Publicado por Homilia Católica
LECTURAS: EZ 18, 25-28; SAL 24; FIL 2, 1-11; MT 21, 28-32
Comentando la Palabra de Dios
Ez. 18, 25-28. Dios es nuestro Padre y no un enemigo a la puerta. Dios está siempre dispuesto a perdonarnos, si volvemos a Él con el corazón arrepentido, pues quiere que todos los hombres se salven. Por eso, por muy grandes que sean nuestros pecados, jamás desconfiemos de la misericordia de Dios. Si leemos el Evangelio veremos cómo en verdad el Señor ha venido a buscar y a salvar todo lo que se había perdido. Hoy nos acercamos al Señor porque estamos dispuestos a volver a Él en serio y de un modo definitivo. Sólo así la salvación de Dios habrá llegado a nosotros. Pues quien ha sido justificado debe caminar en la justicia divina y no siendo necio como el perro que vuelve a su vómito para volverse a saciar de él. Si esto hiciéramos habríamos nuevamente perdido la justicia y la oportunidad de vivir eternamente con el Señor. Dios sabe que somos frágiles y pecadores; por eso nos fortalece con su Espíritu Santo, para que estemos en una continua conversión hasta alcanzar la salvación eterna, no como obra nuestra, sino como la obra de Dios en nosotros.Sal. 25 (24) Que el Señor no sólo nos descubra sus caminos, sino que nos conceda la sabiduría necesaria para comprenderlos, y la fortaleza necesaria para seguirlos. El Señor nos ha manifestado el gran amor que nos tiene al enviarnos como Salvador nuestro a su propio Hijo Jesús. Él se nos ha manifestado como el único Camino que nos conduce a la plena unión con Dios. Sin embargo muchas veces nosotros no hemos vivido en la fidelidad al Señor. Pero el Señor jamás nos ha abandonado, pues Él no es un Dios lleno de rencor hacia nosotros; Él es nuestro Padre, lleno de amor y de ternura para con sus hijos; Él sabe que muchas veces nos hemos dejado dominar por el pecado; sin embargo Él siempre está dispuesto a perdonarnos. A nosotros corresponde volver continuamente al Señor, meditando su Palabra, a través de la cual nuestro Dios y Padre nos ha indicado el sendero que nos conduce a la salvación y a la paz. Unidos a Cristo tratemos de manifestar su amor, su bondad, su alegría y su paz a todos aquellos que nos rodean, pues así como nosotros hemos sido perdonados, comprendidos y amados por Dios, así, y en la misma medida lo hemos de ser nosotros para con nuestro prójimo.
Fil. 2, 1-11. ¿Qué quiere decir que ascendió, sino que antes bajó? Y si ha sido exaltado es porque antes se humilló a sí mismo. El que ahora reina eternamente, antes se hizo siervo del hombre. El que ha resucitado, antes entregó su vida clavado en una cruz, para el perdón de nuestros pecados. El Hijo de Dios, sin dejar de ser Dios, se anonadó a sí mismo, haciéndose hombre verdadero, para enriquecernos con su pobreza; por eso Dios le otorgó un Nombre que está por encima de todo nombre. A través de su entrega por nosotros nos reveló quién es Dios: Es el amor que se entrega sirviendo amorosamente al hombre pecador para que vuelva a Dios. Ese es el mismo camino de la Iglesia, cuya esencia es amar sirviendo a imagen de como lo hizo el Señor de la Iglesia, Cristo Jesús. Los que formamos la Iglesia no podemos vivir, por tanto, sentados en un trono de gloria. Llegaremos a él cuando nos humillemos, cuando sirvamos, cuando demos nuestra vida por quienes más lo necesitan; pues quien se humilla será enaltecido, y quien se enaltezca será humillado. Vivamos tras las huellas de Cristo para llegar a su Gloria. No dejemos que los criterios humanos nos dominen. Vivamos unidos como hermanos, considerando a los demás superiores a nosotros mismos para ponernos a su servicio en orden a lograr que también ellos se encuentren con el Señor y alcancen, junto con nosotros, la Gloria que Dios ha reservado para quienes le vivan fieles.
Mt. 21, 28-32. Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo: pareciera que ellos deberían ser los primeros en darle una respuesta, totalmente comprometida a Dios. Ellos estaban pendientes del cumplimiento de las promesas; pero tal vez se quedaron envueltos en sus reflexiones y, cuando llegó el momento tan esperado, no sólo pasó para ellos desapercibido, sino que lo vieron como un rival, más aún, como un enemigo que venía a quitarles aquello que les daba prestigio y seguridad. Por eso rechazan a Juan Bautista, para evitar un compromiso con la Justicia que viene de Dios; ellos no quieren prepararle el camino al Señor; ellos piensan que ya están preparados y que son los puros que no necesitan conversión; finalmente para ellos no será la salvación, pues el Señor ha venido en busca de los descarriados y pecadores, pues los justos no necesitan ya la conversión. Pero ese rechazo de la salvación y su cerrazón a la misma hará que se queden demasiado lejos de ver cumplidas en ellos las promesas divinas. En este aspecto los publicanos y las prostitutas, que abandonando sus caminos de maldad supieron escuchar la Palabra de Dios, hacerla suya y dejarse conducir por el Espíritu de Dios, se les adelantaron en el Reino de Dios a quienes pensaban que eran los únicos santos y puros ante Dios.
La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.
Nos reunimos en esta Eucaristía conscientes de nuestra fragilidad y de nuestros pecados. Sabemos que Dios, siempre dispuesto a perdonarnos, está resuelto a darnos demostrarnos su misericordia. Él ha venido a buscar a los pecadores que, como ovejas descarriadas, vivían lejos de Dios y de la Comunión Fraterna. Él nos manifiesta, en esta Eucaristía, Memorial de su Misterio Pascual, hasta dónde ha llegado su amor por nosotros. Por eso nosotros nos hemos de sentir amados inmensamente por Dios. La Presencia de Jesús entre nosotros es motivo de gozo para quienes nos sabemos pecadores; pero al mismo tiempo es motivo de hacer una seria reflexión acerca de lo que Dios quiere de nosotros: que dejados nuestros caminos de maldad iniciemos una vida de comportamientos a la altura de nuestra dignidad de hijos. Por eso, aun cuando en otro tiempo hayamos sido rebeldes, ahora seamos santos e irreprensibles por nuestra comunión de vida con Cristo Jesús.
La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida del creyente.
¿Podemos decir que en verdad estamos cumpliendo la voluntad de Dios cuando nos sentamos a su Mesa y cuando escuchamos su Palabra? Cuando contemplamos a Cristo amándonos hasta el extremo y su Palabra se pronuncia sobre nosotros, no podemos sentirnos tranquilos y volver a casa para continuar con una vida desligada de la fe y del compromiso cristiano. Dios quiere que, como María, aprendamos a escuchar su Palabra, que la meditemos en nuestro corazón, que la vivamos y que la testifiquemos ante los demás, no sólo con bellos discursos, sino trabajando en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra vida para que muchos otros alcancen la salvación que Dios nos ha ofrecido a nosotros, y que no puede quedar oculta en nuestras cobardías, pensando que, con que nuestro corazón arda de amor por el Señor con eso es suficiente. El Señor nos quiere apóstoles de su Evangelio, de su Amor, de su Salvación. Nuestras palabras, pero sobre todo nuestra vida, que se entrega a favor de los demás, hará saber que en verdad hemos dejado nuestros caminos de maldad y comenzamos a adelantar nuestros pasos hacia la unión plena con el Señor. No basta tener un puesto en la Iglesia, tal vez muy digno, tal vez participando de la dignidad de Cristo como Cabeza de la misma, para salvarnos; si no llevamos una vida congruente con nuestra fe, muchos se nos adelantarán por haber hecho caso al llamado a la conversión y por ir tras las huellas de Cristo. Dios no nos quiere sólo predicadores eruditos conforme a los criterios humanos; Él nos quiere testigos de su amor y de su misericordia que hemos experimentado en nuestra propia vida.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir no sólo comprometidos con Él, sino comprometidos con nuestro prójimo, tanto para dar un testimonio de rectitud como para preocuparnos de hacerles siempre el bien, pues en esto Dios se complace. Si vivimos en un auténtico amor fraterno podremos decir que somos fieles a la voluntad del Señor, que nos ha ordenado amarnos como Él nos ha amado a nosotros. Amén.




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