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sábado, 11 de febrero de 2012

Dom 12 2 12. (a) El leproso, un maestro de Jesús


Publicado por El Blog de X. Pikaza

Dom 6 tiempo ordinario. Ciclo B. Mc 1, 39-45. Éste es uno de los textos más significativos del evangelio de Marcos, por tres razones principales, que iré presentando en los tres posts que siguen:

a. "Milagro escandaloso", porque Jesús cura, es decir, introduce en su comunidad a un hombre impuro, un rechazado social. ¿Qué pureza tiene una Iglesia donde caben los manchados?

b. "Milagro extraño", porque Jesús se irrita y se enfada con el leproso curado, y le manda mantener silencio y presente a los sacerdotes. ¿Qué sentido tiene un Jesús airado?

c. "Milagro contraproducente", porque el curado obedece a Jesús al desobedecerle… ¿Cómo se puede ser eso...? ¿Será que el leproso tiene que enseñar algo Jesús?

En la revista RS 21, donde colaboro habitualmente, evoqué hace tiempo este milagro por su actualidad y ahora lo vuelvo a destacar. Lo haré en tres días, con una lectura reposada del tema, y retomaré su sentido conjunto el cuarto día.

Queden los amigos de mi blog con este leproso de Jesús, un hombre (un caso) extraño, escandaloso, provocador. Buen fin y comienzo de semana a todos. Si seguimos expulsando a los leprosos de diverso tipo acabaremos "manchándonos" destruyéndonos todos

Texto: Mc 1, 39-42.

39 Y se fue a predicar en sus sinagogas por toda Galilea, expulsando los demonios. 40 Se le acercó un leproso y le suplicó de rodillas: Si quieres, puedes purificarme. 41 Y, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: Quiero, queda puro. 42 Al instante desapareció la lepra y quedó puro.

Jesús por aldeas y caminos

Jesús ha empezado a proclamar el evangelio “en las aldeas” o poblaciones vecinas (la palabra kômopoleis, de 1, 38, significa poblados de campo, sin murallas, ni entidad administrativa propia), centrándose de un modo especial en las “sinagogas”, empalmando de esa forma con el judaísmo legal (representado por aquellos que estudian la Ley, con los rabinos). Esto significa que empieza dentro de la institución, pero no en Jerusalén o en las ciudades, sino en pueblos pequeños.

De esa forma camina por las poblaciones campesinas, iniciando una misión rural, centrada en las sinagogas “de ellos”, es decir, en los lugares donde se reúnen hombres y mujeres, recreando el judaísmo en unos años que están siendo básicos para el surgimiento del nuevo Israel rabínico. En esas pequeñas poblaciones (kômopoleis), aldeas o grupos de cortijos, va expandiendo Jesús su mensaje, fijándose de un modo especial en los posesos; por eso, como única nota de su enseñanza, se dice que “iba expulsando demonios” (ta daimonia ekballôn), como si quisiera limpiar las sinagogas del entorno rural de Galilea, completando así la obra iniciada en la sinagoga de Cafarnaúm (cf. 1, 23-28).

Jesús aparece así como un “exorcista con programa mesiánico”, es decir, como un experto en cuestión de posesos, caminando por el entorno de Galilea, como si los endemoniados formaran el problema principal de sus sinagogas rurales, de manera que las iba recorriendo de un modo organizado, para liberarles de sus males. Pues bien, en este contexto se habla del leproso (1, 40). Jesús no fue a buscarle, quizá pensaba que todo lo que se podía hacer debía hacerlo en las sinagogas, que eran las “casas de todos” (donde abundaban de un modo especial los posesos).

Un leproso fuera de los caminos normales

Pero entre sinagoga y sinagoga, atravesando por el campo, se le acercó un leproso, con quien (al parecer) no contaba, echándose a sus pies de rodillas (gonypetôn), como adorándole, para exponerle su caso y decirle: “si quieres… (ean thelês) puedes purificarme” (katharisai).

Este leproso conoce su mal por experiencia personal y social, pues la misma Ley le ha expulsado, de manera que no puede albergar ninguna esperanza de Reino, pues ha de habitar fuera de las poblaciones (como Cafarnaúm), pero también fuera de las aldeas y de sus sinagogas, de manera que no puede aprender la Ley, ni escuchar el mensaje que Jesús está sembrando precisamente en ellas, al curar a los endemoniados. Él aparece en el último escalón de la sociedad o, mejor dicho, fuera de ella, sin esperanza alguna.

Está fuera del círculo social de Galilea, pero la “fama” de Jesús ha llegado a sus oídos (como supone 1, 28) y así puede pedirle algo que éste no había proyectado: que le devuelva la pureza social y religiosa.

Jesús no ha ido a buscarle directamente, sino que es el leproso el que viene y le muestra su necesidad, puesto de rodillas, como ante un Dios (un delegado de Dios).

Este leproso sabe más que Jesús (al menos conforme a la dinámica del texto). Ha comprendido que el proyecto de Jesús (centrado por ahora en los posesos) debe extenderse también a los leprosos, expulsados de la comunidad de Israel por su impureza. Por eso se atreve a ponerse a pedirle su ayuda, de manera que podemos decir que ha entendido quizá mejor que Jesús su poder de sanación.

No es simplemente un enfermo, sino un expulsado religioso (el mismo sacerdote le ha arrojado fuera de la comunidad de los limpios de Israel), de forma que todos le toman como fuente de peligro y como causa de impureza para la buena familia israelita, conforme a una ley regulada por sacerdotes, que tienen poder de expulsar del “campamento” (de la vida social) a los leprosos y de readmitirlos, si es que se curan, tras examinarlos “fuera del campamento” (es decir, fuera de las ciudades) y de cumplir los ritos y sacrificios prescritos en el templo. Más que enfermo, es un excomulgado en el sentido fuerte del término, y sólo el sacerdote tenía el poder de integrarlo de nuevo en la comunidad, observando su piel y mandándole cumplir los ritos sagrados (Lev 13-14).

Para que el conjunto social mantuviera su pureza, los leprosos debían ser arrojados fuera del “campamento”, es decir, del espacio habitado. No les podían matar (el mandamiento de Dios lo prohibía), ni les encerraban en lo que hoy sería una cárcel u hospital para contagiosos, pero les expulsaban de las ciudades y núcleos habitados (como al chivo expiatorio de Lev 16), y así vivían apartados de la sociedad. Según eso, no podían orar en el templo, ni aprender en la sinagoga, ni compartir casa, mesa o cama con los familiares sanos, sino que eran apestados, una secta de proscritos.

Desde ese fondo se entiende la escena, que empieza con el gesto del leproso que viene y ruega (1, 40), puesto de rodillas (gonipetôn, como precisan los mejores manuscritos), diciendo a Jesús “si quieres, puedes purificarme”, poniendo su caso y su causa en sus manos. Quizá Jesús no se había detenido a pensar en el problema, ni conocía el poder que este leproso le atribuye (¡si quieres puedes limpiarme!), ni sabía cómo desplegarlo, asumiendo en su misión la tarea de “purificar” a los leprosos (el texto emplea la palabra katharisai, que propiamente hablando no es curar, sino purificar, limpiar).

Un leproso que enseña a Jesús

La iniciativa no parte de Jesús, sino del leproso que le dice lo que ha de hacer (¡si quieres puedes purificarme!), despertando en él una nueva conciencia de poder, que desborda las fronteras del viejo Israel sacerdotal.

Este leproso empieza siendo un "maestro de Jesús...", a quien le dice que puede curarle. Ciertamente (conforme al relato de Mc), él ha podido oir que que Jesús había curado al poseso de 1, 23, esclavizado por un espíritu impuro (akatharton). Pues bien, él deduce (y deduce bien) que, si Jesús pudo “purificar” o limpiar a a un poseso, podrá purificarle también a él, declarándole limpio y realizando algo que, según Lev 13-14, sólo podían hacer los sacerdotes, cuando declaraban puros a los leprosos previamente curados.

El poseso-impuro había gritado, desafiando a Jesús. Este leproso-impuso le ruega, puesto de rodillas, sabiendo que él, Jesús, tiene autoridad de Dios, por encima de los sacerdotes.

Sólo a partir de aquí se entiende la acción de Jesús, que nos sitúa en el centro de la máxima “inversión” del evangelio: Jesús, que, en un sentido, ha recibido todo el poder de Dios (que le ha llamado Hijo y le ha ofrecido su Espíritu: 1, 11-12), aprende a utilizar a utilizar ese poder a través de este leproso, que aparece así como su maestro, diciéndole lo que puede hacer y poniendo en marcha un proceso curativo que culminará en la Pascua.

Como dice el libro de los Proverbios... el necio no aprende de nadie, ni siquiera del sabio. El sabio, en cambio, puede aprender de todos, incluso de un necio...

Evidentemente, Mc no presenta a este leproso como "necio", sino como alguien que conoce su situación y que se la dice a Jesús, pidiéndole que le cure. Por su parte, Jesús aparece como sabio por excelencia, pues aprende aquello que le dice el leproso, se pone en su situación y le cura, como seguirá mostrando esta historia impresionante, que muestra la gran "inversión mesiánica" de Jesús, que no ha venido a triunfar con los fuertes y sanos, sino a convertirse en solidario de los enfermos (él tomó nuestra debilidades...), curando a los leprosos.

Éstos son los tres aspectos de la acción de Jesús (1, 41).

1. Conmoción interior: compadecido (splagnistheis). Esta palabra se encuentra enraizada en la confesión de fe de Israel, que se expresa cuando, tras haberse roto el primer pacto (cf. Ex 19-24) por infidelidad del pueblo, que adora al becerro de oro (Ex 32), Moisés sube de nuevo a la montaña y escucha la palabra de perdón de Dios que se define como “aquel que está lleno de misericordia y compasión” (Ex 34, 6). Pues bien, ella marca el principio de la transformación de Jesús, que aparece así como portador de esa misma compasión de Dios.

Ciertamente, el texto griego de Ex 34, 6 LXX no emplea la palabra splagnistheis de Mc 1, 41, pero utiliza otras equivalentes que expresan la hondura del “rehem” de Dios, su conmoción interior ante la pequeñez y dolor de los hombres. Pues bien, según Marcos, Jesús ha sentido esa misma “conmoción interior” de Dios ante el leproso, una compasión-misericordia que brota de su entraña . Jesús aparece así como el que "aprende por dentro", al situarse en el lugar del leproso, al que cura.

− Gesto: Extendió la mano y le tocó. Movido por su compasión (que es como la de Dios: cf. Ex 34, 6), Jesús desoye la ley del Levítico, que prohibían “tocar” a los leprosos, bajo pena de impureza. Expresamente rompe esa ley que separa a puros de impuros, iniciando un movimiento que marcará desde aquí toda su vida, aprendiendo la “lección” del leproso que le pide que le limpie (que le purifique), dejándose conmover en sus entrañas (¡como se conmueve Dios!). De esa forma hace algo que nadie habría osado hacer, sino sólo el sacerdote, y no para curar/purificar, sino sólo para certificar una curación que se había realizado antes.

Jesús extiende la mano y toca expresamente al leproso, sabiendo que, en línea de ley, ese contacto va a mancharle (haciéndole impuro ante la Ley), pero sabiendo también y, sobre todo, que él puede y debe purificar al leproso. Él ha “levantado” (ha resucitado) ya a la suegra de Simón (1, 31), y ahora hace algo todavía más profundo: toca con su mano al leproso (haptomai), ofreciéndole así su contacto personal. Esta mano de Jesús que toca al leproso es la expresión de una misericordia que transciende las leyes de pureza del judaísmo legalista, es signo de la piedad de Dios, que ama precisamente a aquellos a quienes la ley expulsa. Sentir es tocar, conocer es tocar... y tocar significa aceptar, solidarizarse, curar...

− Palabra: Y le dice ¡quiero, queda limpio! (1, 41b). Esa palabra ratifica la misericordia anterior y despliega el sentido del contacto de la mano. El leproso le ha dicho ¡si quieres! (ean thelês) y Jesús le ha respondido, cumpliendo así su petición, de manera que su palabra marca la novedad y el poder del evangelio: quiero, sé puro (thelô katharisthêti).

A través de este querer de Jesús, expresado en primera persona (¡quiero!) viene a expresarse la voluntad creadora de Dios.Éste es el querer de Dios, en el doble sentido castellano (y en el fondo griego) de amor y desear. Querer es comprometerse, en gesto solidario. Así es Jesús, el hombre solidario y cercano, capaz de liberar con su toque (mano) y con su voluntad (querer, amor) a los leprosos.

Jesús, sanador de leprosos

La misericordia, el contacto físico y la palabra purificadora de Jesús llegan a la hondura del enfermo, que antes se hallaba expulsado de la sociedad sagrada. Jesús invierte así el proceso de expulsión de la ley, acogiendo (¡purificando!) al leproso y oponiéndose a una norma básica del judaísmo sinagogal. No se limita a esperar y observar, como deben hacer los sacerdotes, para sancionar una curación ya realizada (cf. 1, 44; Lev 14, 3), sino que escucha la necesidad del impuro y le acoge, ofreciéndole su contacto corporal y su palabra, abriendo un espacio de pureza (salud, dignidad, humanidad) en su nueva familia mesiánica. En este contexto se plantean dos cuestiones que son importantes, aunque no esenciales, para entender el movimiento de Jesús.

1. El carácter físico de la enfermedad. El texto dice que aquel hombre era un leproso (lepros), una palabra que, en sentido general no se aplica sólo (ni fundamentalmente) a lo que hoy llamamos “lepra” (dolencia producida por el bacilo de Hansen, que entonces no se conocía), sino a diversas afecciones de la piel, desde un tipo de soriasis hasta lo que suele llamarse “achaque de escamas” o ictiosis, que se muestra en la piel de algunas personas. Por eso, hay comentaristas que prefieren prescindir de esa palabra “lepra”, empleando otras (como enfermedad de escamas).

Pienso, sin embargo, que por tradición y simbolismo, es preferible decir lepra en sentido popular, pues ella engloba varias enfermedades de la piel que, en opinión de los judíos piadosos, hacían impuros a los hombres, hasta el extremo de que ellos tenían que vivir fuera de la comunidad social y religiosa.

2. El tipo de curación producida. El texto dice que “de pronto desapareció la lepra y quedó puro” (con un verbo en pasivo divino: ekatharisthê: Dios le hizo puro). Evidentemente, Marcos está pensando en un “cambio externo”, y así supone que la piel del enfermo tomó otra apariencia, como si quedara seca o se le cayeran las escamas. Pero, dicho eso, debemos añadir que la palabra central que aquí se emplea no es “se curó” (iathê), sino “quedó puro” (ekatharisthê). Es como si el mismo Dios, por medio de Jesús, le hubiera declarado limpio, como en el caso en que el mismo Jesús de Marcos dirá más adelante que Jesús “declaró limpios/puros todos los alimentos” (7, 19, con el mismo verbo: katharidsôn).

Según este pasaje, Jesús curó a un sólo leproso (a un hombre impuro), declarando que era “puro”. De esa forma declaró, en el fondo, que todos los leprosos (como todos los alimentos en 7, 19) son humanamente limpios, superando así los tabúes y las divisiones de purezas e impurezas que expulsaban a ciertos hombres y mujeres de la sociedad.

Nos hallamos ante un gesto que resultaba, tanto entonces como ahora, socialmente inaudito. Este leproso, al que Jesús ha curado, desencadena una nueva visión de la vida humana, en plano social y religioso, superando la ley “religiosa” del templo de Jerusalén... y casi todas las leyes religiosas que ha seguido inventado un tipo de cristianismo domesticado en clave sacral y social.

BIBLIOGRAFIa GENERAL, ADEMÁS DE COMENTARIOS A MARCOS

Cf. E. Estévez, Prácticas de misericordia: Reseña Bíblica 14 (1997) 23-34.
Sobre el trasfondo bíblico del tema, cf F. Asensio, Misericordia et Veritas. El Hesed y 'Emet divino, su influjo religioso-social en la historia de Israel, Herder, Roma 1949; I. M. Sans, Autorretrato de Dios, Deusto, Bilbao 1997. Desde una perspectiva teológico-social (comparando lepra y homosexualidad), cf. J Alison, Cristología de la no-violencia, Sec. Trinitario, Salamanca 1994; El retorno de Abel. Las huellas de la imaginación escatológica, Herder, Barcelona 1999; Una fe más allá del resentimiento. Fragmentos católicos en clave gay, Herder, Barcelona 2003). Desde una perspectiva de experiencia interior, menos vinculada a lo social, cf. O. González de C., La Entraña del Cristianismo, Secretariado Trinitario, Salamanca 1998; C. Roccheta, Teología de la ternura. Un evangelio por descubrir, Secretariado Trinitario, Salamanca 2001. Desde una perspectiva integral, que vincula lo espiritual lo social, cf. M. Legido, Misericordia entrañable, Sígueme, Salamanca 1987, 428-429; J. Sobrino, El principio misericordia, Sal Terrae, Santander 1992.