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martes, 17 de enero de 2012

CÓMO FUE QUE SEGUIMOS A JESÚS: Crónica de María de Magdala



- Aquel primer día que pasamos con él fue decisivo. Ninguno de nosotros sabía bien en qué extraña aventura nos estábamos embarcando cuando dejamos atrás casa y redes y nos fuimos tras él…”

Era Santiago el del Zebedeo quien hablaba, sentado en medio del grupo de los que seguíamos a Jesús, en una larga y calurosa tarde a orillas del lago. Conversábamos a la espera del Maestro que, según su costumbre, se había retirado al monte a orar.

- Aquella jornada en Cafarnaúm (Mc 1,21-38), siguió diciendo Santiago, nos dejó vislumbrar algo de lo que ahora estamos viviendo junto a él. Era sábado y por la mañana fuimos a la sinagoga y escuchamos la lectura del profeta Isaías: “El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente" (Is 11,8).

Al acabar el día recordé estas palabras y pensé que era lo que había visto hacer a Jesús: al liberar al endemoniado de la sinagoga, al curar a la suegra de Pedro poseída por la fiebre y durante la larga tarde rodeado de una muchedumbre de enfermos que buscaban tocarle, se estaba adentrando en el oscuro ámbito de los poderes del mal con la tranquila confianza de los niños.

Cuando de madrugada se levantó mucho antes que nosotros y se marchó a orar, supimos de dónde procedía aquella fuerza suya, aquella atracción sin límites por la gente más doliente y abandonada”.

- Cuando le vi de pie delante de la mesa donde cobraba los impuestos, yo no sabía apenas nada de él, dijo Leví (Mc 2,13-14). Desde mi condición de publicano, soy consciente de cuánto desprecio y hasta odio suele reflejarse en los ojos de quienes se me acercan; por eso me quedé asombrado cuando sentí que aquel desconocido me miraba con franqueza y cordialidad, sin asomo de reproche ni de juicio, como un amigo que se dirige a su amigo. “Leví, te necesito, vente conmigo”, me dijo. Y mi primer estupor no me impidió levantarme de mi mesa y aceptar, deslumbrado, la ocasión de comenzar una nueva vida.

– Yo en cambio me resistí al principio a seguirle, confesó Tadeo. En un primer momento de generosidad le dije: «Te seguiré a donde vayas», pero cuando le oí decir que tenía que estar dispuesto a vivir itinerante y a no contar ni con un lugar donde reclinar la cabeza (Lc 9,57-58), me eché atrás. Cuando volví, pensando que me rechazaría por mi actitud cobarde, él puso su mano sobre mi hombro y me dijo sonriendo: «Ahora eres como un pájaro sin nido pero no tengas miedo, estás conmigo»…

Le tocaba el turno a Natanael:

– A mí vino a buscarme Felipe para decirme ¡nada menos que había encontrado al Mesías y que venía de Nazaret! (Jn 1,44-51). Como supondréis, me eché a reír de aquella noticia disparatada pero, para no enfadar a Felipe que tiene muy mal genio, acepté ir a conocer al “Mesías”.

Cuando me vio llegar ¿a que no sabéis lo que le oí decir? ¡Que yo era un verdadero israelita sin doblez! La verdad es que me sentí halagado de que dijera eso, pero lo que afirmó después me dejó estupefacto: «Antes de que te llamara Felipe, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». No puedo revelaros lo que aquello quería decir, es un secreto entre Jesús y yo, pero en aquel momento decidí que quería vivir siempre junto a aquel hombre que conocía hasta lo más oculto de mi vida.

– Yo estaba cerca de Juan el Bautista cuando le oí decir algo sorprendente acerca de un hombre que pasaba: «Ahí va el cordero de Dios » (Jn 1,35-39). ¿El cordero de Dios? Era un extraño título que me hizo pensar en el Siervo de Yahvé del que habla Isaías (Is 53).

Miré a Andrés y vi que estaba tan intrigado como yo, le hice un signo en silencio y nos fuimos detrás de él. Debió darse cuenta de que le seguíamos pero no se dio la vuelta, y nosotros no nos atrevíamos a adelantarle. De pronto recordé a Moisés queriendo ver el rostro del Señor pero sin poder ver más que su espalda (Ex 34, 23).

Luego, inesperadamente, el desconocido se volvió y nos preguntó: “¿A quién buscáis?”. No supimos qué decir y contestamos con otra pregunta que era una evasiva, porque no nos atrevíamos a confesarle que era a él a quien buscábamos: “Maestro ¿dónde vives?” “Venid y ved”, respondió, como si fuera lo más natural encontrar gente que quisiera seguirle. Nos fuimos con él y nos quedamos todo el día. Así empezó todo.

Por fin me animé también yo a intervenir:

– Vosotros sabéis de mí que soy de Magdala y yo sé que conocéis los rumores que circulan allí sobre mi pasado. También imagino que, cuando no estoy presente, habréis preguntado al Maestro por qué ha aceptado en su seguimiento a alguien como yo.

A mí él no me ha llamado como a vosotros, pero yo vivía desgarrada y rota en mi interior, entregada a poderes extraños, y el encuentro con Jesús fue para mí el momento en el que mi vida comenzó a pertenecerme y en el que conseguí firmeza y seguridad. Sentí que por fin podía existir sin más, sin que el peso del juicio de otros me aplastara y sin que mis propios temores me retuvieran encadenada.

Vosotros le habéis seguido porque él os ha llamado, yo le sigo porque no existe ningún otro lugar en el mundo en el que yo pueda vivir, y lo sé con el mismo instinto que enseña a las golondrinas a seguir al verano.

Interrumpí mi confesión porque alguien avisó de que volvía Jesús. Creo que ellos no comprendieron lo que yo había querido decirles, pero al menos mis palabras se quedaron suspendidas en el atardecer, mientras las golondrinas rozaban con su vuelo las aguas tranquilas del lago.