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martes, 30 de diciembre de 2008

Evangelio Misionero del Día: Miercoles 31 de Diciembre de 2008

Por CAMINO MISIONERO

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 1, 1-18

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.
Apareció un hombre enviado por Dios,
que se llamaba Juan.
Vino como testigo,
para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él.
Él no era la luz,
sino el testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.
Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de Él, al declarar:
«Éste es Aquél del que yo dije:
El que viene después de mí
me ha precedido,
porque existía antes que yo».
De su plenitud, todos nosotros hemos participado
y hemos recibido gracia sobre gracia:
porque la Ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.
Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Dios Hijo único,
que está en el seno del Padre.


Compartiendo la Palabra
Por Cebipal

La Palabra de Dios según el itinerario bíblico del Adviento y la Navidad en este mes de diciembre ha sido abundante. Hoy, para terminar el mes y el año, nos encontramos con la frase: “La Palabra se hizo Carne, y puso su morada entre nosotros” (Juan 1,14).

Este es el culmen de todo lo que hemos leído, meditado, orado, contemplado y vivido a lo largo de este mes en el que la liturgia de la Iglesia nos ha colocado frente a bellas páginas de la Santa Escritura.

Dejemos que el misterio de un Dios que se manifiesta en la encarnación de Jesús, en el rostro de un hombre como nosotros, comenzando por la fragilidad de la infancia, coloque nuestra mirada contemplativa sobre el amplio horizonte de los brazos abiertos de un Dios amoroso que viene presuroso a nuestro encuentro.

El prólogo del Cuarto Evangelio, también llamado el “Himno al Verbo” (Juan 1,1-18), cara a cara con la persona de Jesús, Dios en persona que viene al encuentro de la humanidad.

1. Jesús como “Verbo” de Dios

“En el principio existía la Palabra... Y la Palabra se hizo carne”.

La “Palabra” (= “Dabar”, en hebreo) de Dios, también llamada “Logos” o “Verbo”, es la manera como Dios viene al encuentro del hombre y el espacio comunicativo que posibilita y fundamenta la relación entre Dios y los hombres; en este espacio Dios se da a conocer completamente.

Esto quiere decir que en la persona de Jesús:
• Dios se revela de manera definitiva y plena, nos habla y nos atrae hacia Él, para que seamos parte de él insertos en su comunión eterna.
• Dios se dirige a nosotros para inaugurar un nuevo tipo relación entre la divinidad y la humanidad, pero también para ser dirigirnos su Palabra Creadora que nos interpela, que quiebra los nudos del corazón que imposibilitan o hacen difíciles las relaciones, que nos evalúa, que urge nuestra respuesta.

El Dios de la historia que se revela en su hijo único Jesús, en quien toma rostro para entablar una relación personal, también aguarda que queramos y sepamos abrirle los brazos a su extraordinario amor, el único capaz de sacarnos de nuestras profundas soledades, de darle sentido y respuesta a nuestras búsquedas y de salvarnos.

Es tan radical este gesto de Dios, de darnos a conocer todo por medio de su hijo Jesús, que no deberíamos esperar ninguna otra revelación divina, ni buscar a Dios por caminos diversos de Jesús. En Jesús Dios lo ha dicho todo. Juan lo resume así: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en seno del Padre, él lo ha contado” (Juan 1,18).

San Juan de la Cruz, profundamente admirado ante esta realidad, con su mano poética la expresa así:
“Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar,
porque lo que hablaba antes en partes a los profetas
ya lo ha hablado en él todo,
dándonos al Todo, que es su Hijo”.

San Juan de la Cruz se imagina entonces un diálogo con Dios, en el que
Él nos hablaría así: “Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas” (Subida al Monte Carmelo).

Podemos decir, entonces, que el Dios de la Biblia, al revelarse como el Dios de la Palabra, de la comunicación y de las relaciones, se presentó ante el mundo como una persona de brazos abiertos, con un gran corazón pronto para amar y con unas manos listas para ayudar, que habiéndole dado el ser y la vida a los hombres con su Palabra, los invita con persistencia y cariño -y también con la misma fuerza de esa Palabra- a consumar su existencia en el gran abrazo de la comunión con él en el ilimitado océano de su grandeza divina.

Pero acudiendo a una imagen común para todos nosotros, la palabra es como una pelota que una vez se arroja algo sucede: uno se la apropia, o quizás la devuelve, o lo mejor la bota. Igualmente, cuando la palabra se pronuncia las cosas ya no se quedan la misma manera. Esto quiere decir que el “Dabar”, el “Logos”, el “Verbo” de Dios, una vez que se arroja al mundo espera una reacción por parte de nosotros, nos presiona amablemente para que le demos una respuesta.

Lo que Dios espera es nuestra acogida positiva, que abramos espacio para el diálogo profundo con él, que nos dejemos re-crear por su presencia y sus orientaciones y que nos comprometamos con El.

2. Releamos el “Himno al Verbo”

Para comprender mejor el profundo significado de la venida de Jesús al mundo y descubrir las grandes repercusiones que pueden traer para nuestra vida aún el más sencillo encuentro con él, releamos las palabras del “Himno al Verbo” (Jn 1,1-18), en el cual podemos distinguir inicialmente dos grandes partes:
• Jesús es anunciado como el Verbo de Dios (Jn 1,1-13)
• Jesús se hace presente como Verbo encarnado en medio del mundo (Jn 1,14-18).

Para ayudar en la meditación del texto sugerimos: (1) leerlo estrofa por estrofa en clima de oración; (2) suscitar un diálogo profundo con Dios y con los hermanos a partir los interrogantes que proponemos para cada estrofa.

Primera estrofa (Jn 1,1-2): En la eternidad: La relación entre el Verbo y Dios

(1) ¿Qué impacto tiene para mí el descubrirme seguidora de un Jesús que se denomina “Verbo”? Es decir:
• ¿Qué implicación tiene para mi forma de hablar (en cuanto comunicación, expresión de confianza, animación, aprecio, etc.)
• y de callar (por necesidad, por mutismo, por falta de interés, rencor, etc.)?
• ¿Qué implicación tiene para mi experiencia de Dios?
(2) ¿Qué significado tiene para mí la relación de Jesús con Dios?
(3) A la luz de esta estrofa, ¿Qué es lo que está en la raíz de la historia de la humanidad y de mi historia en particular?

Segunda estrofa (Jn 1,3): En el origen de la historia: la relación entre el Verbo de Dios Creador y lo Creado

(1) ¿De qué manera expreso cotidianamente en mi vida de oración mi creaturalidad, es decir, que mi vida es don y está sostenida por el Dios que me generó amorosamente?
(2) ¿Valoro suficientemente todo lo que me rodea (mis hermanos, la naturaleza) como creación de Dios? ¿Percibo en ellos las “huellas digitales” del Creador?
(3) A la luz de esta estrofa, ¿Cómo comenzó la historia de mi alianza personal con Jesús?

Tercera estrofa (Jn 1,4-5): Dentro de la historia: la relación particular del Verbo de Dios con la humanidad

(1) ¿Qué relación hay entre luz y vida? En mi vida personal: ¿Por qué entre más luz hay más vida tengo?
(2) ¿Estoy en grado de percibir las tinieblas que me circundan y las que hay dentro de mí? (3) ¿Qué se contrapone entre mi y mi Creador, que oscurece su rostro en mí y me impide una comunión viva con él?
(4) ¿Tengo fe y me apoyo en la victoria pascual de Cristo o más bien combato sola mis problemas personales?

Cuarta estrofa (Jn 1,6-8): El primer enviado: el Testigo de la Luz

(1) ¿Por qué la luz (que es algo evidente) necesita testigos?
(2) ¿Soy testigo de la luz? ¿De qué manera?
(3) ¿Por qué el Himno tiene que aclarar que Juan Bautista “no era la luz” sino apenas su “testigo”? ¿Se dan esas confusiones también en mi apostolado? ¿Qué es lo que las otras personas perciben en mí?

Estrofas quinta (Jn 1,9), sexta (Jn 1,10-11) y séptima (Jn 1,12-13): Efectos de la venida del Verbo de Dios al mundo

(1) ¿Qué puede ser más interesante, más importante, más convicente y más prometedor que la acogida del Dios que se me dona? ¿Qué sucede en mi vida cuando acojo a Jesús que viene a mi encuentro?
(2) ¿Según el Himno, qué es “creer”? En consonancia, creo verdaderamente en Jesús? ¿Qué debo hacer para que mi fe sea más fuerte?
(3) ¿Qué puede ser causa de tibieza en mi vida espiritual: (a) la rebeldía contra la creaturalidad (me siento presionada por Dios, creo que me quita libertad); o (b) la excesiva familiaridad con Dios que me lleva a habituarme hasta el punto de perderle el “sabor” a sus cosas?

Segunda parte del Himno (Jn 1,14-18): Jesús se hace presente como Verbo encarnado en medio del mundo

(1) ¿Qué significa que el Verbo “asumió mi carne”?
(2) ¿Qué se espera que yo descubra en el Verbo Encarnado?
(3) ¿Cómo se conecta lo que el Himno afirma sobre el Verbo de Dios con el Jesús de Nazareth histórico? ¿...y con mi propia historia hoy?

Concluyendo...

Terminamos un itinerario con la Palabra. Terminamos también un año entero cargado de ricas experiencias. Pongámonos de rodillas ante el Señor que tiene en sus manos el rumbo de la historia, el Dios que decidió caminar a nuestro lado haciéndose historia: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros”.

Tengamos presente que la encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana, que en ella la historia humana ha sido asumida por Dios para conducirla en clave de salvación a su máxima expresión. Si intentáramos dejarla de lado, resultaría comprometida la imagen de Dios y la dignidad del hombre.

Por eso el misterio de la navidad ―que preparamos con mucho cuidado en el adviento y que ahora no nos cansamos de celebrar― no deja de maravillarnos con su doble mensaje: el de la máxima proximidad de Dios a sus creaturas y el de la altísima dignidad de todo ser humano, comenzando por los últimos y los pobres, cuya situación es compartida por el mismísimo Hijo de Dios quien hizo suyas todas fragilidades humanas.

¡Oh amor que cautivas a Jesús en María y a María en Jesús!
Cautiva mi corazón, mi espíritu, mis pensamientos, mis deseos
y afecto en Jesús.
Y establece a Jesús en mí para yo me llene de él
y él viva y reine en mí perfectamente.

¡Oh abismo de amor!
Al contemplarte en las sagradas entrañas de tu Santa Madre,
te veo como perdido y sumergido
en el océano de tu divino amor.
Haz que yo también me pierda
y me hunda contigo en el mismo amor.
Amén.
(San Juan Eudes)

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