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domingo, 10 de febrero de 2013

Dom 10.02.10 ¡Envíame, Señor! Arriesgarse con Dios, ayudarle


Dom 5 tiempo ord. Ciclo C. Lc 5, 1-11 e Is 6, 1-8. Dos son los temas que quiero destacar este domingo:

‒ Is 6: Como cabra montés… Dios pide ayuda a un sacerdote instalado en la corte, un día solemne, ante el templo, cuando están coronando rey a Ozías: ¿A quién enviaré? Y ese sacerdote, llamado Isaías, se siente interpelado y responde: ¡Aquí estoy! Así empieza su gran aventura: Arriesgarse con Dios, por la alta montaña, a través de caminos nunca transitados, en aventuras nuevas de vida. Como cabra montés... así imagino yo a Isaías. ¿Quién se apunta? Hacen falta espíritus caprinos en la Iglesia (sobre todo española), como decía en el siglo XVI nuestro mejor antropólogo: Huarte de San Jan del Pie del Puerto (Donibane)



‒ Lc 5, 1-11: Rema mar adentro. El evangelio evoca hoy la fatiga de unos pescadores cansados tras la noche yerma de pesca. A la mañana, cuando vuelven para descansar, Jesús les espera en la orilla y le dice, dirigiéndose especialmente a Simón: "Rema mar adentro, y echad las redes para pescar." Simón contesta: "Maestro, hemos pasado la noche bregando y no hemos pescado… Pero Jesús insiste, y Simón con los suyos (¡unos tipos aventados!) se arriesgan, como “cabras” de monte, por mares ignotos. Las palabras centrales de la escena: “Rema mar adentro” (en griego epanagage eis to bathos: en latín duc in altum…) han marcado y marcan la tarea cristiana. Ellas debían marcar la agenda del Papa, "sucesor" de Simón... Nos hemos movido hasta ahora en la superficie, pero Jesús nos dice (como dijo a Simón): Arriesgaos en la hondura de la vida, en la anchura y profundidad de un mar inmenso.

Éstos son los temas de este domingo de llamada y compromiso cristiano. Hoy expondré la visión de Isaías. Mañana la tarea de Pedro.

La llamada de Isaías

Esta escena nos sitúa ante una de las experiencias fundamentales de la historia bíblica. Estamos ante uno de los primeros relatos autobiográficos de la historia religiosa de occidente, allí donde el mismo Dios nos despierta y sacude, para hacernos enviados suyos en el mundo.

Por lo que sabemos, Isaías era un honrado sacerdote de corte… Era de clase superior, un aristócrata del pensamiento y de la vida, un noble. Vivía del culto, allá en Jerusalén, tenía para comer, y comer bien. Sólo debía decir la palabra que se esperaba, en el momento adecuado, para el rey y para su gente, en Jerusalén. Nada, un buen burgués de la religión establecida.

Pues bien, Isaías asiste, con sacerdotes y nobles, en la primera fila… a la gran ceremonia de coronación del nuevo rey de Judá, en Jerusalén. Un rey a muerto, otro rey sigue, al “servicio” de Dios (es decir, de la oligarquía sacerdotal y burguesa de Jerusalén). Podía evadirse, pensar en lo suyo, o cantar con todos, para seguir en el juego de la vida…. Pero Dios le llama a él, para una tarea especial. ¿Estará dispuesto a escuchar y a comprometerse? .

La escena se encuentra bien datado: e1 año 739 a.C, probablemente en la ceremonia de coronación de nuevo rey Yotán, sucesor de Ozías (como he dicho). Pues bien, mirando hacia el rey… y mirando a más hondura, hacia el templo interior de su vida, Isaías descubrió a su Dios (¡Dios verdadero!) y escuchó una voz que le marcó por siempre. De eso trata nuestro texto, elaborado y redactado por el mismo Isaías unos años después, en el tiempo años de la crisis o guerra siro-efraimita (735-731 a. C.).

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo.Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro, diciendo:
- « ¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!»
Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo.
Yo dije: - « ¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos.»
Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo:- «Mira; esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.»
Entonces, escuché la voz del Señor, que decía:- «¿A quién Enviaré? ¿Quién irá por mí?» Contesté: - «Aquí estoy, mándame». (Isaías 6, 1-8)

a. Teofanía. Dios se muestra (Is 6, 1-4).

ES EL AÑO DE LA MUERTE DE OZÍAS, a quien suele llamarse Azarías, rey leproso que tuvo que abdicar a causa de su enfermedad (cf. 2 Rey 14, 21-22; 15, 1-7; 2 Crón 26, 1-23), muriendo aislado, después de permanecer largos años recluido, como impuro. Estamos posiblemente en la ceremonia de entronización del nuevo rey. Isaías, sacerdote tranquilo de templo, hombre de letras, al servicio de la corte… siente de pronto que el mismo Dios le llama, directamente, para confiarle una misión “peligrosa”, de manera que de ahora en adelante será como “cabra montés”, arriesgándose por Dios

VI A ADONAI, mejor dicho, se me hizo ver, se mostró (´er´eh) el verdadero rey/señor que es Adonai. Estamos ante un desdoblamiento. Entronizan al rey de la tierra, en ceremonia de fuerte simbolismo sacro. Isaías está contemplando la escena, en la gran explanada del templo. Mira hacia el nuevo rey de Jerusalén (al que están coronando) y se siente transportado, penetra en un nivel de mayor profundidad y descubre al verdadero rey/señor, Adonai (Dios celeste), sentado sobre un tronco alto y excelso.

No ve al Sumo Sacerdote o al Rey del mundo sino al mismo Rey/Señor en postura de entronización: sentado (yoseb), como un monarca que todo lo preside y dirige desde arriba. La parte superior de su figura (cuerpo y rostro) resultan invisibles pues a Dios nadie jamás ha contemplado. Sólo se ven con claridad los vuelos de su manto. Un texto de la tradición del Deuteronomista (1 Rey 8) decía que Dios está en el cielo y su Nombre habita el santuario. Siguiendo un esquema semejante, aquí podría decirse que el Dios grande de los cielos llena con su Manto el templo de la Tierra; los hombres no pueden contemplarle o manejarle pero "tocan" sus vestidos.

UNOS S'ERAPHIM, SERPIENTES VOLADORAS DE FUEGO, se mantiene erguidas a su lado, como signo paradójico y grandioso de poder. Forman su corte (cf. Sal 7, 8; 82,1; Zac 1, 11-14), son señal de su misterio:

((He puesto como imagen la cabra de monte, y la mantengo… Estos serafines llevarán a Isaías al verdadero monte de Dios, le harán caminar por vías que nadie hasta entonces había transitado… por la alta montaña de Dios))

- Son serpientes: pertenecen al mundo inferior, están como brotando de la misma entraña de la tierra.
- Son voladoras: se alejan del suelo y dominan con sus alas los espacios inmensos de los cielos.
- Son fuego: arden sin acabar de consumirse. En la zarza de fuego encontró Moisés a Dios (Ex 3,2). En la serpiente voladora leha visto Isaías.
- Vuelan y adoran, en gesto de respeto y suma libertad. Respetan: cubren el rostro para no ver al Dios invisible, tapan "los pies", para no exponer sus vergüenzas a la luz del misterio. De esa forma adoran, con el mismo gesto de sus alas cubridoras y, al mismo tiempo, vuelan: se mantienen ante Dios en gesto erguido de misterio.
- Claman o cantan: elevan su voz, se responden, en canto antifonal, gritando la palabra de la confesión sagrada (¡Santo, Santo, Santo!). Serpientes quemantes/voladoras, convertidas en voz de adoración, eso son lo serafines. Desaparece el aspecto sacrificial, no hay sangre ni animales muertos. La alabanza de Dios se identifica con la voz de un canto.

QADOS, QADOS, QADOS. (SANTO! ¡SANTO! ¡SANTO!) Éste es el atributo primordial de Dios. Todo lo que existe sobre el mundo es profano, todo se consume, es vanidad y muerte. Dios, en cambio, es Santo, en palabra que no pueden pronunciar los hombres de la tierra. Por eso la proclaman sin cesar, en alternancia antifonal, los músicos celestes, sacerdotes/serafines que expresan la potencia laudatoria, paradójica y sacral del cosmos. Este es el canto de Yahvé, Dios que ha revelado su nombre a Moisés en el desierto (cf Ex 3, 14).

Los serafines no pueden contemplar a Dios, pero cantan. No alcanzan su misterio más profundo pero pueden y quieren alabarle, pronunciando sacralmente su nombre y su mismo sobrenombre: es Seba´ot, el elevado, el que "hace la guerra" con su ejército de estrellas; es Dios victorioso, que reina y extiende desde el cielo su dominio sobre todo lo que existe. Por eso continúa el canto, en contrapunto de gozosa admiración:

¡LA TIERRA TODA ESTÁ LLENA DE TU GLORIA! Recordemos que el lugar de gloria de Dios es el Cielo o el Templo/Tabernáculo como han resaltado las grandes tradiciones del Antiguo Testamento (Ex 40, 34-45; 1 Rey 8,11; Ez 1, 28; 3, 23 etc.). Pero aquí se añade que la tierra de los hombres está llena de la “gloria de Dios”. Éste es el tema: hacer que la tierra, la historia, sea lugar donde se expresa la grandeza de Dios, su salvación.

- Dios es Santidad (qados), como indican los serafines con su mismo fuego y canto.
- Pero Dios es también Gloria (kabod) que llena la tierra de los hombres.

Y TEMBLARON LOS QUICIOS DE LAS PUERTAS... (6,4). Culmina la teofanía con signos que parecen repetir los del Sinaí en Ex 19, 16-20: hay terremoto, se balancea el mismo templo; hay voz de grito, como trueno que proviene del mismo ser divino; hay humo que es señal de gloria y fuego, como nube que marca la presencia divina sobre el mundo. Todo eso puede resultar conocido en la historia de las religiones, una visión profunda de la divinidad. Pero ahora hallaremos algo nuevo: Dios purifica a su profeta para que realice su obra en el mundo.

b. Un profeta que debería morir (Is 6, 5-7).

Se pasa del plano visual (wa´er´eh: 6,1) a la palabra del profeta (wa´omar: 6,5) que responde en gesto de pavor a la visión y recibe el signo purificador de Dios que le consagra “profeta”. Así evocamos las dos partes del diálogo, integrado por la confesión de pecado del profeta y la acción/palabra purificadora de Dios (6,5 y 6,6-7).
Lo primero es la confesión de pecado o, mejor dicho, de pequeñez del profeta (6,5). condición de muerte:

− AY DE MÍ, QUE ESTOY PERDIDO. Es la experiencia de aquel que sabe que ha llegado su fin (nidmeti, me muero). El hombre se mantiene en vida sólo porque Dios vela su rostro: cuando lo descubre la vida termina conforme a una experiencia repetida de la Biblia Hebrea (cf. Jc, 6, 22.23; 13,22).

((Estoy perdido: Todo lo que se hace en el templo, con el rey y los sacerdotes, pertenece a un mundo de muerte y de injusticia… No podemos mantenernos ante el Dios de la verdad, que es el Dios de la justicia y de los pobres…))

- -QUE SOY UN HOMBRE DE LABIOS IMPUROS. Pero la muerte no viene sólo porque el hombre ha visto a Dios sino porque, al sentir el brillo de la Gloria, descubre su impureza personal. A la santidad (qados) de Dios, cantada por los serafines, responde antitéticamente la impureza del profeta que siente su mancha en el mismo lugar que debía estar lleno de pureza: sus labios (sephataim). Tiene que aprender a decir la verdad, a iluminar al pueblo. Ésta es la experiencia del hombre que se siente incapaz de decir la palabra de Dios, de exponer su mensaje… de caminar como la cabra por los altos riscos de la Verdad de Dios... pero que tiene que hacerlo

− Y EN MEDIO DE UN PUEBLO DE LABIOS IMPUROS ESTOY VIVIENDO... Isaías mira en torno, hacia los hombres y mujeres de su tiempo, reunidos en la gran ceremonia de la consagración del nuevo rey, y descubre que también ellos están manchados, en gesto que vuelve a resaltar la importancia de los labios (lugar de la palabra). Un pueblo que miente, eso es la gente de su entorno. Mentirse unos a otros, engañarse, esa parece la condición de los hombres y mujeres, en el viejo templo de Jerusalén o en este nuevo mundo de mentira en que vivimos… descubrir la mentira del mundo, de la sociedad sagrada (en el ámbito del templo, junto al rey y los sacerdotes que cantan…)… Oponerse a esa mentira, ése es el principio de la profecía.

− PORQUE MIS OJOS HAN VISTO AL REY... Así acaba el lamento, pasando del nivel de los labios impuros a los ojos que han mirado aquello que nunca debieran. He visto al Melek Yahvé Sebaot, al verdadero “rey”, que es la Verdad, el Creador de todos los hombres.

− Un profeta que debería morir….Conforme a la lógica normal, el texto debería terminar aquí: un hombre mortal ha penetrado en el consejo de Dios, ha contemplado la gloria de su santidad... y siente que ya no puede vivir. ¿Qué puede hacer en este mundo? ¡Retirarse! Pero no se retira, no baja del monte de Dios, se mantiene

c. Purificación para la vida, para la palabra

Pero superando esa experiencia normal de muerte del profeta (¿qué puedo hacer?) emerge aquí la figura de Dios que actúa en forma creadora, iniciando un camino de vida (juicio) a través del profeta.

- GESTO. EL SERAFÍN TOMA UNA BRASA DEL ALTAR (¿DEL CIELO? ¿DEL TEMPLO DE LA TIERRA?) Y CON ELLA QUEMA LOS LABIOS DE ISAÍAS, en signo de purificación e investidura. Éste es un ritual de iniciación, con sus aspectos de muerte (el fuego quema/mata) y nuevo nacimiento: consagra los labios del profeta (6, 6-7a),

- PALABRA EXPLICATIVO/CREADORA. Entonces se escucha una voz que dice: "ha desaparecido tu iniquidad...". El profeta descubre de esa forma que está limpio, que Dios le quiere así para enviarle a realizar su obra. Esta palabra de purificación nos introduce en la gran liturgia del yom kippur (del Lev 16). Pero allí se expiaba con un ritual externo de chivos emisarios (uno de Dios, otro de Azazel). En nuestro texto purifica el mismo fuego de Dios, percibido en los labios.

Las palabras que escucha Isaías (sar ´awoneka / tekuppar hatta´teka) son la expresión de un cambio profundo. La voz de los quemantes serafines nos llevaba antes a Dios, el Santo. El gesto de los serafines de fuego, que purifican al profeta, nos sitúan otra vez en el centro de la tierra.
Soy yo, yo, el que he sido purificado y escogido para decir las palabras de Dios (las palabras de la justicia y de la conversión). Soy yo, yo, el que debo actuar como voz de Dios en el mundo. Yo, yo, no se trata de otro. Yo mismo soy Isaías, esta mañana del dominto 10 de febrero del año 2013. Yo mismo soy Isaías, como "cabra de Dios", en la gran montaña, para anunciar la Palabra

d. ¿A quién enviaré? (Is 6, 8-13)

Pasamos del ver (Is 6,1) y decir (Is 6,5) al escuchar (wa´esma´ = y oí). La voz del gran rey (qol ´Adonai) domina y define a partir de ahora el sentido del pasaje, pero ya no es voz que grita como trueno que conmueve, hace temblar, los quicios de la casa/mundo y la consagra con el humo de su fuego (6,4).

Es voz que llama al corazón e invita de manera respetuosa, pidiendo con gran tacto la respuesta del profeta.No ordena Dios a gritos, no se impone... Simplemente piensa, pide ayuda... como reflexionando consigo mismo y pidiendo ayuda:

¿A QUIÉN ENVIARÉ? ¿QUIÉN IRÁ POR NOSOTROS? AYUDAR A DIOS

Isaías ha entrado en la intimidad de Dios: ha visto lo que no se puede ver y, por eso, tendría que haber muerto (6,5). Pero los serafines de Dios le han limpiado y así escucha la conversación más secreta de Dios: entra en el corazón de la preocupación del gran Rey divino, que, pudiéndolo todo, necesita, sin embargo, que alguien hable en su nombre y traduzca su palabra en voz humana: ¿Quién irá por nosotros?.

Este diálogo interno de Dios es una constante de la Biblia, desde el hagamos de Gén 1, 26, hasta el consejo intradivino de 1 Rey 22 o Job 1 (donde Dios habla con sus ángeles o consigo mismo).

Dios es Palabra: así lo muestra dialogando con los ángeles o hablando en voz interna. Pues bien, Isaías ha entrado en esa palabra, ha penetrado "más allá de la cortina" del templo de este mundo (cf. Lev 16), ha escuchado al Dios que dice ¿a quién enviaremos? Dios nos necesita, Dios nos llama… Tenemos que ayudar a Dios

HINNENI ¡HEME AQUÍ, ENVÍAME!

Primero ha sido Dios quien ha pedido (¿a quién enviaremos?). Ahora es el profeta quien suplica, poniéndose en sus manos: ¡si tú quieres yo puedo, enviarme!
Quien entiende este pasaje ha comprendido al Dios de los profetas, ha llegado al centro de la Biblia.
Dios mismo necesita “profetas”, personas que “pasen” de la ceremonia del templo (donde están coronando a un rey de este mundo…) y se pongan a disposición de la Palabra de Dios.

¿A quién enviaré?
Sólo nosotros, cada uno de nosotros, podamos responderle:

¡Aquí estoy, aquí estamos, envíanos!.

De alguna manera todos experimentamos el impacto, pero la mayoría no reconocemos nuestra impureza y seguimos tan campantes, tan desinteresados y ajenos. El encuentro con el Rey, con el Señor de los Ejércitos no puede expresarse sino con una explosión de poesía hecha vida, mística de la vida.

Se trata de “ayudar a Dios”, como decía E. Hillesum, también judía, del temple de Isaías, que en un campo de concentración, destinada a morir, supo que su tarea era ayudar a Dios a ser Dios, en medio de la inmensa destrucción.

Como cabra de montaña.