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sábado, 21 de junio de 2008

Los Jesuitas que he conocido


Por Dolores Aleixandre, RSCJ
Publicado por Revistas Jesuitas N° 96

Los jesuitas suelen tener prisa y, casi siempre, gafas. Leí esta frase de Wenceslao Fdz Flórez hace muchos años, pero para entonces yo ya los conocía porque en mi colegio nos daban Ejercicios Espirituales desde que teníamos diez años, así que su imagen, ensotanada entonces y detrás de una mesita con tapete en la capilla, acompañó mi infancia. En los primeros años de vida religiosa participé de la veneración generalizada de que gozaban en mi Congregación y a la que ellos respondían con paternal condescendencia. Empecé a hacer distinciones: suspiraba porque viniera el P. Luis González a darnos retiros, pero cuando le reemplazó en Maldonado el P. Rodríguez, que tenía fama de santo y decían que se bilocaba, suspiraba por que no viniese. Pero venía envuelto en un manteo y nos decía: “Recogeos, palomitas”, y aunque siempre esperé que nos explicara alguna vez lo de la bilocación, nunca lo hizo. Allá por los 80 fui al seminario de Toledo a dar una charla sobre catequesis y estuvo presente. Casi me biloco yo.En medio de las turbulencias posconciliares el modo jesuítico de presencia, tan unánime hasta entonces, se diversificó apareciendo distintas especies:

- Los “jesuitas de peso”: sabios, graves, seguros, investidos de madurez, muy buscados por las superioras de entonces. Acompañaron procesos, orientaron búsquedas, calmaron impaciencias, arbitraron conflictos. Desempeñaron un papel importante en los años de la renovación y tenemos mucho que agradecerles.

- Los de “perfil provocador” y a esos les debemos también mucho. Cuando estábamos todavía bloqueadas por costumbres del pleistoceno, se atrevieron desde su mesita-con-tapete a sacudir a las autoridades resistentes, espabilar a las aletargadas, alentar a las despiertas y decir inconveniencias jamás antes oídas desde aquella plataforma. Su nombre y su autoridad eran como la punta de ariete con el que las jóvenes arremetíamos contra viejas tradiciones esclerotizadas. Siendo juniora hice un curso con uno de ellos y, al contarlo luego en la comunidad, ponía en su boca (“ha dicho el Padre tal…”) cosas que pensábamos muchas, pero que sólo avaladas por algún nombre de autoridad incuestionable, llegaban a abrirse camino.

- Los “reaccionarios”, visible y acústicamente indignados contra los cambios que estaban sucediendo. Vociferaban desde su mesita-con-tapete arremetiendo contra cualquier novedad y regañándonos con modos coléricos, sin darse cuenta de que a la mayoría nos tenían delante sólo de cuerpo presente, porque les habíamos quitado “el poder de las llaves” de configurar nuestro pensamiento y empezábamos ya a pensar por nosotras mismas.

- Los “ultra progres”. Tuve la suerte de estudiar con dos de ellos en los años de universidad, allá por los 70, ya sin mesita ni tapete, y fueron amigos entrañables aunque aquejados en aquel momento de una sobredosis de Bultmann. Sabían más que los profesores de Filología Bíblica que nos daban clase y, antes de llegar a la Facultad, ya habían traducido del alemán un par de páginas del Mysterium Salutis y preparado la masa de las croquetas porque vivían en un piso. En un primer momento les horrorizó ver que en un grupo de cuatro, les había tocado una monja con hábito y en los comienzos disfrutaron soliviantándome al decir, por ejemplo, que la escena de las bodas de Caná tenía como trasfondo una epifanía de Dionisios. Contraataqué avisándoles de que en la clase de griego clásico, de unos cien alumnos, iba a ponerme de pie para decir al profesor que mi superiora no me dejaba traducir a Aristófanes porque era una indecencia. Claro que no lo hice, pero ver su cara demudada me supuso una dulce venganza.

- Los “teólogos roqueros”, y no me refiero al rock, sino al suelo de roca que ponían debajo de nuestros pies en aquellos años inciertos. Yo había leído de niña la historia de Genoveva de Brabante que, perdida en un bosque, masticaba raíces de plantas y alimentaba con ellas a su hijo de meses. Pues ellos hicieron de “Genoveva de Brabante” para toda una generación porque “masticaban” a Rahner, a Bonhoeffer, a Tillich, a Robinson o a Cox, y los convertían en alimento digerible para quienes no habíamos leído hasta ese momento más que a los místicos, al P. Lapuente y a Dom Columba Marmion, y no teníamos suficiente fuerza en las mandíbulas para asimilar aquella avalancha de novedad. Mi sincero agradecimiento a todos ellos, en especial para Alfonso Álvarez Bolado, mascarón de proa de aquel viaje.

- El modelo “sabio-popular”, casi único, hay que reconocerlo, que representó Goyo Ruiz, para quien la organización de un congreso de Antiguo Testamento no impedía llevar en su moto un termo con gazpacho hecho por él a una amiga recién parida.

- Los “casi compañeros” de cuya relación he disfrutado en los años '64e trabajo en Comillas. Espléndidos colegas, aunque con ese margen de reserva del “casi” por la inevitable asimetría entre los que son los dueños de la cosa y los que no. Todos han tenido una trayectoria académica “en flecha” en la que lo normal ha sido pasar de la mesa de estudio a la del comedor, encontrándose con todo hecho y privándoles del roce con muchas realidades cotidianas. Por eso y por el gran cariño que les tengo, pido a Dios Nuestro Señor los libere de algunos peligros que podrían acecharles si se movieran solamente en el “triángulo de las Bermudas” (despacho-clase-biblioteca). Y también que encuentren modos y maneras de conocer las fatigas humanas, porque lo contrario sería un empobrecimiento que a la larga les pasaría facturas de todo tipo. Conservo agradecimiento al carisma rector de los que nos gobernaban y proyectaban el futuro de la Facultad, aunque su estilo de gobierno reflejara el del Padre de las luces de quien, como dice la Carta de Santiago, todo desciende.

- De los alumnos “alevines de SJ” tengo en conjunto una excelente opinión. Y eso que cuando a principio de curso me avisaban de que iba a tener en la clase a una “cabeza privilegiada”, me echaba a temblar ante la posibilidad, a veces confirmada, de tener delante a un chico de poderosa inteligencia, pero sostenida sobre las patitas de alambre de una afectividad endeble. Mucho mejores los de dones más repartidos y capaces de inteligencia emocional. Ojalá encuentren una Compañía en la que la capacidad intelectual no sea el valor dominante y les forme para ser, además de “donantes y ayudadores de ánimas”, hombres capaces de recibir, de seguir aprendiendo siempre, dispuestos al intercambio y a la búsqueda con otros, compañeros en pie de igualdad. Pienso que las situaciones de reducción y poda que les va a tocar vivir pueden colaborar a esa nueva forma de “excelencia”.

- Y para el final dejo la mejor especie, la de los “amigos-amigos”. Así, con guión intermedio de reciprocidad y de amistad fiel. Pero para hablar de ellos, con las mil palabras que me han concedido y que ya se me acaban, no tendría ni para empezar.

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