
Introducción:
La Asunción es la fiesta más antigua y solemne que celebra la Iglesia en honor de la Virgen María. Hoy sigue siendo una celebración popular: la “Virgen de Agosto” llena la geografía de nuestra tierra. La liturgia nos invita hoy a levantar de verdad nuestra mirada: “apareció una figura portentosa en el cielo, una mujer vestida de sol”. Para que esta mirada de fe, dirigida hoy a la Virgen, nos ayude a mirar más limpiamente nuestra vida y a no perder de vista de dónde viene la gracia de su Asunción y nuestra esperanza: “Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto”
* Iª Lectura: Apocalipsis 11,19a;12,1-6.10: ¡El cielo siempre nos espera!
I.1. Se ha querido comenzar esta lectura poniendo la manifestación celestial del Arca de la Alianza, que ya había desaparecido del Santuario de Jerusalén, probablemente con la conquista de los babilonios. ¡Es imposible encontrarla en alguna parte, a pesar de que se alimente la leyenda de mil maneras! Y ni siquiera será necesaria en un cielo nuevo, porque entonces habrá perdido su sentido. En nuestro texto es todo un símbolo de una nueva época escatológica que revela las nuevas relaciones entre Dios y la humanidad.
I.2. Y si de signos se trata, el de la mujer encinta ha sido identificado en María durante mucho tiempo. Esta lectura ya no tiene sentido, aunque se haya escogido este texto para la fiesta de la Asunción. No es posible que el niño que ha de nacer se identifique con Jesús que sería arrebatado al cielo para evitar que sea destrozado por el dragón. Si fuera así, toda la historia de Jesús de Nazaret, el Señor encarnado que vivió como nosotros y fue crucificado, perdería todo su sentido. La transposición no sería muy acertada.
I.3. El símbolo del cielo, apocalíptico desde luego, es el de la nueva comunidad, la Iglesia liberada y redimida por Dios que engendra hijos a los que les espera una vida nueva más allá de la historia. También María es “hija” de esa Iglesia liberada y salvada que vive como nosotros, siente con nosotros y es "resucitada" como nosotros, aunque sea madre de nuestro Salvador. Y por eso es también “madre” nuestra. La asunción de María, pues, es su resurrección.
* IIª Lectura: 1ª Corintios 15,20-26: En Cristo, todos tendremos una vida nueva
II.1. Cuando Pablo se enfrenta a los que niegan la resurrección de entre los muertos, se apoya en la resurrección de Cristo que ha proclamado como kerygma en los primeros versos de esta carta (1Cor 15,1-5). En el v. 20 el apóstol da un grito de victoria, con una afirmación desafiante frente a los que afirman que tras la muerte no hay nada. Si Cristo ha resucitado, hay una vida nueva. De lo contrario, Cristo que es hombre como nosotros, tampoco habría resucitado.
II.2. Podríamos decir muchas más cosas que Pablo sugiere en este momento. Él le llama “primicia” (aparchê), no en el sentido temporal, sino de plenitud. En Cristo es en quien Dios ha manifestado de verdad lo que nos espera a sus hijos. Él es el nuevo Adán, en él se resuelve el drama de la humanidad; por eso es desde aquí desde donde debe arrancar la verdadera teología de la Asunción, es decir, de la resurrección de María. Porque la Asunción no es otra cosa que la resurrección, que tiene en la de Cristo su eficiencia y su modelo; lo mismo que sucederá con nosotros.
* Evangelio según san Lucas 1,39-56: Un canto de "enamorada" de Dios
III.1. El evangelio de Lucas relata la visita de María a Isabel; una escena maravillosa; la que es grande quiere compartir con la madre del Bautista el gozo y la alegría de lo que Dios hace por su pueblo. Vemos a María que no se queda en el fanal de la “anunciación” de Nazaret y viene a las montañas de Judea. Es como una visita divina, (como si Dios saliera de su templo humano) ya que podría llevar ya en su entrañas al que es “grande, Hijo del Altísimo” y también Mesías porque recibirá el trono de David. ¡Muchos títulos, sin duda! Es verdad que discuten los especialistas si el relato permite hacer estas afirmaciones. Podría ser que todavía María no estuviera embarazada y va a la ciudad desconocida de Judea para experimentar el “signo” que se le ha dado de la anunciación de su pariente en su ancianidad. Por eso es más extraño que María vaya a visitar a Isabel y que no sea al revés. La escena no puede quedar solamente en una visita histórica a una ciudad de Judá. Sin embargo, esa visita a su parienta Isabel se convierte en un elogio a María, “la que ha creído” (he pisteúsasa). Gabriel no había hecho elogio alguno a las palabras de María en la anunciación: “he aquí la esclava del Señor…”, sino que se retira sin más en silencio. Entonces esta escena de la visitación arranca el elogio para la creyente por parte de Isabel e incluso por parte del niño que ella lleva, Juan el Bautista.
III.2. Vemos a María ensalzada por su fe; porque ha creído el misterio escondido de Dios; porque está dispuesta a prestar su vida entera para que los hombres no se pierdan; porque puede traer en su seno a Aquél que salvará a los hombres de sus pecados. Este acontecimiento histórico y teológico es tan extraordinario para María, como para nosotros. Y tan necesario para unos y para otros como la misma esperanza que ponemos en nuestras fuerzas. Eso es lo que se nos pide: que esa esperanza humana la depositemos en Jesús. Pero es verdad que leído en profundidad este relato tiene como centro a María, aunque sea por lo que Dios ha hecho en ella. Dios puede hacer muchas cosas, pero los hombres pueden “pasar” de esas acciones y presencias de Dios. El relato, sin embargo, quiere mostrarnos el ejemplo de esta muchacha que con todo lo que se le ha pedido pone su confianza en Dios. Por el término que usa Lucas en boca de Isabel “he pisteúsasa”, la que ha creído, significa precisamente eso: una confianza absoluta en Dios. Si no es así, la salvación de Dios puede pasar a nuestro lado sin darnos cuenta de ello. María y Dios, o Dios en María, son la esencia de este relato. No es que carezca de su dimensión cristológica, pero todavía no es el momento, para Lucas, de conceder el protagonismo necesario a su hijo Jesús. Asimismo, el salto en el vientre de Juan también es primeramente por la “confianza” de María en Dios. Eso es lo que la hace, pues, la “hija de Sión” del profeta Sofonías.
III.3. Porque hoy también hay una “hija de Sión” y una presencia de Dios en nuestro mundo: Es la comunión de los servidores, de las personas audaces, de los profetas sin nombre, de los que hacen la paz y de los que sufren por la justicia. Una hija o comunidad que supera los límites de cualquier Iglesia determinada y configurada como perfecta. Son como la prolongación de María de Nazaret ante la necesidad que Dios tiene de los hombres para estar cercano a cada uno de nosotros. Este es el misterio que se expone a nuestra reflexión: y debemos aprender, no a soportar el misterio, sino a amarlo, porque ese misterio divino es la encarnación. Ello significa que la vida se realiza en conexiones mayores de las que el hombre puede disponer y comprender. La vida tiene cosas más profundas para que el hombre pueda gobernarlas, comprenderlas o producirlas a su antojo. Y es que todo lo que nosotros creemos que es lo último, en realidad es lo penúltimo; así nos sucede casi siempre. Y por eso es tan necesaria la fe. De ahí que, con toda razón, se nos propone como clave de vivencias la fe; fe en la encarnación, en que Dios siempre esta a nuestro lado, en que debe existir un mundo mejor que este. Y esa fe se nos propone en María de Nazaret, para que advirtamos que el hombre que quiere ser como un dios, se perderá; pero quien acepte al Dios verdadero, vivirá con El para siempre.
III.4. María, pues, se entrega al misterio de Dios para que ese misterio sea humano, accesible, sin dejar de ser divino y de ser misterio. Y por eso María es el símbolo de una alegría recóndita. En la anunciación, acontecimiento que el evangelio de hoy presupone, encontramos la hora estelar de la historia de la humanidad. Pero es una hora estelar que acontece en el misterio silencioso de Nazaret, la ciudad que nunca había aparecido en toda la historia de Israel. Es en ese momento cuando se conoce por primera vez que existe esa ciudad, y allí hay una mujer llamada María, donde se llega Dios, de puntillas, para encarnarse, para hacerse hombre como nosotros, para ser no solamente el Hijo eterno del Padre, sino hijo de María y hermano de todos nosotros.
III.5. La visitación da paso a un desahogo espiritual de María por lo que ha vivido en Nazaret ¡había sido demasiado!. El Magnificat es un canto sobre Dios y a Dios. No sería adecuado ahora desentrañar la originalidad literaria del mismo, ni lo que pudiera ser un “problema” de copistas que ha llevado a algunos intérpretes a opinar que, en realidad, es un canto de Isabel, tomado del de Ana, la madre de Samuel (1Sam2,1-10) casi por los mismos beneficios de un hijo que llena la esterilidad materna. En realidad existen indicios de que podía ser así, pero la mayoría piensa que Lucas se lo atribuye a María a causa de la bendición, como respuesta a las palabras de Isabel. Así quedará para siempre, sin que ello signifique que es un canto propio de María en aquel momento y para esa ocasión que hoy se nos relata. Es un canto de la comunidad posterior que alaba a Dios con María y por María.
III.6. Se dice que el canto puede leerse en cuatro estrofas con unos temas muy ideales, tanto desde el punto de vista teológico como espiritual; con gran sabor bíblico, que se actualiza en la nueva intervención de Dios en la historia de la humanidad, por medio de María, quien acepta, con fe, el proyecto salvífico de Dios. Ella le presta a Dios su seno, su maternidad, su amor, su persona. No se trata de una madre de “alquilé”, sino plenamente entregada a la causa de Dios. Deberíamos tener muy presente, se mire desde donde se mire, que Lucas ha querido mostrarnos con este canto (no sabemos si antes lo copistas lo habían transmitido de otra forma o de otra manera) a una joven que, después de lo que “ha pasado” en la Anunciación, es una joven “enamorada de Dios”. Esa es su fuerza.
III.7. Los temas, pues, podrían exponerse así: (1) la gozosa exaltación, gratitud y alabanza de María por su bendición personal; (2) el carácter y la misericordiosa disposición de Dios hacia todos los que le aceptan; (3) su soberanía y su amor especial por los humildes en el mundo de los hombres y mujeres; y (4) su especial misericordia para con Israel, que no ha de entenderse de un Israel nacionalista. La causa del canto de María es que Dios se ha dignado elegirla, doncella campesina, de condición social humilde, para cumplir la esperanza de toda doncella judía, pero representando a todas las madres del mundo de cualquier raza y religión. Y si en el judaísmo la maternidad gozosa y esperanzada era expectativa del Mesías, en María su maternidad es en expectativa de un Liberador.
III.8. Este canto liberador (no precisamente libertario) es para mostrar que, si se cuenta con Dios en la vida, todo es posible. Dios es la fuerza de los que no son nada, de los que no tienen nada, de los que no pertenecen a los poderosos. Es un canto de “mujer” y como tal, fuerte, penetrante, acertado, espiritual y teológico. Es un canto para saber que la muerte no tiene las últimas cartas en la mano. Es un canto a Dios, y eso se nota. No se trata de una plegaria egocéntrica de María, sino una expansión feminista y de maternidad de la que pueden aprender hombres y mujeres. Es, desde luego, un canto de libertad e incluso un programa para el mismo Jesús. De alguna manera, también así lo ha concebido Lucas, fuera o no su autor último.
El día primero de noviembre de 1950, el papa Pío XII promulgó la Constitución Apostólica "Munificentissimus Deus" y proclamó el dogma de la Asunción de la bienaventurada Virgen María: "Para gloria de Dios omnipotente... y honor de su Hijo, para aumentar la gloria de su augusta Madre y el gozo y la alegría de toda la Iglesia..., declaramos y definimos como dogma divinamente revelado que la Inmaculada madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrestre, fue asunta a la gloria del cielo en cuerpo y alma".
Tan solemne proclamación no hacía más que confirmar la devoción y la fe del pueblo creyente a través de los siglos. Las Cantigas de Santa María, de Alfonso X el Sabio, nos hablan ya, en el siglo XIII, de "la gran fiesta de agosto", del día en que María “fue coronada con El en el cielo, par a par y reina llamada":
"Bendita, pues Dios quiso / que tu carne juntada
fuese con tu alma / y luego coronada.
Bendita eres por eso / y amiga y amada
de Dios y de los santos / y nuestra abogada",
dice la cantiga 420 después de recorrer en piadoso reconocimiento toda la vida de María. La geografía está hoy sembrada de fiestas en honor de la Virgen de agosto. Entre devoción y folclore, en ocasiones apenas salvada la inspiración religiosa original, la presencia de María es hoy motivo de celebración en numerosos pueblos y parroquias de esta tierra.
¿Qué celebramos al proclamar y venerar el misterio de la Asunción de la Virgen?
* Al confesar hoy nuestra fe en la asunción de María, queremos en primer lugar reconocer en ella el misterio de la redención llevado a su final:
"Todo está cumplido.
Vencidas o maduras las cosechas,
llegó el año a su bien ganada cumbre",
nos recuerda de nuevo el poeta. Unida en vida a la voluntad divina, transformada por su gracia y entregada sin reservas a Dios, María participa de la plenitud de vida que Jesús alcanzó en Dios para todos los creyentes. La proclamamos dichosa, uniéndonos a la voz de Isabel, y de manera que en ella la presencia de Dios la ha transformado definitivamente. Es un misterio, pero nuestra fe nos permite intuir esta transformación gloriosa de María. Confesamos, pues, en primer lugar el privilegio de la Virgen.
* La Asunción es además un signo de nuestra común esperanza y una invitación a vivirla con confianza como un don de Dios.
No es hoy muy viva la tensión que nos sitúa a todos los humanos entre esta vida y la trascendencia, entre el curso mortal y la esperanza que habita nuestra alma. Nuestro momento cultural ha sido calificado como un mundo de “esperanzas disminuidas”.
La falta de tensión por el más allá hunde sus raíces en otro grave olvido: el de que hemos sido nacidos a la vida, que la vida nos ha sido dado por Otro; y sin ese arraigo creyente no es fácil confiar en que las mismas manos que nos sostienen ahora nos acogerán tras nuestra muerte. Frente a estos olvidos y faltas de esperanza, la Asunta se levante ante nosotros como el signo de la vida.
* El último dato histórico que tenemos de la Virgen, que recoge san Lucas en los Hechos de los apóstoles, nos la presenta reunida en oración con los discípulos: "Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María la madre de Jesús". Tras esta mención, que la sitúa en medio de la Iglesia, como miembro eminente de la comunidad de los creyentes, la historia enmudece y el rastro humano de María se nos oculta.
La Virgen continúa su presencia en la Iglesia, pero de otro modo: como la que guía y sostiene la fe de su pueblo, según reza la liturgia.
"Por ti, dulce Señora, / de la divina siembra
no se pierde ya más ni un solo grano.
Envuélveme en tu manto a toda hora
y, sobre el mundo que tu luz remembra,
llévame de la mano".
Comentario bíblico
* Iª Lectura: Apocalipsis 11,19a;12,1-6.10: ¡El cielo siempre nos espera!
I.1. Se ha querido comenzar esta lectura poniendo la manifestación celestial del Arca de la Alianza, que ya había desaparecido del Santuario de Jerusalén, probablemente con la conquista de los babilonios. ¡Es imposible encontrarla en alguna parte, a pesar de que se alimente la leyenda de mil maneras! Y ni siquiera será necesaria en un cielo nuevo, porque entonces habrá perdido su sentido. En nuestro texto es todo un símbolo de una nueva época escatológica que revela las nuevas relaciones entre Dios y la humanidad.
I.2. Y si de signos se trata, el de la mujer encinta ha sido identificado en María durante mucho tiempo. Esta lectura ya no tiene sentido, aunque se haya escogido este texto para la fiesta de la Asunción. No es posible que el niño que ha de nacer se identifique con Jesús que sería arrebatado al cielo para evitar que sea destrozado por el dragón. Si fuera así, toda la historia de Jesús de Nazaret, el Señor encarnado que vivió como nosotros y fue crucificado, perdería todo su sentido. La transposición no sería muy acertada.
I.3. El símbolo del cielo, apocalíptico desde luego, es el de la nueva comunidad, la Iglesia liberada y redimida por Dios que engendra hijos a los que les espera una vida nueva más allá de la historia. También María es “hija” de esa Iglesia liberada y salvada que vive como nosotros, siente con nosotros y es "resucitada" como nosotros, aunque sea madre de nuestro Salvador. Y por eso es también “madre” nuestra. La asunción de María, pues, es su resurrección.
* IIª Lectura: 1ª Corintios 15,20-26: En Cristo, todos tendremos una vida nueva
II.1. Cuando Pablo se enfrenta a los que niegan la resurrección de entre los muertos, se apoya en la resurrección de Cristo que ha proclamado como kerygma en los primeros versos de esta carta (1Cor 15,1-5). En el v. 20 el apóstol da un grito de victoria, con una afirmación desafiante frente a los que afirman que tras la muerte no hay nada. Si Cristo ha resucitado, hay una vida nueva. De lo contrario, Cristo que es hombre como nosotros, tampoco habría resucitado.
II.2. Podríamos decir muchas más cosas que Pablo sugiere en este momento. Él le llama “primicia” (aparchê), no en el sentido temporal, sino de plenitud. En Cristo es en quien Dios ha manifestado de verdad lo que nos espera a sus hijos. Él es el nuevo Adán, en él se resuelve el drama de la humanidad; por eso es desde aquí desde donde debe arrancar la verdadera teología de la Asunción, es decir, de la resurrección de María. Porque la Asunción no es otra cosa que la resurrección, que tiene en la de Cristo su eficiencia y su modelo; lo mismo que sucederá con nosotros.
* Evangelio según san Lucas 1,39-56: Un canto de "enamorada" de Dios
III.1. El evangelio de Lucas relata la visita de María a Isabel; una escena maravillosa; la que es grande quiere compartir con la madre del Bautista el gozo y la alegría de lo que Dios hace por su pueblo. Vemos a María que no se queda en el fanal de la “anunciación” de Nazaret y viene a las montañas de Judea. Es como una visita divina, (como si Dios saliera de su templo humano) ya que podría llevar ya en su entrañas al que es “grande, Hijo del Altísimo” y también Mesías porque recibirá el trono de David. ¡Muchos títulos, sin duda! Es verdad que discuten los especialistas si el relato permite hacer estas afirmaciones. Podría ser que todavía María no estuviera embarazada y va a la ciudad desconocida de Judea para experimentar el “signo” que se le ha dado de la anunciación de su pariente en su ancianidad. Por eso es más extraño que María vaya a visitar a Isabel y que no sea al revés. La escena no puede quedar solamente en una visita histórica a una ciudad de Judá. Sin embargo, esa visita a su parienta Isabel se convierte en un elogio a María, “la que ha creído” (he pisteúsasa). Gabriel no había hecho elogio alguno a las palabras de María en la anunciación: “he aquí la esclava del Señor…”, sino que se retira sin más en silencio. Entonces esta escena de la visitación arranca el elogio para la creyente por parte de Isabel e incluso por parte del niño que ella lleva, Juan el Bautista.
III.2. Vemos a María ensalzada por su fe; porque ha creído el misterio escondido de Dios; porque está dispuesta a prestar su vida entera para que los hombres no se pierdan; porque puede traer en su seno a Aquél que salvará a los hombres de sus pecados. Este acontecimiento histórico y teológico es tan extraordinario para María, como para nosotros. Y tan necesario para unos y para otros como la misma esperanza que ponemos en nuestras fuerzas. Eso es lo que se nos pide: que esa esperanza humana la depositemos en Jesús. Pero es verdad que leído en profundidad este relato tiene como centro a María, aunque sea por lo que Dios ha hecho en ella. Dios puede hacer muchas cosas, pero los hombres pueden “pasar” de esas acciones y presencias de Dios. El relato, sin embargo, quiere mostrarnos el ejemplo de esta muchacha que con todo lo que se le ha pedido pone su confianza en Dios. Por el término que usa Lucas en boca de Isabel “he pisteúsasa”, la que ha creído, significa precisamente eso: una confianza absoluta en Dios. Si no es así, la salvación de Dios puede pasar a nuestro lado sin darnos cuenta de ello. María y Dios, o Dios en María, son la esencia de este relato. No es que carezca de su dimensión cristológica, pero todavía no es el momento, para Lucas, de conceder el protagonismo necesario a su hijo Jesús. Asimismo, el salto en el vientre de Juan también es primeramente por la “confianza” de María en Dios. Eso es lo que la hace, pues, la “hija de Sión” del profeta Sofonías.
III.3. Porque hoy también hay una “hija de Sión” y una presencia de Dios en nuestro mundo: Es la comunión de los servidores, de las personas audaces, de los profetas sin nombre, de los que hacen la paz y de los que sufren por la justicia. Una hija o comunidad que supera los límites de cualquier Iglesia determinada y configurada como perfecta. Son como la prolongación de María de Nazaret ante la necesidad que Dios tiene de los hombres para estar cercano a cada uno de nosotros. Este es el misterio que se expone a nuestra reflexión: y debemos aprender, no a soportar el misterio, sino a amarlo, porque ese misterio divino es la encarnación. Ello significa que la vida se realiza en conexiones mayores de las que el hombre puede disponer y comprender. La vida tiene cosas más profundas para que el hombre pueda gobernarlas, comprenderlas o producirlas a su antojo. Y es que todo lo que nosotros creemos que es lo último, en realidad es lo penúltimo; así nos sucede casi siempre. Y por eso es tan necesaria la fe. De ahí que, con toda razón, se nos propone como clave de vivencias la fe; fe en la encarnación, en que Dios siempre esta a nuestro lado, en que debe existir un mundo mejor que este. Y esa fe se nos propone en María de Nazaret, para que advirtamos que el hombre que quiere ser como un dios, se perderá; pero quien acepte al Dios verdadero, vivirá con El para siempre.
III.4. María, pues, se entrega al misterio de Dios para que ese misterio sea humano, accesible, sin dejar de ser divino y de ser misterio. Y por eso María es el símbolo de una alegría recóndita. En la anunciación, acontecimiento que el evangelio de hoy presupone, encontramos la hora estelar de la historia de la humanidad. Pero es una hora estelar que acontece en el misterio silencioso de Nazaret, la ciudad que nunca había aparecido en toda la historia de Israel. Es en ese momento cuando se conoce por primera vez que existe esa ciudad, y allí hay una mujer llamada María, donde se llega Dios, de puntillas, para encarnarse, para hacerse hombre como nosotros, para ser no solamente el Hijo eterno del Padre, sino hijo de María y hermano de todos nosotros.
III.5. La visitación da paso a un desahogo espiritual de María por lo que ha vivido en Nazaret ¡había sido demasiado!. El Magnificat es un canto sobre Dios y a Dios. No sería adecuado ahora desentrañar la originalidad literaria del mismo, ni lo que pudiera ser un “problema” de copistas que ha llevado a algunos intérpretes a opinar que, en realidad, es un canto de Isabel, tomado del de Ana, la madre de Samuel (1Sam2,1-10) casi por los mismos beneficios de un hijo que llena la esterilidad materna. En realidad existen indicios de que podía ser así, pero la mayoría piensa que Lucas se lo atribuye a María a causa de la bendición, como respuesta a las palabras de Isabel. Así quedará para siempre, sin que ello signifique que es un canto propio de María en aquel momento y para esa ocasión que hoy se nos relata. Es un canto de la comunidad posterior que alaba a Dios con María y por María.
III.6. Se dice que el canto puede leerse en cuatro estrofas con unos temas muy ideales, tanto desde el punto de vista teológico como espiritual; con gran sabor bíblico, que se actualiza en la nueva intervención de Dios en la historia de la humanidad, por medio de María, quien acepta, con fe, el proyecto salvífico de Dios. Ella le presta a Dios su seno, su maternidad, su amor, su persona. No se trata de una madre de “alquilé”, sino plenamente entregada a la causa de Dios. Deberíamos tener muy presente, se mire desde donde se mire, que Lucas ha querido mostrarnos con este canto (no sabemos si antes lo copistas lo habían transmitido de otra forma o de otra manera) a una joven que, después de lo que “ha pasado” en la Anunciación, es una joven “enamorada de Dios”. Esa es su fuerza.
III.7. Los temas, pues, podrían exponerse así: (1) la gozosa exaltación, gratitud y alabanza de María por su bendición personal; (2) el carácter y la misericordiosa disposición de Dios hacia todos los que le aceptan; (3) su soberanía y su amor especial por los humildes en el mundo de los hombres y mujeres; y (4) su especial misericordia para con Israel, que no ha de entenderse de un Israel nacionalista. La causa del canto de María es que Dios se ha dignado elegirla, doncella campesina, de condición social humilde, para cumplir la esperanza de toda doncella judía, pero representando a todas las madres del mundo de cualquier raza y religión. Y si en el judaísmo la maternidad gozosa y esperanzada era expectativa del Mesías, en María su maternidad es en expectativa de un Liberador.
III.8. Este canto liberador (no precisamente libertario) es para mostrar que, si se cuenta con Dios en la vida, todo es posible. Dios es la fuerza de los que no son nada, de los que no tienen nada, de los que no pertenecen a los poderosos. Es un canto de “mujer” y como tal, fuerte, penetrante, acertado, espiritual y teológico. Es un canto para saber que la muerte no tiene las últimas cartas en la mano. Es un canto a Dios, y eso se nota. No se trata de una plegaria egocéntrica de María, sino una expansión feminista y de maternidad de la que pueden aprender hombres y mujeres. Es, desde luego, un canto de libertad e incluso un programa para el mismo Jesús. De alguna manera, también así lo ha concebido Lucas, fuera o no su autor último.
Fray Miguel de Burgos, O.P.
Pautas para la homilia
El día primero de noviembre de 1950, el papa Pío XII promulgó la Constitución Apostólica "Munificentissimus Deus" y proclamó el dogma de la Asunción de la bienaventurada Virgen María: "Para gloria de Dios omnipotente... y honor de su Hijo, para aumentar la gloria de su augusta Madre y el gozo y la alegría de toda la Iglesia..., declaramos y definimos como dogma divinamente revelado que la Inmaculada madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrestre, fue asunta a la gloria del cielo en cuerpo y alma".
Tan solemne proclamación no hacía más que confirmar la devoción y la fe del pueblo creyente a través de los siglos. Las Cantigas de Santa María, de Alfonso X el Sabio, nos hablan ya, en el siglo XIII, de "la gran fiesta de agosto", del día en que María “fue coronada con El en el cielo, par a par y reina llamada":
"Bendita, pues Dios quiso / que tu carne juntada
fuese con tu alma / y luego coronada.
Bendita eres por eso / y amiga y amada
de Dios y de los santos / y nuestra abogada",
dice la cantiga 420 después de recorrer en piadoso reconocimiento toda la vida de María. La geografía está hoy sembrada de fiestas en honor de la Virgen de agosto. Entre devoción y folclore, en ocasiones apenas salvada la inspiración religiosa original, la presencia de María es hoy motivo de celebración en numerosos pueblos y parroquias de esta tierra.
¿Qué celebramos al proclamar y venerar el misterio de la Asunción de la Virgen?
* Al confesar hoy nuestra fe en la asunción de María, queremos en primer lugar reconocer en ella el misterio de la redención llevado a su final:
"Todo está cumplido.
Vencidas o maduras las cosechas,
llegó el año a su bien ganada cumbre",
nos recuerda de nuevo el poeta. Unida en vida a la voluntad divina, transformada por su gracia y entregada sin reservas a Dios, María participa de la plenitud de vida que Jesús alcanzó en Dios para todos los creyentes. La proclamamos dichosa, uniéndonos a la voz de Isabel, y de manera que en ella la presencia de Dios la ha transformado definitivamente. Es un misterio, pero nuestra fe nos permite intuir esta transformación gloriosa de María. Confesamos, pues, en primer lugar el privilegio de la Virgen.
* La Asunción es además un signo de nuestra común esperanza y una invitación a vivirla con confianza como un don de Dios.
No es hoy muy viva la tensión que nos sitúa a todos los humanos entre esta vida y la trascendencia, entre el curso mortal y la esperanza que habita nuestra alma. Nuestro momento cultural ha sido calificado como un mundo de “esperanzas disminuidas”.
La falta de tensión por el más allá hunde sus raíces en otro grave olvido: el de que hemos sido nacidos a la vida, que la vida nos ha sido dado por Otro; y sin ese arraigo creyente no es fácil confiar en que las mismas manos que nos sostienen ahora nos acogerán tras nuestra muerte. Frente a estos olvidos y faltas de esperanza, la Asunta se levante ante nosotros como el signo de la vida.
* El último dato histórico que tenemos de la Virgen, que recoge san Lucas en los Hechos de los apóstoles, nos la presenta reunida en oración con los discípulos: "Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María la madre de Jesús". Tras esta mención, que la sitúa en medio de la Iglesia, como miembro eminente de la comunidad de los creyentes, la historia enmudece y el rastro humano de María se nos oculta.
La Virgen continúa su presencia en la Iglesia, pero de otro modo: como la que guía y sostiene la fe de su pueblo, según reza la liturgia.
"Por ti, dulce Señora, / de la divina siembra
no se pierde ya más ni un solo grano.
Envuélveme en tu manto a toda hora
y, sobre el mundo que tu luz remembra,
llévame de la mano".
Fray Bernardo Fueyo Suárez, O.P.




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