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domingo, 31 de mayo de 2009

¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian la buena noticia!

Mensaje de los Obispos de la Comisión de Apostolado Seglar
con motivo de la solemnidad de Pentecostés

El cristiano, injertado en Cristo en virtud del sacramento del Bautismo, debe permanecer en Él y vivir según sus enseñanzas, cumpliendo en todo momento la voluntad del Padre celestial. Del mismo modo que el sarmiento no puede dar fruto, si no permanece unido a la vid, tampoco el cristiano podrá ser testigo de Jesucristo y dar frutos de santidad, si no mantiene la plena comunión con Él mediante la oración confiada, la participación frecuente en los sacramentos y la preocupación por su formación cristiana: «El que permanece en mí como yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).

En total sintonía con esta necesidad de permanecer en Cristo para vivir con Él y como Él está el lema propuesto para la celebración del Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica. En dicho lema se nos recuerda el encargo hecho por el Señor a sus discípulos de ser «luz del mundo y sal de la tierra». Ahora bien, para llegar a ser luz del mundo y sal de la tierra, es absolutamente necesario que los que han sido llamados permanezcan en comunión de vida y amor con Aquel, que se ha definido a sí mismo como “la luz del mundo”. Jesús, el enviado del Padre, con su Encarnación, con su testimonio durante los años de vida pública y con su triunfo sobre el poder del pecado y de la muerte en virtud de la resurrección, es el único que puede iluminar el camino de la humanidad hacia Dios. El lema elegido para la celebración del Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica está tomado de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos: “¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Noticia!” (Rom 10, 15).

Con esta expresión, el Apóstol de los gentiles, citando al profeta Isaías (Is 52, 7), nos presenta la realidad y la grandeza de la misión apostólica. En medio de tantas malas noticias de guerras, marginación, paro laboral y dificultades para el digno sustento de tantas personas, los apóstoles y la Iglesia hemos recibido la incomparable misión de anunciar al hombre de todos los tiempos una muy buena noticia, la mejor de todas: ¡Dios te ama. Cristo ha muerto por ti! Con el envío del Espíritu Santo, el día de Pentecostés, la Iglesia recibe el encargo de ofrecer a todos los hombres el anuncio alegre del amor, de la misericordia entrañable y de la salvación de Dios. En palabras de Pablo VI, la comunicación de esta buena noticia es para la Iglesia su dicha, su vocación y su identidad más profunda.

En nuestros días, como en los años de su vida pública y como en los primeros momentos de la Iglesia, el Señor continúa recorriendo las calles de nuestras ciudades y los caminos de nuestros pueblos para invitarnos a todos a trabajar en su viña, a colaborar con él en el anuncio del Evangelio. En virtud del sacramento del bautismo, todos -sacerdotes, religiosos y cristianos laicos- somos invitados personalmente por el Señor para participar en la misión evangelizadora de la Iglesia y para asociarnos a su misión salvadora. ¡Qué dichosos tendríamos que sentirnos y qué felices deberíamos mostrarnos los bautizados por este privilegio, por esta gracia y por este don inmerecido!

La Iglesia, que ha recibido el encargo de manifestar al mundo el misterio del infinito amor de Dios a sus criaturas, tiene clara conciencia de que la presentación de este misterio a cada ser humano le ayuda a descubrir el sentido de su existencia, le abre a la verdad sobre su dignidad y le permite esperar con paz su destino. Consciente de ello, el papa Juan Pablo II señalaba que el “hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimento de su misión: él es la primera vía fundamental de la Iglesia, vía trazada por el mismo Cristo, vía que inalterablemente pasa a través de la encarnación y de la redención” (Redemptor hominis, n. 14).

Pensando en la urgencia de impulsar una nueva evangelización y buscando ofrecer plena liberación y salvación a todo ser humano como concreción del Reino de Dios, Juan Pablo II presentaba en Christifideles laici y en Novo millennio ineunte un conjunto de propuestas que la Iglesia y, de modo especial los cristianos laicos, “como nuevos protagonistas en las fronteras de la historia”, deberían asumir como un servicio a la persona y a la sociedad en virtud de su “índole secular”. Estas propuestas siguen teniendo plena vigencia y actualidad. Entres ellas, cabe destacar la misión de ayudar a cada ser humano a descubrir su dignidad inviolable, la de exigir el respeto de los derechos humanos. Entre estos derechos podríamos destacar el derecho sagrado a la vida desde la concepción a la muerte natural, el derecho a la libertad religiosa y de conciencia, el derecho al trabajo y a una vivienda digna… El reconocimiento efectivo de estos derechos está entre los bienes más altos y los deberes más graves de todo pueblo que verdaderamente quiera asegurar el bien de la persona y de la sociedad.

Juntamente con la defensa de estos derechos de la persona, los cristianos laicos no deben olvidar que la defensa y la promoción del matrimonio cristiano y de la familia constituyen el primer campo para su compromiso social, teniendo en cuenta el valor único e insustituible de la familia para el desarrollo de la sociedad y de la misma Iglesia. Por otra parte, ante los problemas provocados por el desequilibrio ecológico, que puede hacer inhabitables determinadas zonas del planeta, o ante los problemas de la paz constantemente amenazada por el afán de poder, por el terrorismo y por las guerras, los cristianos no podemos cerrar los ojos ni mirar en otra dirección.

En este momento de crisis económica, que afecta de un modo especial a los más desfavorecidos de la sociedad, es preciso que todos los cristianos denunciemos las injusticias sociales, busquemos el bien común e impulsemos el compromiso caritativo de todos los miembros del pueblo de Dios, como alma y apoyo de la solidaridad para con los más necesitados. Con este conjunto de propuestas y de compromisos, la Iglesia no pretende imponer a los no creyentes una exigencia de su fe o de sus convicciones religiosas, sino defender un conjunto de valores que tienen su fundamento en la naturaleza misma del ser humano.

Para lograr este objetivo, es fundamental que los cristianos no perdamos nunca la conciencia de misión, que debe llevarnos a vivir en cada momento con actitud misionera. Hemos de tener muy claro que no actuamos nunca en nombre propio, sino en nombre del Señor. Ahora bien, esta actividad misionera debe comenzar por un estilo de vida, personal y comunitario, cuyo centro y fundamento esté en la meditación de la Palabra de Dios, en la frecuente participación en los sacramentos y en la contemplación del rostro de Cristo muerto y resucitado. El discípulo de Cristo debe estar unido a Él como los sarmientos a la vid. De este modo podrá permanecer siempre en el cumplimiento de sus enseñanzas y en la vivencia de su amor. Los pensamientos, criterios y decisiones del evangelizador han de estar fundamentados siempre en las actitudes y criterios del Maestro, porque es siempre Él quien nos llama y envía en misión.

Pero, además, el descubrimiento de la misión confiada por el Señor tiene que ayudarnos a todos los miembros de la Iglesia a tomar conciencia de nuestra pobreza, de nuestras limitaciones y debilidades. De este modo podremos abrirnos al Evangelio y a la gracia de Dios, que siempre nos preceden y acompañan en la vida y en la evangelización. En el cumplimiento de la misión debemos ser muy humildes porque la tarea confiada por Jesús supera nuestras limitaciones humanas y nadie tiene en sus manos soluciones definitivas. Todos necesitamos de los demás y siempre podemos aprender de ellos nuevos caminos y nuevos métodos para ayudar a todos a descubrir a Cristo y a entrar en comunión de vida y amor con Él.

Contemplando la actuación del Maestro y dejándonos empapar por sus sentimientos, estaremos preparados para llevar a cabo la misión desde una actitud de desprendimiento, de gratitud y disponibilidad, asumiendo con gozo y paz la posibilidad de encontrarnos con rechazo y oposición. Como nos recuerda insistentemente el Evangelio, los discípulos no son más que el Maestro y, por tanto, deben estar preparados para asumir el sufrimiento, la incomprensión y la persecución, como los asumió Él mismo. En medio de todo, el discípulo no debe temer, porque el Espíritu le recordará lo que tiene que decir y el Padre cuidará de él. La única preocupación del discípulo debe ser la de vivir con fidelidad las exigencias evangélicas, asumiendo cada día la cruz de Jesús (Mt 10, 32-39).

En el día de Pentecostés, la Iglesia celebra la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. El Consolador transforma su corazón y su mente, les da fuerza para salir de sí mismos y los empuja hasta los confines de la tierra para dar testimonio de la Buena Noticia. En este día, la Iglesia celebra también el Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica. Los obispos de la CEAS, conscientes de las dificultades del momento para la evangelización, queremos agradeceros a todos los cristianos y a los militantes de todos los movimientos apostólicos vuestro testimonio de fe, vuestro amor a la Iglesia y vuestra inquietud evangelizadora. El Espíritu Santo, que enriquece a su Iglesia con múltiples dones y carismas, continúa actuando en el mundo y en nuestros corazones para que, desde la contemplación del amor de Dios, trabajemos por la comunión eclesial y vivamos con entusiasmo a la misión. Os invitamos a todos a mirar con esperanza ante el futuro y a proseguir en el camino de la conversión personal y comunitaria al Señor. No os encerréis en cuestiones pasajeras ni os dejéis embaucar por un mundo que pierde el tiempo en discusiones estériles.

Con la fuerza del Espíritu, asumid la gozosa misión de ofrecer la Buena Noticia de la salvación de Dios a todos los hombres. Y cuando surjan las dificultades y las incomprensiones, poned vuestras vidas en las manos del Señor, pedid su ayuda y seguid el ejemplo de los grandes evangelizadores como san Pablo. En este año paulino, en el que conmemoramos el bimilenario de su nacimiento, sigamos las huellas de quien supo buscar el momento oportuno y la palabra adecuada para anunciar a Jesucristo.

Comisión Episcopal de Apostolado Seglar

+ Julián Barrio Barrio
Arzobispo de Santiago de Compostela
Presidente
+ Juan Antonio Reig Plà
Obispo electo de Alcalá de Henares
Vicepresidente
+ Antonio Algora Hernando
Obispo de Ciudad Real
+ Francisco Cases Andreu
Obispo de Canarias+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra, La Calzada y Logroño
+ Atilano Rodríguez Martínez
Obispo de Ciudad Rodrigo
+ José Ignacio Munilla Aguirre
Obispo de Palencia
+ Francisco Cerro Cháves
Obispo de Coria-Cáceres