“... Cuando nuestra maldad llegó a su colmo y se puso totalmente de manifiesto que la sola paga de ella que podíamos esperar era castigo y muerte, venido que fue el momento que Dios tenía predeterminado para mostrarnos en adelante su clemencia y poder -¡oh, benignidad y amor excesivo de Dios!-, no nos aborreció, no nos arrojó de sí, no nos guardó resentimiento alguno; antes bien se nos mostró longánime, nos soportó; Él mismo, por pura misericordia, cargó sobre sí nuestros pecados; Él mismo entregó a su propio Hijo como rescate por nosotros; al Santo por los pecadores, al Inocente por los malvados, al Justo por los injustos, al Incorruptible por los corruptibles, al Inmortal por los mortales.Porque ¿qué otra cosa podría cubrir nuestros pecados sino la justicia suya?
¿En quién otro podíamos ser justificados nosotros, inicuos e impíos, sino en el solo Hijo de Dios?
¡Oh dulce trueque, oh obra insondable, oh beneficios inesperados! ¡Que la iniquidad de muchos quedara oculta en un solo Justo y la justicia de uno solo justificara a muchos inicuos!”(1).
“QUEREMOS VER A JESÚS”
Ciertamente somos innumerables lo que deseamos ver a Jesús, pero en cambio, no sabemos bien qué camino tomar para llegar a contemplar su rostro en espíritu y en verdad.
Se aproxima la fiesta de la pascua, y nosotros en este tiempo de cuaresma, como aquellos griegos que se acercaron a Felipe y Andrés, sentimos la necesidad de encontrarnos con Jesús.
Un encuentro con El Señor implicará prioritariamente, empeñarse en adquirir la pureza del corazón. Es decir, en combatir todo lo que pueda distraer nuestra mente y enturbiar nuestra mirada. “Felices los puros de corazón, porque ellos contemplarán a Dios”. Esto conducirá necesariamente a la búsqueda del rostro de Cristo en el hermano. Decían los antiguos: “Has visto a tu hermano, has visto a tu Dios”.
La Hora de Jesús, es la hora de su glorificación en la cruz, convertida en antorcha de luz. Y sabemos como creyentes, que en él, por él y con él, nosotros también terminaremos glorificados e iluminados, pudiendo así contemplarlo cara a cara.
Pero para que todo esto suceda, se hará necesario encarnar en nuestra vida la parábola del grano de trigo, que nos invita a morir sirviendo, y nos asegura en lenguaje evangélico, que solo en el servicio, encontraremos un sentido para vivir.
«Se contaba de un anciano monje que permanecía en su celda aquejado por muchas tentaciones. Pero los demonios no podían con él. Uno de ellos, sintiéndose vencido por el monje, se le apareció diciéndole: “yo soy Cristo”. El anciano al escucharlo, cerró los ojos. El demonio le repitió: “yo soy Cristo, ¿porqué cierras los ojos?”. El anciano replicó: “no quiero ver a Cristo aquí en la tierra, sino que espero contemplarlo en la otra vida”. Al oír estas palabras, el diablo desapareció».
[1] Carta a Diogneto, IX,2-5. Esta obra de autor anónimo, perteneciente tal vez a los medios alejandrinos puede ubicarse a fines del siglo II, o bien -según ciertos estudiosos- a inicios del III. Tampoco se sabe quién sea el tal Diogneto, y puede pensarse que incluso se trate de una ficción, a la cual recurre el autor para escribir esta apología del cristianismo. La obra fue hallada en Constantinopla el año 1436. Formaba parte de un manuscrito designado con la letra F. Contenía éste cinco textos erróneamente atribuidos a san Justino, entre ellos figuraba la epístola A Diogneto.




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