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jueves, 2 de febrero de 2012

V Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 1,29-39): ¿QUE SON LOS MILAGROS?


Publicado por Fundación Epsilón

Durante mucho tiempo hemos considerado los relatos de milagros como prueba de la verdad de los evangelios, muestra del poder de Dios o manifestación de su misericordia. Hoy, sin embargo, la cuestión se plantea desde otro punto de vista: los hechos que se cuentan en esos relatos, ¿agotan su sentido en sí mismos o tienen algún valor para nosotros?.

LA FIEBRE
Al salir de la sinagoga fueron derechos a casa de Simón y Andrés en compañía de Santiago y Juan.
La suegra de Simón estaba en casa con fiebre e inmediatamente le hablaron de ella.
Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.

La suegra de Simón representa a Simón mismo, y la enfermedad que padece, la fiebre, es símbolo de un mal peligroso para todo el que quiera ser discípulo de Jesús: el fanatismo violento, la convicción de que la fe puede y debe imponerse por la fuerza. Simón representa en este relato al discípulo que todavía no ha roto con el fanatismo (la fiebre) propio de la mentalidad de algunos contemporáneos de Jesús y que les llevaba a desear y a procurar que todos los enemigos de su santa religión ardieran en el fuego eterno e incluso antes, si era posible, como hizo en la antigüedad Elías, quien lleno de celo (= fiebre) degolló a todos los profetas de Baal, dios cananeo (1 Re 18,1-41; véase 1 Re 19,10.14; Eclo 48,1-3.9).
Esta calentura la padecían Simón y otros discípulos de Jesús, y resultaba incompatible con el mensaje que él iba a ofrecer a la humanidad porque impide uno de los valores esenciales del reino de Dios: el servicio.
La primera parte del evangelio de este domingo es, por tanto, una advertencia a la comunidad a la que Marcos destina su evangelio: ¡cuidado con las calenturas!, ¡cuidado con el fanatismo. Si este mal se adueña de cualquiera de los miembros de la comunidad, le impedirá, por una parte, servir, y por otra, compartir la vida de la comunidad (sólo cuando la suegra de Simón es curada por Jesús puede incorporarse al grupo y prestarle servicio).
Leído así este relato, sin que importe demasiado si el hecho sucedió o no tal y como lo cuenta el evangelio (nadie, por otra parte, va a negar que Jesús desbordaba vida y la iba comunicando por donde pasaba), adquiere una importancia fundamental: no se trata sólo de una curación que sucedió una vez; se trata de algo mucho más importante: ese relato podrá servir para librar de la grave enfermedad de la intole-rancia y el fanatismo a todo el que pudiera padecerla en cualquier lugar y en cualquier momento de la historia. Las comunidades cristianas, se advierte con este texto, tendrán que tener mucho cuidado para que ninguno de sus miembros, y menos aún la comunidad entera, convierta la fe en fanatismo, la invitación a compartir un modo de vida en imposición más o menos violenta de una ideología y el anuncio del evangelio en pura propaganda. Dejarse vencer por esta enfermedad sería quedar incapacitado para el servicio que cada miembro debe prestar a la comunidad y ésta al hombre y al mundo. La función de este relato es, por tanto, ser como una medicina que previene a la comunidad y a sus miembros para que no contraigan tal calentura.

EL PELIGRO DE LOS MILAGROS
El fanatismo no era el único problema de Simón. Tenía otras enfermedades. Algunas, que se manifestarán repetidamente a lo largo del evangelio, aparecen ya en este relato: el exclusivismo e, indirectamente, el triunfalismo.
Cuenta el evangelio que, después de librar de su fiebre a la suegra de Simón, Jesús curó a muchas otras personas de diversas enfermedades y de los espíritus inmundos. De los demonios hablamos en el comentario anterior. Las otras enfer-medades representan cualquier situación que pueda sufrir un hombre y que suponga falta de vida: la enfermedad misma, pero también el hambre, la miseria, la injusticia, la incapacidad para el amor o la imposibilidad para alcanzar la felicidad... Jesús cura a aquellos enfermos y les devuelve la plenitud de la vida, aunque todavía no han comprendido ni aceptado plenamente su mensaje.
Por eso Jesús procura evitar cualquier tipo de entusiasmo que pudiera provocar una reacción equivocada y se marcha por la mañana temprano. Va a orar, como siempre que presiente que su grupo quiere escoger el camino fácil del triunfo. Al darse cuenta de que Jesús no está, Simón, sin que nadie se lo pida, se pone al frente del grupo que estaba con Jesús y salen tras él: «Todo el mundo te busca», le dijeron. Querían que Jesús se quedara allí para ellos solos. Y a los discípulos no les parecía mal.
Este es el peligro de los milagros: por un lado, pueden ser aprovechados para obtener un aplauso fácil que no compromete a nada y que sólo sirve para satisfacer vanidades y así conseguir muchos partidarios fanatizados; por otro, intentar monopolizar a quien los realiza. (¿No es éste el caso de tantas imágenes milagrosas traídas y llevadas de un lado para otro y, en ocasiones, perfectamente comercializadas?)
Pero silos relatos de milagros se leen y se entienden como un signo de que Dios quiere que trabajemos para restablecer la vida, allí donde pueda estar disminuida, entonces tendrán un sentido también para nosotros: nos moverán a seguir el ejemplo de Jesús y ofrecer esa vida a todos los que puedan tener necesidad de ella: «Vámonos a otra parte, a las poblaciones cercanas, a predicar también allí, pues para eso he salido. » Sin caer en la tentación del triunfalismo, sin negar a nadie la posibilidad de compartir la vida de Dios.