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martes, 24 de diciembre de 2013

VIVIR LA ENCARNACIÓN DE DIOS EN JESÚS Y EN TODOS NOSOTROS


NOCHEBUENA (Lc 2, 1- 14)
En la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor.

Decía Heidegger: “Todo discurso sobre Dios que no proviene del silencio y no conduce al silencio, no puede ser auténtico”. La realidad que estamos celebrando, no debemos afrontarla desde el discurso racional, sino desde la vivencia personal. Es hora de poner en práctica lo que tantas veces me habéis oído: Dios viene de dentro, no de fuera.

Lo mismo que el domingo pasado, debemos tener en cuenta que el relato de Lucas no es una crónica de sucesos, sino teología narrativa que es algo muy distinto. Jesús vivió en un momento y en un lugar histórico, pero lo importante es que nos invitó a vivir la realidad de un Dios que no está atado a un tiempo ni a un espacio, sino que está siempre ahí.

Lo importante de este relato es la idea de Dios que trata de comunicarnos. La profundización no es nada fácil, porque exige una actitud personal de silencio y de escucha. Desde fuera, es muy poco lo que se puede ayudar a esta tarea.

Lo primero que quiere dejar claro el evangelista es, que Jesús se inserta plenamente en la historia universal. Nadie puede poner en duda su condición humana: hay un censo oficial al que están sujetos como cualquier mortal, sus padres. Pero importa poco que los datos sean o no exactos. Lo único que nos interesa es la intención de Lucas, es decir, conectar la buena noticia (evangelio) con Jesús que nace en un lugar y en un momento de la historia.

A nosotros hoy lo que de verdad nos cuesta es descubrir al Jesús humano que nos puede servir de modelo.

Para Lucas, de mentalidad helenista, Dios está en el cielo. Si quiere hacerse presente, tiene que bajar. Viene a salvar a los pobres y empieza por compartir su condición. La salvación se hará desde abajo. Pero solo la encontrará el que está en camino, el que está buscando, no los que están instalados cómodamente en este mundo. No lo encontrarán en el bullicio de las relaciones sociales del día, sino en el silencio de la noche.

Decir que es el primogénito, significa que, de entrada, está consagrado al Señor.

Los dioses tienen sus intermediarios. Estos se ponen en acción y quieren anunciar el acontecimiento. ¿Quién estará preparado para escucharlo? Sólo los pastores, la profesión más despreciada y marginada de la sociedad. La salvación se anuncia en primer lugar a los oprimidos. Los demás están descansando, dormidos; no necesitan ninguna salvación.

El anuncio es una buena noticia. Dios es siempre buena noticia. No hagáis nunca caso al que anuncie calamidades en nombre de Dios. La noticia es que Dios viene para salvarnos. “Os ha nacido un Salvador”. Los pastores salen corriendo. ¿Dónde podrán hallarlo? No será fácil encontrarlo. Alguna pista: un niño en un pesebre (comedero) semidesnudo y entre pajas, él mismo es alimento (apuntando a la eucaristía), acompañado por sus padres que no dicen nada. ¿Qué podrían decir? Además, cuando Dios decide enviar su Palabra a los hombres, resulta que nos envía a un niño que no sabe hablar.

La salvación es para todo el pueblo, no para los privilegiados del momento. No en Jerusalén, sino en la ciudad de David. Él viene a destronar a los poderosos, pero se presenta como uno de los pobres y oprimidos. Esto es la causa de la alegría en el cielo y de la alabanza a Dios en la tierra. Los pastores proclaman la buena noticia. Entre los que escuchan, sorpresa. Dios no sigue los cauces que los dirigentes y el pueblo entero esperan desde hace siglos. Dios se encuentra lejos de las instituciones, lejos del templo.

Con esto, el evangelista no está dando los primeros pasos de una biografía, sino poniendo los fundamentos de una teología. Un discurso sobre Dios, que Lucas identifica con una persona humana de carne y hueso.

Desde la perspectiva de lo que es una biografía en nuestro tiempo, tendríamos que decir: no sabemos nada; ni dónde nació, ni cuándo, ni cómo. Por el contrario, tenemos suficientes elementos de juicio para saber que no pasó nada extraordi­nario desde el punto de vista externo. Ni María ni José ni nadie se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo allí. Nació como todos los niños. Fue un niño normal. Un niño tan “divino”, como todos.

Cuando Jesús empezó su vida pública, decían sus vecinos: “¿No es este el hijo de José, su madre no se llama María, sus hermanos no viven con nosotros? ¿De dónde saca todo eso?”. En otra ocasión su madre y sus hermanos vinieron a llevárselo porque decían que estaba loco. ¿Se habían olvidado de los prodigios de su nacimiento?

Y sin embargo aquello era el comienzo de todo. Allí empezaba Jesús su andadura humana, que iba a ser capaz de hacer presente a Dios entre los hombres. Era Emmanuel (Dios-con-nosotros) y era Jesús (salvador). Nacimiento, vida y muerte de Jesús, forman una unidad inseparable. Es importante su nacimiento por lo que fue su vida y su muerte.

Hizo presente a Dios, amando, dándose, entregándose a los demás. Eso es lo que es Dios. Salió a su Padre. Es Hijo de Dios. Como pasó con todos los grandes personajes anteriores a él, se hace la biografía de la infancia desde la perspectiva de su vida y milagros.

No nos quedemos en las pajas y vayamos al grano. La importancia del acontecimiento se la tengo que dar yo, aquí y ahora. Dios no tiene que venir de ninguna parte, ni puede estar en ninguna parte más que en otra. Dios está donde nosotros le descubramos y le hagamos presente.

Dios está donde hay amor. Allí donde un ser humano es capaz de superar su egoísmo y darse al otro. Allí donde hay comprensión, perdón, tolerancia, humildad; allí está Dios. Dios no será nada si yo no lo hago presente con mi postura ante los demás.

El único objetivo de esta fiesta es que aprendamos a amar. Que aprendamos a salir de nosotros mismos y seamos capaces de ir al otro. El verdadero amor es el resultado del nacimiento de Dios en mí, en todo ser humano, en todo niño recién nacido; también en aquellos que en este momento están muriendo de hambre o de cualquier enfermedad perfectamente curable. Mueren porque nosotros preferimos adorar un muñeco de cartón, antes que aceptar que cualquier recién nacido es divino porque en él reside Dios.

En la liturgia de la noche se destaca sobre todo la sencillez de esa presencia de Dios. Un niño unos pastores, un pesebre. Dios llega a nosotros de una manera callada, sin ruido, en la noche y sin más testigos que unos padres primerizos asustados.

La mejor manera de sacar provecho de esta vigilia, sea el seguir con atención la celebración y, con sencillez, dejarnos empapar de las profundas ideas que se van desgranando en ella.