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domingo, 24 de marzo de 2013

UN MESÍAS DIFERENTE

Domingo de Ramos (Lc 22,14–23,56) - Ciclo C

La celebración de hoy tiene dos partes: la procesión de los ramos y la eucaristía, que deben unirse en un único mensaje. Tenemos la tendencia a celebrar la entrada triunfal independizándola de la Pasión y Resurrección. Pero forman un conjunto: no sólo los sucesos son un todo sino el mensaje es único. Nuestra tendencia es celebrar una entrada triunfal, asemejándola demasiado a la entrada de un rey terreno que triunfa de sus enemigos. Más que una entrada triunfal es una entrada mesiánica, y no del mesías que el pueblo y sus jefes esperaban, sino del siervo sufriente que no viene a hacer triunfar al estado sobre sus enemigos sino a convertir los corazones a Dios.

Aunque los rasgos de la entrada mesiánica han sido magnificados por los redactores de los textos, para mostrar su fe en Jesús Señor, todavía podemos descubrir en los textos la modestia de la entrada de Jesús en Jerusalén, y los símbolos de su negación a conformarse con la imagen mesiánica al uso (el borrico como cabalgadura). El cuarto evangelio subraya mucho la actuación de Jesús que se niega a entrar como Rey y viste su entrada con todos los signos de su porfiada negación del Mesianismo Davídico.

No podemos olvidar la secuencia completa de los hechos tal como la narra el evangelio de Lucas que se propone como final de la procesión de los ramos:

Entrada mesiánica (bajando el monte de los olivos)
Llanto por Jerusalén (al acercarse a la ciudad)
Purificación del Templo
Enseñanza a diario en el Templo.
Los jefes se ratifican en acabar con él.

Del conjunto de los textos se puede concluir:


• Jesús acepta la entrada mesiánica (no va a pie como todos los días...). Pero se preocupa de imponer los signos externos que muestran su rechazo al mesianismo regio triunfal.
• Jesús anuncia en ese momento el rechazo de Jerusalén y su destrucción. "Toma posesión" del Templo (que será destruido) pero no para triunfar en él sino para purificarlo y enseñar en él.

Es por tanto importante que nuestra celebración de este "suceso" no degenere en superficiales aclamaciones triunfalistas [los dos salmos que se ofrecen para acompañar la procesión (23 y 46) parecen incitar más bien a una celebración triunfal, exterior].

Como siempre, los evangelios se preocupan de subrayar que los discípulos no se han enterado de gran cosa, y siguen pensando en quién es el mayor y en sillones ministeriales a la derecha y la izquierda del Rey. Los mismos textos, y especialmente la profunda elaboración del cuarto evangelio, nos muestran a los discípulos entusiasmados por un triunfo exterior, y a Jesús empeñado en dar sentido interior a su mesianismo.

Este año leemos la Pasión según Lucas. Y resulta interesante mostrar las peculiaridades de este evangelista en el relato de la Pasión del Señor.

Lucas es el único que menciona:

• la disputa de los discípulos por quién es el mayor, en la Cena (en paralelo con el lavatorio de los pies, de Juan).
• la frase "haced esto en recuerdo mío", en la Cena.
• la aparición del ángel confortador en Getsemaní.
• la calificación de "agonía" y el sudor de sangre en Getsemaní.
• Jesús mira a Pedro cuando ya éste le ha negado.
• la presencia de Jesús ante Herodes. Como en los Marcos y Mateo, Jesús está mudo durante todo el "interrogatorio civil", pero esto se señala más en Lucas por silencio ante Herodes.
• las hijas de Jerusalén en la Vía Dolorosa.
• la primera palabra de Jesús: "Padre, perdónales..."
• el perdón del buen ladrón.
• no cita el "¿por qué me has abandonado?"
• la última palabra de Jesús: "Padre, en tus manos ..."
• señala la hora de la muerte de Jesús.
• indica que las mujeres que están con Jesús son "las que le habían seguido desde Galilea".

En todo lo demás, su relato es muy semejante al de los otros dos Sinópticos, más especialmente al de Marcos, aunque más de una vez cambia el orden de los acontecimientos.

Sería importante que la lectura de la Pasión en el contexto de la Eucaristía lleve a los fieles, más allá del sentimiento, hacia la conversión: en su modo de vivir y en su compromiso con otros.



Jesús y el éxito

En un día en que vamos a celebrar procesiones triunfales, con palmas y cánticos, con los sacerdotes revestidos de preciosos ornamentos de rojo y oro, conviene recordar cómo se situó Jesús ante eso que nosotros llamamos triunfo.

Un triunfo es lo que esperaban los que le seguían desde el lago, desde el Jordán. Les dejó tan fascinados que lo dejaron todo y le siguieron porque estaban convencidos de que era el Mesías esperado, el Ungido del Señor. Lo esperaban todo de él. Pero esperaban mal. Esperaban un nuevo David, el rey por excelencia, el Ungido por excelencia, el conquistador, el unificador, el que tenía que devolver a Israel la Soberanía, la paz, la preeminencia sobre las naciones, la paz, la abundancia. El que haría que todas las naciones vinieran a adorar a Dios en su (¿de Él o de ellos?) Santo Templo de Jerusalén. El Mesías, luz de las Naciones y gloria de tu pueblo Israel. Y los discípulos son, naturalmente, como todos. Todo Israel – los que esperan al Mesías – esperan así.

Durante toda su vida pública, Jesús se esfuerza lo indecible para alejarse de esa imagen. Oculta sus milagros, que le están dando fama de legendario curador todopoderoso, evita la propaganda, huye de los que le quieren hacer rey, anuncia reiteradamente que su final es la muerte en cruz rechazado por los jefes. Nadie le cree. Los discípulos, que le siguen más que nadie, los que menos.

La subida a Jerusalén es penosa: Jesús predicando constantemente en contra del mesianismo acostumbrado; la gente imperturbable, los discípulos cada vez más lejos del pensamiento del Maestro, hasta pidiendo sillones ministeriales. Hasta podemos adivinar un conato de triunfalismo davídico en la organización por los discípulos de la entrada en Jerusalén, estropeada por Jesús al dirigirse al Templo y armar el mayor escándalo de su vida. Jesús se ha pasado la vida entera desmontando la idea de triunfo que impera en el pueblo y en sus amigos.

Pero no bastará: para romper definitivamente esa idea será necesaria la cruz: entonces se romperá en mil pedazos la fe de los discípulos: han podido con él, lo han matado... luego Dios no estaba con él. Nosotros esperábamos que éste sería el Libertador de Israel, pero lo han rechazado los jefes del pueblo, lo han eliminado... Nosotros esperábamos pero, ya no esperamos. Fue necesaria la muerte en cruz para que los discípulos perdieran la fe vieja. Y ahí nació la fe. Todos los relatos de la resurrección insisten en lo mismo: re-conocerle, re-leer la Escritura.

Re-conocerle, volver a conocerle, conocerle de nuevo. Antes no le conocían, sólo se imaginaban quién era basados en una falsa lectura de la Escritura. Jesús resucitado les enseña a leer las Escrituras, y entonces empiezan a conocerle, empiezan a descubrir que la salvación de Dios no viene del triunfo político, de la aclamación social, de la imposición desde arriba, de la religión desde fuera. La resurrección es ante todo una terrible conversión/inversión de criterios. Y la esencia de esa conversión es: es el crucificado el que nos merece fe, no el Rey David poderoso y triunfante.

El éxito de Jesús consiste en que es capaz de ir hasta el final, de ser consecuente hasta el final, de no echarse atrás, en no ceder a ninguna tentación mesiánica. El éxito de Jesús consiste en no querer triunfar como lo esperan todos.

Importante para nosotros la iglesia hoy, que seguimos queriendo triunfar por fuera, por poder, por prestigio, por influencia social, por espectáculo. Importante para cada uno de nosotros la iglesia. El mesianismo davídico fue una grave tentación para Jesús, una grave dificultad para los primeros seguidores, y es hoy una terrible tentación para nosotros la iglesia y más aún para los que la gobiernan. Y hoy que hablamos de nueva evangelización, tenemos que pararnos a pensar y preguntarnos: ¿Qué pretendemos? ¿Volver a ser numerosos, poderosos, dueños de la conciencia de la gente? ¿Volver a llenar los templos en grandes celebraciones y las calles con procesiones esplendorosas?... ¿A qué llamamos evangelizar?



La señal del cristiano es la santa cruz

La señal del cristiano es la santa cruz. El discípulo, como su maestro. Si a Él le crucificaron, a sus seguidores también. Y les crucificarán los mismos: el dinero, el poder y los dioses.

Jesús no dio ningún motivo "revolucionario" para que le matasen. No fue un agitador social ni un líder político ni un guerrillero. No lo mataron por eso, aunque le acusaron de eso, calumniándole, para que los romanos quisieran matarle. Lo mataron por ser un revolucionario mucho mayor: por creer en un Dios distinto, por considerar a todos iguales, por preferir a los pequeños, por pasar del poder y del dinero.

Y por eso no nos matan a nosotros. Porque seguimos creyendo en los dioses, porque no consideramos a todos iguales, porque no preferimos a los pequeños, porque no pasamos del poder y del dinero. Jesús era peligroso, nosotros no. No nos parecemos; así de sencillo.

El Dios de Jesús es peligroso, porque no se sienta arriba con poder para juzgar, sino que está debajo para sustentar, dentro para fermentar. Y eso no vale para asentar en los dioses el poder y la dignidad. Esto no les gusta nada a los sacerdotes, porque su dignidad se deriva directamente de la dignidad de dios, y si dios no está arriba, ellos tampoco.

Para Jesús todas las personas son iguales porque todos son hijos. Ni por ser rico ni por ser pobre se es más ni menos. Esto no les gusta nada a los ricos. Es muy incómodo tener un hermano pobre, compromete, afea, es fuente de numerosas molestias. Tampoco les gusta del todo a los pobres: es molesto que el rico sea mi hermano, no podremos odiarle y matarle sin sentir remordimientos. Es mucho más sencillo que sea sin más mi enemigo.

Para Jesús son antes los pequeños, sencillamente porque necesitan más. Y las madres y los médicos y los pastores y los maestros ... emplean más tiempo y más esfuerzo en los que necesitan más. Esto no les gusta nada a los grandes, porque les impiden disfrutar en paz de su grandeza, les llena de preocupaciones, no pueden quedarse sin más con lo que Dios les ha dado, se sienten responsables y por tanto despojados de su libertad. Y sobre todo, se sienten desprestigiados. Ser grande ya no es un mérito adquirido, una bendición de Dios, sino un compromiso, un talento, una responsabilidad.

Pasar del poder y del dinero es de locos. Todo el mundo corre enloquecido tras el poder y el dinero. Hay que comprar cosas para disfrutar de cosas, hay que tener poder, prestigio, status, influencia ... Meta de la vida. ¿A qué loco se le ha ocurrido que el poder y el dinero no son buenos? ... Pues, a Jesús, que ha descubierto algo tan sencillo como esto: el poder y el dinero son bienes pegajosos, tienden a apoderarse del que los tiene y lo deshumanizan. A Jesús, que observa que el poder y el dinero son difícilmente compatibles con la compasión, la sencillez y la libertad.

Poder para servir a los pequeños, dinero para aliviar a los pobres ... Entonces, ¿para qué quiero el poder y el dinero? ... Nuestra cultura ha resuelto a veces el problema con mucha inteligencia: la limosna, el porcentaje: el 90% del poder y el dinero para mí, para mi satisfacción: el 10% para justificarme y conseguir mejor imagen. O sea, también para mí.

Un gobernante que use el poder para servir a la gente, sobre todo a los más pequeños, no genera riqueza y poder para sus amigos, no reparte más que cargas ... no durará mucho en el poder; será crucificado como gobernante.

Un empresario que tiene menos interés en los beneficios que en el nivel de vida de los obreros sirve mal a la clase empresarial. Será crucificado.

Un matrimonio que gasta poco, que no renueva el guardarropa en cada estación, que tiene más de dos hijos, que no cambia de coche cada dos años, que pierde todos los días varias horas con sus hijos, que reduce su consumo a lo razonable, que recicla, que reutiliza, que comparte... es odioso; parece que te esté echando en cara todos los días cada cosa que haces... ni siquiera se puede hablar con ellos de las cosas normales. Será marginado, sutilmente, cotidianamente... Será crucificado.

Un cura que no predica de la iglesia y sus dogmas y órdenes sino de Jesús y sus compromisos, que no hace teología dogmática sino que cuenta parábolas, que no manda en su iglesia sino que anima, aconseja, invita, carga con lo menos atrayente, se mete en los líos de la gente... no llegará a Obispo. Será crucificado.

Y así tantos y tantos. Todos los que quieran vivir piadosamente, siguiendo a Jesús, sufrirán persecución. Todos, menos nosotros, que seguimos a Jesús estupendamente bien, creemos lo que hay que creer, esperamos lo que hay que esperar, cumplimos lo que hay que cumplir según lo mandan los representantes de Cristo en la tierra, y vivimos tan ricamente, ajenos a la compasión, respetados por el poder y por el dinero, disfrutando aquí del ciento por uno y seguros del premio de la vida eterna, y tan lejos de la cruz como sea posible. Aunque, eso sí, la exhibimos por todas partes, la llevamos colgadita al cuello, la besamos. Bonitas cruces, de madera, de plata, de marfil, adornadas con brillantes, obras de arte quizás. La única palabra que se me ocurre ahora es "farsa".

Quizá sea precisamente hoy, durante la procesión de los ramos, cuando nos tenemos que preguntar: ¿qué estamos celebrando? ¿qué triunfo celebramos? ¿por qué estamos contentos y llevamos palmas y cantamos himnos triunfales?

Que cada uno se responda. Con hacerse la pregunta quizá sea ya suficiente.