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sábado, 4 de febrero de 2012

V Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 1,29-39): Le llevaron todos los enfermos



Claro, la gente debió esperar a que “se pusiese el sol”, es decir, terminase el día sábado, pues también la gente se sentía esclava de la rigidez religiosa que impedía a Dios sanar el dolor humano en sábado.
De todos modos, esto de “le llevaron todos los enfermos” me da pie para algunas reflexiones sobre el sufrimiento humano y Dios.

Cuando me encuentro con gente que sufre, tanto si son creyentes como si no lo son tanto, de inmediato me sueltan la misma pregunta: “Padre, ¿por qué Dios permite todo esto?” “Padre, ¿por qué Dios me envía esta enfermedad, me manda este castigo, me hace sufrir tanto?” Yo espero que al decir que Dios no es el culpable de tus sufrimientos, no me respondas como lo hizo un amigo mío que me dijo: “Claro, Ud. es sacerdote, tiene que defender a su jefe”.
No. No voy a defender a Dios, porque no necesita de abogados que den cara por Él. Sencillamente quisiera que no tiremos piedras a cabezas inocentes. No culpemos a Dios de lo que Dios no tiene ni pizca de culpa. Incluso, me atrevería a decir que cuando culpamos a Dios de lo que nos pasa, se cumple aquello que decía Pancho Fierro:
“De los males que sufrimos hablan mucho los puebleros, pero hacen como los teros para esconder sus niditos, que en un lado pegan los gritos y en el otro tienen los güevos”.

A decir verdad, nuestra espiritualidad ha caído en esa solución fácil de repetir, cuando no tenemos nada que decir, que “es la voluntad de Dios”. Sufrimos porque Dios nos quiere hacer sufrir, nos quiere castigar o simplemente nos quiere probar. Bueno, llegamos a decir que Dios, a los que más quiere, más los revienta.
La verdad que si la cosa fuese así, yo al menos, tendría mis líos y mi bronca con Dios. Y hasta me atrevería a pedirle que me amase un poquito menos, porque su amor me resulta demasiado caro y difícil.

¿Por qué culpar a Dios del dolor? ¿Por qué hacer a Dios responsable de nuestros sufrimientos, cuando precisamente vemos cómo los mismos enfermos acudían a Jesús para que los sanase? Un Dios que sana, no creo sea un Dios que nos enferma.

La verdad es que, a Dios le hacemos un triste favor cada vez que le hacemos responsable de nuestros fracasos y de nuestros sufrimientos. Porque, ¿te imaginas las consecuencias? Además, ¿te das cuenta de qué imagen de Dios estamos proyectando a los demás? ¿Se puede pedir a la gente que crea en un Dios que le hace sufrir, quiere que sufra, y Él mismo le manda el sufrimiento?

Si de algo estoy convencido, es que Dios no quiere el dolor, no quiere nuestro sufrimiento. No quiere nuestro cáncer y, si lo tenemos ya metido en el cuerpo, quiere que luchemos contra él. Dios nos ama y quien ama no le hace sufrir.
Eso sí, Dios sí me llamará desde el sufrimiento. Y me llamará para que no me hunda. Para que sea fuerte y no me derrumbe. Y me llamará para decirme que Él está ahí como mi apoyo y mi sostén. De querer probarme, estoy seguro de que me examinaría y me probaría sobre el amor, pero no con el dolor.

- Además, hasta donde llegan mis conocimientos, los ateos, los que no creen en Dios, también sufren de cáncer, tienen accidentes, les duelen las muelas, pierden a los hijos, ven rotos sus matrimonios, padecen de soledad.
- El mismo Jesús cuando veía a un enfermo, a un ciego, a un sordo, a un paralítico, a un leproso, no le preguntaba primero si era creyente. Sencillamente se acercaba a él y lo curaba. Claro que aprovechaba la oportunidad para anunciarle el Reino de Dios. Y así sanarlo en el cuerpo y también en el alma. Ni siquiera tuvo reparo en curarle la suegra a Pedro, que si se muere, comentó alguien, Pedro se queda en casa y no sigue a Jesús.

- Con el Evangelio en la mano veo que Jesús más nos revela a un Dios enemigo del sufrimiento humano, de todo sufrimiento humano, que a un Dios que hace cruces para hombros ajenos. ¿No dice Isaías que “Él llevó sobre sus hombros nuestros sufrimientos”? No dice que echó sobre nuestros hombros los sufrimientos, sino que cargó Él mismo con los nuestros.

Así que nada de pasarte el día lamentando eso de que Dios no te quiere. O preguntándote: ¿por qué Dios lo permite? O ¿por que Dios me manda esto o lo otro? Dios te ama demasiado para echar cruces sobre tus espaldas. Es más, a Dios
- le duelen sus hombros, cuando los tuyos están rotos y desangrados.
- le duele su corazón, cuando ve triste y adolorido el tuyo.
- le duele el alma, cuando te ve impotente, postrado en tu cama, o caminando inválido en tu silla de ruedas.
Los enfermos sentían que su enfermedad no los alejaba de El, sino que los acercaba a El esperando el milagro de su curación.

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