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lunes, 21 de julio de 2008

XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: Homilía y Recursos para la Homilía

Por Agustinos España
HOMILÍA: "EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UN TESORO ESCONDIDO"


La primera lectura de hoy nos habla del rey Salomón: es hijo de David y vivió en pleno siglo X a. de JC. Aprovechó la obra realizada por su padre y supo mantener con gran esplendor a su pueblo sin ninguna guerra. En cambio, creó una red de relaciones internacionales muy enriquecedoras con los reinos vecinos.

El relato que hoy hemos leído nos transporta al día de su entronización. Es un testimonio que nos puede estimular. En aquel primer día de su reinado, supo pedir el regalo más valioso: "Pídeme lo que quieras", le dice el Señor. Entonces, consciente de su responsabilidad como gobernante, Salomón comprende que Israel no es una propiedad particular suya, sino que es el pueblo de Dios y sabe que tendrá que responder ante Dios sobre su administración. Por eso le responde: "Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el bien del mal".

Salomón elige la sabiduría. Para él, este es el mejor regalo que puede recibir del Señor. No le pide riqueza, ni muchos años de vida, ni victorias sobre los enemigos. Le pide sabiduría. El rey conseguirá la gracia que pide, y muchas más.

Jesús, en el evangelio, nos habla de un hombre que encontró un tesoro en un campo. Sabía que aquello le resolvería los problemas para siempre. El campo era muy caro. Pero él lo quería. Recogió todo lo que tenía, todas las demás propiedades, y las vendió. Se quedó sin nada para poder adquirir aquel campo y hacerse con el tesoro.

En cierto modo es como Salomón. Lo olvida todo para conseguir la sabiduría. Para Salomón, la sabiduría es el tesoro escondido.

Nosotros no somos reyes, ni tenemos día de entronización, pero sí tenemos una vida, una vida que necesitamos vivir con plenitud. El mundo nos presenta muchos valores que deslumbran: dinero, fama, poder... Muchos valores también que van cambiando según las modas. Vemos a las personas que se mueven entusiasmadas, ahora con esto, ahora con aquello y, a menudo, después, las encontramos desencantadas, desorientadas, como si volasen sin norte. La vida necesita una razón que coordine todas nuestras actividades, que las impulse, que las ilumine. Necesita un tesoro. Pero muchas veces este tesoro está escondido.

-El tesoro del cristiano. Si no queremos hablar en términos jurídicos, podemos decir que el cristiano no es cualquier persona que haya sido bautizada. Cristiana es la persona que ha encontrado el tesoro auténtico, la persona que ha encontrado a JC. "Tanto ha amado Dios al mundo que le ha dado a su Hijo único". Aquello que hace que seamos cristianos es habernos encontrado con JC.

No se trata solamente de ser seguidores. Se trata ante todo de ser descubridores. Un descubrimiento que siempre es un don de Dios, aunque normalmente sólo se nos da después de la oración humilde y confiada, después del servicio generoso a los hermanos. Pero es un descubrimiento que, de una vez por todas, ilumina todos los rincones de la existencia y comienza una marcha definitiva, cargada de luz y de amor. Encontrar a JC es ir a lo más profundo, es poner los cimientos, es atarte al eje, es soldarte al cigüeñal.

Encontrar a JC, también es, una vez bien sujeto a Él, dejarte proyectar por Él a una lucha generosa y solidaria en favor de los demás, de manera que todos los intereses personales quedan revitalizados. El tesoro es Él y todo aquello que Él comporta.

Nos ayuda a desprendernos de todos los demás valores, a ponerlos al servicio de la causa más importante. Por esto, quien ha encontrado el auténtico tesoro que es JC no puede dejarse ganar por nadie cuando se trata de hacer un mundo más justo y más fraternal.

En la Eucaristía hoy el Padre nos dice como a Salomón: "Pídeme lo que quieras". Quien encuentra a Jesús se siente libre y experimenta una gran alegría. Se siente acogido por el Amor y libre para amar, libre para dar vida, para darse del todo.

"Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien", nos ha dicho san Pablo.

En la Eucaristía, hoy, JC se nos da una vez más para ser el motor, la luz, la alegría, la vida de nuestra vida. Así se va realizando el proyecto de Aquel que nos predestinó a ser imagen de su Hijo".



RECURSOS PARA LA HOMILÍA


Nexo entre las lecturas

El hilo conductor que nos propone a nuestra meditación la liturgia del día es la sabiduría del corazón. Salomón, prototipo del rey ideal de la Antigua Alianza, es precisamente lo que pide al Señor en su oración: te pido que me concedas sabiduría de corazón para que sepa gobernar a tu pueblo. (IL). El Señor, ante aquella petición sensata y desinteresada del rey, le concede el corazón dócil y sabio del hombre que pone su descanso en la ley del Señor, que ama sus mandamientos más que el oro purísimo, que estima en más sus enseñanzas que mil monedas de oro y plata (SAL). Todas estas actitudes encuentran su plenitud precisamente en el corazón de la gente sencilla (cfr Mt 11,25) que sabe descubrir el valor del Reino de los cielos y está dispuesto a vender cuanto tiene para comprarlo (EV). Ese misterio del Reino, condensado en la imagen del campo y de la perla, y cuyo contenido esencial es Cristo, llega a su cumplimiento una vez que hemos reproducido en nosotros mismos su imagen (2L).


Mensaje doctrinal

1. El valor del reino. Podemos decir que estas parábolas forman parte de las siete parábolas de Mateo que tienen como único argumento el misterio del reino de los cielos: su revelación, su manifestación, la parte que en ese reino nos está reservada, las exigencias que debemos afrontar para alcanzar ese reino y su cumplimiento al final de los tiempos. En particular, estas dos parábolas, sea la primera, que pone en escena a un hombre que encuentra por casualidad un tesoro escondido en el campo y vende cuanto tiene para comprarlo (Mt 13, 44), sea la segunda, que nos presenta a un vendedor de perlas que al descubrir una de mayor valor vende todas las que tiene para conseguir aquella más preciosa ( Mt 13, 45-46), nos revelan esta realidad: el reino de los cielos es un tesoro que no tiene precio. Todo palidece ante el Reino de los cielos cuando éste ha sido descubierto en su plenitud ya que no es otra que Cristo mismo (cfr San Cipriano, Dom. orat. 13). Este valor viene recalcado por la alegría (v.44) que experimenta el hombre al encontrarlo. Es una alegría profunda que empuja al hombre a la posesión de un bien de frente al que todos los otros pierden su peso y su valor. De hecho, el hombre que, habiendo descubierto esta perla o este tesoro opta por conservar sus bienes, permanece triste (cfr Mt 19, 22). Es, en definitiva, el valor de la Nueva Alianza que supera y lleva a su plenitud la Antigua, predicada e inaugurada por Cristo en la tierra (Lumen Gentium 3) para elevar a los hombres a la participación de la vida divina (idem 2).


2. La radicalidad del reino de los cielos. La radicalidad que Cristo exige para poder ser partícipes del Reino es total. Es preciso venderlo todo, arriesgarlo todo, poner todo en juego para ganar el Reino. Todo el mensaje de Cristo está caracterizado por esta exigencia de totalidad y autenticidad. Para todo los cristianos, sin excepciones, el radicalismo evangélico es una exigencia fundamental e irrenunciable, que brota de la llamada de Cristo a seguirlo e imitarlo, en virtud de la íntima comunión de vida con Él, realizada por el Espíritu (Pastores dabo vobis 27). Comprender esto no depende, ciertamente, de la inteligencia humana de los sabios e inteligentes, sino que es fruto de la sabiduría divina que Dios otorga a los humildes y pequeños. En este sentido, el Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir, a los que lo acogen con un corazón humilde y desprendido de todo: Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5, 3). Bienaventurados, es decir, felices, dichosos. La radicalidad evangélica que pide el desprendimiento de todo para ganar el reino es ya una felicidad; quienes la realizan sienten la dicha de ser libres, la felicidad de ser puros, la dicha incomparable de encontrar a Dios (cfr Luis María Martínez, El Espíritu Santo y las Bienaventuranzas, La Cruz, México 1984 27). De hecho, la petición que dirigimos a Dios en la oración colecta es precisamente ésta: que siendo Él nuestro director y guía, pasemos de tal manera por los bienes temporales que no perdamos los eternos.


Sugerencias pastorales

1. Pedir al Señor el don de sabiduría. La petición del rey Salomón es la petición de un pastor que desea guiar a su pueblo por el camino del Señor. El sacerdote ha sido puesto por Dios al frente de su pueblo como pastor y jefe de almas. De ahí que tenga continuamente necesidad de la verdadera sabiduría de corazón para poder guiar por el camino recto a las almas que a él se acercan en busca de luz y de consejo. Él mismo, hombre frágil como sus hermanos, necesita la luz de Dios para poder comunicarla. Es por tanto necesario pedir a Dios este don del Espíritu que nos capacita para saborear y tener cierta connaturalidad con las cosas divinas.. A través de este don, el sacerdote puede adquirir un conocimiento más profundo de Dios, no sólo teórico sino sobre todo un conocimiento experimental que le permita comunicar con fuego y convicción esa realidad que ha conocido y amado en la oración. El don de sabiduría da fortaleza al sacerdote y lleva en él a su máxima perfección la virtud e la caridad, de tal manera que dirigiendo su corazón únicamente a Dios como único tesoro, puede vivir desprendido de las cosas de este mundo.

2. La alegría de poseer el único tesoro que no se corroe.
La vida cristiana es un camino de plenitud y alegría verdadera porque toda ella está encaminada a poseer a Dios, único ser que puede colmar el anhelo de felicidad de hombre. Nos hiciste para ti, Señor e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti (San Agustín, Confesiones 1,1). El cristiano debe saber vivir en este mundo sin ser del mundo, debe aprender a valorar en su justo valor los bienes de este mundo sin anclar su corazón en ninguno de ellos. Más aún, debe estar dispuesto a venderlo todo consciente de que su única posesión verdadera es Dios. Paradójicamente aquello en lo que generalmente se piensa que se encuentra la alegría, la riqueza, los bienes materiales, los placeres, que por lo demás han pasado a ser los valores preponderantes de la cultura, desencantan al corazón del hombre hecho a una medida que sólo Dios puede colmar. Sin ser en sí mismas malas, las riquezas pueden convertirse en un impedimento y un obstáculo para vivir una vida cristiana auténtica ya que con facilidad desvían el corazón del hombre hacia los intereses del mundo. Es preciso, pues, enseñar a los hombres a vivir el desprendimiento afectivo y efectivo de todo aquello que en nuestro corazón quita espacio a Dios.