NO DEJES DE VISITAR
GIF animations generator gifup.com www.misionerosencamino.blogspot.com
El Blog donde encontrarás abundante material de formación, dinámicas, catequesis, charlas, videos, música y variados recursos litúrgicos y pastorales para la actividad de los grupos misioneros.
Fireworks Text - http://www.fireworkstext.com
BREVE COMENTARIO, REFLEXIÓN U ORACIÓN CON EL EVANGELIO DEL DÍA, DESDE LA VIVENCIA MISIONERA
SI DESEAS RECIBIR EL EVANGELIO MISIONERO DEL DÍA EN TU MAIL, DEBES SUSCRIBIRTE EN EL RECUADRO HABILITADO EN LA COLUMNA DE LA DERECHA

sábado, 13 de marzo de 2010

Evangelio Misionero del Día: Domingo 14 de Marzo de 2010 - IV Semana de Cuaresma


Dios Padre espera ansioso el regreso de sus hijos

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 15, 1-3. 11-32

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo entonces esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde". Y el padre les repartió sus bienes.
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida inmoral.
Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.
Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
Entonces recapacitó y dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!" Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros".
Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo".
Pero el padre dijo a sus servidores: "Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado". Y comenzó la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso.
Él le respondió: "Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo".
Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: "Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!"
Pero el padre le dijo: "Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado"».


Compartiendo la Palabra
Por Pedro Garcia cmf

Por más que alguien se empeñe, no le será posible encontrar, en la literatura universal de todos los tiempos, una página como el capítulo quince de Lucas. Sólo por ella se le hubiera concedido, sin discusión alguna, el Premio Nobel de Literatura. Son incontables las lágrimas que ha hecho derramar. Es el retrato más espléndido que pintor o fotógrafo alguno haya podido sacar del rostro de Dios. Y éste es el Evangelio que la Iglesia nos propone en este Domingo de Cuaresma. Lo narramos —¡ay, quién lo pudiera hacer como el mismo Jesús, que le debió dar un todo fascinante!—, lo narramos, y después a meditar...
Jesús empezaba a estar harto de los fariseos, cuya mayor acusación era ésta:
- ¡Mirad a ése! Siempre rodeado de publicanos, prostitutas, de gente perdida, de pecadores reconocidos... ¡Hasta se sienta a su mesa para comer con ellos!...
En vez de discursos, aptos para el olvido, Jesús prefirió, para contestarles de una vez, recurrir a la parábola. Y esta vez le salió más que bordada. Se la vamos a oír a Él mismo.
* Un padre, dueño de una gran finca, tenía dos hijos. Y el más joven, soñador alocado, se le presenta un día:
- Padre, dame la parte de la herencia que me toca, pues me quiero ir de casa.
- ¡Hijo mío! Pero, ¿qué dices?
- Lo que oyes papá, que me voy. Estoy aquí más que aburrido. He aguantado hasta ahora. Soy mayor de edad, y hago lo que me viene bien.
El padre, con el derecho en la mano, reconoce la triste verdad. El muchacho es mayor, y puede irse. Como hijo menor, le toca una tercera parte de la herencia, y al mayor le quedan las otras dos. Y como no se puede llevar las tierras en el bolsillo, hace cuentas el padre, y al cabo de días, arreglado todo según la ley, le entrega en efectivo todo lo que le corresponde. Con el corazón desgarrado le da el último ¡adiós!, y sigue con ojos llorosos la marcha de aquel hijo que se pierde por el camino... ¡Hacia dónde irá!...
El muchacho se lo ha pensado todo. Me voy a una ciudad lejana, lejana..., donde nadie me conozca. ¡Lo bien que la voy a pasar!... Y, sí; la pasó muy bien. Como había mucho dinero en la bolsa, pronto vinieron los amigotes. Las amigas, contentísimas con aquel galán tan generoso. Pero el muchacho, por lo visto, no sabía sumar ni multiplicar, sino sólo restar. Iba saliendo el dinero a puñados, y no entraba en compensación ni un centavo... Hasta que se quedó sin nada. Los amigos le dejan solo: ¡Si tú no sueltas, la fiesta no te la hacemos nosotros!... Y las amigas: Si no pagas..., ¡tú verás!...
Sólo, abandonado, degradado por el vicio, muerto de hambre, no tiene más remedio que ponerse al servicio de un granjero brutal, que le encomienda el cuidar la piara de cerdos.
Y, al pronunciar Jesús la palabra “cerdos”, al auditorio, sobre todo a los escrupulosos e hipócritas fariseos, se les debieron estremecer los oídos y rechinar los dientes, porque el cerdo era un animal inmundo, prohibido por la ley. Un judío ni lo podía tocar. Y ahora, el chico se ve en la última degradación, cuando para poder vivir tiene que cuidar a los aborrecidos animales...
El amo le ha dado una orden criminal:
- ¡Y cuidado con comerte las bellotas y algarrobas de los animales! Son para ellos, no para ti. Tú, a contentarte con el pan que se te da...
Hambriento, lleno de mugre, triste, avergonzado de sí mismo, empieza a reflexionar:
- ¡Ay! Cuántos criados en la casa de mi padre están hartos de rico pan, y yo aquí me muero de hambre... ¿Y si volviera a mi padre?... ¡Me mata, después de lo que he hecho!... Pero, ¿si volviera a mi padre, con lo bueno que es?... Si llegara a casa, y le dijera: ¡Padre, perdóname! No soy digno de llamarme hijo tuyo, porque he pecado contra el Cielo y contra ti. Recíbeme, y trátame como a uno de tus jornaleros...
Y, dicho y hecho, hacia el padre que se va.
El padre sale cada tarde a otear el horizonte: ¡Por allí se fue mi hijo! ¡Si volviera algún día!...
Y aquel día se le empezó a anublar la vista. El corazón le decía más que los ojos.
- Aquel pordiosero que viene por allá... Pero, si parece él. ¡Si es él!...
Se le echa al cuello, se lo come a besos, y no le deja hablar cuando el muchacho empieza su discurso.
- ¡Padre, no soy digno de llamarme hijo tuyo!...
- ¡Cállate!...
Y a los criados:
- Tú, corriendo, tráele un vestido nuevo... Tú, unas sandalias. Mira cómo las trae destrozadas...
- ¡Pero, padre!...
- ¡Calla!, te digo... Y tú vete corriendo, matad el toro más gordo que tenemos en los establos, preparad un gran banquete, llamad a los músicos y danzantes, y organizad una gran fiesta, porque hay que celebrar la vuelta de este mi hijo, que lo creía muerto y lo veo resucitado, se había perdido, y lo he vuelto a encontrar...
Bueno, aquí me quedo. Ya sé lo que me van a decir todos ustedes, una vez oída esta mi desgarbada narración, que dista tanto de aquella del mismo Jesús. Ustedes me dicen: ¡Esto, ya lo sabíamos! ¡Hubiéramos preferido algún comentario sobre la parábola!...
Y no me mantengo en mi idea. ¡No; no lo quiero hacer! Primero, porque no sabría hacerlo. Y segundo, porque tampoco lo quiero hacer. Pues nadie tiene derecho a profanar, con palabras propias, la página más bella dictada por nuestro querido Jesús... ¡Dejémosla como está!

No hay comentarios: