Publicado por Entra y Veras
A fuerza de insistir en lo mismo esperemos lograr un objetivo esencial para sanear nuestra vida cristiana. A María hemos de mirarle con ojos de hijos pues ella nos responde siempre con la sencillez de una mirada de madre, no de una señorona.A la poesía le cabe el mérito de saber encerrar en pocas palabras todo un discurso de extensos razonamientos. Gabriel Celaya, en un verso conciso y cuajado, expresaba: «Logré el uso de razón, perdí el uso del misterio». Los que nos llevamos a los labios el bendito nombre de María de Nazaret jamás deberíamos referirnos a ella como quien cuenta, con fría razón matemática, el número de peldaños que tiene la escalera de un camión de bomberos. Más profunda que la fonación de nuestra garganta y más acompasada que la articulación de nuestra boca debe ser la voz del misterio amoroso y creyente capaz de gestar y alumbrar la elocuencia de un beso filial: ¡Madre!
Antes que enunciados de correcta formulación gramatical y aseada corrección doctrinal, María –Madre de Jesús y Madre nuestra– necesita que pongamos nuestros ojos en sus ojos y estemos dispuestos a intercambiar con ella una mirada receptiva, contemplativa, abierta, libre, incondicional. Del cariño de una madre más sabe el corazón de un hijo que la tesis doctoral del sabio de cátedra universitaria. Con el paso de los años, a unos y a otros nos han crecido las muelas, las pupilas han criado persianas y sobre el jardín de los sueños ha caído la plaga de las siestas. Necesitamos, por tanto, aprender de nuevo a mirar, es urgente que recuperemos aquella capacidad de asombro que un día poseyeron nuestros ojos, cuando eran lámparas cristalinas de luz infantil.
María es Mujer de Pascua, Señora del Vivir. No del medio vivir, ni del simple dejar vivir, sino del hacer vivir. María –Madre sin pausa ni ocaso– siempre engendra vida, siempre reparte ternura, siempre nos regala a Jesús vivo y resucitado. Ella es hogar de fuego inextinguible ardiendo para caldear el más gélido desamor y refrescar la memoria que hierve en olvidos. A la hora de amar, los cristianos no podemos conformarnos con una ley de servicios mínimos. De la mano de María entendemos nuestra existencia desde la perspectiva de lo máximo: la apertura total y confiada a un Dios que llama pidiendo permiso, inunda en libertad y llena sin arrollar ni descoyuntar.
María es dispensadora de esperanza. Nos previene y cura de esa cruel enfermedad «que se llama soledad». Semejante sanación la realiza entregándonos a Jesús, fruto bendito de su vientre y Verbo encarnado del Padre. El binomio María-Jesús es indisoluble. Cualquier intento de disociar a la Madre y al Hijo no sólo es improcedente por absurdo, sino que, además, se vuelve en contra de sus promotores en forma de sentimentalismo vacuo, folclórico, o, quizá, de racionalismo cuadriculado, obeso de sebo especulativo y falto de esa química suprema que mezcla dos moléculas de hidrógeno de sentido común con una de oxígeno de fe pascual para dar origen al agua de la vida nueva y resucitada que brota como un manantial en el pecho de cada uno de los que peregrinamos según la condición de «discípulos del Evangelio».
«Sólo los que aman saben decir tú», sentenció Jacinto Benavente. Hermosa razón que se abraza al quicio del misterio y nos faculta a titular y concluir por la vía de lo denso y bajo el signo de lo breve: Tú, María.
José Manuel Berruete, agustino recoleto. Parroquia Santa Rita, Madrid




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