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domingo, 24 de febrero de 2013

Contemplaciones con el Evangelio: Comunidades de fe y justicia

La palabra transfiguración nos trae a los ojos de la imaginación la blancura refulgente del vestido de Jesús y la Gloria de su Rostro mientras conversa con Moisés y Elías, circundados también de Gloria junto con Él.

Para nosotros el hecho físico del fulgor con que resplandece Jesús como si fuera un Sol es la imagen fuerte. Pero para sus discípulos –Pedro, Santiago y Juan- lo fue más la presencia de Moisés y Elías, sus santos venerados, porque les reveló de un golpe quién era su Maestro, quién era realmente Jesús. La imagen más fuerte que tenían los israelitas era la del Dios de Moisés: “Mira, Yahveh nuestro Dios nos ha mostrado su gloria y su grandeza y hemos oído su voz de en medio del fuego. Hemos visto en este día que puede Dios hablar al hombre y seguir éste con vida” (Dt 5, 24). La transfiguración les recuerda aquella Epifanía, misterio tremendo y fascinante. Y, luego, como si esto fuera poco, escuchan la voz del Padre que unge a Jesús como Hijo elegido y predilecto y les manda que lo escuchen. Años después Pedro recordará el hecho y dirá: “Jesús recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: « Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco. » Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo (2 Pe 1, 16 ss).


La transfiguración es un hecho físico, histórico y, sobre todo, eclesial. Físico por el resplandor y el deslumbramiento, histórico por el diálogo de Jesús con Moisés y Elías, eclesial porque se les revela a los tres amigos, dando inicio a un nuevo tipo de epifanías, ya no unipersonales sino comunitarias, creando ese hecho nuevo que es la Iglesia, la Comunidad.

Jesús crea comunidad regalando gracias a grupos especiales de personas – a sus tres amigos, a las santas mujeres, a los de Emaús, al grupo de los Once, a más de quinientos hermanos reunidos-.

La transfiguración es un acontecimiento comunitario, que involucra al Padre, a Jesús y al Espíritu (como Nube de Gloria que los cubre), a Moisés y Elías y a Simón Pedro, Santiago y Juan. El Señor abre así el corazón de lo que nos viene a revelar y a ofrecer: la Iglesia, la comunión inclusiva con el Dios Trino y Uno y con todos los hombres que quieran entrar en esta comunión de fe.

Pedro advertirá que “ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia, porque nos viene de hombres movidos por el Espíritu Santo que han hablado de parte de Dios” (2 Pe 1, 20). Juan dirá: “lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Jn 1, 3).



Este es el detalle en el que me quiero quedar, esta característica de Jesús de elegir de a dos, de enviar de a dos, de formar un grupo de doce, de aparecerse a las tres discípulas, de llamar consigo a sus tres amigos.

El Espíritu desplegará este estilo comunitario de Jesús en todas las escalas y tonalidades, suscitando comunidades vivas e inclusivas en todas partes hasta los confines del mundo.

Captar esto es importante. Siempre lo ha sido pero hoy quizás lo es más y de manera especial. Porque nuestro mundo nos trata como “individuos o como masa” con el fin de hacernos consumir y de utilizarnos políticamente. En cambio el Señor nos trata como comunidades inclusivas, abiertas a lo más individual y personalísimo de cada uno y a ir incluyendo progresivamente a muchos.

Comunidad significa algo especial, ni uno sólo ni demasiados. Comunidad es la familia, que se expande en la familia grande pero que tiene un sello y un centro. Ese centro es abierto y dinámico y va evolucionando, pero la familia nunca es algo indefinido. En una época puede centrarse en torno a los abuelos y luego abrirse en varios núcleos nuevos que no pierden lo esencial que recibieron sino que se re-centran en algún otro miembro de la familia que convoca a los demás. Esto se da en distintos grados y ocasiones y de diferentes maneras, pero la familia siempre es comunidad centrada en el amor. El hecho de que no se pueda “atrapar” en conceptos sociológicos –cómo es que los grupos familiares se unifican y se transmiten sus valores vitalmente- no es señal de algo indefinido sino todo lo contrario: es algo tan determinado y vital (puro amor) que excede las definiciones.

Cada uno de nosotros sabe interiormente en qué personas de su familia está centrado su corazón, de quienes recibió el alimento del amor y con quiénes de su familia comparte el haber sido “formado” por estas personas.

Cada uno vive interiormente “refiriéndose a estos referentes”, siguiendo su ejemplo, imitando creativamente sus modos de actuar, transmitiendo sus dichos, narrando sus historias…

Esto es lo que potencia Jesús al derramar el Espíritu Santo creador de comunión. La semilla de esta comunión es la fe común: una fe que dos o tres o un grupo experimenta comunitariamente y que los unifica en sus diferencias. De aquí brota un modo de actuar en la caridad, cuya nota característica no es sólo hacer el bien sino hacerlo en común, con estilo común y orientado al bien común.

……………

Bajando del monte del evangelio a la plaza de nuestra realidad, me conmovió el planteo de fondo del fortísimo discurso que la comunidad de los familiares de las víctimas de la Tragedia de Once consensuaron para transmitir a la ciudadanía. Lo que me admira es cómo la misma unión que el Espíritu regala en la fe se da en un grupo de ciudadanos que se unen en torno a la justicia.



Destacaron, admirados ellos mismos, cómo cuajó la unidad de los “Familiares y amigos” siendo que se “unieron un poco por necesidad y un poco por convicción”. También se admiraban de la convocatoria creciente que han ido suscitando. Cómo gente muy diferente en su manera de pensar el país, de interpretar la historia y de proyectar el futuro, comprendíamos y coincidíamos en unirnos en torno a su consigna básica: justicia.

Los familiares definieron su accionar no como un reclamo “politizado” sino como un “hecho político”. Esta distinción es clave porque marca la diferencia entre “hechos que hacen al bien común” –y la justicia concreta es un bien común, incluso para los castigados- y “hechos que hacen a los intereses parciales de un grupo”.



En la Argentina es difícil no politizarse, especialmente porque los sectores de poder “politizan todo” para aprovecharlo sectorialmente.



Creo que lo que admira a los Familiares y desconcierta a los que creen que hay que “apoderarse del poder” y no “usarlo para servir al bien común”, es la fuerza que tiene el simple y no contaminado reclamo de justicia. Esto se debe a que la justicia, exigida en algo concreto, sujeto a pericias objetivas y demostrables, es una realidad “no politizable”. Es más, vuelve despreciable al que la politiza y, a la larga, se le vuelve en contra.

De ahí que todos entendamos mensajes como: “si la corrupción mata, que la ley castigue”, como dijo alguien. O “El que las hace las paga, tenga el cargo que tenga”. O “La responsabilidad sobre los hechos tiene distintas instancias y cada una debe responder a la justicia”. O “El reclamo de justicia debe ser oído y juzgado en los tribunales”.

Es bueno aclarar que el Estado, como persona jurídica que nos representa a todos, debe ser respetado. Incluso puede ser “querellante” como persona jurídica en una causa en la que de alguna manera estén implicados funcionarios concretos. Esto no es obstáculo para que los mismos representantes puedan y deban ser castigados como personas físicas, responsables de mal desempeño como funcionarios públicos, y puedan ser repudiados cuando sus gestos y palabras personales sean desatinados y distantes.

Pero a lo que deseo llegar es a la valoración que como ciudadanos debemos hacer de las “comunidades que se nuclean en torno a la justicia”. Igual que las comunidades que se unifican en torno a la fe, dan frutos de comunión y de amor. Son la semilla y el cimiento de la sociedad y tienen el hilo conductor de la vida política de un pueblo. La lucha por la justicia que cada “comunidad” lleva adelante en lo que le compete, cuidando de no lesionar los derechos de otros grupos, es lo que forja la sociedad.

Lo más admirable en este año ha sido la automoderación que se han impuesto los familiares y amigos, no permitiendo que se politice (sectorialice) su reclamo ni que se salga de los carriles que corresponden.



Hace un año, los Menghini Rey nos escribían: “por hoy, sábado, les rogamos que contribuyan a la paz en la que queremos celebrar una vida tan corta como feliz. Lu, Luquitas, el Chimu, el Menghi, nuestro amadísimo atorrante se lo merece” Y nos decían que “en los próximos días, probablemente el lunes, leeremos un comunicado en un lugar a confirmar para cerrar este capítulo, pero para abrir otros”.



Muchos capítulos se abrieron desde entonces. El pedido de Justicia, que comenzó siendo un grito seco, escueto y de unos pocos hoy se atraviesa en la garganta de miles.

Esta pequeña comunidad que busca justicia convirtió su reclamo solitario en mil maneras creativas de recordar a las víctimas, de solicitar compañía y apoyo y de exigir justicia: la Campaña 500.000 caras por la justicia, los actos de recuerdo en la Estación de Once, el mural en el Anden 2 en el que “Los corazones rojos con los nombres de cada una de las víctimas están “plantados” en 52 macetas empotradas en el mural sobre una de las paredes del andén y donde se lee la leyenda ‘En honor a la vida’”, las misas, y “el hecho político” del acto en Plaza de Mayo.

Ayer a la mañana, mientras se recordaba la tragedia con un puñado de rosas rojas y 53 velitas, la gente que bajaba de los trenes del andén lateral, recorría el camino de salida con un aplauso de marcha, acompañando y exigiendo “justicia”.



Nos interpela el desgaste de los familiares. El de todos, aunque especialmente he seguido a los Menghini Rey, siempre presentes en todo los dos o turnándose y entregando el corazón hasta el último hilo de voz en cada acto. Paolo decía “encontrando justicia se podrá cerrar el dolor que tenemos” y “mantener viva la presencia de los 52 cada día, en la memoria de los argentinos, de los que transitan por la estación, y viva en los corazones por justicia, por un cambio profundo del transporte ferroviario”.

Yo no sabía si era que sólo a unos pocos nos parecían muy valiosas –a mí me lo parecieron desde la primera carta que escribieron-, las palabras de los Menghini Rey. Ayer en la plaza se me confirmó que cada palabra que dicen, en medio de una monumental baraúnda de desatinos y de palabras gastadas, cada palabra de Paolo y Luján consensuadas por los Familiares, todos los Argentinos las sentimos como un bálsamo de veracidad.



Cerrar el dolor y mantener viva la presencia… Es que mientras no hay justicia, las heridas son llagas abiertas. Y eso no puede ser. Las heridas tienen que cicatrizar. Tienen que ser testimonio de lo sufrido pero no impedimento para seguir honrando la vida.

La justicia es necesaria como el pan y como el aire. Es necesaria para el espíritu y para la vida social. Es necesaria porque sin justicia la vida social desaparece, queda sólo la cáscara.



Ahora, no es fácil pedir ni hacer justicia bien. Uno se puede desbarrancar por muchos lados: por el silencio cómplice o por el deseo ilimitado de venganza, por la lentitud y las dilaciones interminables o por exigirlo todo ya, por querer justicia absoluta en un punto concreto o por justificar los “daños colaterales” desde un pretendido proyecto común.

Tantos puntos de vista, tantas discusiones… Por eso es que como una flor en el lodo las palabras de los Menghini Rey suenan como una campana que llama a la esperanza. Escuchándolos uno dice: “pero, entonces no todo está perdido. Hay gente común que habla bien, con justeza, con pasión, con claridad, con verdad. No sólo que dice sus cosas personales sino que “dialoga bien” con todos, le responde con valentía a cada uno, aún a los desatinados.

Ante un lenguaje como el de los familiares los otros lenguajes se desenmascaran y se contradicen.

El que es capaz de ver la “paja de la politización” en el ojo ajeno, ¿qué viga tiene en el propio que no puede reconocer un “hecho político” que nos hace bien a todos?

El que es capaz de ver la paja del chicaneo político y defiende a rajatabla el reglamento del Senado ¿qué viga tuvo en sus ojos para no ver los incumplimientos en el uso de subsidios a los transportes públicos debidamente informados por la Auditoría de la Nación y presentados en el Senado?

La persona que es capaz de ver la paja del dolor inmenso que nubla la vista del que perdió un familiar querido (Vos ahora hablás así por el dolor, pero ya comprenderás) ¿qué viga de concepción soberbia del poder tiene en su ojo que le impide ver que no lo pierde si se muestra cercana como persona?

El lenguaje de la fe y el de la justicia se entienden perfectamente porque son lenguaje del amor: uno que brota de lo más profundo de nuestra dimensión personal, el otro porque brota desde lo más profundo de nuestra dimensión social. Con los que hablan este lenguaje se puede y se debe formar comunidad: comunidades de fe y justicia.