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jueves, 24 de julio de 2008

DIOS ES ALEGRE

por Jesús Burgaleta
XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A
Palabra del Domingo. Homilías ciclo A. PPC. Madrid, 1983, pp. 175-177

No hay cosa más triste que hacer de la salvación un entierro y del evangelio, la Buena Noticia, una especie de premonición de la tristeza total.
Arrastramos aún en la catequesis popular un lenguaje y contenidos que expresa el modo negativo cómo vivimos y se nos ha iniciado a la salvación: el «no» está a la orden del día y se pone delante de todas las proposiciones. Para muchos es aun el evangelio algo negativo, prohibitivo, oscurantista, triste, tenebroso, poco apetecible. Se habla constantemente de "dejar", "salir", "abandonar", "renunciar", "morir", "vender", "desprenderse". Como si la vida tuviera todavía como nota fundamental el ser una vida "dolorida", "sufriente", "sacrificada". Se nos ha iniciado en la ascética, a la renuncia, al dominio-negación de sí y, en no pocas ocasiones, a la represión. Se habla constantemente de exigencia, compromiso, cumplimiento, sujeción a las leyes; se reduce la fe a una especie de voluntarismo, al simple esfuerza de la voluntad.
Dentro de estos aspectos negativos destaca la preponderancia dada al temor, al castigo, al premio, al juicio, al infierno, al premio, al juicio, al infierno, al pecado, a la infidelidad, a la muerte, a la purificación, al demonio, a los enemigos.
A veces da la impresión de que se goza haciendo daño a los demás o fastidiándonos a nosotros. ¿Cómo puede ser esta la salvación? El evangelio se anuncia como algo que corta la fiesta, que estropea la marcha, que vuelve a las personas taciturnas y toscas, que quita toda ilusión y posibilidad.
¿Exagero si digo que el evangelio es todo lo contrario? ¿Está equivocado proclamar que la experiencia y el encuentro con Dios es lo realmente positivo? ¿Se puede decir que la salvación es la Buena Noticia, la alegre nueva, el gran acontecimiento que todos estábamos esperando? ¿Hay algo más positivo que vivir entregados a la vida y sorbiendo a chorros de su misma fuente nuestra savia y nuestro crecimiento? ¿Puede haber para el mundo más gozo que el anuncio de su proyecto, de su camino, de su sentido, de su futuro?
El descubrimiento de Dios y de nosotros mismos es positivo, luminoso, radiante. Una iluminación. Es asombroso, maravilloso, fascinante –un encuentro–. Es gozo, júbilo, exultación, entusiasmo –una regeneración y un nacimiento–. Es un hallazgo –un tesoro escondido en el cmapo descubierto–. Es el vislumbramiento de lo que se ha ido buscando durante tanto tiempo –el del comerciante de perlas finas, que al fin encuentra la piedra de sus sueños–.
Dios es alegre. Fuente de alegría y el gozo. No hay ni una experiencia del Dios verdadero que no lleve consigo el júbilo, la exaltación, el resurgir de la carne y hasta de los huesos. La experiencia de Dios es energía, fuerza, esperanza, empuje de vida, confianza radical, perspectiva, alumbramiento. Dios es la fiesta, la plenitud, la campa del gozo, la plaza del encuentro, el manantial del agua viva, el pozo del amor sin fondo. Dios es la atracción suprema, la belleza, el embrujo, el arrebatamiento, el núcleo de todo. En Dios se intuye la armonía, la unidad, la confluencia del ser disperso, la convergencia de las partes, el centro. Dios es interés supremo.
La experiencia de Dios y del evangelio no se alcanzan por medio de actos costosos o de artes humanas, mediante las cuales logremos conquistarle. La experiencia de Dios es un encuentro, es un hallazgo, el toparse con lo gratuito, lo insospechado, lo inesperado. Es un encuentro íntimo, dentro de sí, como un murmullo, una vibración, un escalofrío. En la experiencia de la vida desde la fuente, de la conciencia de sí desde el núcleo. En el Dios encontrado se tiene la experiencia de todo: del mundo, de los otros, de ti, de Dios. Todo ello en un mismo acto, sentimiento, comprensión, pasión y pensamiento.
Encontrarse con Dios es lo más positivo, radical, vital, impresionante y gozoso que se puede decir, pensar, vivir y enseñar. ¡Sólo los que se han aproximado a ello, pueden comunicarlo!
Estamos hablando del «Tesoro», de la «riqueza verdadera», del «Bien Supremo», de la «Vida». La Vida viva es lo más fascinante de este mundo. Este es el «tesoro» que nos comunica el Reino.
¿Quién habla de dejarlo todo? Aquí lo que hemos hecho es alcanzarlo todo. ¿Quién habla de vender? Lo que hemos hecho es una operación en la que hemos adquirido todo. ¿Quién dice que ha perdido, si ha encontrado? ¿Quién cree que tiene que vaciarse, si se ha llenado? ¿Quién habla de morir, si a vivir es a lo único a lo que hemos sido llamados?

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