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jueves, 4 de abril de 2013

Antes de tomarte en serio a Jesús, ¡piensa primero lo bien que te vas a ver en el madero!


Esta es una frase de Daniel Berrigan quien con toda razón nos advierte que la fe en Jesús y en la resurrección no nos va a salvar de la humillación, el dolor y la muerte en esta vida. La fe no tiene como intención hacer eso. Jesús no concede exenciones especiales a sus amigos, al menos no más que las que Dios le concedió a Jesús. Esto aparece por todas partes en los Evangelios, aunque con mayor claridad en la resurrección de Jesús. Para comprenderlo, nos es útil comparar la resurrección de Jesús con lo que el mismo Jesús hace en la resurrección de Lázaro.
La historia de Lázaro plantea muchas preguntas. Juan, el evangelista, nos cuenta la historia: Comienza señalando que Lázaro y sus hermanas Marta y María, eran amigos muy cercanos de Jesús. Por lo que comprensiblemente nos sorprende "la aparente falta de respuesta de Jesús ante la enfermedad de Lázaro y la petición de que lo fuera a sanar. Ésta es la historia:

Las hermanas de Lázaro, Marta y María, mandaron decirle a Jesús "el hombre que amas está enfermo" con la petición implícita de que Jesús debería venir a sanarle. Sin embargo la reacción de Jesús es curiosa. No sale inmediatamente corriendo para tratar de curar a su amigo cercano. En su lugar, permanece donde está durante dos días más, y mientras, su amigo muere. Luego, después de que Lázaro haya muerto, sale a visitarlo. A medida que se acerca a la aldea donde Lázaro ha muerto, se encuentra con Marta y luego, más tarde, con María. Cada una, a su vez, le hace la pregunta: "¿Por qué?" ¿Por qué no había venido antes a salvarlo de la muerte? De hecho, la pregunta de María implica aún más: "¿Por qué?" ¿Por qué Dios parece ausente, invariablemente, cuando pasan cosas malas a la gente buena? ¿Por qué Dios no rescata a los que ama y los salva del dolor y la muerte?
Jesús no ofrece ningún tipo de apología teórica como respuesta. En su lugar, él pregunta dónde han puesto el cuerpo, deja que lo lleven allí, ve el sitio de entierro, llora de dolor, y luego levanta a su amigo muerto y le regresa a la vida. Así que ¿por qué primero le dejó morir? La historia plantea la pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué Jesús no se apresura para salvar a Lázaro ya que tanto le quería?
La respuesta a esta pregunta nos enseña una lección muy importante acerca de Jesús, Dios y la fe, es decir, que Dios no es un Dios que normalmente nos rescate, sino que es un Dios que nos redime. Dios no suele intervenir para salvarnos de la humillación, el dolor y la muerte, sino que redime a la humillación, al dolor y a la muerte después del hecho.
En pocas palabras, Jesús trata a Lázaro exactamente de la misma manera que Dios Padre, trata a Jesús: Jesús es profunda e íntimamente amado por su Padre, y sin embargo, su Padre no le libra de la humillación, del dolor y de la muerte. En su peor hora, cuando es humillado, y está sufriendo y muriendo en la cruz, la multitud abuchea desafiante a Jesús: "¡Si Dios es tu padre, que él te rescate!" Sin embargo no hay rescate. Al contrario, Jesús muere en medio de la humillación y el dolor. Dios lo resucita solo hasta después de su muerte.
Esta es una de las revelaciones clave dentro de la resurrección: Tenemos un Dios redentor, no un Dios rescatador.
De hecho, la historia de la resurrección de Lázaro en el Evangelio de Juan tenía como objeto la respuesta a una pregunta candente dentro de la primera generación de cristianos: habían conocido a Jesús en carne y hueso, habían sido amigos íntimos de él, lo habían visto curar a la gente y resucitar a personas de entre los muertos, así que ¿por qué ahora los estaba dejando morir? ¿Por qué Jesús no les rescataba?
Les tomó un tiempo a los primeros cristianos comprender que Jesús no suele dar exenciones especiales a sus amigos, no más que las que Dios Padre le concedió a Jesús. Así que, como nosotros, ellos se enfrentaron con el hecho de que a pesar de que uno puede tener una fe profunda y auténtica, y sentirse profundamente amado por Dios, tiene que sufrir la humillación, el dolor y la muerte como todos los demás. Dios no liberó a Jesús ante el sufrimiento y la muerte, y Jesús no nos librará de ello.
Esta es una de las revelaciones clave dentro de la resurrección y es quizás una de las peor entendidas. Siempre estamos predicando la fe en, y predicando, un Dios rescatador, un Dios que promete exenciones especiales a los tengan una fe genuina: Ten una fe genuina en Jesús, y ¡estarás salvo de las humillaciones y los dolores de la vida! Ten una fe genuina en Jesús, ¡y la prosperidad vendrá en tu camino! Cree en la resurrección, ¡y los arcos iris rodearán tu vida!
¡Ojalá fuera así! Sin embargo Jesús nunca nos prometió rescate, exenciones, inmunidad para el cáncer, o escapar de la muerte. Prometió más bien que, al final, habrá redención, reivindicación, inmunidad ante el sufrimiento, y la vida eterna. Sin embargo eso es al final, mientras tanto, en los primeros e intermedios capítulos de nuestras vidas, habrá el mismo tipo de humillación, dolor y muerte que todo el mundo sufre.
La muerte y resurrección de Jesús revelan un Dios redentor, no un Dios rescatador.