Publicado por Entra y Verás
Confiar es la palabra clave a la hora de emprender un nuevo camino. Confiar en las propias posibilidades y en los apoyos externos. Dios apoya nuestro camino sea cual fuere. En esta Jornada de oración vocacional, fijémonos en quienes deciden consagrarse.Frase conocida, título de un drama de Tirso de Molina. Pero no es mi intención hablar aquí de la obra del célebre dramaturgo español, sino de ciertas posturas de “gente de Iglesia” que al hablar o escribir sobre las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada parecen estar animados de una mentalidad semejante a la del ermitaño Paulo, que se condenó por dudar del poder y misericordia de Dios.
Como una respuesta a la tendencia a la desconfianza del hombre, primer pecado de Adán y Eva, según el Génesis, al no fiarse de Dios, Benedicto XVI en el mensaje para la XLVI Jornada Mundial de oración por las vocaciones, que se celebra hoy, 3 de mayo, ofrece una reflexión al pueblo de Dios sobre “La confianza en la iniciativa de Dios y la respuesta humana” .
El Papa es plenamente consciente de la situación de las vocaciones sacerdotales y consagradas en la Iglesia, y de una escasez preocupante en muchos países de tradición católica, pero pronuncia unas palabras que es necesario registrar: “Damos gracias al Señor porque también hoy sigue llamando obreros para su viña (…) Nos sostiene la certeza inquebrantable de que el Señor, que libremente escoge e invita a su seguimiento a personas de todas las culturas y de todas las edades, según los designios inescrutables de su amor misericordioso, la guía firmemente por los senderos del tiempo hacia el cumplimiento definitivo del Reino”.
Poco más adelante, y en un tono imperativo, dice: “Tenemos que rezar para que todo el pueblo cristiano crezca en la confianza en Dios, convencido de que el «dueño de la mies» no deja de pedir a algunos que entreguen libremente su existencia para colaborar más estrechamente con Él en la obra de la salvación”.
Hay numerosos cuentos que ponen a su protagonista en una situación desesperada que, como moraleja, subrayan la necesidad de la confianza, como tabla de salvación. En una situación como la actual de una aparente profunda crisis de vocaciones para la vida religiosa, unos pondrán la tabla de salvación, o su confianza, en la oración al Dueño de la mies; otros en sus programaciones y propaganda; otros en las vocaciones llegadas de otros países; no faltarán los que apelen al testimonio de vida como forma de atraer vocacionables… Algunos se verán motivados interiormente por todos estos elementos y otros.
Pero, ¿no tendrá cada uno que mirar a lo más íntimo de sí mismo para ver qué pide cuando ora? “¡Rogad! – dice Benedicto XVI –. La apremiante invitación del Señor subraya cómo la oración por las vocaciones ha de ser ininterrumpida y confiada”. ¿Y qué oración ‘confiada’ cabe cuando se manifiesta un pesimismo fatal ante el mundo en general, o una desconfianza descorazonadora ante el mundo de los adolescentes-jóvenes? ¿No se habrá encarnado el ánimo del ermitaño Paulo en muchos corazones del siglo XXI? Tras el “rogad”, ¿qué hay? ¿Se pide obreros para la viña del Señor o para nuestro “cortijo”?
El fin de la Iglesia y, por consiguiente, el de sus hijos, es colaborar con su Señor para la implantación plena y definitiva del Reino de Dios. Para esto es para lo que hay que rogar al Señor, que llama a personas, según el mensaje del Papa para esta XLVI Jornada mundial de oración por las vocaciones, “de todas las culturas y de todas las edades”, es decir: Dios sigue bendiciendo en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales, a los filipinos y vietnamitas, a los brasileños y a los nigerianos, pero también a los suecos y a los españoles.
En el mundo de las aseguradoras y de los seguros para todo tal vez queda un margen escaso para la confianza en las personas y también en Dios. En este contexto, la llamada de Dios al hombre: “Sal de tu tierra (…) y vete a la tierra que yo te mostraré”, “Ven y verás”, no tiene eco. La necesidad de previsión y seguridad vuelve ininteligible la voz de Dios que resuena en el interior directamente, o a través de las necesidades de los hombres, o en una experiencia de dolor e impotencia.
La vocación al sacerdocio o a la vida consagrada termina siendo una cuestión de confianza como actitud humana y gracia de Dios. Confianza fue lo que le llevó a Pedro, después de no haber pescado en toda la noche ni un solo pez, a echar las redes porque el Maestro se lo indicó. Confianza fue la que llevó a María a aceptar los designios del Altísimo y nos dio a Cristo Jesús, la salvación. Y cuantos personajes aparecen en la Sagrada Escritura con una vocación especial están animados de la confianza en el Señor “que habla”. Es la falta de confianza la que dificulta enormemente la respuesta generosa al Dios vivo que quiere que todos los hombres lleguen a su plenitud y conozcan la verdad que ha revelado en su Hijo Jesús.
“Queridos amigos, no os desaniméis ante las dificultades y las dudas; confiad en Dios y seguid fielmente a Jesús y seréis los testigos de la alegría que brota de la unión íntima con Él”, escribe Benedicto XVI. Ciertamente algunas situaciones socioeconómicas y culturales no favorecen el surgimiento de vocaciones de especial consagración ni siquiera alientan la vivencia cristiana de la fe, pero el tiempo de Dios no es como el de los hombres, y “¿quién conoce el pensamiento de Dios?” “Confía en el Señor y haz el bien”.
Marciano Santervás Paniagua, agustino recoleto. Las Rozas, Madrid




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