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martes, 5 de marzo de 2013

Escucha, Israel


Este es mi hijo amado, el escogido. Escúchenle (Lucas 9:35).

El legado de Freud al hombre moderno fue la psicología del inconsciente. Hoy por hoy, se reconoce que algunas de las motivaciones verdaderas del ser humano son ocultas. Quien tenga más conciencia de sus temores y pasiones inconscientes, vive más en su verdad y, por eso, con más libertad. Al mismo tiempo, el doctor Freud dejó al siglo veinte prisionero de la suposición de que las pretensiones reprimidas son más importantes que los deseos reconocidos; y que las motivaciones ocultas son más determinantes que los amores reales.

El hombre moderno se psicoanaliza. Se obsesiona con sí mismo. Quedó con la ansiedad de ser escuchado (por un “experto” armado con teorías y prejuicios “científicos”) porque de ahí surge la única cura para un gran elenco de enfermedades inventadas. Un poeta inglés escribió que Freud, más que persona, llegó a ser un clima de opinión (1). Nuestra época quedó marcada por la sospecha, la angustia y el egocentrismo. El contexto evaporó, y el hombre contemporáneo se transformó en sujeto auto-referente, aislado en su universo.


Después de Freud, no tiene sentido escuchar a los demás, porque se entiende que todo pensamiento consciente es falso; que la conciencia no sirve para guiar las decisiones, sino sólo para encaminar el subterfugio. Según el modelo, el ser humano sólo sabe mentir, engañar y manipular. Por lo demás, su universo se erotizó. El principio básico de la ciencia freudiana es que el hombre es por esencia egoísta; que la empatía, la generosidad y la sinceridad son máscaras convenientes que utiliza para procurar la satisfacción de sus impulsos inconscientes.

Fue un balde de agua fría sobre la cultura judío-cristiana. El referente fundamental del judaísmo es su comunidad. Su mundo es el pueblo del cual forma parte, en relación estrecha e íntima con su Señor. Para el cristiano, esa comunidad se extiende para incluir todas las naciones de la tierra, y se llama el Reino de Dios.

La fe judía tiene su oración fundacional, aquélla que recuerda diariamente a las personas quiénes son, de dónde vienen, y para qué están aquí. En la Antigua Alianza, establecida con Abraham, el pueblo reza así: Escucha, Israel… El pueblo originario se definía como aquéllos que escuchan al Señor, los que están constantemente atentos a Aquél que les susurra al corazón, señalando cómo vivir y amar, cómo practicar la justicia y desenvolverse santamente en el mundo.

Para el cristiano, la oración fundamental es Padre nuestro… Los Hijos de Dios se identifican como herederos del Padre de Jesús. Su herencia es una forma de amar, de hacerse responsable por su contexto realizando la voluntad del Padre para la salvación del mundo que les rodea. Esa voluntad paterna se conoce cuando escucha al Hijo. La oración de Jesús es un voto que sinceramente compromete a los discípulos con la vocación misionera del Reino.

Fuera del contexto religioso, escuchar es una habilidad que requiere apertura y flexibilidad. Quien se atreva a escuchar se expone a novedades, ideas y realidades nuevas. Las personas rígidas no escuchan. Cualquier novedad podría desestructurar su mundo, obligándoles a tomar medidas, ajustar planes y reformular sus impresiones preconcebidas. Quien encierra el corazón detrás de muros altos, aunque sea por temor, inseguridad o arrogancia, no se dispone para escuchar. No se deja informar, conmover ni encariñar.

Vestigio de otro tiempo, la buena educación aún prescribe la pretensión de dialogar. Es nuestra hipocresía institucionalizada, pues, los muros reales son altos. Hemos incorporado una mentalidad de seguridad protectora. Ninguna cosa significante traspasa los filtros. Hacemos el teatro, como mimos sordomudos, pero nuestro diálogo es predeterminado por la convencionalidad, sin intercambio real. En un mundo donde todo es mentira, ¿para qué?

En cambio, Israel se define como el pueblo en diálogo permanente con su Señor, aquél trascendente todopoderoso y, simultáneamente, el más íntimo amigo del alma. No es una fe para quien quiera delimitar un espacio fijo para Dios. No es para los que quieran estructurar su mundo y controlar su destino. Ser Israel significa dejarse estructurar por Él.

Israel era anawim, el pueblo itinerante, moradores de tiendas, prontos para marchar en cualquier momento para donde su Señor les llamara. Hasta el día de hoy, el judío celebra tabernáculos durmiendo con los niños en carpa, para recordar su identidad. La herencia de Abraham es una caminata permanente. El cristiano asume la misma herencia cuando escucha al Hijo. En Jesús, descubre su misión y se pone en marcha para hacer del Reino una realidad.

Desgraciadamente, la apertura para escuchar no es una cualidad que se asocia con la Iglesia actual. Los devotos suelen ser rígidos, estructurados y miedosos. Se imponen reglamentos elaborados para cumplir y ritos complicados para realizar. Se pretende manipular a Dios. La práctica religiosa de los fieles no incluye ningún momento de silencio para escuchar, pues, tienen muchas cosas para decir a Dios, muchas demandas para satisfacer. Insisten en repetir sus fórmulas y rogativas una y otra vez, para que el Omnisciente no se olvide de ellos. Es como si Dios fuera su servidor, en vez de ellos ser los atentos servidores de Dios.

El protestante suele creerse ya bendecido, y se encierra en grupos exclusivos para no perder su status. El católico vive traficando favores, seguro de que debe cumplir con una serie de obligaciones para garantizar la suerte, la prosperidad y la vida eterna. Los dos se sienten traicionados cuando les toca vivir alguna tragedia personal. De acuerdo a su lógica pagana, la divinidad les debe prosperidad y vida eterna. Dios debe escuchar, cual terapeuta freudiano, y dar una respuesta favorable, porque ellos cumplieron con todos los trámites establecidos por la ley.

Por eso, todos hablan y nadie escucha. Por eso, el miedo a cambiar de idea, estrategia o programa. Por eso, el infantilismo de quienes buscan más ser comprendidos que comprender, ser amados que amar, en ser consolados que consolar. La religión se usa para controlar a Dios, al mundo y a los demás.

La conversión comienza de a poco: perder los prejuicios para oír con delicadeza a cada persona, saber su historia y conocer sus sentimientos. Cuando se desarrolla un poco de empatía, cuando se empieza a amar al hermano porque finalmente le comprende, se va a empezar a oír la voz del Señor, también, que le susurra permanentemente al sagrario del corazón para llevarle por el desierto a su Tierra Prometida. Cuando se llegue a conocer a Jesús tal cual es, se va a dar prioridad al comprender por sobre el ser comprendido, al consolar por sobre ser consolado, y al amar por sobre ser amado. El convertido va a llegar para servir, no para ser servido.

(1) W.H. Auden, In Memory of Sigmund Freud, 1973. Historiadores critican a Freud por su aplicación deshonesta del método científico. Ocultó información en sus estudios clínicos, presentó sus conclusiones en forma categórica y administró fármacos peligrosos (incluyendo cocaína) a sus pacientes.

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Nathan Stone, S.J. Sacerdote jesuita. Magíster en literatura y teólogo. Colaborador permanente Mirada Global.