Por Fray Marcos
Jn 01, 01-18
Anoche nos hablaba el evangelio de Niño, de pesebre, de pastores, de ángeles. En esta mañana nos habla del Verbo, Palabra preexistente, de Dios eterno y trascendente. Es una prueba más de que nos encontramos ante algo indecible. Curiosamente termina diciendo exactamente lo mismo: y la palabra se hace carne, Niño.
Los dos relatos, como buenos subalternos, te colocan ante el misterio, pero el que tienes que torearlo eres tú. Sólo tú puedes adentrarte en la realidad que está en ti, “más dentro de ti mismo que lo más íntimo de ti mismo”. Pero está ahí, y sólo tú puedes descubrir ese tesoro y disfrutar de él.
La encarnación sólo tiene realidad dentro de ti, como sólo tuvo realidad dentro de Jesús, no fuera en acontecimientos o fenómenos extraordinarios. Sólo dentro de ti y dentro del otro. Buscarlo en otra parte es engañarte.
Dice un cuento oriental: un señor que pasaba por la calle, ve a su vecino que está buscando algo enfrente de su casa. ¿Qué es lo que has perdido? Le pregunta. La llave de mi casa. Yo te ayudaré a encontrarla. Pasa media hora y la llave no aparece. ¿Pero donde la has perdido? Le pregunta el vecino. Dentro de casa. ¿Entonces por que la estás buscado aquí? Es que aquí hay más luz... Si no vivo lo que hay de Dios en mí, jamás lo descubriré ni en los acontecimientos ni en los demás ni en Jesús.
La encarnación sigue siendo el tema pendiente del cristianismo. Si no lo enfocamos como es debido, lo reducimos a una creencia mítica sin peso alguno en nuestra vida real. Aunque el domingo segundo de Navidad volvemos a leer este evangelio y lo explicaremos más ampliamente, voy a adelantar una frase, que puede aclararnos una idea básica.
En latín dice: “et Deus erat Verbum”. La traducción puede ser: “y Dios era la Palabra”. También podría traducirse por “un ser divino era el proyecto”, puesto que en esta frase “Deus” no lleva artículo.
En castellano también podemos traducir: “y la Palabra era Dios”. Pero debemos tener en cuenta que no se explica lo que es la Palabra por lo que es Dios, sino al revés. Se explica lo que es Dios por lo que es la Palabra.
Dios es el que se hizo hombre, y si se hizo hombre en Jesús, es que se hace hombre en todos los seres humanos. Por el contrario, si es Jesús el que se hace Dios, nosotros quedaremos al margen de lo que allí pasó. El despiste está asegurado.
No terminamos de creernos que Dios se ha hecho hombre, y hacemos decir al evangelio lo que nos interesa que diga. No es el hombre el que tiene que escalar las alturas del cielo para llegar a ser como Dios, ha sido Dios el que se ha abajado y ha compartido su ser con el hombre. Eso es lo que significa la encarnación.
Por medio de Jesús, podemos llegar a saber lo que es Dios. Pero un Dios que no está ya en la estratosfera ni en los templos ni en los ritos sino en el hombre...
Las consecuencias de esta verdad en nuestra vida religiosa serían tan demoledoras que nos asustan; por eso preferimos seguir pensando en un Jesús que es Dios, pero dejando bien claro que eso no nos afecta vitalmente a nosotros. Toda la parafernalia de una muerte sacrificial por nuestros pecados, ha surgido por no tener clara esta idea de encarnación.
Anoche nos hablaba el evangelio de Niño, de pesebre, de pastores, de ángeles. En esta mañana nos habla del Verbo, Palabra preexistente, de Dios eterno y trascendente. Es una prueba más de que nos encontramos ante algo indecible. Curiosamente termina diciendo exactamente lo mismo: y la palabra se hace carne, Niño.
Los dos relatos, como buenos subalternos, te colocan ante el misterio, pero el que tienes que torearlo eres tú. Sólo tú puedes adentrarte en la realidad que está en ti, “más dentro de ti mismo que lo más íntimo de ti mismo”. Pero está ahí, y sólo tú puedes descubrir ese tesoro y disfrutar de él.
La encarnación sólo tiene realidad dentro de ti, como sólo tuvo realidad dentro de Jesús, no fuera en acontecimientos o fenómenos extraordinarios. Sólo dentro de ti y dentro del otro. Buscarlo en otra parte es engañarte.
Dice un cuento oriental: un señor que pasaba por la calle, ve a su vecino que está buscando algo enfrente de su casa. ¿Qué es lo que has perdido? Le pregunta. La llave de mi casa. Yo te ayudaré a encontrarla. Pasa media hora y la llave no aparece. ¿Pero donde la has perdido? Le pregunta el vecino. Dentro de casa. ¿Entonces por que la estás buscado aquí? Es que aquí hay más luz... Si no vivo lo que hay de Dios en mí, jamás lo descubriré ni en los acontecimientos ni en los demás ni en Jesús.
La encarnación sigue siendo el tema pendiente del cristianismo. Si no lo enfocamos como es debido, lo reducimos a una creencia mítica sin peso alguno en nuestra vida real. Aunque el domingo segundo de Navidad volvemos a leer este evangelio y lo explicaremos más ampliamente, voy a adelantar una frase, que puede aclararnos una idea básica.
En latín dice: “et Deus erat Verbum”. La traducción puede ser: “y Dios era la Palabra”. También podría traducirse por “un ser divino era el proyecto”, puesto que en esta frase “Deus” no lleva artículo.
En castellano también podemos traducir: “y la Palabra era Dios”. Pero debemos tener en cuenta que no se explica lo que es la Palabra por lo que es Dios, sino al revés. Se explica lo que es Dios por lo que es la Palabra.
Dios es el que se hizo hombre, y si se hizo hombre en Jesús, es que se hace hombre en todos los seres humanos. Por el contrario, si es Jesús el que se hace Dios, nosotros quedaremos al margen de lo que allí pasó. El despiste está asegurado.
No terminamos de creernos que Dios se ha hecho hombre, y hacemos decir al evangelio lo que nos interesa que diga. No es el hombre el que tiene que escalar las alturas del cielo para llegar a ser como Dios, ha sido Dios el que se ha abajado y ha compartido su ser con el hombre. Eso es lo que significa la encarnación.
Por medio de Jesús, podemos llegar a saber lo que es Dios. Pero un Dios que no está ya en la estratosfera ni en los templos ni en los ritos sino en el hombre...
Las consecuencias de esta verdad en nuestra vida religiosa serían tan demoledoras que nos asustan; por eso preferimos seguir pensando en un Jesús que es Dios, pero dejando bien claro que eso no nos afecta vitalmente a nosotros. Toda la parafernalia de una muerte sacrificial por nuestros pecados, ha surgido por no tener clara esta idea de encarnación.
Meditación-contemplación
Dios es encarnación y se está encarnando siempre.
Esa verdad teórica, tengo que hacerla vida en mí.
Dios se ha hecho carne en mi propia carne,
Pero no es mi carne, sino mi Espíritu.
..............
Mi verdadero ser, lo que hay de mí más allá de lo biológico,
es el mismo Dios que fundamenta todo mi ser.
Si consigo olvidarme de “mí”, soy Dios.
Si me olvido de Dios, soy nada.
...............
Atrévete a atravesar el “desván” de tu falso yo.
No te importe el tiempo que tardes en conseguirlo.
No tienes prisa, es la tarea de toda tu vida.
Lo que descubras será la perla
que vale más que todo lo imaginable.
........................
Dios es encarnación y se está encarnando siempre.
Esa verdad teórica, tengo que hacerla vida en mí.
Dios se ha hecho carne en mi propia carne,
Pero no es mi carne, sino mi Espíritu.
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Mi verdadero ser, lo que hay de mí más allá de lo biológico,
es el mismo Dios que fundamenta todo mi ser.
Si consigo olvidarme de “mí”, soy Dios.
Si me olvido de Dios, soy nada.
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Atrévete a atravesar el “desván” de tu falso yo.
No te importe el tiempo que tardes en conseguirlo.
No tienes prisa, es la tarea de toda tu vida.
Lo que descubras será la perla
que vale más que todo lo imaginable.
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