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martes, 18 de marzo de 2008

Jueves Santo: Reflexión para jóvenes

ENTRE SEMANA
Por Pedrojosé Ynaraja


1.- Seguramente había pasado la noche en oración. Se le notaba en el rostro. Ojos cansados por la falta de sueño, mirada serena, fruto de la contemplación. En circunstancias tales, nadie se atrevía a hacerle preguntas, nadie temía una mala respuesta, nadie esperaba un exabrupto. Pero su silencio resultaba, aquella mañana, incómodo. Tomó algo que las mujeres le habían preparado. Dijo que estaba muy bien preparado y que le sentaba muy bien. Aquellas sencillas palabras rompieron el hielo y se atrevieron los amigos a hablar. Él, continuaba absorto. Se alejaron algunos a comprar. Volvieron enseguida. Comentó que aquella noche iba a ser una cena algo especial. Ellos se preguntaban de que se trataba y de donde sacaría la comida. No se atrevieron a preguntarle nada. Por mucho que quisiera aparentar calma, notaban ellos, que estaba preocupado, tal vez afligido, pero no inquieto.


2.- Poco después del mediodía mandó a algunos que se adelantaran y compraran cuatro cosas. De refilón dijo que celebrarían la Pascua. Se miraron extrañados los amigos. No era el día que tocaba. El Maestro ¿había olvidado que no tenían el cordero? Nadie se atrevió a preguntárselo. Adivinó Él lo que les inquietaba y dijo: ¿os acordáis de las preguntas de Isaac y lo que le respondió Abraham? También yo os digo: Dios proveerá. Pero no tengáis miedo, no seréis vosotros el cordero pascual. Se le había escapado una leve sonrisa, la primera de aquel día. Les recordó que en Jerusalén tenían un amigo. Allí irían. Envió a otros a avisarle, les dijo que le recordaran que muchas veces le había ofrecido la sala alta de los huéspedes, pues que supiera que esta noche la iba a necesitar. Se quedaron algunos con Él. A los amigos de Betania les dijo que no se movieran de casa. Marcharía solo y Dios dispondría cuando podría regresar. En sus manos estaban todos y no debían inquietarse. Pero se le notaba que el miedo atenazaba sus palabras.
3.- Por fin, a media tarde marcharon, medio a escondidas. Atravesaron la ciudad rodeándola por fuera de las murallas, el camino era un poco más largo, pero más seguro. Seguro ¿por qué? ¿en donde estaba el peligro que corrían?. Entraron en la casa, saludando cariñosamente al dueño. Subieron a la sala. Ya estaba todo preparado. Preparado el qué. Allí faltaba lo esencial. No había ni rastro de cordero y Él repetía que iba a ser su Pascua, la definitiva. Mandó cerrar la puerta y las ventanas. No estaban a oscuras, se iluminaban con lámparas de aceite y por tanto se distinguían los rostros, los ademanes, las posturas, se oía perfectamente la voz de cualquiera, pero, aquella noche nadie se atrevía a hablar. Estaban totalmente absortos y atentos a lo que decía el Maestro. Por fin les desveló el secreto. Empezó por recordarles que, de antiguo, se celebraban fiestas del paso. Les habló de Egipto. Les recordó el desierto. Habían llegado a lo que desde pequeño celebraban en familia. Sonrieron en esta momento, casi todos habían protagonizado alguna noche de estas, cuando eran pequeños, el ritual de las preguntas. Prosiguió solemnemente. Esa noche, allí, con ellos, la cosa, la Pascua, cambiaba totalmente. No importaba el pan ácimo, aunque lo tuviera en sus manos. Lo que importaba era que aquel pedazo era su cuerpo, aunque ellos no lo entendieran. No necesitaban cordero. Era suficiente tener y beber aquella copa de vino, pues era su sangre, sin que fuera necesario que lo comprendieran. Les invitó a comer aquel frugal manjar y a beber de aquel cáliz. Lo hicieron sin rechistar. Algo por dentro les resonó, pero continuaron en silencio. Les recomendó que cuando llegara el momento oportuno, ellos imitaran lo de aquella noche, lo repitieran, lo renovaran. Él estaría presente, aunque no le vieran. Habló, habló mucho el Señor. Se dirigía a ellos o se dirigía a su Padre. Repetía una y otra vez que no tuvieran miedo. Tanta repetición decía a las claras que el temía algo.
Pero al dirigirse a su Padre cambiaba su aspecto. Le pedía una cosa que eran incapaces de comprender. Les había recomendado siempre que estuvieran unidos, pero aquella noche hablaba de una unión superior a la que nunca hubieran podido imaginar. Sabían ellos muy bien que el Maestro estaba íntimamente unido a Dios. Ahora decía que ellos, entre sí debían tener la misma unión. ¡Imposible! Nunca podrían estar tan estrechamente unidos. No podía ser tan exigente. Pero nadie se atrevía a decírselo. El más joven, Juan, el inquieto e intelectual del grupo, siempre a su lado, tomaba buena nota de todo, gracias a su memoria fabulosa. Se ha sabido muchas cosas de aquella noche, que los demás, por muy científico que el mismo Tomás fuera, lo hubieran olvidado.
4.- Cenaron muy poco y no recitaron la Hagadá. No obstante el ayuno, se sentían satisfechos. Ni tenían hambre, ni diarrea mental. Aquel enigmático pan y aquel sorbo de vino, que, Él afirmaba, no era otra cosa que su cuerpo y su sangre. Aquella que tantas veces les había dicho iba a ser derramada. Estaban saciados de cuerpo, alma y espíritu. Fue como una orden. Se levantaron, cantaron los tradicionales himnos y salieron fuera. Era de noche. Lucía en el cielo una enorme luna. Nunca la habían visto tan grande. Nunca la olvidaron. Les dijo que atravesarían Jerusalén por el camino más corto. Que irían a Getsemaní. Esto les tranquilizo. Conocían el lugar de sobras, allí, se sentían como en casa. Pero: ¿Qué de particular, iban a hacer?
5.- No os inquiete el que no entendáis la misa. Los que aquella noche se reunieron, sabían menos que vosotros, pero le fueron fieles. Escucharon lo que les decía y lo que decía, y más tarde lo pusieron en práctica. Ya os he dicho que en la situación en que me encuentro yo, el tío de Jesús, entendemos muchas cosas mas de las que en aquellos días entendimos. Cuando tú te encuentras mal, tomas la pastilla que el médico te receta. No sabes lo qué es. No sabes el mecanismo mediante el cual actúa. Te maravillas de que una cosa tan pequeña sea capaz de devolverte la salud. Te la tomas siempre que haga falta. Con la Eucaristía pasa igual. Tenlo muy en cuenta. Lo importante es que examines y vigiles tu actitud, no sea que, debido a una mala digestión espiritual, te atragantes o se te indigeste. Ya me entiendes, no se puede comer Eucaristía estando apegado al diablo