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sábado, 2 de mayo de 2009

IV Domingo de Pascua (Juan 10,11-18): ¿Aprender de los libros o de las ovejas?


“No sabía que los pastores fueran capaces de leer libros”
dijo una voz femenina a su lado.
“Es que las ovejas enseñan más que los libros”,
respondió el muchacho”.
(Paulo Coelho: El Alquimista)

Lo había leído muchas veces y siempre lo pasé por alto. Pero hoy lo he vuelto a leer y me he sentido como tocado por la respuesta del muchacho Santiago. “Las ovejas enseñan más que los libros”. Y me ha hecho pensar y reflexionar sobre mi condición de “pastor del rebaño de Jesús”, “pastor de este rebaño de Jesús que es el Pueblo de Dios”.

Porque uno se pregunta “¿somos pastores capaces de leer libros o somos pastores que aprendemos de las ovejas más que de los libros?”

Es cierto que los libros enseñan mucho, pero los fieles nos enseñan más. En los libros aprendemos ideas, pero en la experiencia con nuestros fieles aprendemos vida, aprendemos la realidad de la vida. Me lo decía muy bien el P. Román en mis vacaciones: “Una cosa es saber que hay pobres y otra es ver el rostro del pobre, ver la pobreza con rostro”.

Quien solo aprende de los libros termina por “hablar ideas y hablar al pueblo”, pero quien aprende de los fieles termina “hablando con el pueblo, con la gente”.



Con frecuencia, nosotros hablamos “a”, y hablamos poco “con”. Y por eso la comunicación suele ser pobre. Nos escuchan sí, pero no se identifican con nosotros, porque nosotros no nos identificamos con ellos. Para crear una verdadera comunión personal no basta “hablar a” es preciso “hablar con”. Cumplimos con el deber de hablar, pero no cumplimos con la verdadera misión de sentirlos parte de nosotros mismos y nosotros parte de ellos.



Las estanterías de nuestra biblioteca es posible estén llenas de libros. Estamos al día de lo que se escribe y se dice. Llenas de ideas encarnadas en tinta. Pero posiblemente, esas estanterías estén vacías de gente, vacías del Pueblo de Dios que lucha cada día, sufre cada día, ama cada día, se alegra cada día y vive cada día. Ideas no encarnadas en la vida diaria. “Vacías de rostros humanos”.



Durante años nos han formado y preparado para hablar “a” los fieles. Pero necesitamos luego de esa otra formación que nos viene de ellos. También los fieles son agentes de nuestra preparación y formación. El buen pastor está llamado a estar con sus ovejas, comer con las ovejas, divertirse con las ovejas, llorar con las ovejas y celebrar con todas ellas. El buen pastor tiene que oler no a despacho parroquial sino a piel de oveja y a caminos y a rediles de ovejas.



Nuestro problema pastoral está en que hablamos demasiado y escuchamos demasiado poco. Y quien quiera ser escuchado ha de comenzar por escuchar a los demás, porque son ellos quienes tienen muchas más cosas que decirnos a nosotros que nosotros a ellos.



Los pastores nos tenemos por maestros, cuando en realidad debiéramos ser los eternos discípulos que cada día aprendemos de la gente. A los libros tenemos que leerlos con los ojos. Mientras que a la gente tenemos que escucharla con los oídos, con la mente y con el corazón.

Por eso, Jesús mismo nos dice: “conozco a las mías, y las mías me conocen”.

Y aún dice algo más: “igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre”.



No hay conflicto alguno entre nuestro escuchar a Dios y escuchar la voz de nuestros fieles. Los dos nos hablan.

Nos habla Dios y nos hablan los fieles.

O mejor aún: Dios nos habla de muchas maneras.

Por su Palabra escrita.

Por su Palabra en nuestro corazón.

Y a través de la voz de los fieles.



Tenemos dos grandes libros para leer:

El Libro “Dios” y el Libro “los fieles”. Los dos nos instruyen. Los dos nos interrogan. Los dos nos marcan el camino de nuestro quehacer pastoral.

Así como cada día leemos la Palabra de Dios, igualmente cada día tendremos que leer esa otra palabra de Dios que es la vida de nuestros fieles. Y al final del día, terminar diciendo: “Palabra de Dios”. “Te alabamos, Señor”.

Oración

Señor: Tú eres el buen Pastor y nos haces partícipes de tu mismo pastoreo.
Tú eres el Pastor que conoce a las ovejas,
que también nosotros podamos conocerlas por su nombre.
Tú eres el Pastor a quien las ovejas conocen, que también las nuestras
nos conozcan no porque nos ven en el altar sino porque nos sienten cerca compartiendo sus vidas.
Tú eres el Pastor que se deja enseñar por las ovejas.
Que nuestro libro de texto sea tu Palabra escrito con tinta.
Pero también escrita en la vida y la voz de nuestros fieles.

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