Por José María Maruri, SJ
1.- Fue Tomás, el del evangelio de hoy, el que animó a sus compañeros a ir a Betania con Jesús, con aquellas palabras: “Vayamos y muramos con él…” Cuantas veces ir con Jesús a hacer el bien acaba en morir con él. Es el testimonio de tantos y tantos mártires, actuales y de otros tiempos…
Tomás fue elegido apóstol, pero no como primer espada como Pedro, Juan y Santiago. De genio vivo no le gustaba disimular, por eso cuando Jesús le dice: “Donde yo voy yo ya sabéis el camino”. Y hay un silencio en el ambiente, es Tomás el que responde: “Con que no sabemos a donde vas y vamos a saber el camino”. Era lo que todos pensaban pero sólo él se atrevió a decirlo.
La aparición de hoy –según el evangelio de Juan—, la narra Lucas de otra manera: al ver al Señor todos se asustan, creen ver un fantasma, pero no se atreven a más. Es Jesús quien les dice que le palpen y que le toquen. Otra vez es sólo Tomás el que por no haber estado en aquel momento presente, se atreve a poner en palabras el deseo de todo: ver y tocar. Y es este Tomás, más rasgadamente sincero que sus compañeros, aún que los primeros espadas, el que nos deja la más bonita y escueta profesión de fe cristiana de todos los tiempos: “Señor mío y Dios mío”. Ese Jesús a quien sigue es su Señor y su Dios, por que el que merece la pena dejarlo todo, darlo todo, hasta la vida, como esos mártires de todo tiempo y toda época a los que aludía al principio.
2.- Señor mío y Dios mío, en una sociedad como la nuestra en que el nombre de Dios despierta sonrisas despectivas o es negado públicamente por personas importantes o se tiene como dios supremo al dinero conseguido como sea, o el sexo-dios de muchas televisiones o de muchas páginas de Internet. Creo que, en medio de esta sociedad, ha llegado la hora de que los que creemos en Dios lo proclamemos en voz alta y nos gloriemos ante todos y si tapujos de nuestro Señor y Dios. No podemos ser cristianos vergonzantes
3.- Creo en Dios. ¿Sabemos lo que decimos? Esa palabra, DIOS, vuela por los espacios, pasa astros y estrellas, se pierde en la lejanía de todo ser creado y se queda fija, inconmovible en lo eterno, en lo que no pasa nunca… Dios mío.
--Dios grande vestido de puesta de sol hace de las nubes su carro y de los vientos caballos con las crines al aire. Y al tiempo, ese Dios pequeño que no tiende manos de niño desde los brazos de una madre.
--Dios poderoso que arranca árboles y rocas al retemblar de la Tierra entre columnas de lava fundida. Y ese Dios escondido en lo hondo del corazón que me habla con el susurro del aire cargado de olores de primavera.
**Creo en Dios, ¿sabemos lo que decimos?
**Dios que se ríe del bing-bang que pude ser su soplo humorístico o su soplo cálido de amor en que nos movemos, vivimos y somos.
**Dios lejano porque hasta donde no hay universo vive de siempre. Y tan cercano que, en nuestras enfermedades está sentado a la orilla de nuestro lecho.
**Señor mío y Dios mío, modelador de montes y valles, arquitecto de las fuentes de las fuentes de las aguas del mar y delicado pintor que se abaja a la florecilla del campo escondida bajo la jara y el tomillo.
**Creo en Dios, Señor de vida y muerte, tan grande que puede perdonar siempre sin perder su dignidad.
**Dios sin prisas de tiempo y reloj, que da a amigos y enemigos su tiempo. Y mientras Él permanece inestrenado en su eternidad, sus enemigos van desapareciendo en la tiniebla del olvido.
De este Dios nos gloriamos, en este Dios confiamos y en este Dios creemos ante nuestro mundo y nuestra sociedad.
Tomás fue elegido apóstol, pero no como primer espada como Pedro, Juan y Santiago. De genio vivo no le gustaba disimular, por eso cuando Jesús le dice: “Donde yo voy yo ya sabéis el camino”. Y hay un silencio en el ambiente, es Tomás el que responde: “Con que no sabemos a donde vas y vamos a saber el camino”. Era lo que todos pensaban pero sólo él se atrevió a decirlo.
La aparición de hoy –según el evangelio de Juan—, la narra Lucas de otra manera: al ver al Señor todos se asustan, creen ver un fantasma, pero no se atreven a más. Es Jesús quien les dice que le palpen y que le toquen. Otra vez es sólo Tomás el que por no haber estado en aquel momento presente, se atreve a poner en palabras el deseo de todo: ver y tocar. Y es este Tomás, más rasgadamente sincero que sus compañeros, aún que los primeros espadas, el que nos deja la más bonita y escueta profesión de fe cristiana de todos los tiempos: “Señor mío y Dios mío”. Ese Jesús a quien sigue es su Señor y su Dios, por que el que merece la pena dejarlo todo, darlo todo, hasta la vida, como esos mártires de todo tiempo y toda época a los que aludía al principio.
2.- Señor mío y Dios mío, en una sociedad como la nuestra en que el nombre de Dios despierta sonrisas despectivas o es negado públicamente por personas importantes o se tiene como dios supremo al dinero conseguido como sea, o el sexo-dios de muchas televisiones o de muchas páginas de Internet. Creo que, en medio de esta sociedad, ha llegado la hora de que los que creemos en Dios lo proclamemos en voz alta y nos gloriemos ante todos y si tapujos de nuestro Señor y Dios. No podemos ser cristianos vergonzantes
3.- Creo en Dios. ¿Sabemos lo que decimos? Esa palabra, DIOS, vuela por los espacios, pasa astros y estrellas, se pierde en la lejanía de todo ser creado y se queda fija, inconmovible en lo eterno, en lo que no pasa nunca… Dios mío.
--Dios grande vestido de puesta de sol hace de las nubes su carro y de los vientos caballos con las crines al aire. Y al tiempo, ese Dios pequeño que no tiende manos de niño desde los brazos de una madre.
--Dios poderoso que arranca árboles y rocas al retemblar de la Tierra entre columnas de lava fundida. Y ese Dios escondido en lo hondo del corazón que me habla con el susurro del aire cargado de olores de primavera.
**Creo en Dios, ¿sabemos lo que decimos?
**Dios que se ríe del bing-bang que pude ser su soplo humorístico o su soplo cálido de amor en que nos movemos, vivimos y somos.
**Dios lejano porque hasta donde no hay universo vive de siempre. Y tan cercano que, en nuestras enfermedades está sentado a la orilla de nuestro lecho.
**Señor mío y Dios mío, modelador de montes y valles, arquitecto de las fuentes de las fuentes de las aguas del mar y delicado pintor que se abaja a la florecilla del campo escondida bajo la jara y el tomillo.
**Creo en Dios, Señor de vida y muerte, tan grande que puede perdonar siempre sin perder su dignidad.
**Dios sin prisas de tiempo y reloj, que da a amigos y enemigos su tiempo. Y mientras Él permanece inestrenado en su eternidad, sus enemigos van desapareciendo en la tiniebla del olvido.
De este Dios nos gloriamos, en este Dios confiamos y en este Dios creemos ante nuestro mundo y nuestra sociedad.





Adelante
Muchos Más Artículos
INICIO
No hay comentarios:
Publicar un comentario