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domingo, 28 de abril de 2013

Contemplaciones con el Evangelio: Si es mi Amor…

“En esto todos reconocerán que son mis discípulos”: en que se aman como Yo los he amado.

El amor de Jesús es el signo creíble, lo que permite reconocer quién es su discípulo. Un amor “no de palabra sino con obras y verdadero” como dice Juan: “En esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él” (1 Jn 3, 18-19).

Jesús se preocupa por esto tan humano como es dejarnos un signo incuestionable para que podamos mostrar a todos, y, mejor aún, para que sin que lo busquemos explícitamente igual todos se den cuenta de que somos sus discípulos.


El Señor nos lee el corazón a los hombres y a las mujeres y pesca este profundísimo deseo de reconocimiento que nos constituye como personas. Dado que conocemos, necesitamos reconocer. Esto es: reconfirmar lo que conocemos, hacerlo nuestro, experimentarlo. Y también: dado que se nos conoce, necesitamos confirmar la autenticidad de lo que decimos y sentimos, necesitamos “dar testimonio”, no solamente contar las cosas.

Dar testimonio es afirmar públicamente que algo bueno nos ganó el corazón y nos comprometió la vida, de modo tal que no podemos callarlo y para poder compartirlo le pedimos al otro que nos crea y que pruebe por sí mismo la verdad de lo que le anunciamos.

Aunque tenemos un poco de todos, no somos periodistas de noticiero que simplemente cuentan lo que pasa, ni militantes políticos que buscan sumar votos. Tampoco somos investigadores científicos que demuestran el resultado de sus experimentos. Somos discípulos de Jesús, El que dio la vida por todos, y anunciamos esta buena noticia con la alegría incontenible del que ha encontrado la Fuente de la Vida y sale a invitar a todos a que beban de ella.

La búsqueda de coherencia y el deseo de ser creíbles no parte de una motivación interesada en un sentido egoísta sino de ese interés “social” propio de nuestra naturaleza humana que cuando descubre algo bueno para todos no puede dejar de comunicarlo a los demás diciendo: “Vengan y vean”; “Prueben qué bueno es el Señor”.

Sabiendo esto, el Señor nos deja la clave. Una clave que sirve no sólo para que los demás crean sino para reconfirmarnos a nosotros mismos si vamos por buen camino.

¿Cómo sabré si soy tuyo, Jesús?

Bastará con que te examines en el amor.

Si es mi Amor el que te mueve y atrae, lo reconocerás en cosas como estas:

Si es mi Amor, te moverá a amar a todos, venciendo suavemente, una y otra vez, todos los peros y condiciones que pone tu amor propio.

Si es mi Amor, te impulsará irresistiblemente a salir de vos e ir a los demás.

Si es mi Amor, no te dejará en paz hasta que confieses y sientas lo lindo que es pedir perdón, lo lindo que es desenojarte, comenzar de nuevo y poder reírte de vos mismo y sonreír al que mirabas con el ceño fruncido.

Si es mi amor, en vez de cerrarte al ver el sufrimiento de los demás, se te enternecerá el corazón y no podrás sino ayudar y dar.

Si es mi Amor, hará que te asombres de vos mismo al constatar que a pesar de todas las desilusiones, volvés a tener esperanzas.

Si es mi Amor, sentirás el movimiento secreto de la vida cuando trabaja por reconstituir lo herido y sana milagrosamente todos los desgarrones.

Si es mi Amor verás cómo reparara tus fuerzas: te volverás incansable, con las ganas intactas a pesar de la fatiga…

Si es mi Amor, te sorprenderás de no sentir envidia, podrás ver cómo alguien es aplaudido y vos, en vez de compararte, te alegrás en el bien y aplaudís también de corazón.

Si es mi Amor, no podrás creer cómo es que estás creyendo, qué es lo que viste en el otro que a pesar de todas las evidencias, volvés a confiar en él, en lo que el Señor puede hacer en él.

Si es mi Amor, constatarás el milagro que hace con el tiempo: de golpe tu corazón se ensanchará y experimentarás cómo la paciencia extiende sus brazos al futuro y lo abraza de manera tal que no lo suelta y lo que es ahora defecto ya está enlazado a su perfección futura.

Si es mi Amor el que te mueve y atrae, se te despertará un sentido nuevo –el de mi presencia-; aprenderás a reconocerme en todos los rostros y a sentir cómo entro y salgo, en un instante, en las situaciones de “puertas cerradas”, y mi presencia despalanca las trabas y abre puertas.

Si es mi Amor, te llevará a mis ovejas y de mis ovejas te traerán de vuelta a Mí Sin darte cuenta entrarás y saldrás de la oración a las cosas y de las cosas a la oración.

Si es mi Amor, verás cómo da gusto comenzar a romper, a medida que van saliendo, todos los pagarés que tenías guardados: a este no le cobro, aquella deuda está olvidada, esto ni sé de qué se trataba…, hasta que sentís que salís a la calle sonriendo interiormente y, aunque nadie te pregunte por qué estás contento, vos te decís a vos mismo: soy uno/a quien nadie le debe nada.

Si es mi Amor, te darás cuenta porque se te transformará el interés de la mirada. En vez de buscar ofertas, se te irán los ojos hacia mis ovejitas perdidas. Subirás al subte y sin espiar descubrirás al que anda medio tristón y te sentirás como uno de esos personajes de Pronzato que “ponen oraciones en el bolsillo de los demás”.

Si es mi Amor, te darás cuenta porque te cambiaré el rol y ya no serás más el mismo personaje que eras (el que vos mismo habías elegido o te habían dado los demás): pasarás a ser actor de reparto en vez de protagonista, pero de una película mucho más interesante. Cambiarás mucho de papel: un día te tocará ser “el mozo de equipajes” de Descalzo, el que les metía las valijas en el tren a los que se iban de vacaciones y “tenía una permanente alegría. No sabía hacer su trabajo sin gastarte una broma, y cuando te hacía un favor, parecía que se lo hubieses hecho tú a él. Un día le pregunté: «Y tú, ¿cuándo te vas de vacaciones?» Se rió y me dijo: «Me voy un poco en cada maleta que subo para los que se van hacia la playa.»

Otro día te tocará ser uno de “los seres invisibles”, como las monjas josefinas que trabajaban en la cocina del seminario de Astorga: “allá al fondo del refectorio veíamos alguna vez a las monjas pasando con perolas humeantes, como medio escondiéndose, porque en aquellos tiempos era casi un pecado que los seminaristas viésemos una presencia femenina. Y, en un momento, entendí lo oscuro y lo hermoso de su tarea. Eran, aquellos, los que llamábamos los «años del hambre» cuando, en la primera posguerra, era un milagro encontrar comida cada día para los cuatrocientos seminaristas que éramos. Y pienso que tal vez ellas debieron de sentir alguna vez hasta dudas vocacionales, pensando si se habían hecho monjas para pelar patatas y cocer garbanzos. Y, sin embargo, el seminario funcionaba gracias a ellas. Eran las invisibles…”.

Si es mi Amor el que te atrae y te dinamiza, los otros se darán cuenta: reconocerán que no sos sólo vos, sino que somos dos, Yo y vos, mi discípulo. Y les dará ganas de experimentar.