéndolo todo (al mismo Dios), parece que no quiere nada (ni el encuentro normal con un varón).

- Tercer diálogo: Espíritu de Dios y voluntad de María (1, 35-38). Dios acepta piadoso y reverente el argumento de María. Ella le ha dicho que no quiere encerrarse simplemente en la línea de generaciones de la historia, como una mujer más en la espiral de deseos de deseos y conocimiento de varones. Dios lo entiende y responde a María diciéndole que se ponga en manos de su deseo divino: (vendrá el Espíritu Santo sobre ti...! Al escuchar eso, ella responde reverente y admirada: (hágase en mí según tu palabra!

Voluntad de Dios (Espíritu Santo) y voluntad de María (fiat) se han unido para siempre. Ya no son como dos barcos separados, cada uno por su rumbo, Dios por uno, humanidad por otro, sin jamás juntar sus velas ni encontrarse. Ahora se han juntado. Por vez primera en los inmensos siglos de la historia se han encontrado, deseando lo mismo. Dios quiere como Padre que su Hijo nazca en la historia de los hombres; para eso necesita y busca la colaboración libre de María. Por su parte, al ponerse a la escucha de la Palabra original, María ha querido que su más honda fecundidad de mujer, persona y madre, esté al servicio de la manifestación salvadora de Dios.

Deseo de Dios, deseo de María

Se han juntado de esta forma dos deseos fuertes, las dos palabras más intensas de toda realidad, en respeto mutuo, en libertad creadora. Cada uno a su nivel ha colaborado: Dios que todo puede necesita que María le escuche, que confíe y responda con toda su persona (cuerpo y alma) para que se encarne su Hijo entre los hombres; María necesita que Dios mismo se revele, que actúe a través de ella (con ella) para realizar de esa manera su más hondo deseo de mujer y de persona.

Dijimos que el pecado original era deseo de hombre separado del deseo de Dios y encerrado en un circulo de endiosamiento falso que termina siendo fuente de ruptura con el mundo, de violencia y muerte, de clones y clones, de esclavos y esclavos. Pues bien, ahora se abre por primera vez en el camino de la historia, aquello que pudiéramos llamar la gracia original: Dios y el ser humano han dialogado en libertad, se han unido los dos en un mismo deseo, poniendo cada uno lo más hondo de su vida en manos del otro.

Dios como Padre ha dado a María lo más grande, el propio ser eterno: le ha confiado su tesoro más hondo y más frágil, la riqueza y gracia de su vida, el Hijo eterno. Por su parte, María ha puesto en manos de Dios lo que ella es (como mujer, persona) y lo que puede engendrar (su mismo hijo). En este trueque o intercambio (que la liturgia suele presentar como admirable comercio) Dios se expresa del todo como ser divino y Padre sobre el mundo y María viene a realizarse en plenitud como persona humana en gracia.

Por eso decimos, con el dogma cristiano, que ella es Inmaculada. Quizá podamos decir que ella se va haciendo Inmaculada al dialogal con Dios en plenitud, sin egoísmo. Allí donde un frágil ser humano (una mujer y no una diosa, una persona de la tierra y no una especie de monstruosa potencia sobrehumana) es capaz de escuchar a Dios en libertad y dialogar con él en transparencia surge el gran milagro: nace el ser humano desde Dios, el mismo Hijo divino puede ya existir en nuestra tierra.

Sólo aquí, en este diálogo de amor fecundo, podemos y debemos afirmar que María es Inmaculada. Ciertamente, Dios mismo le ha debido guiar desde el momento de su origen humano (Concepción); pero ella misma debe asumir su origen como propio, para así ratificarlo y realizarse como persona que acoge el deseo de Dios y le responde con su más hondo deseo.
No quiere Dios el vacío de María, no busca su silencio ni se impone con violencia sobre ella. Dios la quiere ya en persona: desea su colaboración; por eso le habla y espera su respuesta. Esta es una escena (Lc 1, 26-38) que pudiera llamarse diálogo del consentimiento: María ha respondido a Dios en gesto de confianza sin fisuras; ha confiado en él, le ha dado su palabra de mujer, persona y madre. Ella y Dios se han vinculado al Hijo común de Dios y de la misma historia humana (de María).

Querer de Dios, querer de una mujer

Este es el misterio, este el gran enigma: que Dios puede querer, con su mismo ser divino e infinito, lo que quiere una mujer; y que ella quiera desear en cuerpo y alma (en carne y sangre, en espíritu y en gracia) aquello que desea Dios. Ciertamente son distintos, deben serlo; cada uno se mantiene en su nivel, uno es el Padre eterno, otra María, la mujer concreta de la historia humana; pero ambos se han unido para compartir una misma aventura de amor y de gracia, la historia divino/humana del Hijo de Dios que es el Cristo de los hombres.

Como hemos indicado ya, y como la Iglesia Católica ha expresado con gran fuerza en su experiencia de oración y su liturgia, en el fondo de esta escena hallamos formulado, al menos implícitamente, el dogma de la Inmaculada. Este es ante todo un dogma sobre Dios: expresa la certeza de que él ha querido comunicarse de manera transparente con los hombres; ha buscado y encontrado en María un interlocutor capaz de escucharle y responderle, compartiendo su mismo deseo de vida (de Hijo). Pero este es también un dogma sobre María: expresa el hecho misterioso de que ella se ha mostrado transparente al deseo de Dios, dialogando con él en libertad y pudiendo hacerse madre de su mismo Hijo divino.

Inmaculada, dogma de amistad

Relacionando a Dios con María, en amistad de diálogo perfecto, el dogma de la Inmaculada la vincula con todos los humanos: ella no dialoga con Dios para sí misma (por deleite privado o sólo interno), sino en nombre de todos los humanos (como representante de la historia) y para bien del mundo entero. Rompe así la cadena de mentiras de Adán, el egoísmo y violencia de una humanidad que veía a Dios como competidor envidioso o Señor impositivo.

Por eso decimos que María es Inmaculada por nosotros, para nuestro propio bien y salvación: a fin de que podamos superar nuestro egoísmo y dejar de cautivarnos (de luchar, de dominarnos) unos a los otros. Ella nos muestra de esa forma (con su propia apertura a lo divino) que es posible vivir en libertad, dialogando con los otros, al servicio de la comunión y vida expresada en Jesucristo. No estamos condenados a luchar y esclavizarnos, en violencia siempre repetida y aumentada; no estamos obligados, por razón de seguridad personal y de supervivencia grupal, a responder con lucha a la lucha de los otros. El signo de María Inmaculada es principio de gratuidad y diálogo: podemos dialogar con Dios y confiar así los unos en los otros.

Inmaculada, diálogo de amor

Esta es la insignia de María Inmaculada: ella es apertura dialogal. Frente a un mundo que parece que no tiene más respuesta que el miedo y violencia, frente a una humanidad que se defiende sometiendo (esclavizando) a los débiles, María viene a presentarse como signo de diálogo: ha confiado en Dios, pone su vida al servicio del Mesías, es decir, de la libertad y confianza entre los hombres.

María realiza este servicio siendo (haciéndose) madre: su misma persona se hace fuente y espacio de vida para los demás. Conforme a unos ejemplos que están condicionados por formas miedosas y algo regresivas de entender la sexualidad, se ha dicho a veces que María es Inmaculada porque ha sido un huerto cerrado, fuente bien guardada donde sólo Dios puede venir a deleitarse o beber agua. Esa es una imagen muy pobre de lo que significa María Inmaculada, conforme a lo que aquí estamos mostrando:

- María es Inmaculada por su diálogo con Dios: porque ha sabido escucharle desde el fondo de su vida y responderle. Sólo así, al ponerse plenamente en manos del Padre, compartiendo su mismo deseo de Hijo (o salvación), ella se hace madre del Cristo sobre el mundo.

- María es Inmaculada porque dialoga con los hombres, porque ha puesto su vida al servicio del mesías universal, haciéndose amiga y hermana (madre) de todos. Ella es, por tanto, un huerto que se abre para que otros puedan encontrarse y encontrar a Dios en sus praderas; ella es fuente de agua que se expande y llega en Cristo al mar de los humanos.

Ciertamente, sólo Cristo es salvación de Dios ya realizada, nueva humanidad fraterna. Pero el surgimiento de Cristo hubiera sido imposible sin la colaboración gratuita, redentor, de María. Ha necesitado el Padre Dios una persona que pueda realizar sobre la tierra la tarea de ser madre humana de su Hijo: acogerle en libertad (sin ser violada), educarle en gratuidad (sin imposiciones, represiones, miedos), para que ese Hijo pueda crecer y desplegarse luego como Cristo, es decir, como liberador de todos los humanos.

Inmaculada, presencia transparente

Una inmaculada bien cerrada en su pureza egoísta, en medio de este basurero de humanidad, una mujer que se aísla y sólo vive para sí (centrada en un Dios de pura intimidad), mientras el mundo sigue padeciendo, no sería lo que el dogma cristiano afirma al confesar que María es Inmaculada, es decir, amiga de Dios, haciéndose amiga de los hombres. Al servicio de todos ha expresado su vida; para libertad y redención de todos es persona.

Por eso la llamamos la Inmaculada Concepción: porque es transparente desde Dios y ante los hombres desde el mismo momento en que sus padres, en gesto concreto y santo de unión marital la engendraron; de esa forma ratifica en su origen la misma unión sexual de la que nacen los humanos, en contra del sentido que a veces se ha dado a la palabra Concepción. Ella es Inmaculada desde su principio y condición carnal. De dos seres humanos bien concretos, que según la tradición se llaman Joaquín y Ana, ha nacido María, comenzando a ser Inmaculada desde entonces.

Pero María no es Inmaculada sólo (y sobre todo) en su concepción sino en su vida entera, tal como se expresa y condensa en el relato de su encuentro con Dios (Lc 1, 26-38): vence al pecado, se hace Inmaculada, en actitud constante de diálogo con Dios y de apertura (entrega) al servicio de los hombres, por medio de Cristo, su hijo, que es mesías. No ha reservado nada para sí, todo lo ha puesto en manos de Dios, para servicio y libertad de los humanos. Por eso decimos que es Inmaculada.

Inmaculada, devoción del pueblo

Esta experiencia profunda de María, amiga de Dios e Inmaculada, se ha expresado en muchas formas de devoción y piedad popular. Los cristianos han descubierto a María como la amiga de Dios por excelencia. Por eso saben que ella ha roto las cadenas del pecado, viniendo a presentarse como signo de libertad y liberación para los humanos.

En María se condensa según eso la experiencia de la plenitud humana. Ella ha sido como un catalizador, un signo en que han venido a condensarse los aspectos más hermosos de la esperanza de una humanidad muchas veces falta de cariño y esperanza. Estos son algunos de los rasgos que han venido destacando los cristianos:

- María es Esposa de Dios en el sentido más profundo de amiga y colaboradora; se han unido los dos en matrimonio espiritual perfecto, han compartido el mismo Hijo. Ella es la expresión y garantía de que también nosotros podemos vincularnos a Dios en una especie de donación mutua muy honda.

- María es limpia ante Dios y transparente. En ella se supera eso que podemos llamar la obsesión de mancha y pecado de la historia. Ella ha roto la coraza de egoísmo, de violencia y muerte que mantiene sometida desde Adán a nuestra historia. Es amiga (esposa) de Dios, también nosotros podemos ser limpios y amigos.

- Por eso le rezamos con el Ángel de la Anunciación: (Dios te salve María...! Dios os salve, Virgen pobre, que sin tener nada propio, por gracia de Dios sois señora de todo imperio y señorío salvador sobre la tierra. Del amor y palabra afirmativa de María (¡fiat!) ha brotado la gracia y salvación para los hombres.

- Como Amigo verdadero, Dios dado a la madre de Jesús su gloria entera. Por eso se le canta en la Asunción: Venid Reina excelente, subid Madre gloriosa... Los misterios gloriosos de Dios (y del Rosario de María) culminan en la Coronación; con María y como ella alcanzaremos también la gloria plena.

Inmaculada, signo de libertad

Sobre ese fondo de vida gozosa, de fiesta y de canto, del pueblo cristiano que sigue celebrando el Misterio de Dios en María queremos evocar los elementos más comprometidos y liberadores de su devoción, de tal forma ella pueda presentarse como Virgen y Madre de Merced o Misericordia (Perpetuo Socorro, Auxilio de creyentes....) para todos los que viven tristes y afligidos sobre el mundo.

La primera enseñanza de María es su ejemplo de diálogo. Ha conversado con Dios, para bien de los humanos. También nosotros podemos hacerlo. Esto significa que debemos escuchar: dejar que los demás nos hablen, confiando Dios por medio de ellos. Esto significa que debemos responder, poniendo nuestro amor y nuestra vida al servicio de los otros.

Ser cristiano es dialogar en libertad, es decir, dejando que los otros sean ellos mismos, que puedan expresarse de manera autónoma, sin imposiciones exteriores, sin miedos interiores. Tenemos que dejar que ellos expresen sus deseos, que confiesen y presenten aquello que en verdad les ilusiona para ser felices. No empecemos exigiendo, suplantando el deseo de los otros, diciéndoles aquello que ellos deben desear o pretendiendo que se porten lo mismo que nosotros. Que sean ellos mismos y que puedan expresarlo confiados, este el principio de todo diálogo.

Ser cristiano es dialogar ofreciendo libertad allí donde la vida de los otros se halla amenazada, en peligro de perderse. El verdadero diálogo se goza en la igualdad. Por eso donde no existe igualdad ha de crearla, ofreciendo para ello gracia fuerte, tanto en plano personal como social. Como sabemos por Lc 1, 26-38, Dios mismo ha empezado concediendo a María dignidad y autonomía, para poder hablar con ella, para colaborar unidos en el surgimiento del Hijo.

No quiere Dios esclavos, ni clones, quiere amigos. Tampoco el ser humano verdadero quiere esclavos, sometidos bajo hierros y cadenas, sino hermanos, compañeros del alma, para dialogar y trabajar con ellos en confianza compartida. Sobre un mundo donde el ideal de la amistad tiende a cerrarse en círculos pequeños de intimidad egoísta, mientras los grandes grupos sociales combaten entre sí y se engañan, María viene a presentarnos su camino de amistad universal, de vida dialogada.

Sólo en este contexto de diálogo amistoso recibe sentido el surgimiento del Hijo (de los hijos). De la violencia brota sólo otra violencia, de la imposición no nace más que nueva imposición. Sólo en ámbito de gracia (de diálogo con Dios y con los hombres) puede surgir gracia nueva. En este contexto se puede confiar en el futuro, entendido como don que nosotros mismos vamos preparando y no como un ensueño que brota mágicamente desde fuera, independiente de aquello que seamos.

En este contexto adquiere su sentido la visión del pecado y la Inmaculada. Pecado es lo que rompe nuestra relación con Dios, el diálogo quebrado que nos deja luchando a unos con otros, en gesto que sólo culmina con la muerte. En contra de eso, Inmaculada es la persona que ha vivido siempre en diálogo con Dios y con los otros; así es María, la sin pecado. Nosotros no podremos ser quizá plenamente inmaculados como María, pero iremos acercándonos a su ideal en la medida en que, venciendo la violencia, aprendamos a confiar los unos en los otros, dialogando en amor y deseando juntos aquello que Dios ha deseado, es decir, el despliegue pleno de su gracia en Cristo.

2. PROFUNDIZACIÓN TEOLÓGICA

Volvamos al principio. La escena (Lc 1,26-38) se encuentra estructurada a partir de la triple palabra del ángel a María.

a) Hay un momento de presentación: «salve, oh agraciada, el Señor está contigo» (1,28). El saludo transmite un amor muy especial y es comprensible que María, la doncella, se turbe al meditarlo (1,29) (cf. Cf. S. Strobel, Der Gruss an Maria: ZNW 53 (1962) 86-110; J. McHugh, o.c., 42-43).

b) Hay una primera explicitación: «no temas, María, porque has hallado gracia ante Dios; he aquí que concebirás...» (1,30-33). El saludo anterior se convierte así en encargo: es revelación de una tarea que María debe realizar.

c) Hay una segunda explicitación. María ha interrogado (Lc 1,34) y el ángel le responde de nuevo diciendo: «el Espíritu santo vendrá sobre ti...» (1,35). La presencia de Dios y su gracia en María se expresan definitivamente por medio del Espíritu.

En la armonía progresiva de esa triple palabra se va descubriendo el sentido de la presencia de Dios en María. Se trata de una misma presencia que viene a mostrarse en dos efectos complementarios. a) Enriquece a María, convirtiéndola en agraciada de Dios. b) Actúa a través de ella, para el surgimiento de su Hijo. La plenificación personal de María y su colaboración como madre al nacimiento de Jesús forman como dos caras de una misma donación y entrega de su vida.

Con habilidad especial, en la línea del AT, Lucas ha tejido la escena de tal forma que las tres intervenciones del ángel vienen a encontrarse separadas por dos interrupciones o preguntas de María, que sirven para realzar los motivos, resaltando su sentido más profundo.

a) Ante el primer saludo (1,28), María responde con su turbación interna. No le turba la teofanía en sí; ella parece estar acostumbrada a Dios. Le inquieta la palabra que Dios le ha dirigido funda su vida: presiente que en el fondo de ella hay un misterio y por eso, ante la novedad de la revelación, se turba, de tal forma que su misma turbación le sirve de pregunta.

b) La primera aclaración del ángel suscita una pregunta nueva de María, que ahora interroga expresamente: «¿cómo será esto, pues no conozco varón?» (1,34). Tampoco esta pregunta debe interpretarse en sentido historicista. Ella se formula para explicitar la búsqueda de María y, sobre todo, para situar mejor el tema, permitiendo una respuesta del ángel que aclare el sentido de la intervención de Dios.

(S. Muñoz Iglesias, EI evangelio de la infancia en san Lucas y las infancias de los Héroes: EstBib 16 (1957) 329-382; H. Schürmann, Luca I, Brescia 1983, 142-146)).

Dios se ha revelado y María le responde preguntando. Entre los dos se ha establecido un diálogo tejido de respeto y de con-fianza. Dios no se le impone, le razona. María no vacila en preguntar, presenta su camino. Sólo así, en un clima de entrega mutua puede afirmarse que la escena ha culminado: Dios ofrece su Espíritu (Lc 1,35); María le responde ofreciéndole su vida (Lc 1,38). De esta forma, ella participa personalmente en el misterio del surgimiento mesiánico.

No es un medio que se emplea y después se deja fuera. Al contrario: sólo en la medida en que ella es im-portante (como espacio de presencia de Dios y transparencia de su Espíritu; cf. 1,28.35) puede colaborar con Dios, siendo mediadora personal de su encarnación sobre la tierra. El enriquecimiento personal resulta inseparable de su transformación dinámica, es decir, de su actuación como madre del Mesías. Sólo una vez que eso está claro se pueden formular dos temas de carácter más teológico: ¿cómo actúa Dios? ¿cómo se presenta en nuestra escena?

María, mujer que dialoga

De Dios se habla en un lenguaje personal: es el que llama, pregunta, responde. Su palabra se explicita por medio del «ángel del Señor» (cf. Lc 1,11), que recibe nombre propio y se llama Gabriel, fuerza de Dios (1,19.26), o simplemente «el ángel» (1,18.30. 35.38). Resulta evidente que ese ángel, visto en el trasfondo del AT, aparece aquí como expresión de Dios: es un modo de hablar de su presencia personal y dialogante en relación con María. Pues bien, al lado de ése, hay un lenguaje dinámico en que Dios viene a expresarse y actuar por medio del Espíritu (Lc 1,35). Del sentido de ese Espíritu hablaremos todavía. Volvamos a las personas que mantienen el diálogo.

Por un lado está María. Ella comienza en actitud pasiva, escucha, se ad-mira, pregunta; pero su misma pasividad viene a convertirse en muy activa. Ella es quien pronuncia la palabra decisiva, el «hágase» que pone en marcha la actuación de Dios y su presencia salvadora sobre el mundo.

A través del ángel, que es señal de la palabra del Altísimo, María ha dialogado con Dios de cara a cara, de libertad a libertad, de reverencia a reverencia. Ha dialogado y respondido: «hágase» (1,38). De esa manera deja libre el camino de Dios que actúa por su Espíritu. Esto significa que el diálogo se vuelve triangular. En los extremos se hallan Dios y María: el centro, como campo de unidad y encuentro, es el mismo Espíritu divino.

Diálogo significa cruzamiento, encuentro de «logos» (palabras): se unen así el Logos de Dios y el logos de María. Dios mismo pronuncia su Palabra en el Espíritu. María, por su parte, le responde, pronunciando esa palabra de Dios como palabra humana y así nace Jesucristo. Esto nos permite precisar de nuevo los aspectos del misterio.

Dios aparece como dueño de la eternidad, origen y sentido de todo lo que existe; pues bien, Dios ha expresado su Palabra eterna, hablando con María, en el Espíritu.

María representa el camino israelita, mejor dicho, el camino de los hombres: por vez primera, en el transcurso de la historia, ellos pueden hablar con Dios de igual a igual; por eso, en su palabra humana (fiat) viene a pronunciarse humanamente, esto es, se encarna, la Palabra eterna de Dios Padre.

El Espíritu aparece ahora como el gran misterio del encuentro: es, por un lado, Espíritu de Dios, es el espacio de su amor en el que viene a pronunciarse su Palabra; pero, al mismo tiempo, es desde ahora Espíritu de María, es la intimidad y hondura de su vida abierta hacia el misterio de Dios, engendrando sobre el mundo al Hijo Jesucristo.

De este modo, la vida y persona de María, sin formar parte de la eternidad de Dios, se ha convertido en condición necesaria de su manifestación en el camino de la historia. Ella pertenece al surgimiento humano del Hijo Jesucristo. Una vez más podemos formular el tema.

Para ser Padre dentro de la historia Dios mismo necesita de María: sólo si ella consiente y colabora, Dios engendra sobre el mundo a su Hijo Jesucristo.

Para ser lazo de unión entre Dios y los hombres, el Espíritu santo necesita de María: sólo a través de ella puede explicitarse sobre el mundo, haciendo así posible el nacimiento de Jesús, el hombre que mantiene relación filial perfecta con Dios Padre. Por medio de Jesús el resto de los hombres pueden vincularse plenamente al misterio del Espíritu.

Todo esto nos lleva al nacimiento de Jesús por medio de María. Por medio de su «fiat», María se convierte en lugar de transparencia del Espíritu, de forma que por ella, en ella, nace sobre el mundo el Hijo eterno. De tal modo ha escuchado a Dios que la Palabra seconvierte en vida humana en medio de ella. Humanamente hablan-do, la Palabra se convierte en Hijo: alguien que nace y va creciendo en el espacio de acogida y entrega de una madre. Pues bien, el gran misterio se condensa así: naciendo de la escucha de María, como su hijo, Jesús es a la vez el Hijo eterno; es el que nace desde siempre en el seno maternal de Dios que es el Espíritu.

De esa forma, la generación eterna del Hijo viene a realizarse, por la escucha de María, como generación temporal: el que nace de ella no es un ser distinto, un nuevo individuo personal sino que nace, en forma humana, el mismo Hijo eterno de Dios. Este es el misterio. Dios y María colaboran, según eso, en el mismo surgimiento de Jesús.

Ciertamente, no colaboran sobre el mismo plano. No son dos agentes que arrastran, como en sirga, cada uno por un lado del canal, la misma barca de la vida de Jesús (según la imagen usual del molinismo, en la controversia De auxiliis). Dios será actuante principal, primero, y todo poder y actividad proviene de su gracia. Pero el mismo Dios ha querido que su Hijo realice su generación divina en forma humana. Por eso necesita de María. Ella es la madre temporal del mismo Hijo eterno.

Transparencia personal del Espíritu. Tres esquemas

La colaboración anterior sólo es posible si María queda «transformada en Dios», si es que recibe su fuerza y su verdad en el Espíritu divino. Así lo viene a declarar Lc 1,35: «el Espíritu santo vendrá sobre ti...». Estas palabras se han entendido en tres perspectivas principales que ahora explicaremos: de creación escatológica, de inhabitación sacral, de transparencia personal. Ellas nos ayudan a entender mejor el tema.

El esquema de creación escatológica

ha sido utilizado, sobre todo, por los investigadores protestantes. Superando todos los mitos hierogámicos que aluden a un comercio sexual entre Dios y una mujer del mundo y después de un cuidadoso análisis de textos del AT y judaísmo intertestamentario, C. K. Barret afirma que la presencia del Espíritu en María debe interpretarse a partir de los relatos de la creación (Gén 1,2s) que ahora se entienden en con-texto escatológico. «Así como el Espíritu de Dios estaba activo en la creación del mundo, del mismo modo había que esperar a ese mismo Espíritu también en su renovación. Se saca fácilmente la conclusión de que la entrada del redentor en el escenario de la historia era la obra del Espíritu; y esto explica la introducción del Espíritu en los relatos del nacimiento».

«La entrada de Jesús en el mundo constituye la inauguración de la nueva creación por parte de Dios, y por tanto tiene su única analogía verdadera en el Génesis» 4. De esta perspectiva se deducen dos consecuencias fundamentales.

1) Una sobre el hecho: la concepción de Jesús y su venida al mundo por María constituyen la nueva creación a que aludieron los profetas, es la culminación de la historia, el mundo nuevo.
2) Otra sobre María: ella es la tierra verdadera, aquella madre tierra que, siendo por sí misma infértil, caos y vacío, Dios mismo ha fecundado con su Espíritu. En esta línea, a través de la esperanza judía, el cristianismo habría asumido y transfigurado, concentrándolo en María, el viejo mito agrario de la tierra como Diosa-Madre: es signo de fecundidad, origen de los vivientes. 5

El esquema de la inhabitación sacral

ha sido utilizado especial-mente por autores católicos de tradición francesa. María representa para ellos la verdad y cumplimiento de aquello que indicaba la presencia fecundante de Dios en Israel, representado como hija de Sión, templo santo o arca de la alianza. En esta línea se sitúa R. Laurentin, cuando se funda en el signo de Ex 40,35: «la nube cubrió el tabernáculo y la gloria de Dios llenó el santuario». Nube y gloria de Dios son para Lc 1,35 los signos del Espíritu de Dios (Pneuma-Dynamis) que cubren a María y la fecundan con su gracia 6 Algo matizada, esta opinión se ha vuelto común en muchos católicos: la presencia del Espíritu de Dios que viene a cubrir a María (episkiasei) se interpreta sobre el fondo de la nube que llena el tabernáculo o el templo (cf. Núm 9,18.22; 2 Crón 5,7; Ez 36,26-27). María es, por lo tanto, el santuario escatológico de Dios entre los hombres 7. En esta perspectiva se apoyan también dos consecuencias.

1) Una sobre el hecho: por medio de la anunciación, Lc intenta mostrar que las promesas de Israel ya se han cumplido.
2) Otra sobre María: ella es el templo verdadero, es campo de presencia del Espíritu, lugar sagrado donde habita la divinidad para expandirse después a todo el pueblo 8. Evidentemente, esta presencia es dinámica: el Espíritu de Dios está en María para hacerla madre, lugar de surgimiento salvador del Cristo.

(cf
C. K. Barret, El Espíritu santo en la tradición sinóptica, Salamanca 1978, 50-52.
Cf. J. Morgenstern, Some significant antecedents of Christianity, Leiden 1966, 81-96. Destaca el trasfondo mítico en la figura de Maria G. Ashe, The Virgin, London 1976, 7-32.
Cf. R. Laurentin, Structure et Théologie de Luc I-II, Paris 1957, 73s. En perspectiva protestante desarrollan estos presupuestos H. Sahlin, Das Messias und das Gottesvolk, Uppsala 1945, 127s; M. Thurian, La Madre del Señor, figura de la Iglesia, Zaragoza 1966, 65s.
Cf. A. Feuillet, Jésus et sa Mére, Paris 1974, 17s.
Para una visión más extensa del tema, cf. E. G. Mori, Hija de Sión, en Nuevo Dic. Mariología, o.c., 824-833)).

Hay un tercer esquema que, a falta de otro nombre mejor, hemos llamado de transparencia personal y dialogal.

Se trata de un modelo que aún no se ha desarrollado plenamente. Representa un deseo más que una linea exegética, un presentimiento más que una visión sistemática. La defienden aquellos que se sienten incómodos ante las imágenes anteriores. María es para ellos más que tierra vacía a la que viene el Espíritu de Dios para crear en ella un mundo nuevo (contra la primera visión). María es más que un templo, más que objeto sagrado o tabernáculo en que viene a posarse la nube, como signo de presencia de Dios (contra la segunda visión).

María es una persona y los principios de su encuentro con Dios deben matizarse en forma personal. La presencia del Espíritu en María sólo puede entenderse desde el fondo de un diálogo de libertad, de llamada y de respuesta, de amor y de obediencia que desborda los esquemas cósmico-sacrales. Ella es ante todo la mujer agraciada: es amada de Dios, cosa que no puede asegurarse de la tierra o tabernáculo. Dios muestra su amor dialogando con ella por el ángel: esto significa que el Espíritu ha de verse en el contexto de un encuentro respetuoso, de acogida y respuesta. Por eso, acción y presencia del Espíritu en María acaban dependiendo de su propia palabra, de su «fíat».

Ha llegado el momento en que, al lado del genetheto (Gén 1,3) de la creación primera de Dios venga a situarse el genoito de María (Lc 1,38) que aparece como centro y colmen de la nueva creación. En el principio Dios dijo un «hágase» en imperativo, sin pedir permiso a lo creado. Ahora, al final, Dios mismo tiene que esperar la palabra de María, como un «hágase en mí», en forma optativa, de deseo, que no impera sobre Dios sino que dialoga con él, de tal modo que los dos se juntan en un mismo misterio de amor y encarnación.'

Esto nos conduce a un campo inesperadamente nuevo de presencia de Dios y plenitud para María. El Espíritu santo aparece en ella como poder de Dios que actúa dialogando. Es un espacio de llamada y respuesta, es el encuentro donde vienen a juntarse fuerza del Altísimo y libertad de lo creado. El Espíritu se define como mediación eterna en que se unen el Padre con el Hijo. Pues bien, el mismo Espíritu vincula dentro de la historia (como historia escatológica) al Padre con el Hijo por María: ella es por tanto la revelación histórica de la mediación intradivina.

(Sobre el sentido del «genoito» de Lc 1,38 y la diferencia entre el optativo y el imperativo, cf. C. M. Zerwick, Analysis philologica NT graeci, Roma 1960, 130; F. Blass y A. Debrunner, A Greek Grammar of the NT, Chicago 1961, 194-196.

Desde ahora, la realidad del Espíritu de Dios como poder de creación y presencia salvadora en Israel (esquemas anteriores) no puede separarse de la vida y gesto de María. Pero ella es más que objeto, más que tierra o casa santa a la que adviene el Espíritu de Dios desde lo externo. Con su acogida y respuesta, su amor y obediencia creadora, María viene a presentarse como transparencia y signo pleno del Espíritu de Dios entre los hombres. Así lo ha interpretado Lucas. Así lo empiezan a entender muchos cristianos. 1

Personalmente me inclino por esta tercera perspectiva. Ciertamente, a Lc le interesa sobre todo el «fruto de María», esto es, el nacimiento del Hijo eterno. Pero como teólogo avezado a la manera de actuar de Dios y situándose dentro de la tradición de la Iglesia, sabe que ese nacimiento no puede interpretarse ni entenderse sin la fuerza y presencia del Espíritu. Por eso, aunque el sentido del texto (Lc 1,26-38) sea básicamente cristológico (no mariológico), debemos añadir que importa mucho la figura de María.

Ella no es un instrumento mudo, no es un medio inerte que Dios se ha limitado a utilizar para que nazca el Cristo. Ella es lugar de plenitud del Espíritu, tierra de la nueva creación, templo del misterio. Más aún, es la persona realizada y perfecta que dialoga en libertad con Dios allí donde culmina ya la historia. Sólo así, como persona, se introduce en el Misterio divino (Trinidad).

Por eso, entre el Espíritu y María hay una mutua información o causalidad. El Espíritu hace a María la Madre del Hijo de Dios; María ofrece al Espíritu de Dios su vida humana para que a través de ella pueda surgir el mismo Hijo eterno dentro de la historia.

3. APÉNDICE. PROTO‒EVANGELIO DE SANTIAGO.

(Para curiosidad de los devotos cito las primeras páginas del apócrifo cristiano antiguo, el Protoevangelio de Santiago, que ha influido durante siglos en la piedad y liturgia cristiana, especialmente en la fiesta de la Inmaculada y del Nacimiento de María)

Joaquín
I 1. Consta en las historias de las doce tribus de Israel que había un hombre llamado Joaquín, rico en extremo, el cual aportaba ofrendas dobles, diciendo: El excedente de mi ofrenda será para todo el pueblo, y lo que ofrezca en expiación de mis faltas será para el Señor, a fin de que se me muestre propicio.

2. Y, habiendo llegado el gran día del Señor, los hijos de Israel aportaban sus ofrendas. Y Rubén se puso ante Joaquín, y le dijo: No te es lícito aportar tus ofrendas el primero, porque no has engendrado, en Israel, vástago de posteridad.

3. Y Joaquín se contristó en gran medida, y se dirigió a los archivos de las doce tribus de Israel, diciéndose: Veré en los archivos de las doce tribus si soy el único que no ha engendrado vástago en Israel. E hizo perquisiciones, y halló que todos los justos habían procreado descendencia en Israel. Pero se acordó del patriarca Abraham, y de que Dios, en sus días postrimeros, le había dado por hijo a Isaac.

4. Y Joaquín quedó muy afligido, y no se presentó a su mujer, sino que se retiró al desierto. Y allí plantó su tienda, y ayunó cuarenta días y cuarenta noches, diciendo entre sí: No comeré, ni beberé, hasta que el Señor, mi Dios, me visite, y la oración será mi comida y mi bebida.

Dolor de Ana
II 1. Y Ana, mujer de Joaquín, se deshacía en lágrimas, y lamentaba su doble aflicción, diciendo: Lloraré mi viudez, y lloraré también mi esterilidad.... Y sumamente afligida, se despojó de sus vestidos de duelo, y se lavó la cabeza, y se puso su traje nupcial, y, hacia la hora de nona, bajó al jardín, para pasearse. Y vio un laurel, y se colocó bajo su sombra, y rogó al Señor, diciendo: Dios de mis padres, bendíceme, y acoge mi plegaria, como bendijiste las entrañas de Sara, y le diste a su hijo Isaac.

III 1. Y, levantando los ojos al cielo, vio un nido de gorriones, y lanzó un gemido, diciéndose: ¡Desventurada de mí! ¿Quién me ha engendrado, y qué vientre me ha dado a luz? Porque me he convertido en objeto de maldición para los hijos de Israel, que me han ultrajado y expulsado con irrisión del templo del Señor.

Anunciación a Ana

IV 1. Y he aquí que un ángel del Señor apareció, y le dijo: Ana, Ana, el Señor ha escuchado y atendido tu súplica. Concebirás, y parirás, y se hablará de tu progenitura en toda la tierra. Y Ana dijo: Tan cierto como el Señor, mi Dios, vive, si yo doy a luz un hijo, sea varón, sea hembra, lo llevaré como ofrenda al Señor, mi Dios, y permanecerá a su servicio todos los días de su vida.
2. Y he aquí que dos mensajeros llegaron a ella, diciéndole: Joaquín tu marido viene a ti con sus rebaños. Porque un ángel del Señor ha descendido hasta él, diciéndole: Joaquín, Joaquín, el Señor ha oído y aceptado tu ruego. Sal de aquí, porque tu mujer Ana concebirá en su seno.
3. Y Joaquín salió, y llamó a sus pastores, diciendo: Traedme diez corderos sin mácula, y serán para el Señor mi Dios; y doce terneros, y serán para los sacerdotes y para el Consejo de los Ancianos; y cien cabritos, y serán para los pobres del pueblo.

Concepción de María

4. Y he aquí que Joaquín llegó con sus rebaños, y Ana, que lo esperaba en la puerta de su casa, lo vio venir, y, corriendo hacia él, le echó los brazos al cuello, diciendo: Ahora conozco que el Señor, mi Dios, me ha colmado de bendiciones; porque era viuda, y ya no lo soy; estaba sin hijo, y voy a concebir uno en mis entrañas. Y Joaquín guardó reposo en su hogar aquel primer día.

V 1. Y, al día siguiente, presentó sus ofrendas, diciendo entre sí de esta manera: Si el Señor Dios me es propicio, me concederá ver el disco de oro del Gran Sacerdote. Y, una vez hubo presentado sus ofrendas, fijó su mirada en el disco del Gran Sacerdote, cuando éste subía al altar, y no notó mancha alguna en sí mismo. Y Joaquín dijo: Ahora sé que el Señor me es propicio, y que me ha perdonado todos mis pecados. Y salió justificado del templo del Señor, y volvió a su casa.

2. Y los meses de Ana se cumplieron, y, al noveno, dio a luz. Y preguntó a la partera: ¿Qué he parido? La partera contestó: Una niña. Y Ana repuso: Mi alma se ha glorificado en este día. Y acostó a la niña en su cama. Y, transcurridos los días legales, Ana se lavó, dio el pecho a la niña, y la llamó María.

(Texto tomado de E. G. Blanco, Los Evangelios Apócrifos, Madrid 1934, I, 329-332.http://escrituras.tripod.com/Textos/ProtEvSantiago.htm Hay ediciones en la BAC y en Ciudad Nueva, pero no están disponibles en Internet)