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domingo, 20 de noviembre de 2011

XXXIV Domingo del T.O. - Ciclo A (Mt 25,31-46 ): EL REINO DE DIOS ESTÁ DENTRO DE NOSOTROS


No se trata de un anuncio de cómo será el final. Jesús nunca explica esos "cómos". (Entre otras cosas porque no lo sabe). La escena del Juicio Final precisa cuál es el contenido del juicio, no cómo será la escena del juicio. El contenido del juicio, su materia, es lo que le importa a Jesús.
Es importante recordar que este texto pertenece al género parabólico y una parábola – recordemos – es una narración inventada para comunicar un contenido, un mensaje. Así pues, hay que distinguir entre el envoltorio del mensaje, y el mensaje mismo.
El envoltorio es la escena del juicio, el juez, los ángeles, las ovejas y las cabras, las palabras del juez y de los juzgados, la herencia del reino preparado, el fuego eterno y sus ángeles... Son imágenes tomadas de la tradición de Israel, que Jesús aplica para que todos le entiendan.
El mensaje de Jesús es la materia del juicio, y esa sí que es revolucionaria, sorprendente, nueva, acorde con todas las líneas de fuerza del evangelio. Y se condensa en la frase "a mí me lo hicisteis".

La antigua línea del "misericordia quiero y no sacrificios" (Mt 9,13, citando a Oseas 6,6) culmina en esta espectacular afirmación: servir a Dios es servir al prójimo; no hay otra manera de servir a Dios que servir al prójimo. Y esto se subraya con la repetición en negativo de la misma afirmación: no servir al prójimo es no servir a Dios.
Para subrayar la importancia definitiva de este mensaje, que condensa toda la enseñanza de Jesús, se ha montado toda la escenografía del juicio de las naciones, de los ángeles, de la condena...
El sentido está muy por encima de interpretaciones tan superficiales como: "los malos irán al infierno", "al final, Dios será un juez implacable”... Todas esas maneras de interpretar no son más que aprovechamientos de predicadores superficiales para meter miedo al rebaño. El mensaje es mucho más profundo y mucho más sencillo: son de Jesús los que ponen la vida al servicio de los demás; los que no lo hacen, por más que digan o practiquen cultos, no son de Jesús.
Jesús no es rey. No es un rey como los reyes son reyes. El reino de Dios no es un estado. Recordemos algunas citas significativas
"Los que visten ropas delicadas están en los palacios de los reyes" (Mt.11,8)
"Los jefes de las naciones las gobiernan como dueños y los grandes hacen sentir su poder. No debe ser así entre vosotros. Al contrario, entre vosotros, el que quiera ser grande, que se haga vuestro criado… (Mt.20,20 y ss.)
Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros os debéis lavar los pies unos a otros. (Jn.13)
Jesús no es rey. Y Dios no es rey. Jesús revela a Dios más que nunca cuando se pone a lavar los pies y más aún cuando muere despreciado y "vencido" en la cruz. Dios es así, lo vemos en Jesús. Dios es el que da la vida por las ovejas.
La imagen del Todopoderoso, Rey de reyes y Señor de señores, Altísimo, Señor de los ejércitos, Gobernador del Universo, nos interesa poco. Nos interesa lo que hemos visto de Dios en Jesús. Y hemos visto a Dios enamorado, trabajando por sus hijos, capaz de dar la vida, puesto al servicio.
Mientras no nos cambiemos al Dios de Jesús, estamos lejos del Reino. El Reino de Dios está dentro, no fuera, está en la disposición de servir, está en la necesidad de agradecer el bien recibido, está en la idea clara de que “Dios no está pero sus hijos sí. Dios no está, pero yo sí estoy”
Esta "parábola" culmina y encierra a todas las demás. Un ejemplo, la del buen samaritano. Al sacerdote y el levita podría decir "me visteis desnudo y herido y no me ayudasteis; no os conozco". Y el samaritano, hereje y enemigo del Templo de Jerusalén, se extrañará de las palabras del Juez: "¿Cuándo te vi desnudo y herido...?". Y escuchará: "¿No te acuerdas del camino de Jerusalén a Jericó?"
Cristo tiene que reinar, es decir: las personas humanas tienen que ser liberadas del mal, tienen que vivir como hijos, tienen que conocer a su padre.
Podremos entronizar a Jesucristo en nuestras casas cuando no haya pobres entre nosotros, cuando vivamos respetando la naturaleza, cuando nuestras relaciones se basen en el respeto y en el perdón. Ese es el reino que está por construir.
Los judíos esperaban a un mesías-rey. Jesús se presentó como un mesías anti-rey. Jesús fue para aquellos judíos el anti-cristo, lo contrario que el cristo que esperaban.
El Reino de Dios es el anti-reino de los reyes de la tierra. Jesús es el anti-rey. Por eso no es bueno que le vistamos con atributos de reyes de la tierra, ni que celebremos nuestro culto con oros y sedas propios de los reyes de la tierra.
Jesús es el rey de la compasión, el rey del servicio, el rey de la consecuencia, el rey de la entrega. En todas esas cosas es rey. Y en ninguna de las que ostentan los poderes de este mundo.
Jesús tiene otros poderes. Jesús es capaz de curar, Jesús quita el hambre y la sed, Jesús puede con-padecer, Jesús tiene palabras que hacen vivir, Jesús puede preferir a los últimos, Jesús es capaz de sembrar, y de sembrarse, y de ser levadura y sal y lámpara, Jesús puede arriesgar la vida por los culpables, Jesús puede reconciliar, Jesús puede perdonar, Jesús tiene el poder de encontrar a su Padre en la oración, de conectar con el Padre sin dejar de ser verdadero hombre, Jesús tiene el supremo poder de dar la vida.
Jesús tiene el poder de la semilla, de la sal, del grano de mostaza, del vino, del pan. Esos son sus poderes, los que no tienen los reyes.
Y esos son los poderes de la Iglesia, nuestros poderes. Si ejercemos esos poderes, nosotros la Iglesia somos por un lado irresistibles y por otro lado, aborrecidos por los “otros poderes”.
En los tres primeros siglos la Iglesia era perseguida, no tenía poderes regios. Pero poco después los poderes de “el mundo” ya se habían instalado dentro de la misma Iglesia, la habían invadido... y actuaba con los mismos criterios que antes la perseguían. No repitamos el mismo error.
Algunas veces entendemos nuestra misión, nuestro trabajo de que “conozcan a Jesús” como un constante estado de predicación, de sermoneo, de controversia. Quizá sea el carisma de algunos, pero no es el carisma habitual. El carisma básico de la Iglesia, lo que le otorga máximos poderes, es ser, vivir con los criterios y valores de Jesús... silenciosamente, como la sal que sólo se nota cuando falta o cuando sobra.
El poder de lo cotidiano bien hecho. El poder de ser digno de confianza. El poder de ser un buen amigo. El poder de que se puede contar con nosotros. El poder de la humildad, de querer pasar desapercibido. El poder de interesarse, el poder de ser agradecido, el poder de no juzgar...
Esas cosas son las que tienen el máximo poder, poder de convicción, poder de invitación, poder de ser evidentemente satisfactorias. Vivir así es anunciar el Reino. A la Iglesia nos sobran hoy palabras sobre Dios y sobre Jesús. Todo el mundo nos oye, pero no ven en nosotros lo que veían en Jesús. No tenemos su poder.