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domingo, 15 de enero de 2012

Domingo II del tiempo ordinario: Una oferta sin descuentos


Publicado por Entra y Veras

Nos encontramos en plena cuesta de enero, justo en el ecuador del mes. Atrás han quedado las luces, los turrones, los regalos… Hemos entrado, se supone, con la mejor actitud posible en la rutina, en el día a día y, para los estudiantes, se acercan las horas del “suplicio”. Pero, no todo está perdido, estamos en rebajas. La dinámica del comercio nos mete de nuevo en su círculo con el fin de despertar en nosotros la necesidad de comprar con el único motivo de que es barato. La mayoría de los establecimientos ofrecen sus descuentos cada vez mayores a medida que avanza la temporada.No pocos pueden pensar pícaramente cómo es que en la Iglesia no hay rebajas después del apretón espiritual de la Navidad y antes de que llegue la Cuaresma, temporada alta para los amantes de la espiritualidad más carca. En no pocas ocasiones se ha pretendido, y aún hoy se sigue haciendo por parte de algunos, ofrecer rebajas espirituales o no sé qué tipo de mercadeos penitenciales con el iluso fin de atraer más fieles a sus movimientos, o de reclutar más vocaciones a los conventos y seminarios, pero, curiosamente esa táctica ruin no es sino dar gato por liebre, pues el pseudo-fervor espiritual no tarda en esfumarse como lo hace el gas de un vino espumoso. Seamos honrados, el evangelio no admite rebajas. En la Iglesia no hay descuentos. Y con esto no estoy hablando de rigorismo sino de radicalidad. Seguir a Jesús implica abandonarlo todo, dar el salto con la confianza de caer en los brazos del Padre Dios. No olvidemos lo que hemos celebrado hace unos días: Él se abajó por medio de Jesús y nos otorgó el gran regalo: la salvación y lo hizo sin descontar ni ahorrarse una sola gota de sangre, con el fin de ya que no hiciesen falta más sacrificios, y nuestra preocupación fuese para siempre ser y hacer a los demás felices comunicándoles este mensaje de alegría, que sostiene nuestra vida de fe.

loVenid y lo veréis. Fueron, vieron donde vivía y se quedaron con Él aquel día. ¿Y después? No sabemos qué es lo que pasó, ni qué es lo que vieron, pero sí sabemos las consecuencias de aquel encuentro. Su vida se transformó totalmente. Ellos eran discípulos de Juan Bautista pero se sienten atraídos por este personaje misterioso que tantas alabanzas recibe de su maestro. La primera consecuencia que podemos extraer es que la contemplación nos pone en movimiento. Quien le reconoce por la fe, no puede ya dejar de estar atento a su Palabra, es decir, de seguirlo para siempre. No podemos separar en ningún momento la experiencia espiritual del comportamiento ético. No es algo que se imponga, sino que vivir de la misma forma que él vivió es esencial a la experiencia de fe y de seguimiento: vieron y se quedaron.

Todos los bautizados un día “vimos” y, si aún no lo hemos hecho, tenemos que ponernos en movimiento comprometiéndonos. Dios no nos llama en primer lugar a desempeñar una tarea determinada, sino a la plenitud, a nuestra realización. Desgraciadamente usar la palabra “vocación” produce olor a rancio o a convento. No solo tenemos vocación los frailes o las monjas. Todos estamos llamados a desplegar lo mejor de nosotros mismos en beneficio de los demás y alcanzar así esa plenitud que Dios nos pide. Lo que está en nuestra mano es construir, con nuestras obras, con nuestra palabra y con nuestra vida, espacios donde los otros puedan sentirse bien, que puedan “venir y ver”. No se trata de hacer turismo sino de quedarse, de implicarse. Cierto es que muchas veces somos nosotros los que no sabemos comunicar la alegría que nos aporta el seguimiento de Jesús.

En este tiempo de rebajas y en todos los tiempos seguimos a un Dios que se abajó, ojo no se rebajó, y como vamos a ir viendo en los siguientes domingos, es el Dios de lo que no cuenta, de los mercadillos y no de las boutiques de lujo; de los márgenes de los caminos, en vez de las grandes superficies espirituales de la época. Este es el Dios que atrapó el corazón de Andrés, y el de Simón Pedro y que nos ha de atrapar a cada uno de nosotros en cada momento, de tal forma que podamos decir de todo corazón, como el salmista, sin buscar ni la ganga, ni la rebaja: Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)