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martes, 21 de abril de 2009

III Domingo de Pascua - Ciclo B (Lc 24,35-48): Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo

Por Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Residencial de Santa María de Los Angeles (Chile)

El Evangelio de este domingo es la continuación del relato sobre los discípulos de Emaús. Recordemos que se trataba de dos discípulos que la misma mañana de la resurrección de Cristo habían caminado con él hasta una aldea llamada Emaús. Comenzando por Moisés y continuando por todos los profetas, Jesús les había ido explicando lo que había sobre el Cristo en todas las Escrituras y les había demostrado que "era necesario que el Cristo padeciera todo eso y entrara así en su gloria" (Lc 24,26).

A pesar de sentir ellos que ardía su corazón mientras Jesús les hablaba en el camino y les explicaba las Escrituras, no lo reconocieron, sino en el gesto de partir el pan y darselos a comer: "Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron". En ese momento, aunque el día había declinado ya, era tal su alegría que no pudieron retenerse de volver inmediatamente a Jerusalén a dar a los apóstoles la buena noticia: "¡Cristo resucitó, caminó con nosotros y lo reconocimos al partir el pan!" Y así lo hicieron, convencidos de que les darían una primicia. Encontraron a los Once reunidos y, para su sorpresa, no más abrir la puerta del lugar donde estaban los apóstoles, antes de empezar ellos a hablar, fueron recibidos con este saludo: "¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!" (Lc 24,34). Fue el testimonio de Simón Pedro el que tuvo peso ante los apóstoles; a ese testimonio prestaron fe, diciendo: "¡Es verdad!". El testimonio de las mujeres no había bastado, y tampoco habría bastado el de los discípulos de Emaús. Sólo Pedro había recibido del Señor la misión de "confirmar a los hermanos" (Lc 22,32).

Entonces los discípulos de Emaús contaron lo que les había ocurrido en el camino y cómo habían conocido a Jesús resucitado en la fracción del pan. Aquí comienza el Evangelio de hoy: "Estaban hablando de estas cosas cuando Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: 'Paz a vosotros'". Notemos que estaban allí reunidos Pedro, los demás apóstoles que, por el testimonio de Pedro, ya creían en la resurrección de Jesús y los mismos discípulos de Emaús, que habían caminado con él por espacio de 11 km (otros ubican Emaús a más de 30 km de Jerusalén). Y, sin embargo, el Evangelio dice: "Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu". Es decir, veían a Jesús, pero no creían que fuera real. ¿Cómo se explica esta reacción de los mismos que en ese preciso momento estaban diciendo: "¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!"? ¿Qué entendían ellos por resucitar? El Evangelio de este domingo nos aclara qué significa "resucitar de entre los muertos", de manera que a nosotros no nos quede duda alguna.

El texto griego dice claramente: "Creían ver un espíritu" (pneuma). Sin embargo, algunas traducciones usan la palabra "fantasma". Es porque se comprende que un espíritu no puede ser visto. Pero, si cambiamos el texto, entonces la frase siguiente de Jesús queda fuera de contexto: "Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo". Un espíritu no es accesible a los sentidos, porque es inmaterial. En cambio, Cristo resucitado tiene carne y huesos y puede palparse. En seguida, Jesús confirma su identidad; lo hace mostrando sus manos y sus pies: "Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo... Y di-ciendo esto les mostró las manos y los pies". Para nosotros este modo de identificación resulta extraño. ¿No habría sido mejor que les mostrara su rostro? En general, para reconocer a alguien se le mira el rostro, no las manos y menos los pies. Jesús muestra las manos y los pies porque en ellos están las señales de los clavos con que fue clavado a la cruz. Su gesto quiere decir: "Yo soy el mismo que estuve crucificado, que morí en la cruz y fui sepultado; y ahora ¡estoy vivo!". No soy alguien que se le parezca, sino que soy el mismo. Yo mismo he pasado de la muerte a la vida: ¡he derrotado a la muerte!

Por eso San Pablo declara con firmeza: "Nosotros pre-dicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, mas para los llamados, lo mismo judíos que gentiles, un Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1Cor 1,23-24). Nada se sostiene sin la cruz de Cristo, pues era necesario que él padeciera la cruz para entrar así en la gloria y obtenernos la salvación. Por eso, ya que no se puede quitar la cruz de Cristo, cada uno debe examinarse a sí mismo y asegurarse que Cristo crucificado no sea para él escándalo o necedad, sino fuerza de Dios y sabiduría de Dios. San Pablo indica un criterio inconfundible para discernir si alguien se encuentra entre los llamados.

Mientras Jesús les mostraba sus manos y sus pies se iban abriendo paso en la mente de los apóstoles la alegría y el asombro. Pero el Evangelio no dice que alguno de ellos palpara efectivamente a Jesús para verificar. Por eso Jesús pregunta: "¿Tenéis aquí algo de comer?". El relato continúa: "Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos". Nunca nos había mostrado el Evangelio a Jesús comiendo, salvo cuando ha resucitado (cf. Jn 21,9-10.13). Comer es una de las cosas más carnales, si así se puede decir. Por eso, en la profesión de nuestra fe, cuando se recita el Credo, es más preciso decir: "Creo en la resurrección de la carne". Creemos que Cristo resucitó y venció a la muerte, de manera que también nosotros resucitaremos en carne y huesos. Pero él no sólo venció a la muerte biológica, que ocurrirá cuando se detengan nuestros procesos vitales, sino a toda situación presente de muerte, que nos oprime por medio de la tristeza, del temor, del abatimiento, de la angustia, del egoísmo, etc. De todo esto nos libra Cristo, cuando nuestro corazón se abre a la fe y a la certeza de que él ha resucitado y nos ha dado la vida, la vida plena y eterna vivida ya ahora.

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