Nos hemos acostumbrado a dirigir nuestras peticiones a Dios de manera tan superficial e interesada que probablemente hemos de aprender de nuevo el sentido y la grandeza de la súplica cristiana.L. Boros señala algunas dificultades que hacen imposible la súplica y contra las que tenemos que luchar decididamente.
A algunos les parece indigno rebajarse a pedir nada. El hombre es responsable de sí mismo y de su historia. Pero, aun siendo esto verdad, también lo es el que los hombres vivimos de la gracia. Y reconocerlo significa enraizarnos en nuestra propia verdad.
Para otros, Dios es algo demasiado irreal. Un ser indiferente y lejano, que no se preocupa del mundo. Por un lado, vivimos los hombres sumergidos «en el laberinto de las cosas terrenas» y por otro, vive Dios en su mundo eterno.
Y sin embargo, orar a Dios es descubrir que está incondicionalmente de nuestro lado contra el mal que nos amenaza. Suplicar es invocar a Dios como gracia, liberación, alegría de vivir.
Pero es entonces precisamente cuando Dios aparece demasiado débil e impotente. Ya no hay en el mundo un lugar para un Dios que actúa, interviene y ayuda a los hombres.
Y es cierto que Dios no lo puede todo. Ha creado el mundo y lo respeta tal como es, sin entrar en conflicto con él. Su amor al hombre está de hecho limitado hoy por la imperfección del mundo y por nuestra libertad.
Pero los acontecimientos del mundo y nuestra propia vida no son algo cerrado en sí mismos. Y la súplica es ya fecunda en sí misma porque nos abre a ese Dios que está ya trabajando nuestra salvación definitiva por encima de todo mal.
Si nosotros oramos a Dios no es para lograr que nos ame más y se preocupe con más atención de nosotros. Dios no puede amarnos más de lo que nos ama.
Somos nosotros los que, al orar, nos dejamos transformar por su gracia, descubrimos la vida desde el horizonte de Dios y nos abrimos a su voluntad salvadora. No es Dios el que tiene que cambiar sino nosotros.
La humilde mujer cananea, arrodillada con fe a los pies de Jesús, puede ser una llamada y una invitación a recuperar en nuestra vida el sentido de la súplica confiada al Señor.
AL RITMO DE CADA DÍA
Ten compasión de mí
Mt 15, 21-28
Ten compasión de mí
Mt 15, 21-28
Son muchos los creyentes que han perdido casi totalmente la costumbre de orar. Recuerdan, quizás, oraciones que hacían de niños, pero hoy no aciertan a dirigirse a Dios. Desearían, tal vez, volver a comunicarse con él, pero no saben por dónde empezar.
Seamos realistas. ¿Cómo puede orar un hombre o mujer sometido al ritmo ordinario de la vida moderna? ¿Qué pasos puede dar? Yo sugiero comenzar por recuperar de forma sencilla la oración de la mañana y de la noche.
Hay muchas maneras de levantarse, pero lo ordinario es iniciar el día de forma casi autómata. La persona se va sacudiendo de encima el sueño de la noche mientras se da prisa para no llegar tarde a sus ocupaciones. Sin embargo, el despertar no es algo trivial, sino un acontecimiento importante: se nos está regalando un nuevo día para vivir.
Algunos tienen posibilidades de pararse unos minutos y comenzar el día de manera más consciente. Si lo hacemos, enseguida nos vendrán a la mente las preocupaciones de la víspera y los problemas que nos aguardan. Puede ser el momento de recogernos ante Dios para darle gracias por el nuevo día y pedir su fuerza y su luz. El nos acompañará a lo largo del día. El rezo de una oración conocida -padrenuestro o avemaría- nos pueden servir de ayuda.
Otras personas no tienen tiempo ni condiciones para empezar el día orando con calma. Hay que darse prisa, los hijos pequeños no nos dejan en paz, nuestra cabeza está ocupada por mil cosas. También entonces la persona creyente puede elevar su corazón a Dios y pensar con gozo: «Dios me ama y me acompaña de cerca también hoy.» Basta. Lo importante es reavivar cada día esta fe.
La oración de la noche es diferente. Por lo general, la persona cuenta con más tiempo y posibilidades. Nos disponemos ya a descansar de las tensiones y trabajos del día. Entregarse al sueño puede convertirse para el creyente en un acto de abandono confiado en manos de Dios. Pedimos perdón y nos confiamos a su misericordia. El signo de la cruz o el rezo de una oración sencilla nos pueden ayudar.
Estos gestos tan sencillos -a más de uno le pueden hacer sonreír- inscritos en el ritmo diario de nuestra vida, hecha de días y de noches, nos permite vivir de modo más consciente nuestro ser de «hijos de Dios» hablando con él «como un amigo con su amigo» (san Ignacio de Loyola). Esta oración no es una obligación. Es una necesidad gozosa para quien camina por la vida acompañado por un Dios Amigo.
El relato evangélico nos presenta a Jesús alabando la fe grande de una mujer cananea que no hace sino gritarle con palabras sencillas, pero sinceras, su necesidad: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David.»
UNA FE GRANDE
Qué tentador resulta en una época como la nuestra el medir la grandeza o pequeñez de una vida desde el éxito o los logros conseguidos.
Condicionados por una cultura que casi sólo piensa en el rendimiento y la producción, apenas somos capaces de emplear otros criterios para valorar a la persona si no es su actividad y eficacia.
No es extraño que, a la hora de evaluar la calidad de la fe, busquemos inmediatamente la eficacia transformadora y el compromiso práctico que esa fe es capaz de generar en nuestra sociedad.
Y hacemos bien, pues el mismo Jesús nos enseñó a distinguir el árbol bueno del malo a partir de sus frutos. Y la fe es «una savia» que corre por todo nuestro ser y debe traducirse en compromiso y actuación cristianos.
Pero sería una equivocación el considerar «grandes creyentes» sólo a aquellos hombres y mujeres que se esfuerzan generosamente en transformar nuestra sociedad desde un compromiso social o político animado por la fe, menospreciando como a «creyentes de segunda categoría» a aquellos que, por factores muy diversos, no pueden comprometerse a ese mismo nivel, aunque vivan toda su vida desde una postura creyente.
Jesús admira la grandeza de fe de una mujer sencilla que, por amor a su hija, no duda en invocar al señor con insistencia, a pesar de todos los obstáculos y dificultades.
Cuántos hombres y mujeres sencillos de nuestros pueblos saben vivir su vida de manera totalmente honrada y leal, animados por una fe profunda en Dios.
Cuántos son capaces de enfrentarse al sufrimiento, la desgracia y la adversidad, sin deshumanizarse ni destruirse, apoyados en su confianza total en Dios.
Cuántos saben gastarse en un servicio sencillo y callado a los demás, sin recibir homenajes solemnes ni pretender grandes aplausos, impulsados solamente por su amor generoso y desinteresado a los hermanos y su fe en el Padre de todos.
Es una temeridad medir con nuestros criterios estrechos y parciales el misterio de la fe de un creyente, pues, en último término, la fe debería ser medida por nuestra capacidad de abrirnos al misterio insondable de Dios.




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