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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Amor, Fe y Ritual


Ron Rolheiser (Traducción Carmelo Astiz, cmf)


No es fácil mantener vivo el amor, al menos con constante fervor emocional. Malentendidos, irritaciones, cansancio, celos, heridas, diferencias temperamentales, falta de aprecio de lo que se tiene, y el simple aburrimiento, minan invariablemente nuestros márgenes emocionales y afectivos y, pronto, el fervor da paso a la rutina, la ranura se convierte en surco y el amor parece que desaparece.
Pero podemos fácilmente malinterpretar esto.

En primer lugar, el hecho simple de que la superficie de una relación parezca nublada por el malentendido, la irritación y el dolor emocional, no quiere decir que no nos amemos el uno al otro. El amor se asienta en un nivel más profundo, por debajo del flujo y reflujo de la irritación y del aburrimiento. Puedes estar dispuesto a morir por alguien, aun cuando en aquel mismo momento bulla el odio contra él en tu corazón.
John Shea, teólogo y escritor americano, en la serie brillante de homilías publicadas en “Liturgical Press”, nos ofrece un ejemplo maravilloso de esto. Comparte la historia de una mujer que acogió en su casa a su madre ya anciana, para ayudarle mientras se iba recuperando de un derrame cerebral. La hija atendía con esmero cada necesidad e su madre; sin embargo, en un momento dado, una dura pelea estalló por un incidente trivial sobre un huevo duro. En medio de su guerra particular de palabras, la madre preguntó a su hija: “De todos modos, ¿por qué estás haciendo todo esto por mí?”
Su hija respondió presentando una buena lista de razones. Nos cuenta ella: “Yo le tenía temor; quería que se recuperara; sentí que tal vez no le había cuidado lo suficiente cuando yo era más joven. Sentía la necesidad de mostrarle que yo era fuerte. Sentía la necesidad de que ella estuviera lista para volver a casa sola; ella era de edad avanzada, y así sucesivamente… Yo misma estaba atónita. Podría haber seguido dando razones durante toda la noche. Hasta ella estaba impresionada.
“Todo basura”, dijo mi madre cuando yo acabé.
“¿Basura?”, grité. Como si con aquel comentario ella hubiera cometido un gran disparate.
“Sí, pura basura”, repitió ella, aunque con voz un poco más calmada. Y aquel tono un poquito, poquito más suave me impresionó. Y ella prosiguió:
“No tienes por qué esgrimir todas esas razones. Nos queremos.Y vale. Eso basta”.
Si se da irritación, enfado y aburrimiento dentro de una relación de pareja, no significa necesariamente que el amor haya muerto, como ilustra esta historia. El amor se asienta a un nivel más profundo. Pero, ¿cómo tocamos ese nivel en medio de sentimientos menos-que-idílicos?
Lo hacemos a través del ritual. Nuestras vidas viviendo juntos, dentro de cualquier tipo de comunidad, se sostienen gracias a pequeños y grandes ritos que nos mantienen unidos, nos conservan respetuosos y nos hacen esperar con paciencia a través de los altibajos de la vida compartida. Por ejemplo: a veces nos saludamos unos a otros con verdadero afecto, pero a veces nuestros saludos apenas logran enmascarar nuestra irritación y nuestro aburrimiento. Pero… todavía nos saludamos mutuamente. Darnos los “Buenos Días” es un acto ritual, importante. Ese saludo expresa que nos amamos y nos preocupamos el uno por el otro, aun cuando eso no sea exactamente lo que podamos sentir en un día determinado. Lo mismo cabe decir del beso mecánico y superficial en la mejilla al saludarnos o al despedirnos, el abrazo ritual, la señal de la paz en nuestras iglesias y (especialmente) nuestro compromiso de sentarnos todos a la mesa en tiempos regulares para comer juntos y para otras re-uniones. Estos ritos son importantes, porque revelan con nuestra acción y nuestro compromiso lo que nuestros sentimientos a veces no pueden decir, a saber: “¡Te quiero! Aquí estoy para ti, aun cuando estemos los dos muy cansados, seamos super-conocidos, estemos demasiado pre-ocupados y atareados, y demasiado irritados por nuestras diferencias como para sentir mucho fervor en nuestro amor en este momento”. El ritual habla en nombre del amor, aun cuando necesite siempre ser apoyado por el mismo amor.
Lo mismo hay que afirmar con respecto a la fe. En la fe, justo como en el amor, hay una superficie y un fondo de apoyo. La realidad más profunda se sitúa en el fondo de apoyo y habríamos de estar preparados para una cantidad de terreno cambiante en la superficie.
En la aventura de nuestra fe habrá momentos de fervor, de calor emocional, de cálida seguridad; pero habrá también períodos, largos períodos, a veces amargos, en los que a nivel de superficie sentiremos sólo sequedad, aburrimiento, un sentimiento de que Dios está ausente, y quizás incluso una clara repugnancia para las cosas de Dios y de la fe. Esto no significa necesariamente que no nos esforcemos o que la falta de aprecio de lo que tenemos esté afectando nuestra fe. Podemos, como sugería tradicionalmente el gran escritor inglés Chesterton, intentar mirar a las cosas familiares hasta que parezcan de nuevo como no familiares, pero esto –como los místicos nos aseguran– no siempre remediará el problema.
La fe, como el amor, tiene que sostenerse por medio de ritos, por medio de actos rituales que permitan a nuestro compromiso y acción decir lo que no siempre podemos decir con palabras y con sentimientos. Y, gracias a Dios, nuestra tradición de fe nos proporciona estos rituales. ¿Cómo? Leyendo las Escrituras, participando en la eucaristía, rezando el oficio de la iglesia, rezando el rosario, recitando oraciones utilizando varios tipos de libros de oración, sentándose en silenciosa oración centralizada, y, lo más importante de todo, simplemente yendo a la iglesia regularmente. Todos esos ritos expresan abiertamente lo que la mujer, cuya historia hemos compartido, dijo a su hija: Más al fondo de todo eso, nos queremos. Y eso basta”.