Abrir el oído
Autor: Neptalí Díaz Villán CSsR.
“El Señor me abrió el oído”, dijo Isaías. Todos los días, pero particularmente en estos de celebración pascual, es preciso tener los oídos abiertos, para escuchar la voz de Dios que nos habla en medio de los acontecimientos de nuestro mundo convulsionado. La llamada Semana Mayor es como un alto en el camino para recordar y actualizar el acontecimiento central de nuestra fe: la muerte y la resurrección de Jesús. Ese fue el primer anuncio, el llamado Kerigma: Jesús vive. El mismo que mataron, Dios lo resucitó.
Empezamos hoy con el recuerdo de la entrada profética de Jesús a Jerusalén en un asno. De una manera sencilla y no con la prepotencia de los reyes que imponían su ley, sino como la humildad de un provinciano que llega a la gran ciudad. Como lo escribió Pablo a la comunidad de Filipos, sin hacer alarde de alguna categoría divina, sino como el más humilde de todos y obediente al Padre hasta el final. Con la humildad de un hombre de pueblo, pero con la certeza absoluta de que su Causa era la misma Causa de Dios y, por lo tanto, estaba avalada por Él.
La lectura de la pasión nos recuerda los últimos momentos vividos intensamente por Jesús. No podemos quedarnos con la contemplación piadosa de un cuadro melodramático. La lectura de la pasión debe ayudarnos para descubrir el drama que hoy vive la humanidad y nuestra actitud ante ella. No se proclama la pasión de Jesús para contemplar o imaginar un espectáculo sadomasoquista que nos muestra cómo unos hombres malos mataron al hijo de Dios. Tampoco se proclama para que los fieles nos demos golpes de pecho y lloremos desgarradamente por el “ancestral pecado de Adán”, ni para sentirnos culpables porque en esa cruz pesada, Él cargó con nuestros pecados.
Abramos nuestros oídos y también nuestros ojos, nuestra mente y nuestro corazón, para descubrir, en la lectura de la pasión, nuestra propia realidad. El que traiciona y vende a su amigo, a su familia, o a su pueblo por dinero. El Fulano que facilita su casa para celebrar la cena pascual y provee generosamente para el compartir fraterno. El miedo de los discípulos ante el peligro; la falsa promesa de Pedro de acompañar a Jesús y estar dispuesto a morir con él, y la negación posterior. La debilidad en la oración por parte de los discípulos, el sueño que no los deja ver la realidad y la invitación a estar siempre vigilantes y orantes pues no es fácil asumir la cruz de cada día. ¿Existen esas realidades en nuestro entorno social, familiar y eclesial?
¿Podemos ver hoy también a personas al servicio de algún régimen opresor, desde los soldados que trabajan por un sueldo sin importarles la desgracia de la gente, hasta sumos sacerdotes y senadores que viven más interesados en eliminar al intruso que les mueve su curubito de poder, que en trabajar por el pueblo? ¿Existen hoy personas que buscan la justicia por medios violentos, como lo quiso hacer aquel que sacó la espada para defender el proyecto de Jesús? ¿Existen hoy personas que, llenas de miedo, abandonan la causa del Reino y se esconden para defender sus vidas? ¿Existen hoy juicios como el que le hicieron a Jesús? Recordemos que el juicio a Jesús no fue otra cosa sino una pantomima engañosa de los que tenían la sartén por el mango, porque ya el veredicto final estaba: ese hombre debía morir y sólo faltaban las “pruebas”, para justificar su condena. ¿Vemos esas realidades en nuestro entorno?
Tratemos de ver también a los “testigos” dispuestos a declarar lo que les digan y al sumo sacerdote que se escandaliza y se rasga sus vestiduras por la “blasfemia” de Jesús, pero tranquilamente busca su muerte sin siquiera sonrojarse. Aquel que se lava las manos para esconder su complicidad, los que observaban de lejos el “espectáculo” y los que, finalmente, reconocen que en verdad este hombre es el Hijo de Dios. ¿Existen esos personajes entre nosotros?
Finalmente, ¿podemos ver en nuestro mundo a personas que siguen el testimonio de Jesús? No dejemos de contemplar su hermoso testimonio desde el principio al final del relato en el que se mantuvo siempre fiel a la causa de Dios y la causa humana. Totalmente entregado el Reino de Dios, con miedo ante el abismo que representaba la muerte, pero con la confianza puesta en el Padre. ¿Dónde nos ubicamos nosotros en el drama que vive hoy nuestra humanidad?





Adelante
Muchos Más Artículos
INICIO
No hay comentarios:
Publicar un comentario