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jueves, 29 de septiembre de 2011

XXVII Domingo del T.O. (Mt 21,33-43) - Ciclo A: No se inquieten por nada


Por P. Félix Jiménez Tutor, escolapio

En la bahía de Nápoles viven la medusa y unos caracoles. Cuando los caracoles son pequeñitos la medusa se los traga con avidez pero no los puede digerir porque están protegidos por la concha Los caracoles se adhieren con fuerza al interior de la medusa y poco a poco comienzan a comérsela. Cuando ya son grandes se han comido por completo a la medusa
Nosotros somos también como la medusa, con avidez nos comemos nuestros caracolitos y éstos poco a poco se nos comen por dentro.
Llámelo alcohol, ira, avaricia, depresión, preocupación, ansiedad… Poco a poco va creciendo y nos va mordiendo.
Vivimos agitados internamente y con el tiempo somos devorados desde dentro por ese caracolito de concha no digestible que albergamos en nuestro interior.
“No se inquieten por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión presenten a Dios sus peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias”.
Todos tenemos dentro un caracol que nos quita el sueño, que nos roba la paz, que nos produce úlceras, que nos impide saludar a los hijos, que nos pone tristes, que nos devora y ahoga.
¿Cómo ilusionar a la comunidad para vivir la fe en Jesucristo con alegría?
¿Cómo atraer a los alejados a la Iglesia?
¿Cómo hacer para que mi esposo/a supere los celos?
¿Qué hacer para que mis hijos no dejen la escuela?
¿Dónde encontrar un trabajo digno?
¿Y si tengo cáncer?
San Pablo nos dice hoy: “No se inquieten por nada”.
Según una encuesta reciente, el 40% de las cosas que nos preocupan nunca suceden; el 30% son cosas que ya pasaron y de nada sirve preocuparse; el 12% se refiere a la opinión que los otros tienen sobre mí; el 10% son preocupaciones sobre las enfermedades reales o imaginarias; sólo el 8% son cosas dignas, hasta cierto punto, de tomarse en cuenta. Y se solucionan con el esfuerzo humano.
No se preocupe por el próximo año. No ha llegado y no puede hacer nada.
No se preocupe por el destino de su equipo de fútbol. No puede hacer nada.
No se preocupe de lo que piensan de usted. No puede hacer nada.
“Presente sus necesidades a Dios y el Dos de la paz estará con usted”.
Lo que nuestra preocupación no puede conseguir se consigue por la oración y en la oración: la paz del espíritu y la liberación del peso inútil de la amargura.
Centrar las energías en lo que es “bueno, justo, verdadero, puro y amable”.
“Miren los pájaros del cielo que no”…
Dios se preocupa de nosotros. Oren en la tribulación, oren en las preocupaciones.
La oración es el antiveneno para destruir la concha no digestible del caracol que lleva dentro. Viva en la presencia del Dios de la paz.
Aquí venimos a muchas cosas, pero una muy importante es descansar en Dios, descansar del ajetreo de la vida y dejar la preocupación del ayer y del mañana en las manos del Dios de la paz y disfrutar de la paz que sólo Dios puede ofrecer.
“Escuchen otra parábola, otro cuento”.
El dueño de la viña es Dios. La viña, hoy, somos nosotros, esta comunidad del Pilar.
Es el cuento de la inversión y la alegría de Dios.
Dios no invierte su amor, sus promesas y su perdón en la bolsa de Wall Street.
Dios no invierte su palabra y su tiempo en casas o en joyas.
Dios no invierte la sangre de su hijo en negocios millonarios.
Dios invierte todo, apuesta todo, da todo en sus hijos, en nosotros.
Dios ha plantado su vida, su espíritu en el corazón de cada uno de nosotros, en esta comunidad, en su Iglesia.
Y cada domingo viene a visitar su viña, a ver cómo crece, a deleitarse con sus frutos.
Los frutos que espera son: justicia y fidelidad, amor y compasión, generosidad y perdón.
Tal vez no tenemos nada que ofrecer y no podemos pagar la renta. Dios tiene paciencia, pero volverá el próximo domingo a ver si su inversión de amor ha producido algún fruto.
Este cuento es también el cuento de la desilusión de Dios. La desilusión de una inversión inútil, de un amor no correspondido, de la falta de frutos.
Nosotros somos la viña mimada por Dios, no desánimo, nos da mil oportunidades para florecer.
Yo no quiero que el amor que Dios ha invertido en mí se malgaste. ¿Y usted?

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