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sábado, 8 de diciembre de 2012

Triduo de la Inmaculada 1. Teología


Quiero ofrecer una visión de conjunto del misterio de María, mujer, persona, madre, amiga, con un triduo pensado para preparar y celebrar su fiesta, en el Adviento. Con María esperamos la Navidad, la Venida del Hombre (ser humano) verdadero.

1. Hoy (6 del 12) ofrezco una extensa reflexión antropológica y teológica, tomada de mi libro La Madre de Jesús, Sígueme, Salamanca 1990. Así regalo lo mejor de mi experiencia teológica antigua a quienes quieran seguir pensando con (y sobre) María, como mujer, como persona
2. Mañana, Vigilia la fiesta, ofreceré un comentario bíblico al texto de la Anunciación (que la liturgia ha escogido para iluminar el sentido del misterio). Me ha servido más de una vez para preparar la Vigilia. Puede servir también a otros.
3. Finalmente, el día 8, celebración de la Inmaculada presentaré una reflexión dogmática, ya más concreta sobre el tema.
A todos los “amigos” de María Inmaculado deseo con este triduo una intensa celebración de la fiesta, Mujer, Persona, Amiga, en clave espiritual, comunitaria, de gozo y compromiso humano.

La reflexión con la que hoy comienzo es “larga”, de tipo teológico. Para muchos será quizá demasiado teórica. Pasen de largo ante ella, busquen otros textos... Pero sigan leyendo, por favor, quienes están interesados por el tema de fondo de la Inmaculada, desde una perspectiva antropológica y teológica.


Quien tenga poco tiempo, copie por favor el tema. Se trata de un motivo importante, para pensar y sentid, con la tradición de la Iglesia. Como verá quien siga leyendo, la reflexión que ofrezco consta de cuatro partes:

1. El hombre bajo el pecado
2. La Inmaculada Concepción
3. La libertad de María. Su despliegue personal
4. Apéndice. Muerte y Asunción de María.

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Buena preparación de la Inmaculada para todos los amigos de la Vida, amigos de María, mujer, persona, amiga.

1. El hombre bajo el signo del pecado



En el fondo del dogma de la Inmaculada Concepción, que la Iglesia ha definido por intuición creyente de los fieles más que por razones conceptuales de la teología, hallamos un dato primordial de todo pensamiento antropológico cristiano. María es ante todo una persona. Ella ha sido concebida y nace como creatura de Dios, dentro del tiempo de la historia. No pertenece al despliegue (positivo o negativo) de Dios, no es tampoco una apariencia, sombra de la tierra que deslumbra en un momento y luego pierde su fulgor, diluida en el gran mar de lo divino. Tampoco es un momento pasajero del gran círculo de vida en que las almas siempre giran en el tiempo hasta que un día consigan liberarse de sus ata-duras temporales. María no es tampoco un momento del gran río de las cosas donde todo se desliza sin llegar nunca a su meta. Ella ha surgido desde Dios como persona finita y diferente, dentro de la historia.

Pero, naciendo desde Dios, María nace al mismo tiempo dentro de la historia de los hombres, inmersa en un proceso que conforme a la doctrina de la Iglesia, fundada en la Escritura (cf. Gén 3, Rom 5), se encuentra perturbado, casi destruido por la fuerza del pecado. Por eso decimos que los hombres nacen (emergen, se despliegan) en un campo y movimiento de pecado original, como miembros de una humanidad que, aun recibiendo el impulso de la gracia de Dios, parece empeñada en destruirse, como lo ha indicado el Vaticano II:

“Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios pero no le glorificaron como a Dios. Oscurecieron su estúpido corazón y prefirieron servir a la creatura, no al Creador (cf. Rom 1,21-25). Lo que la revelación divina nos dice coincide con la experiencia. El hombre, en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no pueden tener origen en su Santo Creador... Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona...” (Gaudium et spes 13).

Esta es la condición del hombre sobre el mundo. Desde el mismo comienzo de su historia (ab exordio historiae) vive interna-mente roto. Por un lado sigue siendo hijo de Dios, está invitado a la herencia de la vida. Pero, por otra parte, surge y se despliega en un campo de pecado que no puede superar por medio de su esfuerzo. Esto es lo que el dogma de la Iglesia ha precisado desde antiguo cuando habla del pecado original: hay en nuestra vida una tragedia muy particular que está fundada en la misma opción hu-mana. No es tragedia haber nacido, como si fuéramos los hijos de un pecado de los dioses (de una división intradivina). Ni es tragedia el vivir, como si toda la materia fuera mala. Pecado es aquel tipo de existencia, aquella forma de vida compartida que los hombres hemos suscitado como efecto de una mala voluntad desde el comienzo de la historia.

Dos son, a mi juicio, los aspectos fundantes de eso que llamamos el pecado original: su carácter universal (abarca a todos los hombres) y su aspecto histórico (se transmite por herencia). Veamos el primer rasgo, aquel que se sitúa en perspectiva sincrónica: el pecado original pertenece al hombre en su conjunto; es de «adam», la humanidad entera. Resulta derivado saber si en el principio de esa humanidad había sólo un ser humano (una pareja) o existían múltiples parejas. La palabra de la Biblia afirmará que el pecado pertenece a todas ellas, al conjunto: al rebelarse contra el sentido de su vida humana (contra Dios) los hombres han quebrado y destruido la misma realidad de su existencia. No es un hombre aislado el que se pierde, es la misma humanidad, manchada y pervertida en su camino y en sus propias estructuras de vida compartida. La humanidad como tal está quebrada, se hace incapaz de tender hacia el futuro que Dios le ha prometido (al paraíso). Por eso, los que nacen en esa humanidad nacen perdidos o, mejor, disminuidos de antemano.

Siendo pecado de la sociedad en cuanto tal, este pecado pertenece al mismo ser actual de nuestra historia. Por eso, toda la tradición cristiana afirma que se transmite por herencia. Esa herencia no ha de verse de manera biologista, como a veces ha pensado cierta teología que en el fondo ha interpretado ya la misma forma «vital» (sexual) de concebir como si fuera en sí pecado. Entender así el problema es situarlo en el nivel de biología, más propio de animales que de hombres. Los animales evolucionan a través de mutaciones transmitidas por herencia biológica. Los hombres, en cambio, se propagan y transmiten su verdad y vida humana a través de la cultura. Lo que ellos van transmitiendo humanamente, en clave de realización antropológica, es más que una existencia material; extienden y propagan unas formas de entender y realizar la propia vida, unas posibilidades humanas de existencia. En ese plano debe situarse el tema del pecado original o protohumano (Nos parece importante la visión de K. Rahner, Pecado original y evolución: Concilium 26 (1976) 400-414).

Según eso, nuestra herencia cultural humana está manchada. Quiero entender esa palabra de manera muy extensa: cultura es aquello que desborda el nivel de la naturaleza interpretada en forma de necesidad vital o material (mecanicista). En ese aspecto ella trasciende nuestras posibilidades físico-biológicas. Pues bien, en ese plano de creatividad (donde también es posible la destrucción histórica) viene a situarnos el pecado. Es aquí donde se expresa y se realiza de verdad nuestra existencia.

Debo recordar que la cultura, con su posibilidad de creación nueva y pecado, configura todos los aspectos de la vida del hombre sobre el mundo. Cultura es la manera de buscar a Dios y rechazarlo; cultura son las formas de existencia social, las estructuras económico-políticas, la experiencia fundante de la vida. Sólo en ese nivel el hombre puede realizarse verdaderamente como humano, es decir, como persona: ser que es libre, responsable de sí mismo, abierto en gratuidad hacia los otros, partiendo de la gracia originante del misterio (de Dios). Pues bien, conforme al testimonio de la Iglesia, esa cultura primordial que debería hallarse abierta hacia la vida y realización de las personas se ha encontrado desde siempre perturbada, por culpa de la misma actuación humana, es decir, de su pecado originario. Los hombres nacemos en un mundo de pecado y no podemos superarlo si empleamos sólo nuestras fuerzas. Eso significa que todos nos hallamos condenados a una búsqueda sin fin, en un proceso destructivo que en sí mismo carece de remedio.

Resumamos lo anterior. Lo que llamamos pecado original es la existencia perturbada y destruida de los hombres, en clave histórica y social. Pecado es el camino actual de nuestra historia, interpretado por la Biblia como sucesión de males. Pecado es igualmente la estructura social en la que viven los hombres sobre el mundo, la violencia, destrucción y muerte que nos tiene dominados.

Pasando al plano individual podemos afirmar ya que el pecado original se ha traducido en la incapacidad de realizarnos como personas. Para que podamos realizarnos como personas nos ha creado Dios; pero nosotros quedamos en caminos, perturbados en los tres aspectos primordiales de la propia vida: nacimiento, realización y muerte. En ese aspecto, y en forma puramente introductoria, podemos afirmar que el pecado original se expresa en cada hombre de tres formas:

a) Hay un pecado original originante. Viene dado en la experiencia perturbada del origen: nacemos desde un mundo que se encuentra ya manchado, un mundo que nos marca ya desde el principio, introduciéndonos en sus propias redes de poder, mentira y egoísmo. En ese aspecto debemos afirmar que el pecado constituye para nosotros una experiencia (y una realidad) fundante: nacemos desde un fondo o «seno» mundano de pecado.

b) Hay un pecado original configurante. Viene dado por la experiencia perturbada de la propia realización: nos vamos realizando en una especie de contexto de mentira que por todas partes nos oprime, nos ahoga. Somos incapaces de alcanzar la transparencia y la verdad total sobre la tierra. Por eso nos sabemos siempre deficientes, manchados, por la misma forma de existencia que vivimos más que por las cosas malas que podamos realizar.

c) Finalmente hay un pecado original clausurante, si es que se puede utilizar esa palabra: nuestra vida acaba por la muerte, como han visto con toda lucidez Gén 3 y Rom 5. La muerte en su nivel biológico no tiene por qué ser un pecado (o consecuencia de pecado). Pero es pecado el modo concreto de la muerte «humana» que nosotros padecemos, como lejanía de Dios y destrucción de la existencia.

El pecado original no es por lo tanto una pequeña nota de carácter moralista que pudiera añadirse sobre un fondo de vida precedente perfecta y no manchada. Pecado es nuestra forma de vida sobre el mundo. Pecado es la manera en que acogemos (transmitimos), realizamos y acabamos la existencia. Por eso, el NT nos advierte que estamos «bajo el signo insuperable del pecado»: hemos destruido el camino de la vida y por nosotros mismos no podemos ya encontrarlo y realizarlo. Dios nos creó para ser personas y nosotros nos hacemos simples seres de violencia y muerte. Eso es el pecado.

Pues bien, sobre ese fondo del pecado original, la Biblia afirma que Jesús, Hijo de Dios, ha desplegado su vida sin pecado. Nació en el mundo y asumió su herencia dura y conflictiva, pero surgió y se fue educando (madurando) siempre en gracia. En gracia respondió al asumir su propia vida y realizarse, en camino de Reino. Por eso se dice que fue tentado en todo «como nosotros, pero no tuvo pecado» (cf. Heb 4,15). Pues bien, partiendo del AT y fundándose en su propia experiencia de la gracia pascual, la Iglesia ha visto que en el fondo de la historia de pecado original (de la que surge Jesucristo) existe también una corriente poderosa de gracia y esperanza. Dios iba actuando ya en el mismo camino de la historia israelita, preparando la llegada de Jesús (cf. 2 Cor 5,21). Dios iba ofreciendo germen y principio de vida y plenitud desde la entraña misma de la historia, preparando así la llegada del mesías. En el campo de esa preparación encontramos a María.

2. La Inmaculada Concepción


El misterio de María como Inmaculada pertenece al ámbito y camino de la historia de la salvación. Por gracia de Jesús ella consigue realizarse plenamente como persona, allí donde los otros hombres aún no habían logrado realizarse de manera total y ser personas. Por gracia de Jesús ella ha quebrado la ley de sucesión (herencia) de pecado de la historia, naciendo en ámbito de gracia (sin pecado original originante). Por gracia de Jesús se ha mantenido siempre en gracia, respondiendo con amor al amor que Dios le ha dado (y superando así el pecado original configurante). Por gracia de Jesús y en actitud de entrega plena, ella ha muerto en manos de la gracia, siendo asumida en la gloria de Dios (y superando así el pecado original clausurante).

La Iglesia ha descubierto este misterio de gracia de María a partir de Lc 1,26-38: para ser madre del Cristo, ella ha debido dialogar con Dios en actitud de gracia. Ella no se hallaba, por lo tanto, inmersa y destruida en el pecado. Sólo como limpia, inmaculada, pudo mantener en plenitud su alianza de amor con Dios, apareciendo así como elegida, «amada», llena de gracia (kekharitomene) sobre el mundo. Por eso, el misterio de la Concepción Inmaculada de María, lejos de ser una excepción carente de sentido, viene a desvelarse como un elemento muy valioso de la historia de la gracia. Así lo ha declarado de manera solemne el magisterio de la Iglesia:

“Declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la B. Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída” (DS 1641).

Estas son palabras de la definición dogmática de Pío IX en 1854. Ellas expresan, en términos teológicos propios de aquel tiempo, una experiencia católica f undante: sobre el pecado de la historia de los hombres, que amenaza con romper y destruir todo lo humano, Dios mismo ha querido suscitar un nuevo tipo de existencia. Para hacerlo humanamente no ha querido introducirse por la fuerza; por eso no se impone desde arriba, como si obligara a los hombres a salvarse aunque ellos no quisieran. Dios quiere salvarnos a través de nuestra misma historia humana y por eso ha introducido en ella un germen positivo de gracia y de perdón, una semilla de esperanza que ha venido a culminar en Cristo. Sólo de esa forma, siendo el Hijo eterno de Dios Padre, Cristo viene a ser el hijo de la historia, haciendo suya toda la esperanza del AT (de la búsqueda humana).

Recordemos que esa búsqueda del hombre es don de Dios, es signo de su revelación en nuestra historia. Pues bien, ese don es eficaz, esa revelación es positiva, de tal forma que suscita, dentro de la misma historia salvadora, una especie de reguero de gracia y esperanza. Eso significa que el pecado original no tiene carácter totalizante, no se puede interpretar como exclusivo. Al lado del pecado existe desde siempre la gracia: búsqueda de Dios, amor de gratuidad, una esperanza abierta hacia la vida, como presupone ya Gén 3.

A veces presentamos el pecado original como algo «amorfo», como si fuera un estado o realidad que alcanza de igual forma a todos los vivientes de la tierra. Esa visión resulta, a mi entender, simplista, incluso falsa. El pecado original adquiere concreción y se «modula» a lo largo de la historia, de manera que esa misma historia (por la gracia de Dios) hace posible el surgimiento de personas que asumen y realizan ya un camino de esperanza abierto hacia la gracia final, al don de la existencia personal y liberada de los hombres. Este es, a mi juicio, el sentido del AT: va ofreciendo la esperanza del amor, va preparando la victoria de Dios contra el pecado original del hombre. Pues bien, en el momento final de esa gran línea del AT, allí donde se vuelve ya inminente y luego realiza la victoria de la gracia, encontramos a María, la primera persona liberada de la historia.

Cuando decimos que ella ha sido concebida sin pecado original hacemos una afirmación histórica y teológica de primera magnitud que nos capacita para reformular todo el sentido de la antropología cristiana. Hablando de María como Inmaculada, hablamos de Dios y de su Cristo. Al mismo tiempo hablamos de Israel y de la Iglesia. En el lugar donde se cruzan todos esos caminos la encontramos ya como persona inmaculada, la primera persona verdadera de la historia humana.

En primer lugar, la Inmaculada nos remite a Dios. Aquí estamos ante el Dios que ha querido dirigir la historia humana, en gesto de amor respetuoso pero fuerte. Por eso, conforme a una palabra muy antigua de la Iglesia, Dios no quiere que el camino de la historia quede clausurado en Eva que es el signo de la madre pecadora. Dios ha decidido seguir dialogando con los hombres, de manera que ellos mismos busquen y de alguna forma logren suscitar la salvación sobre la tierra. Por eso mismo necesita de María: quiere un dialogante humano que reciba su palabra final y le responda, de manera que su salvación (siendo divina) sea al mismo tiempo salvación humana. Por eso espera la respuesta de María. Necesita que en el fondo ella sea Inmaculada: que escuche su palabra y le responda de manera plena, haciendo así posible la salvación de todos los humanos.

Al hablar de la Inmaculada hablamos de Cristo. El texto de la definición conciliar nos decía que «Dios ha preservado a María de pecado en atención a los méritos de Cristo». Esto significa que ella no es Inmaculada por sí misma, como si fuera sólo una excepción, una especie de capricho que Dios ofreciera para la madre de su Hijo. No es capricho ni ruptura de un Dios que, pasando por encima de sus leyes, habría dejado de cumplir lo establecido dentro de la historia. La Inmaculada pertenece «al orden nuevo de la redención», al camino de surgimiento mesiánico: Jesús nace en un mundo de ley y de pecado (cf. Gál 4,1-4); pero nace, al mismo tiempo, de la vida y la promesa de Dios que ha ido actuando en la historia israelita. Dios mismo ha preparado cuidadosamente el nacimiento de Jesús sobre la tierra (como victoria del amor sobre el pecado). Pues bien, como elemento principal y casi necesario de ese nacimiento encontramos a María.

Al hablar de la Inmaculada hablamos de Israel. En esta perspectiva deben resumirse las aportaciones de la mariología actual al presentarla como «hija de Sión», el verdadero Israel que está alcanzando ya su redención. María es «inmaculada» porque en la historia difícil y tortuosa de Israel, al lado del pecado, ha ido surgiendo y desplegándose el camino de la gracia. Por eso, su venida o «concepción» sólo puede interpretarse en perspectiva de promesa y vida israelita. Dios ha querido preparar «un pueblo justo», como han entrevisto los profetas; ha preparado un lugar de nacimiento para el Cristo, que es su Hijo sobre el mundo. En esa perspectiva hay que afirmar que, conforme a la vivencia de la Iglesia, el camino israelita ha culminado a través del nacimiento y vida creyente de María. En ella adquiere su sentido todo el camino precedente de esperanza del AT.

Finalmente, este misterio de la Inmaculada se refleja y culmina en la existencia de la Iglesia. Así lo ha comprendido ya la tradición, así lo indica de manera velada el documento pontificio de 1845, cuando presenta a María inmaculada como signo de gracia para todos los creyentes: en ella se realiza, de manera anticipada y plena, la verdad más honda de la Iglesia, la fuerza del amor hecha presencia de vida en nuestra tierra. Así lo ha destacado el Vaticano II cuando afirma que María «es tipo de la Iglesia»; por eso, los creyentes deben mirar hacia María «contemplando su arcana santidad e imitando su caridad» (Lumen gentium 63, 64). Mirando hacia María Inmaculada, la Iglesia descubre su propia vocación de santidad y encuentro con Dios en Jesucristo. Precisamente en esta perspectiva queremos situarnos cuando llamamos a María «la primera persona de la historia»: ella nos muestra la verdad y plenitud de aquello que nosotros buscamos sobre el mundo.

Y con esto podemos plantear ya el tema de manera más directa. Muchas veces, por la inercia del lenguaje y por la misma forma de entender el pecado original, suponemos que el misterio de la Inmaculada sólo afecta al principio de la vida de María: al instante de su concepción interpretada de manera biológica. Conforme a la lógica del mundo, aquella concepción tendría que haber sido en pecado, como un momento más de la cadena de los males que se expresan y despliegan en la historia, adueñándose de aquellos que empiezan ya a nacer sobre la tierra. Como miembro de la historia de pecado debió surgir María, apareciendo por lo tanto como pecadora desde el mismo encuentro fecundante de sus padres. Pues bien, quebrando ese camino de pecado, Dios se quiso revelar ya desde ese instante como nuevo padre y creador que vela amorosamente por María, desplegando en ella un nuevo comienzo de existencia en ámbito de gracia.

Conforme a este modelo, la Inmaculada Concepción sería sólo un «don de Dios», el signo más intenso de su gracia previniente. Allí donde ese Dios ha permitido que otros hombres penetren ya manchados en la lucha de la historia y deban. decidirse por el bien desde una vida que comienza inmersa en el pecado, el mismo Dios ha decidido que María no padezca y sufra esa batalla. Por eso la libera por anticipado. En vez de redimirla en un momento posterior, cuando ella misma hubiera ya asumido el bien en Jesucristo, Dios la ha liberado y redimido en un momento precedente: la ha librado ya en el mismo momento de su origen. Por eso ella ha nacido Inmaculada.

Esta perspectiva resulta muy valiosa y debemos, de algún modo, conservarla; pero, mirada en más hondura, ella termina siendo insuficiente, como ahora mostraremos. Dos son las razones de esa insuficiencia: 1) no ha tomado en serio el valor del nacimiento como realidad humana que se cumple y se despliega a lo largo de toda la existencia; 2) tampoco hace justicia a la experiencia activa de María que ha debido oponerse con sus fuerzas a la fuerza del pecado en el transcurso de toda su existencia.

Comencemos con la concepción. Por la antropología moderna sabemos que el hombre es ser que «nace aún inmaduro». Por eso, estrictamente hablando, el tiempo de su concepción y nacimiento humano se despliegan a lo largo de los años de su infancia. Eso significa que el hombre no surge y se despliega como humano en un nivel de biología. El hombre es concebido y nace en plano cultural: en su nacimiento influyen los padres (y aun la misma sociedad) e influye de manera personal, definitiva, el mismo nuevo ser que está naciendo.

Concepción y nacimiento son acción de la sociedad y especialmente de los padres (de la madre) que ofrecen al que nace unas determinadas posibilidades de existencia biológica y cultural. Estrictamente hablando, lo que al niño se le ofrece, en una acción cruzada donde influyen múltiples factores, es un tipo de posibilidades de vida y realización humana. La misma sociedad viene a mostrarse así como «lugar de concepción», vientre materno y cuna donde va naciendo el niño en un proceso de maduración y emergencia personal.

Pues bien, cuando decimos que María ha sido concebida como Inmaculada, estamos afirmando que, por gracia de Dios, la sociedad israelita de su tiempo fue capaz de ir generando a una mujer en ámbito de pura y transparente gracia. Ciertamente es don de Dios todo el proceso del surgimiento de María. Pero es don que Dios despliega y que realiza por medio de «su pueblo», es decir, desde la cuna del AT israelita.

En esta perspectiva se destaca aún otro rasgo: siendo don de Dios, por medio de su pueblo israelita, la concepción inmaculada de María viene a presentarse también como expresión de su propia gracia humana. Ella nace inmaculada porque asume en forma limpia su propio nacimiento. En otras palabras: nace inmaculada porque quiere; quiere a Dios y va asumiendo su propio nacimiento como espacio de revelación de su misterio. En este sentido podemos recordar una palabra clave de Cervantes: «cada uno es hijo de sus obras» (Don Quijote). Hija de sus obras es María: hija de su propia opción creyente. Porque en este plano personal Dios nos ha hecho de tal forma que nosotros mismos somos lo que hagamos. No viene nuestra vida simplemente desde fuera. Dios la da si es que nosotros la aceptamos. Así nacemos, a través de nuestra historia, si nosotros mismos «nos nacemos».

En este lugar donde la acción de Dios por medio de la sociedad (los padres) viene a explicitarse ya como «pasión humana», es decir, como acogida personal culmina la verdadera concepción y nacimiento. Todo lo anterior (concepción primera y gestación, alumbramiento y vida aun inconsciente del niño) queda asumido de esa forma, así se ratifica en el nivel del pleno nacimiento humano. Ciertamente, lo anterior es importante, de algún modo resulta decisivo, porque ofrece al niño sus «posibilidades» de existencia. Pero ellas deben ser ratificadas en un proceso de «nacimiento personal» donde el niño asume lo recibido y de esa forma se realiza como ser independiente, en libertad autocreadora.

En ese aspecto debemos afirmar que cada uno nace de sí mismo naciendo de los otros: nace de su propia voluntad que asume aquello que le han dado y que se asume a sí mismo como persona diferente. Desde ese fondo debemos afirmar que María no es sólo Inmaculada porque Dios le ha dado (por medio de Israel) unas posibilidades de existencia positiva, abierta al plano de la gracia. Es Inmaculada porque ella misma acoge el don que Dios le ha dado, en un proceso de maduración personal que es transparente y creador, dentro de la historia. El misterio de la Inmaculada pertenece por lo tanto al proceso de realización personal de María, que así va desplegando su camino en santidad, como ha mostrado el Vaticano II:

“Por eso no es extraño que entre los santos Padres fuera común llamar a la Madre de Dios toda santa e inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu santo y hecha una nueva creatura. Enriquecida desde el primer instante de su concepción con esplendores de santidad del todo singular, la Virgen Nazarena es saludada por el ángel por mandato de Dios como llena de gracia (Lc 1,28) y ella responde al enviado celestial: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38)” (Lumen gentium 56).

Varios son los rasgos que destaca este pasaje. En primer lugar, entiende el misterio de la Inmaculada en perspectiva positiva, como signo de la gracia y santidad personales de María; Dios no se limita a realizar en ella un gesto negativo, liberándola de mancha original y de pecado; Dios la llena de su gracia y de esa forma hace que sea Inmaculada. Pero hay más: este misterio que comienza en el instante de la concepción viene a expresarse y realizarse a lo largo de toda la vida de María. Ella es Inmaculada porque Dios la va plasmando con su Espíritu de forma que viva y se despliegue sin cesar como persona «nueva», dueña de sí misma. A partir de aquí se entiende el rasgo decisivo: María puede dialogar con Dios en ámbito de alianza; puede escuchar la Palabra de Dios y responderle con su propia palabra de persona humana, desde el mismo centro de la historia. Para realizar este diálogo con Dios en gracia y libertad ha tenido que ir naciendo María como Inmaculada. Y con esto pasamos ya al segundo aspecto de su proceso biográfico.

3. La libertad de María. Su despliegue personal

María ha nacido para hacerse, de verdad, como persona. Por eso, nacimiento y realización se hallan unidos, en la línea que señala el apartado precedente: el hombre no es un ser que emerge en plano de pura biología, como los animales; nace en plano humano, recibiendo la posibilidad de ser persona y realizándola de un modo personal (comprometido, en apertura hacia los otros). Así lo ha visto el Vaticano II cuando alude al nacimiento y al despliegue pleno de María:

Así María, hija de Adán, aceptando la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús y abrazando la voluntad salvífica de Dios con generoso corazón y sin el impedimento de pecado alguno se consagró total-mente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la redención con él y bajo él, por la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, los santos Padres estiman a María no como un mero instrumento pasivo sino como una cooperadora a la salvación humana por la libre fe y obediencia (Lumen gentium 56).

Dejemos por ahora otros aspectos del pasaje y destaquemos los más significativos. A través de su nacimiento, María ha surgido como persona que es independiente. Es dueña de su propia vida y puede enfrentarse con el mismo Dios: dialogar con él y responderle. Ella no es un «instrumento» que Dios puede manejar a su capricho. No es tampoco un rasgo interno de la misma santidad de Dios, como un momento de su vida y su misterio. Ella es persona: dueña de sí misma, capaz de recibir una palabra de Dios y responderle.

Aquí entendemos el sentido radical de la persona como «sujeto frente a Dios», en clave de libertad definitiva. María es responsable de sí. Ni el mismo Dios puede forzarla y dominarla desde fuera. Es dueña de sí y por eso Dios ha de tratarla con respeto, ofrecerle (no imponerle) su palabra. Cuando esto sucede la persona ya ha nacido: ha nacido un ser distinto, una especie de «dios finito» que, por don de gracia, puede mantenerse ante el mismo «Dios que es infinito», dialogando con él. El ser humano nace a su existencia personal por la palabra, en clave de diálogo con Dios. Pues bien, llegando hasta el final en el camino comenzado por el AT, María es la primera que dialoga de esa forma con su Dios. Por eso hemos debido presentarla como la primera persona de la historia.

En este plano de palabra personal María colabora con Dios, como ha dicho el Concilio. Colaboración significa mutua libertad y mutua dependencia. Libre es Dios para crear y libre María para responder. Pero ambos han querido vivir y realizar la libertad en compañía. María ofrece a Dios el lugar de surgimiento humano de su Hijo, le ofrece su vida de mujer, su palabra de persona. Por su parte, Dios ofrece a María el misterio de su misma vida intradivina. Necesita de ella para expresarse en libertad y plenitud dentro de la historia: por eso pide y aguarda su respuesta de consentimiento (Lc 1,26-38).

En este nivel de palabra dialogal con Dios, María viene a realizarse de manera frontal como persona. Ella es más que «vientre y pechos», como quiere la sabiduría popular israelita (cf. Lc 11, 27). Ella es «la creyente» (cf. Lc 1,45): ha dialogado con Dios y en ese diálogo despliega y realiza su persona. De esa forma «acoge y guarda (cumple) la palabra» (cf. Lc 11,28), de manera que la misma Palabra de Dios puede volverse carne en nuestra historia (cf. Jn 1,14). En diálogo de colaboración con Dios María viene a presentarse ya como persona que ha nacido y vive en libertad sobre la tierra.

En esta perspectiva adquiere todo su sentido aquello que hemos dicho sobre la persona como realidad que sólo adquiere su sentido y se despliega en ámbito de gracia. Todas las restantes «relaciones» pasan, pasan y se acaban los restantes niveles de la vida (creatividad intelectual, dominio sobre el mundo...). Sólo en relación con Dios el hombre permanece para siempre, como sabe Is 40-50. Pues bien, en esta relación ha realizado María su sentido como ser que permanece, es decir, como persona.

También el pueblo israelita conocía esta relación y la expresaba en términos de alianza. Pero no la había culminado todavía, de manera que en ella aparecían dos limitaciones primordiales. 1) La verdadera personalidad pertenecía al conjunto nacional, no a los individuos como tales. Por eso, la fidelidad individual aparecía de algún modo como secundaria, derivada; lo que importa es que perviva y se realice el pueblo. 2) Además, el contenido y verdad de la persona no se hallaba fijado todavía; los hombres se encontraban en camino y sólo en el final de ese camino encontrarían su persona.

Pues bien, María viene a presentarse ya en el evangelio como una persona realizada. Es persona en cuanto individuo. Ciertamente, representa a todo el pueblo, pero es ella la que debe dar una palabra y realizarse plenamente (haciendo así que se realice el pueblo). En segundo lugar, María es persona realizada. Ha dicho lo que tiene que decir, es lo que debía ser y de esa forma de su propia vida y su palabra nace el Hijo de Dios sobre la historia. Por eso, no es preciso que nosotros sigamos esperando: la palabra del hombre ya está dicha, Dios ya está encarnado dentro de la historia.

De los rasgos y camino de esta realización personal de María, en apertura a Dios, por Cristo, no podemos hablar con detención ahora. Hemos expuesto ya el problema en apartados anteriores de este libro, al ocuparnos de eso que llamábamos el evangelio de María. Allí hemos ido viendo aquello que el Concilio presentaba como su peregrinación creyente, en el camino de la vida de Jesús, en el misterio de su muerte, en el nuevo nacimiento de la pascua del Espíritu (Hch 1-2). En todo este proceso, María va expresando y realizando su ser como persona, en los planos antes destacados.

María es ante todo persona por ser libre. Libre frente a Dios ha sido ella y libre ante los hombres. Por eso no ha pedido permiso al sacerdote ni al letrado, al político ni al jefe militar en el momento crucial de nuestra historia. Ha dialogado con Dios y ante Dios se ha decidido por sí misma (cf. Lc 1,26-38), poniéndose al servicio de la liberación mesiánica. En este nivel de libertad fontal, allí donde la vida (humana) de Dios mismo depende de su vida se sitúa la respuesta de María, surge la persona.

María es persona porque sabe y quiere decidirse. No se limita a vivir su libertad en un vacío, en una especie de contemplación intelectual que se desliga de las luchas y tareas de la historia. Dios mismo le propone la tarea dura y fuerte de la maternidad mesiánica dentro del camino de la historia. Ella la acepta y de esa forma acepta un tipo de existencia conflictiva, como indica Lc 2,24-25: la misma espada del juicio de Dios se clava en sus entrañas, de manera que ella debe asumir todo el sufrimiento de la historia.

Finalmente, María es persona en relación con otros seres personales, desde el Cristo. Ella asume el camino de Jesús y con Jesús la gran tarea de la culminación mesiánica del hombre en la línea de eso que pudiéramos llamar el proceso de personalización. Hablando de una forma general, diremos que María se encuentra en las dos vertientes de la historia. Ella es, por un lado, plenitud y cumplimiento de la antigua alianza: por eso en su palabra de «fiat» se condensa y ratifica toda la palabra precedente de los hombres. El AT alcanza así por medio de María su hondura personal. Por otro lado, ella viene a presentarse como signo y principio de la nueva alianza: es señal de todos los creyentes de la Iglesia que, fundados en Jesús, pueden realizarse ya como personas.

De este aspecto relacional de la persona de María tendremos que hablar más adelante, al situarnos en clave más sincrónica. Aquí sólo queremos indicar que el nacimiento y despliegue de María son inseparables del camino (nacimiento y despliegue) de los hombres. Pero debemos recordar que la persona culmina por la muerte; así tratamos su tercera dimensión constitutiva.

4. Apéndice. La muerte de María. Su asunción al cielo

Conforme al esquema que estamos empleando, la persona es ser que vive radicalmente en un diálogo: ha recibido la vida como don (en nacimiento) y como don ha de entregarla (por la muerte). Este es el modelo que realiza Jesucristo en plano eterno; eternamente acoge el ser y eternamente lo devuelve, en gesto agradecido, poniéndolo en las manos de su Padre. De esa forma «existe» como diferente; es realidad nueva, es persona, con el Padre, en el Espíritu. Al encarnarse, Jesucristo ha traducido y realizado en forma humana ese proceso personal del Hijo eterno: así nace de Dios naciendo de María; se entrega a Dios muriendo por los hombres en la historia. Pues bien, también María tiene que morir a fin de realizarse de manera total como persona: ha de poner su vida entera en manos de Dios Padre, poniéndola al servicio de su Reino.

Planteamos de esa forma un tema que los fieles cristianos han explicitado desde antiguo cuando hablan de la Asunción de María a los cielos: la Madre de Jesús ha culminado su camino, se ha entregado con el Cristo en manos de Dios Padre y Dios la acoge por medio del Espíritu en el mismo campo de su vida originaria. Esta ha sido la certeza constante de los fieles. De manera cordial, por intuición de fe, han sabido que la Madre de Jesús tenía que haber «resucitado» con su Hijo, culminando de esa forma su camino. De esa forma viene a presentarse como persona realizada, la primera persona de la historia. El Magisterio de la Iglesia ha definido como dogma esta certeza de los fieles:

Proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial (DS 2333).

Con estas palabras, el Papa Pío XII (año 1950) ha completado eso que pudiéramos llamar el ciclo de las definiciones antropológicas marianas. Nacimiento y muerte vienen a integrarse de manera que pueden ofrecernos una visión totalizadora de María: Dios ha dirigido de manera personal su nacimiento, haciendo que ella surja sin pecado; Dios la acoge en el momento de la muerte, de manera que ella resucita con Jesús como fruto primero de la nueva redención, como primera persona plenamente realizada de la historia.

Entre nacimiento y muerte, como expresión del don de Dios y resultado de la propia creatividad, surge el ser humano, se realiza la persona. La persona no es el alma que desciende de la altura para girar durante un tiempo por los ciclos de la tierra hasta que pueda liberarse elevándose de nuevo hacia la altura. No es tampoco un alma naturalmente inmortal que Dios ha introducido por un tiempo en el cuerpo hasta que llegue a desligarse y realizarse en su verdad, como inmortal, sobre los cielos. La persona no es momento del proceso evolutivo de la vida material, ni es apariencia de vida que fulgura sobre el mundo en un instante y después desaparece. La persona es aquel ser independiente, libre y creador de sí que Dios ha querido suscitar por gracia dentro de la historia.

Tiene la persona un tiempo histórico que va del nacimiento hasta la muerte. Nace desde Dios: de la llamada que ese mismo Dios le ha dirigido a través de otras personas de este mundo (de la sociedad) en la que emerge. Se dirige hacia la muerte que se puede interpretar también como llamada: sentido (y momento) final de realización de mi existencia. Entre esos límites soy y me realizo. Entre ellos voy surgiendo a mi verdad como persona: como ser independiente, un «dios finito» que va haciendo su existencia entre cuna y sepultura. No soy cosmos, ni alma eterna, ni tampoco una parcela de Dios que está perdida en esta tierra. Soy «yo mismo»: me han ofrecido el ser y yo lo asumo para realizarlo en un camino que resulta irreversible.

Yo mismo me realizo, pero no estoy condenado a la nada de la muerte, como han afirmado Heidegger y muchos pensadores de este tiempo. Me realizo en apertura al mismo Dios que me ha ofrecido (regalado) la existencia. Por eso puedo devolverla, colocándola de nuevo entre sus manos por el Cristo. Esto es lo que María ha realizado, como la primera persona humana de la historia, siguiendo hasta el final a Jesucristo.

Jesús ha resucitado como un hombre, como mesías de la nueva humanidad reconciliada. Pero Jesús no era persona humana; por eso su resurrección ha de entenderse partiendo del proceso de «retorno plenificador» del Hijo que ha entregado su existencia en manos de Dios Padre: el Padre le recibe y en el mismo gesto de acogerle como Hijo le acoge y transfigura como «humano», fuente y centro de nueva humanidad reconciliada, mesiánica.

Apoyándose en Jesús, María ha muerto: ha entregado su existencia en Dios y Dios la resucita ya como «persona». De esa forma, Dios asume y ratifica el camino personal de María, recibiéndola en la gloria de su mismo Hijo Jesucristo, en el Espíritu. Por eso decimos que ella es la primera de los hombres ya resucitados en el Cristo: es la primera de aquellos que culminan su camino personal y de esa forma introducen su camino humano dentro del proceso trinitario de Jesús, el Hijo.

El texto pontificio antes citado, presenta este misterio con palabras teológicas normales de aquel tiempo. Por un lado, a fin de no adentrarse en controversias de carácter teológico, ha evitado hablar de muerte. Por eso dice que María «cumplido el curso de su vida terrestre fue asunta...». No define la manera de su «fin». No indica el modo de su muerte. Por otro lado emplea categorías de alma y cuerpo, para señalar de esa manera el sentido total, plenificante de la asunción de María; ella culmina en Dios del todo y no sólo en un aspecto separado o parcial de su existencia.

Este uso teológico está determinado por una tradición católica que emplea los conceptos de alma y cuerpo en relación a la persona y vida del cristiano: el hombre «es alma», es decir, un ser viviente que conoce el mundo y se conoce en un proceso siempre abierto de búsqueda y realización; el hombre «es cuerpo», ser del mundo que se encuentra integrado en el proceso vital y material del cosmos. Esos conceptos se han solido emplear de muchas formas, aunque en términos normales han tendido a interpretarse de manera disociada: se ha visto al hombre como un alma inmortal que tiene temporalmente un cuerpo. Cesa por la muerte la unidad y el alma sube al cielo, por los méritos de Cristo, si es que ha sido justa sobre el mundo. El cuerpo se corrompe sobre el mundo, como se corrompen todos los restantes vivientes de la tierra; sólo al final de los tiempos, por misericordia especial de Dios, resucitarán también los cuerpos, para unirse con las almas en la gloria ya definitiva.

La definición de Pío XII ha empleado este lenguaje, pero no le ha dado carácter de dogmático. Las palabras «cuerpo y alma» se utilizan como signo de la totalidad del hombre y se asegura que en el caso de María «el hombre entero» ha culminado ya en la gloria. No podemos explicar las controversias que han surgido del empleo de esos términos.

Tampoco nos queremos detener en los problemas de eso que ahora suele presentarse como escatología del «estado intermedio». ¿Qué pasa con los hombres (con las almas) hasta el tiempo de la resurrección final de todos los vivientes? ¿Se salva por ahora sólo el alma? ¿El alma duerme como el cuerpo hasta que suenen las trompetas finales de los tiempos? ¿Ha resucitado ya en la gloria el hombre entero, en alma y cuerpo, mientras sigue corriendo todavía la historia sobre el mundo? Las preguntas son difíciles y las contestaciones distintas, conforme a las tendencias teológicas de sus autores. Ahora no podemos distinguirlas y exponerlas.

Pero hay algo que podemos hacer, partiendo de la misma definición de Pío XII. Sabemos que María «ha sido asunta» (asumida, elevada) en la gloria de los cielos tras la muerte. Eso significa que ella ha entrado en el tiempo pascual de la resurrección de los muertos; ella no es Dios ni tiene eternidad, pero en el Cristo que es su Hijo ha recibido ya la forma de existencia plena, como persona que se encuentra realizada. El tiempo no discurre para ella, como discurre todavía sobre el mundo, en un camino que avanza sin cesar entre principio (nacimiento) y muerte; el tiempo para ella se ha cumplido y, de esa forma, integrándose en el Cristo participa de la nueva creación que es vida culminada.

Distinguimos, según eso, tres tipos de «tiempo», si es que puede emplearse en cada caso esa palabra. Existe un tiempo eterno que sólo es propio de Dios, como el amor originario. Hay un tiempo histórico que es propio de la vida de los hombres en el mundo, como proceso que discurre del nacimiento hasta la muerte. Hay finalmente un tiempo pascual que es como unión de los tiempos precedentes; éste es el tiempo propio de Jesús resucitado (en cuanto humano) y de todos los que acogen su camino y participan de su reino.

El tiempo pascual es participación del tiempo eterno, si es que vale esa palabra: los salvados se introducen, siendo creaturas, en el ámbito fundante del misterio, en el campo del amor donde se encuentran y se abrazan el Padre con el Hijo en el Espíritu. En este aspecto, toda salvación ha de entenderse como «participación trinitaria»: nos unimos a Jesús y desde el fondo de su vida filial, por medio del Espíritu, gozamos de la misma Vida trinitaria.

Por otra parte, el tiempo pascual es cumplimiento del tiempo histórico. Quizá pudiéramos llamarle «tiempo histórico cumplido», ya ratificado para siempre. En ese aspecto, los salvados (o resucitados) son los mismos que han vivido sobre el mundo; por eso ha de existir algo que «dura» y permanece, uniendo así tiempo de historia y plenitud pascual de los salvados (pienso que esto es lo que quiere defender el magisterio de la Iglesia cuando alude al alma). Pues bien, ese cumplimiento pascual definitivo ha de entenderse, partiendo de Jesús, en clave de «resurrección de los muertos».

Así se da el «cruce de tiempos», eso que la teología ha precisado utilizando las categorías del ya y del todavía no. Mirados desde el punto de vista de la plenitud pascual, los que han muerto en el Cristo están ya resucitados: su tiempo no es el nuestro; no discurren ni caminan entre las fronteras del nacimiento y de la muerte; han cumplido su camino y se han plenificado ya como personas, en el Cristo. Por eso decimos que están resucitados. Sin embargo, si nosotros les miramos desde el tiempo de la historia nos parece que ellos siguen en camino todavía, hasta que llegue el tiempo de la plenitud cósmica de la resurrección universal y el juicio.

Pues bien, en ese cruce de caminos se ha plenificado la vida de María. Ella es por un lado persona realizada. Esto significa que ha resucitado de los muertos (de la muerte): de esa forma ha culminado su camino personal, siendo acogido por Dios en la vida y la victoria de su Hijo Jesucristo; por eso permanece (vive) desde ahora para siempre, en el tiempo de la pascua, como signo y principio de la nueva humanidad. En este camino de la nueva humanidad pascual que brota de Jesús, María viene a presentarse como la primera persona de la historia. Ha cumplido su camino, se ha entregado a Dios y Dios la ha recibido en Cristo para siempre.

En la Asunción de María intervienen, según eso, tres aspectos o niveles que debemos distinguir con gran cuidado. a) María ha muerto: ha culminado su camino y ha entregado vida y alma (o alma y cuerpo) en manos de Dios Padre. De esa forma acaba y ratifica su camino, con un «fiat» que ha durado toda su existencia. b) Dios la acoge y resucita: recibe su palabra, transfigura toda su existencia, ofreciéndole una especie de «nuevo nacimiento» que es definitivo. c) Todo este camino se realiza y culmina en Cristo, por la fuerza del Espíritu: María no ha creado el mundo nuevo de la Pascua; ella no puede presentarse como salvadora (no es medas). Pero por la gracia de Dios es la primera de aquellos que reciben la vida de Jesús y resucitan. Esto es lo que ha visto la Iglesia católica al mirarla como Asunta ya en los cielos.

Después, cuando tratemos de la mediación mariana, mostraremos el aspecto activo de este misterio pascual de María: desde el tiempo celeste donde se halla culminada ella interviene en nuestro tiempo como amiga y como madre de los hombres. Pero veamos previamente el aspecto dialogal de este misterio de «personalización» fundante de María. En ella se realizan, de manera ejemplar y fundante, los aspectos básicos de eso que pudiéramos llamar la «antropología básica» cristiana. Veamos como ejemplo un texto de J. Ratzinger que sigue siendo muy significativo:

“La idea de inmortalidad expresada en la Biblia con la palabra resurrección indica la inmortalidad de la «persona», del hombre. Se trata de una inmortalidad dialogal (resurrección), es decir, la inmortalidad no nace simplemente de la evidencia de no-poder-morir sino del acto salvador del que ama y tiene poder para realizarlo... El amor pide eternidad, el amor de Dios no sólo la pide, sino que la da y lo es... Mediante la resurrección, la forma bíblica de inmortalidad ofrece una concepción completamente humana y dialógica de la inmortalidad: la persona, lo esencial al hombre, permanece; lo que ha madurado en la existencia terrena de la espiritualidad corporal y de la corporeidad espiritual permanece, de un modo distinto. Permanece porque vive en el recuerdo de Dios. Porque el hombre es quien vive y no el alma separada, el elemento co-humano pertenece al futuro; por eso, el futuro de cada uno de los hombres se realizará plenamente cuando llegue a término el futuro de la humanidad... La resurrección de la carne es la resurrección de las personas (Leiber) no de los cuerpos (Körper)... Pablo no enseña la resurrección de los cuerpos sino de las personas. Esto no se realiza en el retorno del «cuerpo carnal», es decir, del sujeto biológico, cosa según Pablo imposible («la corrupción no heredará la incorrupción») sino en la diversidad de la vida de la resurrección, cuyo modelo es el Señor resucitado” (Introducción al cristianismo, Sígueme, Salamanca °1987, 310, 313, 317).

Parece que en los últimos años J. Ratzinger ha cambiado su manera de enfocar el tema, pero ahora ese cambio no nos interesa (Escatología, CTD, Herder, Barcelona 1980, 13-14). Juzgamos que su perspectiva anterior, aquí citada, es coherente y refleja una experiencia básica cristiana que resulta muy valiosa para comprender el sentido de la Asunción de María a los cielos. A partir de aquí podemos condensar los dos aspectos de ese dogma, en clave de resurrección cristiana y de realización personal.

La Asunción debe entenderse como resurrección, en el sentido que mostraba el texto de J. Ratzinger. María ha vivido en un constante diálogo de amor con Dios y tras la muerte (por la muerte) ese diálogo ya se ha culminado: Dios asume en su misterio de Vida toda la vida de María por el Cristo, en la gracia del Espíritu. De esa forma reasume y ratifica su camino, comenzando a realizar en ella el mundo nuevo, el Reino proclamado a través del evangelio.

La Asunción ha de entenderse como culminación personal de Maria. En los momentos anteriores, ella se estaba realizando, no había llegado a su meta todavía. Con la muerte ha culminado su camino: María se ha entregado en Dios y Dios ha recibido, en el camino y meta pascual de Jesucristo, toda la vida de María a fin de culminarla. Por eso, lo que resucita es «la persona» de María, todo lo que ella ha sido, todo lo que ha ido realizando. Lo que resucita no es alma «separada» del cuerpo o «separada» de los restantes hombres y mujeres de la historia. Resucita en el ámbito de Cristo (dentro de su cuerpo) toda la persona de María, en el doble plano sincrónico y diacrónico. En nivel diacrónico, si es que puede utilizarse esta palabra, resucita en persona de María todo el decurso de su vida, desde el nacimiento hasta la muerte. En nivel sincrónico resucitan en María el conjunto de sus relaciones sociales.