«¡Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9), le responde Caín a Dios cuando le pregunta por Abel.
Que cada uno se cuide a sí mismo. Todos somos mayorcitos y autónomos y cada cual ha de sacarse como pueda las castañas del fuego y cada palo tiene que aguantar su vela. El que lo pasa mal… ¡que se aguante!, ya se le pasará. El que está explotado, ¡que espabile!, para que se le solucionen los problemas. Y si uno no sale a flote en la vida… ¡sabe Dios por qué será!, habrá que examinar las causas.
Bastantes problemas tiene uno, para que además haya que pensar en echar una mano en la solución de los problemas de los otros.
Sin embargo, todos estamos metidos en el mismo carro y deberíamos portarnos con cordura. Si uno de nosotros se extravía, ¿no es lógico que entre todos le ayudemos a que no se pierda? Eso es lo que hace cualquier pastor bueno con sus ovejas: si se pierde una, deja todas las demás preocupaciones, y se tira al monte en busca de ella. Si la encuentra es una gran alegría (Mt 18, 12-14).
No se puede poner en duda: cada uno es el dueño de su propia vida. Cada cual es el «pastor» de su propio camino. Nadie debe decidir por otro; ninguna persona puede manipular o sustituir a otra. Somos libres, autónomos, independientes, responsables.
Esto es así. Nadie puede madurar como persona, si no logra la propia autonomía. Pero, todos estamos llamados, a la vez, a responsabilizarnos, por amor, del bien de todos. Si uno ve a otros que se está ahogando, ¿no le ofrecerá su mano para que salga y viva? Si uno puede hacer el bien a otro, ¿se privará de ello, sólo porque cada uno debe responsabilizarse de su propia vida?
Sabemos que cada uno es el guía de si mismo, pero eso no impide que entre todos nos ayudemos a potenciar el camino y hacer de más realidad la vida.
El modo de ayudar a otro responsablemente nos lo sugiere Jesús. Se ayuda dando vida, arriesgándose por el bien del otro, compartiendo lo propio para que los demás se enriquezcan. Eso es ser Buen Pastor: estar atentos al bien de los demás, para que encuentren la fuente de la vida y puedan disponer de todos los medios necesarios para desarrollarla.
No se ayuda al hermano comportándose como un asalariado, desentendiéndose de la vida del otro, cuando está en peligro; olvidándose de hacer el bien cuando eso nos compromete. Para no ayudar nos justificamos con mil razones engañosas.
Tenemos que revisarnos en nuestra actitud de preocupación por los otros. Los que a los demás les ocurre, es más importante que lo que nos pueda pasar a nosotros mismos. El Pastor-Hermano verdadero da la cara por el compañero de trabajo, por el ciudadano de la calle, por los derechos del vecino, por la dignidad de los marginados.
Estamos celebrando el Sacramento de la Eucaristía. En ella se nos describe el modo de actuar con los hermanos: el «Pastor Bueno» no se come la carne de las ovejas, sino que se da a sí mismo como alimento del rebaño. Así se hace Pastor Bueno, hombre logrado, compañero de todos, revelación de Dios. Darse al otro para que sea el mismo, para que tenga vida y amor, es ayudarle, es ser su hermano, compañero, pastor.
Que cada uno se cuide a sí mismo. Todos somos mayorcitos y autónomos y cada cual ha de sacarse como pueda las castañas del fuego y cada palo tiene que aguantar su vela. El que lo pasa mal… ¡que se aguante!, ya se le pasará. El que está explotado, ¡que espabile!, para que se le solucionen los problemas. Y si uno no sale a flote en la vida… ¡sabe Dios por qué será!, habrá que examinar las causas.
Bastantes problemas tiene uno, para que además haya que pensar en echar una mano en la solución de los problemas de los otros.
Sin embargo, todos estamos metidos en el mismo carro y deberíamos portarnos con cordura. Si uno de nosotros se extravía, ¿no es lógico que entre todos le ayudemos a que no se pierda? Eso es lo que hace cualquier pastor bueno con sus ovejas: si se pierde una, deja todas las demás preocupaciones, y se tira al monte en busca de ella. Si la encuentra es una gran alegría (Mt 18, 12-14).
No se puede poner en duda: cada uno es el dueño de su propia vida. Cada cual es el «pastor» de su propio camino. Nadie debe decidir por otro; ninguna persona puede manipular o sustituir a otra. Somos libres, autónomos, independientes, responsables.
Esto es así. Nadie puede madurar como persona, si no logra la propia autonomía. Pero, todos estamos llamados, a la vez, a responsabilizarnos, por amor, del bien de todos. Si uno ve a otros que se está ahogando, ¿no le ofrecerá su mano para que salga y viva? Si uno puede hacer el bien a otro, ¿se privará de ello, sólo porque cada uno debe responsabilizarse de su propia vida?
Sabemos que cada uno es el guía de si mismo, pero eso no impide que entre todos nos ayudemos a potenciar el camino y hacer de más realidad la vida.
El modo de ayudar a otro responsablemente nos lo sugiere Jesús. Se ayuda dando vida, arriesgándose por el bien del otro, compartiendo lo propio para que los demás se enriquezcan. Eso es ser Buen Pastor: estar atentos al bien de los demás, para que encuentren la fuente de la vida y puedan disponer de todos los medios necesarios para desarrollarla.
No se ayuda al hermano comportándose como un asalariado, desentendiéndose de la vida del otro, cuando está en peligro; olvidándose de hacer el bien cuando eso nos compromete. Para no ayudar nos justificamos con mil razones engañosas.
Tenemos que revisarnos en nuestra actitud de preocupación por los otros. Los que a los demás les ocurre, es más importante que lo que nos pueda pasar a nosotros mismos. El Pastor-Hermano verdadero da la cara por el compañero de trabajo, por el ciudadano de la calle, por los derechos del vecino, por la dignidad de los marginados.
Estamos celebrando el Sacramento de la Eucaristía. En ella se nos describe el modo de actuar con los hermanos: el «Pastor Bueno» no se come la carne de las ovejas, sino que se da a sí mismo como alimento del rebaño. Así se hace Pastor Bueno, hombre logrado, compañero de todos, revelación de Dios. Darse al otro para que sea el mismo, para que tenga vida y amor, es ayudarle, es ser su hermano, compañero, pastor.





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