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sábado, 21 de junio de 2008

XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: Del Pesimismo a la Esperanza


Hay algunos que dicen que vivimos tiempos difíciles. Piensan que la Iglesia está amenazada, que ya no hay libertad para predicar el Evangelio ni vivir la vida cristiana. Nuestro mundo está corrupto y empecatado. Hasta van más allá y afirman que Dios va a castigarnos a todos. Dicen que este mundo está perdido, que si no hacemos algo y rápido llegará la destrucción total.
Si estamos atentos a veces oímos este discurso, o palabras parecidas, en la boca de algunos eclesiásticos, de sacerdotes y laicos. No predican un Evangelio de esperanza ni de salvación sino de condenación y castigo. No son profetas de vida sino de muerte.

El Evangelio es obra de Dios

Lo primero que deberíamos pensar es que no ha habido tiempos fáciles para el Evangelio. Ni al principio ni al medio ni ahora. No fue fácil para Jesús que terminó en la cruz. Ni para sus seguidores que conocieron de muchas maneras la persecución y el martirio. Por otra parte, tampoco los creyentes han sido siempre ejemplares en la vivencia de su fe. Pero en esas difíciles condiciones ha sido como el Evangelio se ha ido extendiendo por todo el mundo.
Porque hay una verdad de fondo que no podemos olvidar: si el Evangelio ha llegado a nuestras manos ha sido porque es obra de Dios y no obra nuestra.
Por mucho que hablen y prediquen los profetas de desgracias no es verdad que este mundo se hunde y que vamos a peor. No es verdad. En realidad vamos a mejor porque Dios, nuestro Dios, el Abbá de Jesús es el que maneja los hilos de la historia y nos va guiando hacia el Reino. No hay que tener miedo. No hay razón para temer.
Como decía el gran poeta León Felipe:
Señor, yo te amo porque juegas limpio;
sin trampas --sin milagros–;
porque dejas que salga, paso a paso,
sin trucos –sin utopías–,
carta a carta, sin cambios,
tu formidable solitario.
O dicho con el lenguaje de la sabiduría popular: “Dios escribe recto con líneas torcidas.” Y eso es parte de nuestra fe.

Una llamada a la esperanza

Las lecturas de hoy son una llamada a la esperanza. Nos vienen a decir que el cristiano puede ser cualquier cosa menos pesimista, que creer en Dios es creer en el que está de parte nuestra, en el que tiene contados “hasta los cabellos de nuestras cabezas”. Por eso, Jesús repite dos veces en el Evangelio: “no tengáis miedo”.
Naturalmente que suceden cosas horribles en nuestro mundo. Todos, también los creyentes, somos responsables, todos tenemos parte en la culpa. Pero aún así, como dice la carta a los Romanos, “no hay proporción entre el delito y el don”. La salvación que Dios nos ofrece en Jesús, la gracia, es tal que sobra para la multitud.

Y terminar con la alabanza

La actitud del cristiano ha de ser la del profeta Jeremías que, aún en medio de las dificultades, está seguro de que “el Señor está conmigo”, encomienda a Él su causa y entona un canto de alabanza al Señor, “que libró la vida del pobre”.
No hay lugar en la vida cristiana para las actitudes pesimistas. El Evangelio no depende exclusivamente de nosotros (si así fuera...). El reino es voluntad de Dios. Es su obra. Y la está llevando adelante. A veces por caminos que nos resultan misteriosos.
Dios está con nosotros y no nos abandona. Está en el corazón de cada hombre y de cada mujer actuando su salvación, aunque nosotros no lo veamos –quizá deberíamos cambiarnos las gafas para percibir mejor esa presencia de Dios entre nosotros, en nuestra sociedad–.
Es tiempo de señalar con gozo, proféticamente, los signos de la presencia salvadora de Dios en nuestra comunidad, en nuestra vida, en nuestro mundo. Es tiempo de dejar de lado el pesimismo y cantar y alabar al Señor.


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