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jueves, 23 de febrero de 2012

“¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”


Por ÁNGEL APARICIO, CMF
Publicado por Vida Nueva

Gritos de muerte y de gloria: el Salmo 22, una oración para la Cuaresma

El próximo día 22, Miércoles de Ceniza, dará comienzo la Cuaresma, tiempo de postrarse silenciosos y sobrecogidos ante el misterio de la muerte; pero también un camino hacia la Pascua. A punto de emprender la travesía cuaresmal, estas páginas nos invitan a entonar el Salmo 22, con sus gritos de muerte y de gloria.
Y lo hacemos con el salmista, con Jesús y con cuantos, a modo de oración, hallan en sus palabras desahogo y esperanza. “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”, clamó el propio Jesús en la cruz, haciendo suyo así el salmo de nuestra meditación, que, desde entonces, será para siempre el de todo mortal.
¿Cuáles fueron las últimas palabras de Jesús en esta tierra, mientras pendía de la cruz? La respuesta es distinta según nos fijemos en un evangelio o en otro. Llegada la hora de la muerte, Jesús dijo: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”; es decir, pronunció las primeras palabras del Sal 22, 2.
Es la información que encontramos en Mateo (27, 46) y en Marcos (15, 34). Según san Lucas, Jesús clamó con voz potente y dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46; cf. Sal 31, 6). Según san Juan, las postreras palabras de Jesús fueron: “Está cumplido” (Jn 19, 30). Esta divergencia nos permite la conclusión siguiente: nunca sabremos qué dijo Jesús antes de morir.
Es posible que tan solo diera un fuerte grito (cf. Mt 27, 50; Mc 15, 37; 23, 46), o que dijera: “Tú eres mi Dios”. Si dijo esto, se explicaría que algunos de los presentes entendieran que el crucificado estaba llamando a Elías (Mc 15, 35). Fonéticamente, es escasa la diferencia entre “Tú eres mi Dios” (Elî attha) y “Elías, ven” (‘eliya tha). El dato histórico, sin embargo, es poco interesante. Lo importante es constatar que tanto Mateo como Marcos recurren al Sal 22 para explicar el mensaje de la cruz. Se escuchan en este salmo gritos de muerte y de gloria.

Plantarle cara a la muerte

En el salmo ora el hombre prototipo de todo hombre: el hombre que vive su muerte muy de cerca y muy de veras. Le ha plantado cara a la muerte. El careo ha engendrado abandonos y tenues esperanzas, recordatorios del pasado y lúgubres descripciones del presente, imperativos y deseos, débiles deseos que se asoman al futuro. Después llegaron otros hombres con el mismo peso mortal que el salmista. Se adentraron en la primera composición (vv. 2-22) y añadieron nuevas perspectivas: la comunitaria (vv. 23-27) y la universal (vv. 28-32).
En lo sucesivo ya no es el salmo de un único mortal, sino de todos los mortales; no es el abandono de un moribundo, sino de todos los moribundos. Pero, a la vez, en el amplio horizonte, ha ido creciendo la esperanza cierta de la vida.
¿Será un espejismo de este tedioso trashumante que es el hombre? Mira la cruz de Cristo, mira la muerte de quien se hizo obediente hasta la muerte –y muerte de cruz–, y verás que no hay engaño. Así como en los ojos de Jesús, apagados a la luz de este mundo, lució el Sol de la vida, cuando nuestros ojos se entornen al borde de la tumba, ¿no se abrirán allende la muerte, en la ancha y espaciosa Vida, en la Vida de nuestra vida?
Nos disponemos a celebrar la Cuaresma. Es tiempo de postrarse silenciosos, sobrecogidos, ante el misterio de la muerte. La carne de Jesús, que clama herida de muerte, es hermana de mi carne. El sufrimiento mortal, el abandono, el triunfo de los enemigos, la cercanía de la muerte, el desgarro de la carne y la muerte misma, todo esto lo vivió el Hijo del hombre por ser hijo del hombre.
La carne de Jesús, que clama herida de muerte,
es hermana de mi carne. El sufrimiento mortal,
el abandono, el triunfo de los enemigos, la cercanía de la muerte,
el desgarro de la carne y la muerte misma.
Jesús está estrechamente unido a nosotros por la carne y por el sepulcro. La muerte lo acorraló, como perro a su presa. En su carne se desgranaron gritos con lágrimas, dirigidos a quien podrá salvarle de la muerte (Heb 5, 8).
Fue su grito una pregunta y su dolor sumo el abandono. “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”, gritó Jesús. Hizo suyo el salmo de nuestra meditación, que será para siempre el poema de todo hombre que se muere.
La Cuaresma es tan solo un camino hacia la Pascua. Mientras vamos de camino, entonamos el Sal 22, con sus gritos de muerte y de gloria. Es nuestro salmo, por ser el salmo de todo mortal. En el Sal 22 nos encaramos con la muerte. En la muerte vivimos el desgarro de la carne, mientras nos agarramos a Dios. Lo hacemos con el salmista. Lo hacemos con Jesús y con cuantos en este salmo hallen desahogo y esperanza.