El Hijo de David (1ª lectura), que es el Hijo de Dios, cura a un ciego de nacimiento (3ª lectura).
1.Me lo contaba un amigo sacerdote: Estaba dando ejercicios en el Norte de España y llegó el Nuncio del Papa a darle la noticia: El Santo Padre le ha nombrado Obispo. No lo esperaba. No se lo había trabajado. Pertenecía a la raza rara de los “nolentes quaerimus”. La impresión fue tremenda. Tuvo que tomar pastillas para dormir. Un día recibo un e-mail de Angel Gómez Escorial: Has sido nombrado Escritor del Año. Ni lo esperaba ni lo había procurado. Eso es lo que impresiona, LO INESPERADO. ¿Qué le pasaría a David cuando llegó Samuel a Belén y le ungió Rey de Israel, viviendo todavía el rey Saúl? Saúl, elegido por Dios contra la voluntad de Samuel, es rechazado por Dios por haber desobedecido su mandato: “Estoy arrepentido de haber hecho rey a Saúl, pues se aparta de mí y no hace lo que digo” (1 Sam 15,11). El pecado de Saúl es la desobediencia. “Mejor es la obediencia que las víctimas. Pues que tú has rechazado el mandato del Señor, él te rechaza a tí como rey” (23).
2. Aunque la obediencia estuvo en crisis desde la creación de los ángeles, en la actualidad de una manera evidente, es piedra de escándalo, consecuencia lógica de la pérdida de la fe o de su enfriamiento. La crisis de obediencia es hija del humanismo naturalista, del racionalismo sin fe, del democratismo sin ética que se convierte en totalitarismo, del personalismo, y en el fondo de todo, del antropocentrismo, que erige al hombre en separado de Dios que no existe para él, y cuyo resultado es el desorden, que siempre existió y existirá, pero que se acentúa cuando no hay referencia a la trascendencia. Todos estos “ismos” fomentan que el hombre no acepte otro magisterio y otra autoridad que el de su razón, ni más ley que su propia voluntad. Para ayudar a practicar la obediencia hay que añadir a la fe el discurso de que el bien de la obediencia es el “mandato”, al contrario de las otras virtudes que es el bien mandado, como enseña Santo Tomás. Y si es verdad que la providencia asiste y ayuda para que el que manda acierte, si sigue sus mandatos, puede sacar bienes de los desaciertos convertiéndolos en bienes mayores, aunque a largo plazo, sin duda y que no son mensurables hoy. Dios da con creces lo que se renuncia por obedecerle. Por eso Santa Teresa de Jesús, escribió: “El gran bien y la mina y el tesoro de la preciosa virtud de la obediencia”, y tomando como punto de mira la obediencia, se tiene en ella fácil el discernimiento de los espíritus sabiendo que la obediencia ve en quien tiene autoridad va dirigida a Dios, pues toda autoridad viene de Dios. Y no tendrías autoridad sobre mí si no te la dieran de lo alto, dijo Jesús a Pilato. Toda la cristología puede resumirse en el texto de la carta a los Filipenses: “Cristo se humilló haciéndose obediente hasta la muerte” (2,8).
3. Samuel, que al principio no quería a Saúl, ahora que el Señor lo rechaza, llora: “El Señor le dijo a Samuel: “¿Hasta cuándo vas a estar llorando por Saúl, habiéndolo rechazado yo para que no reine en Israel?” (Ib 16,1) Nos parecemos a Samuel nosotros cuando lloramos lo pasado incapacitándonos para ver y vivir intensamente el presente, y prepararnos para realizar los designios de Dios en el futuro. El Cardenal Urs Von Balthasar, teólogo suizo, catedrático en Munich, Zurich y Basilea, es un jesuíta famoso, uno de los más grandes teólogos modernos. Vive a gusto con los jesuitas. Los ama. Las circunstancias, en las cuales se lee también la voluntad de Dios, le piden dejar
4. "La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias; pero el Señor mira el corazón". La teología bíblica tiene como principio fundamental que la elección de Dios no sigue las pautas de la mirada humana, sino que es siempre diametralmente opuesta. El escoge lo pequeño, lo débil, lo oscuro. El hombre elige lo grande, lo fuerte, lo que tiene relieve, lo impresionante. Es natural que así sea, porque el hombre no puede conseguir que lo débil sea fuerte, o que el pequeño sea grande, y Dios sí. “El Señor hizo en mi cosas grandes” (Lc 1,49). Dios puede romper el cántaro y hacerlo nuevo y enderezar lo torcido y curar lo deteriorado. De esta manera demuestra que la fuerza viene de él y lo pone de relieve. Si así no fuera, los elegidos por ser fuertes, confiando en sus fuerzas, no acudirían a Dios y estarían tentados de atribuirse la elección y sus efectos. Se envalentonarían y dejarían oscurecido el poder de Dios, como ocurrió con Lucifer, el más bello de los ángeles. También es verdad que los hombres, que están arriba, procuran elegir, como subalternos, a quienes no les hagan sombra, para que la cresta del subordinado, no sea más grande que la suya, pero por motivos muy diferentes de los divinos, consiguiendo la depauperación de la raza, pero parece que se piense: “detrás de mí, el diluvio”, todo lo contrario del racismo, que busca al “superhombre”.
5. David era el más pequeño de los hijos de Jesé. Hasta el mismo Samuel se engañó cuando comenzó a reconocer a los hijos del pastor y al presentarle a Eliab, pensó que ese era el elegido, porque era de gran estatura 1 Samuel 16,1. Pero oyó la voz de Dios en su interior: “No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo lo he descartado”. Ese ha sido siempre el proceder del Señor que eligió a Israel, el más pequeño de los pueblos, y de dura cerviz; y a Gedeón, procedente del clan más pobre de Manasés, y él, el último en la casa de su padre; y a Saul, de la tribu de Benjamín, la menor de las tribus de Israel. "Dios ha escogido lo necio del mundo para confundir a los sabios; lo débil del mundo para confundir lo fuerte; lo plebeyo y lo despreciable y lo que no es, para reducir a la nada lo que es" (1 Cor 1,27).
6. Dios, que elige gratuitamente, libremente y por puro amor, escoge al pequeño David para que sea el signo del buen pastor. Y al que era un muchacho lo hace “hombre fuerte y valiente, hombre de guerra y discreto en el hablar” (1 Sam 16,18). Y por su mano irá conduciendo a su pueblo "a las praderas verdes y a las fuentes tranquilas, y con su cayado lo librará de sus enemigos" Salmo 22. Pero la fuerza y el poder de David vendrán de la fuerza y del poder del Señor. Los hombres ven la apariencia, por eso hoy se cultiva tanto la imagen y los grandes pagan a su asesor de imagen. Dios ve con mayor profundidad. Ve con su luz. La que le faltaba al cieguecito. La luz del mundo, signo de la luz de la fe.
7. "Yo soy la luz del mundo". Una afirmación no es nunca una prueba. Jesús quiere probar que él es la luz y he aquí la prueba: "Al pasar vio a un hombre ciego de nacimiento. Escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé. El fue, se lavó y volvió con vista". Es la piscina del Enviado, que eso significa Siloé. Y ¿qué es lo que el ciego se va a lavar? El libro del Génesis nos relata la creación del primer hombre y nos dice que lo hizo del barro de la tierra y después le sopló el aliento de su boca. Mirad qué imagen y qué sentido más luminoso de
8. Y el que había sido ciego percibe la luz por primera vez y ve, se ve a sí mismo, se conoce: "Fue, se lavó, y volvió con vista". Juan 9,1. El mundo del ciego cambió de raiz. Vivía en la tiniebla y toda su vida se iluminó con la luz de este mundo. La prueba es la siguiente. Cuando los judíos lo expulsaron de la sinagoga, Jesús fue a buscarlo y le preguntó: "Crees tú en el Hombre aquél?" "Creo, Señor, y se postró ante él". Ese fue el cambio obrado: recibió la fe en Jesús. Se confió a él y aceptó su palabra y su luz. En adelante su vida cambiada, se convertirá en un signo del poder de Jesús. El ciego soy yo, tú,él, todos nosotros, la humanidad entera. Vemos sólo lo que los ojos abarcan. Jesús nos envía a la piscina de Siloé, que significa “Enviado”. El es el enviado del Padre, por tanto, nos remite a El mismo, y en la piscina del Bautismo nos da la vista de la fe y nos salva. Por la acci´n viva de los sacramentos y de la oración, se acrecienta la luz de nuestra fe, hasta que veamos con la misma mirada de Dios. La samaritana comenzó viendo en Jesús a un judío, después a un profeta, después el Mesías y al Salvador del mundo. El ciego, como ella, ha reconocido primero a un hombre que se llama Jesús, después a un profeta y terminó creyendo en el Señor, el Hijo del Hombre”. Hizo un acto emocionante de fe cristiana.
9. Los fariseos, como siempre, no aceptan el milagro. El ciego ve, y los que ven están ciegos. No hay peor ciego que el que no quiere ver: “Moriréis en vuestro pecado” (Jn 8,21). Interrogan al ciego. Les cuenta cómo ha sucedido el milagro y no le creen. Les preguntan a los padres, y los padres, que tienen miedo de decir la verdad porque saben que les castigarán y tendrán que sufrir los distintos grados de excomunión: separararles de la sinagoga; alejarlos de la comunidad judía una semana o durante un mes, vestir de luto, sentarse en el suelo, tener que dejarse crecer el pelo y la barba, y no poder bañarse ni asistir a la oración comunitaria, y hasta sufrir el destierro y ver confiscados sus bienes; y soportar la incomunicación de la comunidad que tiene que huir del trato con los culpables, se escabullen y responden: “Preguntádselo a él que ya es mayor”. Es la cobardía de los hombres de poca personalidad, egoistas, insolidarios. Cuando San Juan de
10. Al dar la vista al ciego, Jesús activa la salvación anunciada por Isaías: "los ciegos ven... y a los pobres se les anuncia la buena noticia" (26,19). Y de la misma manera que le ha devuelto la vista al ciego y le ha anunciado la buena noticia de que él es el Hijo del hombre: "Dime quién es, Señor, para creer en él? -"Ya lo estás viendo, es el mismo que habla contigo",-“Creo, Señor. Y se postró ante él”, se nos descubrirá a nosotros y nos curará, y a toda la humanidad que crea en él. Y le adoraremos como el dichoso ciego.
11. Para eso quiere que renovemos en su recuerdo el memorial vivo de su muerte y la gloria de su resurrección y ascensión a los cielos, a través de cuyo sacramento actúa con el Espíritu Santo en nosotros y en todo el mundo, al que quiere darle la luz de su Palabra para que sea dichoso.
12. "Despertemos los que dormimos, y levántemonos de entre los muertos y Cristo será nuestra luz" indeficiente Efesios 5, 8





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