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sábado, 14 de enero de 2012

II Domingo del T.O - Ciclo B (Jn 1,35-42): Haz silencio y escucha

Por P. Félix Jiménez Tutor, escolapio

Una señora decía tener un problema de audición y cada vez que se reunía con sus amigas tenía que preguntarles de qué hablaban.
Un día decidió ir al especialista del oído para hacerse un examen. El doctor le dijo que tenía los medios más modernos pero que iba a usar el medio tradicional. Sacó su reloj del bolsillo y le preguntó si podía oír el tictac del reloj.
Por supuesto, lo oigo muy bien, le contestó.
El doctor se alejó unos siete metros y, de nuevo, le preguntó si seguía oyendo el tictac.
Sí todavía lo puedo oír, contestó.
El doctor salió del despacho y le preguntó: ¿y ahora oye el tictac?
Sí, lejano, pero lo oigo.

El doctor se sentó frente a la señora y le dijo: Su problema no es de audición. Su problema es de escucha. Usted no sabe escuchar.

Dios no te deja mensajes en la grabadora ni te envías faxes ni emails ni sabe el número de tu celular pero Dios sabe tu nombre y te llama por tu nombre. Te dijo un día en tu bautismo: Ricardo, tú eres mi hijo, yo te quiero. Y te lo sigue diciendo también hoy.

Ya sé lo que estás pensando. Yo sí que conozco el canto del grillo y distingo la bachata del merengue y distingo el acento aragonés del castellano y reconocería su voz entre miles de voces pero la voz de Dios, eso sí que no. Nunca hemos cruzado palabra.

Dios no habla como yo, pero habla.

Dios no llama a la puerta de los apartamentos como yo, pero llama a la puerta de tu corazón.

Y es que Dios no está en la superficie de las cosas, de las palabras o de las miradas, Dios está en la profundidad de tu vida y de tu ser. Ahí has de encontrar su voz, su llamada y su amor. En la profundidad.

Dios llamó al joven Samuel cuatro veces mientras dormía. Y como no conocía la voz de Dios fue a Elí, el sacerdote, y le dijo: "Aquí estoy, ¿para qué me llamaste? Era la única voz que conocía y quería ponerse a su disposición. Elí le dio esta consigna, si vuelves a ser llamado contesta: "Habla, Señor, que tu siervo escucha".

Samuel creció y el Señor estaba con él. Y todo lo que el Señor le decía se cumplía:"

Primera Consigna. Deja hablar a Dios.

Dios sí habla y Todo habla de Dios. No ahogues ni apagues la voz de Dios con tus excusas, con tus mentiras, con tus discursos, con tus pecados.

¿Verdad que a veces hablamos y hablamos para impedir que el otro hable? No nos interesa escuchar su versión. Muchas veces nosotros le tapamos a Dios la boca con nuestra palabrería, con nuestro cumplimiento externo, con nuestras oraciones y rutinas religiosas.

No le tapes la boca a Dios. Déjale hablar.

Segunda Consigna. Haz silencio y escucha

El que busca el dinero conoce su voz y su color. Sufre y lucha por conseguir más y más.

El que busca el placer y la juerga conoce su voz, su calor y sabe donde encontrarlo.

El que tiene una necesidad remueve cielo y tierra hasta solucionarla.

El que tiene hambre de la Palabra de Dios, hace silencio y escucha al Dios que habla.

Habla, Señor, que tu siervo escucha. Apaga la radio, la televisión, la música... haz silencio y busca en tu interior hasta encontrar la imagen y la voz de Dios en tu profundidad.

Tercera Consigna. Ten valor

La llamada de Dios, tal vez, quiere cambiar el rumbo de tu vida.

Dicen que las dos palabras que la gente quiere oír son: te quiero y es benigno, (su cáncer es benigno). Ten valor para escuchar el veredicto de Dios. Es más que benigno, es fantástico.

Cuarta Consigna. Necesidad de la mediación

Necesidad de un guía espiritual. Samuel dejó hablar a Dios, escuchó, obedeció a Elí, su guía, obedeció a Dios.

En el evangelio, Juan Bautista es el guía espiritual, el mediador, el que señala a Dios. "Éste es el Cordero de Dios". Y sus discípulos siguieron, -compromiso-; vieron –fe-; se quedaron –respuesta-; cambiaron- -Simón-Pedro-.

Nuestra misión: ser eslabón de la cadena de los llamados, ser conexión entre las personas.