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viernes, 10 de febrero de 2012

VI Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 1,40-45): La lepra y ese otro mal


Por Alessandro Pronzato

Sentido de impotencia

El hablaba de la lepra y los leprosos. Especificaba que ciertas enfermedades graves de la piel se clasificaban bajo el nombre de lepra. Explicaba que el leproso tenía la obligación de mantenerse lejos de los lugares habitados, porque era considerado portador de contagio, maldito. En una palabra, una especie de excomunión, tanto civil como religiosa.

Pero yo no lo seguía. Quedé clavado en la primera frase: «Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o mancha en la piel...».

La semana pasada había ido a visitar a una pariente mía en el hospital. No logré sostener, ni siquiera por un instante, su mirada perdida e interrogante. Si hablaba, decía cosas banales, que me avergonzaban. En las largas pausas en silencio, era difícil establecer quién de los dos estaba más incómodo.

Ella, probablemente, quería hacerme alguna pregunta, pero quizás no se atrevía por temor a saber la verdad. Hubiera querido cerciorarme de lo que ella sabía acerca de su enfermedad, pero no lograba encontrar las palabras adecuadas. La conversación se trababa continuamente, por una parte y por otra. Una situación penosa.

Al fin la acompañé hasta abajo, a los subterráneos, iluminados por espectrales luces de neón y señalizados con carteles inequívocos. Tenía que someterse a la sesión periódica de radiaciones. Me ha dicho: «Esperemos que sirvan para algo, después de estar tan enferma...». Le he dicho: «Esperemos...», y he añadido algunas tonterías acerca de los «enormes progresos» conseguidos por la ciencia médica en ese campo.

He salido descompuesto, desilusionado, apesadumbrado. Estaba dominado por un sentido de impotencia, derivado no sólo del hecho de no poder hacer nada, sino también de no tener nada que decir. Palabras sin sentido. Cada frase, cada escapatoria, una manera de eludir el problema.


Muro de separación

Si entre el leproso y el mundo de los sanos, o presuntos, se levantaba una barrera infranqueable, hay que reconocer que también hoy, entre el que está herido por ese mal gravísimo y las personas cercanas, los mismos familiares, se crea un muro de incomunicabilidad.

Cada uno permanece cerrado o en la propia angustia, miedo y hasta desesperación, o también bloqueado en el propio silencio que puede parecer complicidad.

Se juega por las dos partes, sin excesiva convicción, un absurdo juego de ficciones. «...Ya verás como sales adelante... faltaría más...». «Cuando me ponga bueno...».

Uno se engaña y se busca engañar. Con frecuencia se llora en la sala contigua, pero difícilmente las lágrimas se encuentran y se funden. Se nos niega un desahogo, se reprimen las ganas de gritar, por temor de hacer daño al otro.

El domingo, mientras iba a la iglesia, apesadumbrado por el recuerdo aún tan vivo, alimentaba la leve esperanza de que el cura tocase el tema. Pero no. Me doy cuenta de que es absurdo pretender que el predicador responda a nuestros interrogantes más angustiosos, que intuya las tempestades que se desencadenan en nuestro ánimo. Y sé muy bien que la lepra representa un terrible flagelo que todavía hoy hiere a numerosos desgraciados. Y es necesario, urgente, sensibilizar a la gente de buena voluntad acerca del problema y conseguir el dinero necesario para practicar las terapias que pueden vencer esta terrible enfermedad.

Pero precisamente el discurso sobre la lepra podía ofrecer, sin forzar las cosas, la ocasión para hablar de esa otra «fea enfermedad» (nos asusta tanto que ni siquiera nos atrevemos a llamarla por su nombre, por el temor de incitarla todavía más y desencadenar su crueldad), que afecta a muchos de nosotros, sea directa o indirectamente, poco importa (amigos, familiares, conocidos: en cada caso, la asumimos como una afrenta personal).


¿Por qué el predicador duda afrontar al Dragón?

Jesús no ha dudado en romper la barrera de separación, en tirar el muro de exclusión. El, contra todas las normas, se ha acercado al leproso, sin adoptar particulares precauciones.

¿Por qué el cura no tiene el coraje, al menos alguna vez, especialmente cuando la liturgia le ofrece ocasión, de acercarse, con palabras oportunas, al hermano que sospecha que tiene anidado lo que el padre David M. Turoldo llama «el Dragón»?

Quiero decir: ¿por qué no tiene el coraje de hablar de ello, con extrema delicadeza, manifestando también una intensa participación? Estoy seguro de que muchos parientes agradecerían que en la iglesia, con discreción y sin retórica, se tirase el muro de separación.

No pretendo que el cura nos facilite respuestas, y menos aún que nos ofrezca explicaciones (que no existen). Pero al menos que hable, eso sí. A lo mejor balbuceando, gesticulando, tropezando, con un nudo en la garganta. A lo mejor confesando honestamente que no tiene soluciones prefabricadas, que también él anda a tientas en la oscuridad en contacto con ciertos dramas, que también a él le dan ganas de gritar y protestar al contacto con ciertas realidades perturbadoras.

Jesús ha enviado al leproso curado a los sacerdotes. Hoy, probablemente, mandaría a los innumerables enfermos no curados, que quizás no curarán, a los sacerdotes, para que éstos se contagien del sufrimiento, de las angustias, de las dudas lacerantes de tanta gente.

Para que la predicación dominical no vuele sobre nuestras cabezas, como sucede con frecuencia, sería necesario que el predicador se esforzase por lanzar la mirada a nuestros corazones, para leer en ellos las penas, las turbaciones, las amarguras indecibles y las protestas.



Propuesta para una peregrinación diaria al santuario del dolor

Pero el discurso se afronta remontándose a las causas, y sin aterrizar. Antes, por lo que recuerdo, y me cuentan mis viejos, el párroco tenía dos citas fijas por la tarde: la visita al santísimo Sacramento y la visita a los enfermos del pueblo.

Hoy no sé. Hoy se organizan peregrinaciones a Lourdes, jornadas del enfermo. Pero cada día la casa del enfermo debería ser «lugar» de peregrinación para el cura. Dígase lo mismo respecto a los ancianos, especialmente esos obligados a la inamovilidad y huéspedes de un asilo.

Sólo este contacto diario rompe el aislamiento de tantas personas sufrientes y permite al cura hablar de la realidad de la enfermedad (y de las situaciones que crea y de los problemas que plantea), no vagamente, sino con conocimiento de causa.

Desgraciadamente los muros de separación y las zonas de exclusión donde están confinados los «leprosos» de nuestra sociedad, se multiplican de una manera preocupante. Y la prisa, la maldita falta de tiempo, y mil otras justificaciones inventadas hacen lo demás.

En la iglesia, casi todos los domingos, nos toca oír hablar de un Jesús que cura, que se conmueve ante los sufrimientos de los enfermos de todo género. Sobrevolando con frecuencia sobre lo que Jesús ha indicado como sector específico de la misión de sus apóstoles, el cuidado de los enfermos.

Sólo me queda desear a los curas muy ocupados dejarse contagiar finalmente de los «leprosos» esparcidos por nuestras casas. Pablo dice: «No deis motivo de escándalo...». Escándalo me parece que hace referencia a la piedra que nos hace tropezar. Así pues, si el cura no quiere ser ocasión de escándalo, debería «tropezar» él en la enfermedad de los otros, en la realidad «escandalosa» del mal, comprendido ese tan grave.

Estoy seguro de que hoy Jesús invertiría ese mandato: No diría al leproso: «Ve a presentarte al sacerdote». Ordenaría más bien al sacerdote: «Ve y asegura tu presencia junto al lecho del enfermo. Aunque no tengas la capacidad de curarlo, siempre te queda la posibilidad de no dejar morir la esperanza». ¿Quién ha inventado el «complacer»?

Apostilla final. Estaba a punto de litigar de nuevo con san Pablo. Sucedió cuando le he oído decir: «Yo procuro contentar en todo a todos». Me he dicho: Se ve que la enfermedad del «complacer» que aflige a muchos hombres de Iglesia, a todos los niveles, se les ha inoculado precisamente por el apóstol.

Protestaba dentro de mí: no lo acepto, no estoy de acuerdo. Cuando uno se preocupa de complacer a todos, termina por perder su rostro, se hace irreconocible, envilece la misión. Agradar a todos significa no agradar al Maestro. Agradar a todos significa rebajar las exigencias del evangelio.

Pero después el cura ha aclarado el asunto: la frase imputada a Pablo se entiende en este sentido: me esfuerzo por estar disponible para todos.

Y entonces me tranquilicé. La cosa, aclarada así, la acepto. Con tal de que la disponibilidad del cura no excluya el dolor de tantos que se encuentran escasos de esperanza y esperan una palabra...