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sábado, 29 de octubre de 2011

XXXI Domingo del T.O. (Mt 23,1-12) - Ciclo A: La autoridad



1. Situación

Es una realidad que nuestra cultura se balancea entre la necesidad de una autoridad protectora (el Estado providente, los curas salvadores y la tecnología omnipotente) y el rechazo de toda autoridad. Lo cual es significativo. ¿De nuestra libertad recién estrenada, demasiado adolescente?
De hecho, saber dar sentido a la autoridad es uno de los signos de la madurez. Reconocer que la autoridad es necesaria, pero desacralizarla y situarla como un servicio de personas humanas, como nosotros, sin más.
Hay muchos cristianos que miden su madurez de fe por el grado de anticlericalismo que tienen, lo cual es bastante infantil. Y hay cristianos -no menos infantiles- que miden su fe por la devoción que tienen al Papa y a los sacerdotes.

2. Contemplación

En el profetismo de Israel y de Jesús nunca se discute el principio de autoridad, sino su abuso.
La lectura de Mal 1-2 nos ayuda a superar ciertos miedos y culpabilidades que la educación tradicional nos ha inculcado sobre la autoridad en la Iglesia. En este sentido, cristianos progresistas y conservadores se parecen mucho: ambos dan demasiada importancia al sacerdote en la vida de la Iglesia.
Jesús nos ofrece un mensaje perfectamente aplicable a la Iglesia de hoy. Lo que dice de los letrados y fariseos en el judaísmo de la época refleja demasiado claramente, por desgracia, muchas situaciones de hoy. El cristiano, sea clérigo o no, siente la verdad desnuda de las palabras de Jesús.
Pero no basta reconocer el autoritarismo, especialmente a nivel de conciencias. Reivindicar la igualdad y el servicio nos implica a todos en actitudes de humildad. De lo contrario, ocurrirá lo que tantas veces: sustituimos un poder por otro, un protagonismo por otro.

Busquemos lo esencial de la autoridad de la Iglesia a la luz del Sal 130.


3. Reflexión

Busquemos actitudes nuevas y, a la vez, tengamos lucidez respecto a una Iglesia que queremos distinta. ¿Qué se puede hacer?

Comenzar, quizá, por reconocer la dificultad grave de crear un modelo de Iglesia, en que lo determinante no sea lo institucional, ni lo clerical, sino lo comunitario, lo testimonial y lo secular.

Continuar, quizá, por participar en las instituciones eclesiales en orden a una nueva distribución del poder: a nivel parroquial o diocesano. Para ello, hay que estar preparado. ¿No será necesario que el seglar estudie teología? El poder en la Iglesia está asociado a lo ideológico.

La mujer, especialmente, tiene un papel decisivo, pues el poder está en manos de clérigos célibes. Ella, mejor que nadie, puede desenmascarar la rigidez de comportamientos, los mecanismos de defensa de los varones célibes. Ella tiene, todavía, un sexto sentido para subordinar la racionalidad instrumental (la eficacia organizativa, la disciplina de los conceptos) a la riqueza inobjetivable de la vida.

Si hay participación, se superarán muchos fantasmas. Porque, con frecuencia, la rigidez de la autoridad en la Iglesia no es tanto problema de ambición de poder, como de miedo a lo nuevo e incontrolable, y falta de imaginación para suponer que la Iglesia puede subsistir perfectamente en estructuras distintas, más democráticas y plurales.

Poco a poco, encontraremos otros modos de estructurar los servicios en la comunidad; por ejemplo, que la mujer pueda ser ordenada y que el que preside la Eucaristía no centralice las responsabilidades.


4. Praxis

No me extraña que la mayoría de los seglares prefieran prescindir de esta problemática y centrar su vida en lo cotidiano. Sin duda, sigue siendo lo esencial. ¿Para qué meterse en nuestros «tinglados clericales»?

Algunos/as, sin embargo, sentirán la llamada a participar directamente en las instituciones eclesiales. No les será fácil su empeño. Deben saber que los cambios, muy probablemente, exigirán varias generaciones. Con todo, merece la pena, sin duda. Una vez más, lo que les dará fuerza y esperanza será aquello que motiva hondamente su compromiso: su amor humilde y lúcido para con la Iglesia.

Somos los religiosos/as y clérigos los que debemos hacer el primer esfuerzo por un modelo distinto de Iglesia. Al fin y al cabo, las palabras de Jesús se dirigen especialmente a los que tienen autoridad.