Hay una fábula que todos nosotros oímos de pequeños y que cuenta que una vez una tortuga y una liebre fueron a hacer un carrera para ver quien ganaba. Cuando dieron la señal de salida, la tortuga comenzó a andar y la liebre, entretanto, empezó a hablar con la gente de lo rápida que era, de que nadie como ella corría tanto y que cualquiera que compitiera a su lado seguro que perdería... Así pasó el tiempo, alabándose a sí propia, hasta que, de repelente, se acordó que la tortuga hacía ya bastante tiempo que salió. Entonces salió corriendo todo lo rápido que pudo hasta la meta, pero ya era demasiado tarde. La tortuga había llegado apenas unos segundos antes.
El problema de la liebre es que, estaba tan convencida de que era la mejor, que se olvidó de que la tortuga también podía correr, aunque fuese despacio.
Precisamente esto mismo que le pasó a la liebre, es lo que le pasó a los discípulos de Jesús: Como Jesús estaba con ellos día y noche, pensaron que eran los privilegiados y que el resto no podían hablar en nombre de Jesús.
Y la respuesta de Jesús es simplemente fantástica: que no miremos si pertenece a nuestro grupo o no; si quien habla tiene este color de piel o este otro; si es de aquí o es de otro lugar... Que miren simplemente lo que hace... Y si eso que hace es bueno, que le dejen.
Creo que el Evangelio de hoy es de esos Evangelios que tienen que enseñarnos muchas cosas. Porque las personas tenemos una tendencia, casi innata, a formar grupos entre nosotros: por el estatus social, por el tipo de trabajo que hacemos, por creencias, por raza... Pero el problema es nuestra tendencia a compararnos y a mirarnos a nosotros como si estuviésemos por encima de los otros.
Y el problema también es que, muchas veces juzgamos a las personas no por lo que son ellas mismas, sino por el grupo al que pertenecen.
Esto es una cosa de que todos nosotros somos conscientes porque ocurre:
· En la política, por ejemplo, sólo por el hecho de que alguien pertenezca a un grupo político diferente al mío aparece a veces esa tendencia a mirarlo con otra cara.
· Dejando la política a un lado, podemos pensar en cómo vemos a las personas que pertenecen a otras confesiones, o que tengan otras creencias.
· También podemos pensar en cómo tratamos a las personas que son de diferente raza. Y aquí hablo en general porque este es un problema que en el fondo, acaba por afectar a todas las personas del mundo, sean de la raza que sean.
· Incluso entre nosotros, dentro de nuestra comunidad, puede surgir esa rivalidad sobre quien hace las cosas mejor que el otros. Creo que no es descubrir nada hablar del hecho de que a veces ocurre que se ve de diferente forma a las personas, según los grupos eclesiales que pertenecen.
En el fondo, el evangelio de hoy es un toque de atención para que sepamos ver que las personas que son diferentes a nosotros, o que pertenecen a grupos diferentes al mío, también pueden tener cosas positivas. Y, desde luego, lo que nos advierte el evangelio de hoy es sobre el peligro de pensar que nosotros, desde nuestro grupo, sea el que sea, somos portadores de la verdad y que podemos criticar a otros.
San Agustín, en este sentido, tiene una frase que bien podría resumir el evangelio de hoy. Dice así: “La verdad no es ni tuya, ni mía, para que pueda ser tuya y mía”.
Pues bien, como bien dice, que nunca nos creyamos dueños de toda la verdad; y que reconozcamos que también otros, aunque sean diferentes a nosotros, pueden participar de la bondad de Dios. Pero, sobre todo, que la caridad que nos debe distinguir como cristianos, no haga diferencias entre unos y otros. Eso sería un error.
Por experiencia, los grupos que se creen los mejores, son los primeros en desaparecer...Ocurre así que la historia de la liebre y la tortuga no es apenas una historia, sino el reflejo de lo que puede ocurrir en nuestras vidas cuando nos creemos por encima de los demás.
Los textos de hoy hacen todos referencia a la vida comunitaria, sea en el pueblo en marcha hacia la tierra prometida, sea en la comunidad eclesial. La primera lectura habla de la donación del Espíritu de Dios a los setenta jefes del pueblo en camino por el desierto. En el Evangelio se reflejan ciertos aspectos de la vida de los discípulos y de los primeros cristianos en sus relaciones internas y en las relaciones con los que no pertenecen a la comunidad cristiana. Santiago se dirige al final de su carta a los miembros ricos de la comunidad para recriminar su conducta y hacerles reflexionar sobre ella a la luz del juicio final.
1. Una comunidad imperfecta. Lo primero que salta a los ojos, leyendo los textos de hoy, es que la comunidad cristiana primitiva y ya antes la comunidad judía del desierto están marcadas por la limitación e imperfección. Resulta evidente la intolerancia exclusivista respecto a quienes no pertenecen al propio grupo sea por parte de Josué : "Mi señor Moisés, prohíbeselo" (primera lectura) sea por parte de Juan: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo" (Evangelio). Otro punto es el escándalo que algunos miembros "fuertes" y "grandes" de la comunidad dan a los "pequeños", poniendo en peligro su fe sencilla y su misma pertenencia a Cristo (Evangelio). Entre quienes causan un escándalo imponente están los ricos, que ponen la seguridad en sus riquezas. Y que además se aprovechan abusivamente de los pobres, no pagando diariamente el salario a los obreros, entregándose al lujo y a los placeres, pisoteando en perjuicio del pobre la ley y la justicia (segunda lectura). Aprendamos una cosa: ninguna comunidad cristiana concreta está exenta de imperfecciones, debilidades y miserias. El Papa ante esta realidad nos invita, de cara al pasado a purificar la memoria, y de cara al presente al arrepentimiento y a la renovación. Una comunidad imperfecta nos hace vivir más conscientes de que el Espíritu de Dios, no el hombre, es el alma que la vivifica y santifica con su presencia y sus dones.
2. Una comunidad, reflejo de Cristo. Ante todo, se ha de recalcar la gran tolerancia, o mejor dicho, la enorme apertura de espíritu de Jesucristo frente a quienes no pertenecen al grupo, a la comunidad creyente. "No se lo impidáis", dice Jesús a Juan y a los discípulos. Este comportamiento de Jesús halla su prefiguración en el de Moisés, al saber que su espíritu ha sido comunicado a Eldad y Medad que no pertenecían al grupo de los setenta: "¿Es que estás tú celoso por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo de Yahvéh profetizara porque Yahvéh les daba su espíritu!". Jesús motiva su postura con dos reflexiones:
1) Quien invoca mi nombre para hacer un milagro, no puede luego inmediatamente hablar mal de mí. La persona de Jesús ejerce un influjo universal, no puede quedar encerrada dentro de los límites institucionales.
2) Quien no está contra nosotros, está con nosotros. Y esto es verdad, incluso cuando no se pertenece a la misma comunidad de fe. Por otra parte, dentro de la comunidad las relaciones entre los diversos miembros han de regirse por el mandamiento de la caridad. Esa caridad que podríamos llamar "pequeña", moneda corriente para la convivencia diaria. Simplemente, por ejemplo, dar un vaso de agua con la única intención de vivir la caridad cristiana. Otra forma de vivir la caridad es evitando el escándalo. Por amor hacia el hermano uno debe estar dispuesto a acabar con cualquier cosa que lo pueda dañar. En las relaciones intraeclesiales debe reinar también la justicia entre los dueños de las tierras y los asalariados. Los ricos, por su parte, han de ser muy conscientes de que sus riquezas no son tanto para gozarlas y despilfarrarlas cuanto para ponerlas al servicio de los necesitados.
1. La libertad del espíritu. En el catecismo de la Iglesia se nos enseña que "todo lo bueno y verdadero de las diversas religiones lo aprecia la Iglesia como un don de aquel que ilumina a todos los hombres, para que al fin tengan vida" (C.E.C. 843). El Espíritu es como el alma de la Iglesia, pero sin carácter exclusivo ni excluyente. El Espíritu goza de autonomía para actuar más allá del cuerpo eclesial. Los hijos de la Iglesia hemos de tratar de conocer y de sentirnos llenos de gozo por las manifestaciones y la impronta del Espíritu en otras religiones. Todo lo que nazca de la acción del Espíritu, donde quiera que sea, será bueno, santo y verdadero. Es verdad que junto a la acción del Espíritu y mezcladas con ella están las acciones humanas, con toda su imperfección e incluso pecado. Por eso, es necesario el discernimiento, esa capacidad de saber distinguir y separar la obra del Espíritu de la acción de los hombres. Distinguir y separar, pero no eliminar. "No apaguéis el Espíritu", nos exhorta san Pablo. En la coyuntura actual de la sociedad y de la Iglesia -y seguramente esta situación se acentuará en el futuro- es importante que los cristianos sepamos acoger la libertad del Espíritu. Es importante, además, que seamos educados, ya desde pequeños, a la tolerancia y libertad de espíritu, pero sobre todo a la prudencia y al discernimiento cristianos. ¿Has tenido alguna oportunidad, en la escuela, en el trabajo, en las relaciones de amistad, de ejercitarte en la tolerancia, el respeto, la prudencia y el discernimiento?
2. Autoridad y riqueza en la Iglesia. En la Iglesia sólo algunos han sido llamados por Dios para ejercer la autoridad institucional, pero todos tenemos el derecho y el deber de ejercer la autoridad de la santidad. Puesto que el cristiano concibe la autoridad como servicio, la jerarquía practica su servicio mirando por la buena marcha de la comunidad eclesial en la doctrina, en la vida moral, en las acciones litúrgicas. Por su parte, las almas santas ejercen su autoridad sobre la comunidad eclesial entregando con generosidad sus vidas a Dios y a los hombres, atrayendo hacia Dios y hacia el Espíritu a muchos con su comportamiento y testimonio de vida. Son dos modos diversos de ejercer la autoridad, ambos al servicio de toda la Iglesia. Ni qué decir cabe que muchos miembros de la jerarquía, además de la autoridad jurídica de que gozan, sobresalen también por su autoridad moral, por su santidad.
En la Iglesia hay ricos de bienes, y muchos de ellos son a la vez ricos de amor verdadero. En la Iglesia se dan también los pobres en bienes, pero que poseen una riqueza extraordinaria de fe, de amor y de esperanza. Hay también, desgraciadamente, los otros, los ricos de bienes y pobres de amor, los pobres de bienes y ricos en ansias de lucro y de riquezas. No nos engañemos. Los verdaderos ricos en la Iglesia son los santos. Si además de ser ricos en santidad, son ricos en dólares, mucho mejor. Con tal de que los pongan al servicio de todos.
El problema de la liebre es que, estaba tan convencida de que era la mejor, que se olvidó de que la tortuga también podía correr, aunque fuese despacio.
Precisamente esto mismo que le pasó a la liebre, es lo que le pasó a los discípulos de Jesús: Como Jesús estaba con ellos día y noche, pensaron que eran los privilegiados y que el resto no podían hablar en nombre de Jesús.
Y la respuesta de Jesús es simplemente fantástica: que no miremos si pertenece a nuestro grupo o no; si quien habla tiene este color de piel o este otro; si es de aquí o es de otro lugar... Que miren simplemente lo que hace... Y si eso que hace es bueno, que le dejen.
Creo que el Evangelio de hoy es de esos Evangelios que tienen que enseñarnos muchas cosas. Porque las personas tenemos una tendencia, casi innata, a formar grupos entre nosotros: por el estatus social, por el tipo de trabajo que hacemos, por creencias, por raza... Pero el problema es nuestra tendencia a compararnos y a mirarnos a nosotros como si estuviésemos por encima de los otros.
Y el problema también es que, muchas veces juzgamos a las personas no por lo que son ellas mismas, sino por el grupo al que pertenecen.
Esto es una cosa de que todos nosotros somos conscientes porque ocurre:
· En la política, por ejemplo, sólo por el hecho de que alguien pertenezca a un grupo político diferente al mío aparece a veces esa tendencia a mirarlo con otra cara.
· Dejando la política a un lado, podemos pensar en cómo vemos a las personas que pertenecen a otras confesiones, o que tengan otras creencias.
· También podemos pensar en cómo tratamos a las personas que son de diferente raza. Y aquí hablo en general porque este es un problema que en el fondo, acaba por afectar a todas las personas del mundo, sean de la raza que sean.
· Incluso entre nosotros, dentro de nuestra comunidad, puede surgir esa rivalidad sobre quien hace las cosas mejor que el otros. Creo que no es descubrir nada hablar del hecho de que a veces ocurre que se ve de diferente forma a las personas, según los grupos eclesiales que pertenecen.
En el fondo, el evangelio de hoy es un toque de atención para que sepamos ver que las personas que son diferentes a nosotros, o que pertenecen a grupos diferentes al mío, también pueden tener cosas positivas. Y, desde luego, lo que nos advierte el evangelio de hoy es sobre el peligro de pensar que nosotros, desde nuestro grupo, sea el que sea, somos portadores de la verdad y que podemos criticar a otros.
San Agustín, en este sentido, tiene una frase que bien podría resumir el evangelio de hoy. Dice así: “La verdad no es ni tuya, ni mía, para que pueda ser tuya y mía”.
Pues bien, como bien dice, que nunca nos creyamos dueños de toda la verdad; y que reconozcamos que también otros, aunque sean diferentes a nosotros, pueden participar de la bondad de Dios. Pero, sobre todo, que la caridad que nos debe distinguir como cristianos, no haga diferencias entre unos y otros. Eso sería un error.
Por experiencia, los grupos que se creen los mejores, son los primeros en desaparecer...Ocurre así que la historia de la liebre y la tortuga no es apenas una historia, sino el reflejo de lo que puede ocurrir en nuestras vidas cuando nos creemos por encima de los demás.
Pedro Muñoz
RECURSOS PARA LA HOMILÍA
Nexo entre las lecturas
Nexo entre las lecturas
Los textos de hoy hacen todos referencia a la vida comunitaria, sea en el pueblo en marcha hacia la tierra prometida, sea en la comunidad eclesial. La primera lectura habla de la donación del Espíritu de Dios a los setenta jefes del pueblo en camino por el desierto. En el Evangelio se reflejan ciertos aspectos de la vida de los discípulos y de los primeros cristianos en sus relaciones internas y en las relaciones con los que no pertenecen a la comunidad cristiana. Santiago se dirige al final de su carta a los miembros ricos de la comunidad para recriminar su conducta y hacerles reflexionar sobre ella a la luz del juicio final.
Mensaje doctrinal
1. Una comunidad imperfecta. Lo primero que salta a los ojos, leyendo los textos de hoy, es que la comunidad cristiana primitiva y ya antes la comunidad judía del desierto están marcadas por la limitación e imperfección. Resulta evidente la intolerancia exclusivista respecto a quienes no pertenecen al propio grupo sea por parte de Josué : "Mi señor Moisés, prohíbeselo" (primera lectura) sea por parte de Juan: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo" (Evangelio). Otro punto es el escándalo que algunos miembros "fuertes" y "grandes" de la comunidad dan a los "pequeños", poniendo en peligro su fe sencilla y su misma pertenencia a Cristo (Evangelio). Entre quienes causan un escándalo imponente están los ricos, que ponen la seguridad en sus riquezas. Y que además se aprovechan abusivamente de los pobres, no pagando diariamente el salario a los obreros, entregándose al lujo y a los placeres, pisoteando en perjuicio del pobre la ley y la justicia (segunda lectura). Aprendamos una cosa: ninguna comunidad cristiana concreta está exenta de imperfecciones, debilidades y miserias. El Papa ante esta realidad nos invita, de cara al pasado a purificar la memoria, y de cara al presente al arrepentimiento y a la renovación. Una comunidad imperfecta nos hace vivir más conscientes de que el Espíritu de Dios, no el hombre, es el alma que la vivifica y santifica con su presencia y sus dones.
2. Una comunidad, reflejo de Cristo. Ante todo, se ha de recalcar la gran tolerancia, o mejor dicho, la enorme apertura de espíritu de Jesucristo frente a quienes no pertenecen al grupo, a la comunidad creyente. "No se lo impidáis", dice Jesús a Juan y a los discípulos. Este comportamiento de Jesús halla su prefiguración en el de Moisés, al saber que su espíritu ha sido comunicado a Eldad y Medad que no pertenecían al grupo de los setenta: "¿Es que estás tú celoso por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo de Yahvéh profetizara porque Yahvéh les daba su espíritu!". Jesús motiva su postura con dos reflexiones:
1) Quien invoca mi nombre para hacer un milagro, no puede luego inmediatamente hablar mal de mí. La persona de Jesús ejerce un influjo universal, no puede quedar encerrada dentro de los límites institucionales.
2) Quien no está contra nosotros, está con nosotros. Y esto es verdad, incluso cuando no se pertenece a la misma comunidad de fe. Por otra parte, dentro de la comunidad las relaciones entre los diversos miembros han de regirse por el mandamiento de la caridad. Esa caridad que podríamos llamar "pequeña", moneda corriente para la convivencia diaria. Simplemente, por ejemplo, dar un vaso de agua con la única intención de vivir la caridad cristiana. Otra forma de vivir la caridad es evitando el escándalo. Por amor hacia el hermano uno debe estar dispuesto a acabar con cualquier cosa que lo pueda dañar. En las relaciones intraeclesiales debe reinar también la justicia entre los dueños de las tierras y los asalariados. Los ricos, por su parte, han de ser muy conscientes de que sus riquezas no son tanto para gozarlas y despilfarrarlas cuanto para ponerlas al servicio de los necesitados.
Sugerencias Pastorales
1. La libertad del espíritu. En el catecismo de la Iglesia se nos enseña que "todo lo bueno y verdadero de las diversas religiones lo aprecia la Iglesia como un don de aquel que ilumina a todos los hombres, para que al fin tengan vida" (C.E.C. 843). El Espíritu es como el alma de la Iglesia, pero sin carácter exclusivo ni excluyente. El Espíritu goza de autonomía para actuar más allá del cuerpo eclesial. Los hijos de la Iglesia hemos de tratar de conocer y de sentirnos llenos de gozo por las manifestaciones y la impronta del Espíritu en otras religiones. Todo lo que nazca de la acción del Espíritu, donde quiera que sea, será bueno, santo y verdadero. Es verdad que junto a la acción del Espíritu y mezcladas con ella están las acciones humanas, con toda su imperfección e incluso pecado. Por eso, es necesario el discernimiento, esa capacidad de saber distinguir y separar la obra del Espíritu de la acción de los hombres. Distinguir y separar, pero no eliminar. "No apaguéis el Espíritu", nos exhorta san Pablo. En la coyuntura actual de la sociedad y de la Iglesia -y seguramente esta situación se acentuará en el futuro- es importante que los cristianos sepamos acoger la libertad del Espíritu. Es importante, además, que seamos educados, ya desde pequeños, a la tolerancia y libertad de espíritu, pero sobre todo a la prudencia y al discernimiento cristianos. ¿Has tenido alguna oportunidad, en la escuela, en el trabajo, en las relaciones de amistad, de ejercitarte en la tolerancia, el respeto, la prudencia y el discernimiento?
2. Autoridad y riqueza en la Iglesia. En la Iglesia sólo algunos han sido llamados por Dios para ejercer la autoridad institucional, pero todos tenemos el derecho y el deber de ejercer la autoridad de la santidad. Puesto que el cristiano concibe la autoridad como servicio, la jerarquía practica su servicio mirando por la buena marcha de la comunidad eclesial en la doctrina, en la vida moral, en las acciones litúrgicas. Por su parte, las almas santas ejercen su autoridad sobre la comunidad eclesial entregando con generosidad sus vidas a Dios y a los hombres, atrayendo hacia Dios y hacia el Espíritu a muchos con su comportamiento y testimonio de vida. Son dos modos diversos de ejercer la autoridad, ambos al servicio de toda la Iglesia. Ni qué decir cabe que muchos miembros de la jerarquía, además de la autoridad jurídica de que gozan, sobresalen también por su autoridad moral, por su santidad.
En la Iglesia hay ricos de bienes, y muchos de ellos son a la vez ricos de amor verdadero. En la Iglesia se dan también los pobres en bienes, pero que poseen una riqueza extraordinaria de fe, de amor y de esperanza. Hay también, desgraciadamente, los otros, los ricos de bienes y pobres de amor, los pobres de bienes y ricos en ansias de lucro y de riquezas. No nos engañemos. Los verdaderos ricos en la Iglesia son los santos. Si además de ser ricos en santidad, son ricos en dólares, mucho mejor. Con tal de que los pongan al servicio de todos.





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