El texto del evangelio que nos propone hoy la liturgia, tiene una gran intensidad por lo que está considerado como un texto bisagra en el cuarto evangelio. Con él se cierra la primera parte para dar paso, en el capítulo 13, a los acontecimientos de la pasión. Es algo que se ve claramente cuando Jesús afirma que “ha llegado la hora”, una hora que se ha retrasado a lo largo del evangelio hasta este preciso momento. Ahora se da una coyuntura de importancia decisiva: la glorificación del Hijo del Hombre, una glorificación que comienza en la cruz. Es la hora.La estructura del texto nos hace llegar al v.32 como centro y momento culminante: “cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. La idea de elevación-glorificación engloba, en el evangelio de Juan, la cruz y la resurrección. Así, con este versículo, se nos presenta la salvación como la atracción que ejerce el Cristo crucificado sobre los hombres. De este modo, el príncipe de este mundo será echado fuera quedando Cristo en la cruz como referencia de salvación.
A partir de la primera lectura, podemos iluminar un poco más el sentido de la salvación realizada en Jesús. La “nueva alianza” anunciada por el profeta, se cumple gracias a la muerte y resurrección de Jesús. Es una nueva creación en la que la nueva criatura está marcada por la ley de Dios, grabada en su corazón. Esta nueva relación con Dios nos hace capaces de conocerle y reconocerle como el Señor.
La “hora” de Jesús queda explicada con la parábola del grano de trigo que debe morir para dar fruto porque es una parábola que constituye un anuncio de la pasión y de la resurrección. A continuación, Jesús explica lo que significa la “hora” para los creyentes: aborrecerse a sí mismo (muerte) para la ganar la vida eterna (resurrección). El seguidor de Jesús está llamado a servirle, a seguirle y a configurarse con el misterio pascual, en lo que significa vivir la “dinámica del grano de trigo”: morir a sí mismo para dar fruto y resucitar después.
Parece que a continuación Juan nos presenta su escena de Getsemaní que la saca del relato de la pasión para traerla a este momento. Se puede decir que aquí es un “Getsemaní iluminado” porque está presente ya la perspectiva de la gloria (lo dice la voz del cielo). Y esto es algo importante y a tener en cuenta en nuestros “getsemanís vocacionales”, esos momentos de crisis en los que nuestra alma está agitada y dudamos de nuestra misión. También en esas circunstancias no podemos perder de vista la perspectiva de la gloria y seguir a Jesús, para terminar afirmando de una manera convencida: “si por esto he venido”. Como se nos dice en la segunda lectura, la oración intensa (con gritos y con lágrimas) transforma al suplicante que pasa de querer ser liberado de la muerte a la aceptación y adhesión a la voluntad de Dios. La clave nos la da esa intensa oración.
Parece que nos hubiéramos olvidado del comienzo del evangelio donde se nos cuenta que algunos griegos querían conocer a Jesús. Pero no es así. El deseo de estos griegos viene a reforzar la idea central del texto, la atracción de todo el mundo hacia el Cristo. Pero además es ya un anticipo de la conversión de los gentiles y de la misión de la Iglesia. Efectivamente la función de Andrés y Felipe de ser intermediarios nos pone de manifiesto la importancia de su “ministerio”. No olvidemos que en el evangelio de Juan son muchos los intermediarios que posibilitan el encuentro con Jesús.
Esta es una vocación más que necesaria en la Iglesia de hoy. “Ser intermediario” es poner en relación a alguien con Jesús y después desaparecer. Es grave renunciar a esta vocación. Muchos dejarán de conocer el verdadero rostro de Cristo. Pero si queremos ser intermediarios y seguir estando en el candelero, nos equivocamos al otorgarnos un puesto que no nos corresponde. Esta parte de renuncia, no es nada fácil. A pesar de ello, ¿estaremos dispuestos a ser intermediarios?
2. Ideas para la homilía
- El centro del evangelio se encuentra en la afirmación: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. La salvación se nos presenta bajo la forma de una atracción de Cristo.
-Esta atracción se concreta en una “nueva alianza” con la que reconoceremos a Dios Padre como el único Señor de nuestras vidas.
-Los que se dejan atraer por Jesús son asociados a su destino, el destino del grano que cae en tierra y muere. Por ello Jesús nos deja algunas condiciones para ser discípulo: aborrecerse a sí mismo en este mundo y aceptar la voluntad del Padre.
-Jesús mismo tiene su momento de angustia y ha aprendido sufriendo a obedecer. Pero no pide al Padre que le libre de esta hora. Nos muestra el camino para hacer lo mismo en nuestros momentos de angustia o crisis.
-La presencia de los griegos al comienzo del relato es una anticipación de la conversión de los paganos y de la misión de la Iglesia como intermediaria. Hoy estamos llamados a desarrollar la vocación del “intermediario”, llegar a Jesús y desaparecer.
3. Preguntas para la reflexión personal o de grupo
-¿Qué experiencia tienes de sentirte “atraído” por Jesús?
-¿Cómo reconoces que la ley de Dios está grabada en tu corazón?
-En tu estilo de vida ¿cómo vives la dinámica del grano de trigo que muere?
-¿En qué se parece tu oración a la de Jesús?
-¿Cómo vives tu vocación de “intermediario”?
4. Un poco de poesía
SABERTE
Dame, Señor, la sencillez de espíritu,
la del alma dormida en su silencio,
abierta a todo con grandes ojos niños.
No quiero ya mi voz. Ni mi palabra llena.
Me aburre estar conmigo, tan atento,
seguro de una luz sin Ti perdida.
Así impotente, sólo, casa hueca,
va a colmarse tu voz de resonancias
familiarmente puras y serenas.
Dame, Señor, el abandono firme
ante el futuro ignoto y tu aventura
soñada tantas veces en secreto.
Estoy contigo. Piensa cuanto quieras
para hacerme sufrir o para verte.
Bien sé que lo prepara tu ternura.
Hazme a diario un pobre sorprendido
de cada hoja, de cada mano abierta,
tendida a la penumbra de mí mismo.
Viviré así este miedo más alegre,
con un verbo, no más, entre mis labios:
saberte junto a mí, Jesús… saberte.
Pedro Miguel Lamet
Dame, Señor, la sencillez de espíritu,
la del alma dormida en su silencio,
abierta a todo con grandes ojos niños.
No quiero ya mi voz. Ni mi palabra llena.
Me aburre estar conmigo, tan atento,
seguro de una luz sin Ti perdida.
Así impotente, sólo, casa hueca,
va a colmarse tu voz de resonancias
familiarmente puras y serenas.
Dame, Señor, el abandono firme
ante el futuro ignoto y tu aventura
soñada tantas veces en secreto.
Estoy contigo. Piensa cuanto quieras
para hacerme sufrir o para verte.
Bien sé que lo prepara tu ternura.
Hazme a diario un pobre sorprendido
de cada hoja, de cada mano abierta,
tendida a la penumbra de mí mismo.
Viviré así este miedo más alegre,
con un verbo, no más, entre mis labios:
saberte junto a mí, Jesús… saberte.
Pedro Miguel Lamet




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