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domingo, 25 de marzo de 2012

Cruz, grano de trigo /2: Un amor capaz de sufrir


Publicado por El Blog de X. Pikaza

Comencé a presentar ayer el tema de la Cruz partiendo del evangelio del domingo (si el grano de trigo no muere…), retomando un trabajo publicado en la revista Communio (que iba en la línea de Comunión y Liberación, el año 1980). Hoy continúo, ofreciendo trece claves para entender el misterio y tarea de la cruz en la vida humana

Éste es un tema complejo en el que se mezclan temas teológicos (como cierta doctrina de la satisfacción: ¡Dios sólo queda satisfecho por la muerte de su Hijo!) y sociales (la cruz de las víctimas…); temas vinculados con un tipo de masoquismo (¡dolor por el dolor!) o de generosidad suprema (estar dispuestos a sufrir para que otros vivan…).

Éste es un motivo clave de la vida, pues no hay vida sin cruz, ni amor sin dolor, sin desarrollo personal sin entrega de la vida (al menos en las circunstancias de la vida). Quien quiera vivir ha de aprender a sufrir. Quien quiera hacer algo por los demás ha de aprender a sufrir por ellos.

Éste es un elemento esencial de nuestra condición, y se relaciona con el don del amor y con la “suerte” de los perdedores, que saben “ceder” (e incluso morir) para que vivan otros. Una cultura como la nuestra, que no está dispuesta a ceder (a perder incluso) mata a los demás, y está condena a la muerte. Una iglesia que nos sepa acompañar a los crucificados de la historia no cree en su Cristo.

Éste es el tema que hoy desarrollo, en la línea de ayer, con unas reflexiones sobre los trece momentos de la Cruz (tomadas de un trabajo que publiqué en su tiempo en la revista Communio, de Comunión y Liberación). Buen fin de semana.

1. El Dios de la Esfera, un Dios sin cruz,

es un Dios incapaz de amar, de entregar la vida). Como elementos distintivos del señor de la esfera citaremos la inmutabilidad, la contemplación de sí mismo y la capacidad de imponerse a los otros. Por inmutabilidad se entiende aquella autoidentificación interna por la que Dios supera todo el plano de los cambios, los afectos, las pasiones; lo es todo y por lo tanto nada necesita. Por ser internamente perfecto, Dios se goza en contemplarse: por eso le llamamos autocontemplador absoluto: mirándose descubre su propia perfección y descubriéndola se goza y se complace en ella. Frente a los restantes seres que ha creado, Dios se mostrará como Señor; por eso todos han de venerarle.

En resumen, Dios sería como una esfera que se cierra inexorablemente sobre sí misma, en círculo de perfección, de tal manera que termina apareciendo ante los hombres como un poder que les subyuga y esclaviza. Para un número considerable de nuestros contemporáneos, la cruz, como opresión debe combatirse, se identifica con la misma existencia de un Dios impositivo que nos somete, infantiliza y esclaviza. Pero este Dios de la esfera no es el Dios de Jesús no es el Dios cristiano.

2. El Dios de la Cruz, un Dios que ama (pues crear es aprender a sufrir).

Frente al señor de la esfera presentan los cristianos el signo de la cruz como expresión de una vida en la que Dios se define, en antítesis respecto a lo anterior, como proceso originante de la creación, amor que se expande y gratuidad que se regala, entrando en la misma creación, comprometiéndose con ella.

a) Como proceso creador Dios es origen y sentido de la vida que se gesta de un modo efusivo, es el misterio de emergencia primigenia y tiene, al mismo tiempo, un nombre bien concreto: Es Padre, es decir, Aquel que se compromete en la vida del Hijo que brota de su misma entraña.
b) En segundo lugar, siendo amor que se expande, Dios se introduce en el mismo mundo que él ha creado, viviendo la vida de los hombres. No es un poder que les obliga a responder por la fuerza, sino amor que Vive en la vida de los hombres, encarnándose en Jesús, a quien llamamos Hijo de Dios.
c) Dios aparece finalmente como la misma unión (Comunión) que vincula al Padre con el Hijo: es el regalo del Padre que se ofrece, es la confianza del Hijo que responde; Dios es el Espíritu Santo.

Pues bien, en perspectiva humana, es decir, en este mundo concreto, si Dios es amor (si quiere seguir siendo Dios) tiene que entrar en la cruz de la historia de los hombres, dejándose crucificar por la violencia de los poderosos, para así mostrarse divino: Dios no es divino imponiéndose por encima de la Cruz, sino entrando como amor poderoso en la misma Cruz de la Historia humana.

3. La Cruz pertenece al misterio concreto del Dios de Jesús

¿Por qué hablamos de dolor al hablar de Dios? Por algo muy sencillo: los cristianos confesamos que el misterio de Dios se está expresado (se realiza humanamente) en la historia salvadora… Nosotros afirmamos que Dios se revela en la cruz, es decir, en el amor generoso, que se entrega y regala hasta la muerte.

Porque Dios es amor, y amar es estar dispuesto a sufrir
Porque Dios es Vida y la vida sólo se expresa y despliega por la muerte (es decir, dando la vida)

En esta línea, descubrimos que la cruz pertenece al misterio de Dios, como entrega plena, como amor generoso, como muerte por los demás. No es la Cruz que se impone sobre los demás, no es la cruz masoquista del que quiere sufrir sin más… Es la Cruz del que Camina a Paso de Hombre (como Dice San Juan de la Cruz), la Cruz para liberar a los crucificados (para desclavarlos, como dice J. Sobrino):

4. La cruz es símbolo del Padre que regala su vida,

sale de sí mismo y se autoexpresa en Jesucristo, dándose plenamente en amor (dando así todo lo que es, su “naturaleza” entera, como dice el Credo). El Padre es el principio de vida que se ofrece. No clausura para sí riqueza alguna, no conserva egoístamente nada. Por eso se autoentrega en Jesucristo, revelándose en su amor hasta la muerte… Allí donde Jesús entrega su vida, se deja matar y muriendo expresa su amor pleno, allí se está manifestando Dios Padre.

Por eso, al confesar en frase bíblica que Dios ha ofrecido a su Hijo (Rom. 8,32), estamos afirmando que Dios se da a sí mismo, es el don pleno, originario y total. Más aún, si Dios entrega al Hijo es por el Hijo: le entrega con el fin de que madure plenamente en el amor (para que sea Amor Total) en estas condiciones históricas (precisamente allí donde los hombres le matan).

Los hombres quieren dominar el mundo por la fuerza; Dios crea vida por Jesús, pero no dominando, sino ofreciéndose en amor hasta la muerte. Esto significa que la plenitud de Jesús como Hijo y la redención de los hombres se unen en un mismo gesto de amor y realización, de entrega y de respuesta (cfr. Hebr. 5, 7-10).

5. No existe primero trinidad de Dios

No hay relación de Padre-Hijo, cerrados en sí, sino que el amor primigenio del Padre (el amor trinitario), se realiza en la cruz de Jesucristo: en el gesto de amor absoluto del Padre que da su vida al Hijo y del Hijo que le responde en amor, desde la misma historia humana. No es que la Cruz sea buena, la cruz es mala, es el gran pecado de los hombres… Pero en esa misma cruz (allí donde los hombre cometen el pecado “original” matando a los inocentes), sufriendo con las víctimas, Jesús expresa todo el amor de Dios

Ciertamente, Dios es un misterio que nos desborda… Pero nosotros sólo comprendemos su grandeza descubriendo el amor del Padre que se entrega en manos del Hijo, y el amor del Hijo Jesucristo que responde en amor al Padre amando a los hombres, es decir, entregándose por ellos hasta la cruz… no porque quiere morir, sino porque quiere amar hasta la muerte, dejándose matar por fidelidad al Reino.

Evidentemente, surge la pregunta: ¿pero no sería preferible que las cosas fueran de otra forma? ¿No sería más divino un tipo de amor sencillamente luminoso, sin rupturas y sin luchas, sin salida de sí mismo y sin entrega? En otros términos, ¿no sería preferible un Dios de gracia abierta y no crucificada? ¡De ninguna forma! Es cierto que de Dios sabemos pocas cosas. Si queremos descubrirle no tenemos más remedio que pararnos y contar la vieja historia de Jesús, el Cristo. Pero eso es suficiente.

En la historia de Jesús se expresa y se realiza el mismo ser divino. Pues bien, como centro determinante de Jesús, la cruz constituye el punto de referencia fundamental en la visión de Dios, el lugar donde se expresa, se realiza y se define el misterio del amor de Dios y de los hombres. Por eso, debemos afirmar que el amor, por su misma naturaleza, incluye dentro de sí mismo un rasgo de cruz.

6. No hay amor sin que uno salga de sí mismo,

con el Padre que se entrega absolutamente al Hijo. No hay amor sin el esfuerzo de un respeto y sin la entrega del amado que responde con un signo de gratitud y de confianza (Jesús se ofrece al Padre poniéndose en sus manos). Esto nos remite a la cruz. En ella, corno apertura definitiva del Padre al Hijo y como respuesta total del Hijo al Padre, se realiza el amor como misterio. Sólo de esta forma la cruz puede mostrarnos la verdad de Dios como lugar de entrega y pascua, muerte, gratitud y vida (es el lugar del Espíritu).

Por eso, lo mismo que afirmamos que no hay amor sin cruz y sin ofrenda de si mismo, añadiremos que no hay amor divino, esto es, amor originario sin la pascua, sin transformación de la vieja realidad, sin surgimiento del hombre nuevo. Lo que se entrega en el amor de la cruz no se pierde sino que se realiza en plenitud transfigurada. Por eso, la verdad de la historia de Dios como proceso creador no consiste en la fatalidad de un aniquilamiento sino en la creatividad de una realización original, como historia de amor en la que pueden incluirse todos los humanos (proceso del Espíritu).

7. Dios no ha creado a los hombres con el fin de abandonarlos,

para dejarlos fuera de sí mismo, sino para incluirlos dentro del proceso creador de su propia realización, centrada en el Calvario. Por eso, la cruz no se pierde en la fatalidad de la historia. Desde las contingencias de su forma de realización concreta, la cruz de Jesucristo, como lugar de máxima entrega en el amor, constituye un momento integrante de la realización trinitaria de Dios. Lo que en la historia de Cristo aparece como tiempo del mundo constituye, mirado en su profundidad, un elemento del tiempo primigenio de la propia realización de Dios como donación y encuentro de amor.

Es evidente que en el fondo de estas afirmaciones, ofrecidas aquí de un modo esquemático y quizá desordenado, subyace una visión particular de Dios y de los hombres, de la eternidad y de la historia. Es una visión que, aunque deberíamos exponerla con más detalle, se puede resumir de esta manera: la realización trinitaria (inmanente) de Dios y su expresión histórica (económica) en la cruz de Jesucristo no constituyen dos planos de entidad independiente, unidos sólo a través de una especie de imitación-participación platonicista.

El misterio de Dios como trinidad (verdad original y fundamentante, principio, centro y fin de todas las verdades) se realiza en la misma historia de la vida y de la muerte de Jesús. Por eso, la cruz no es algo que Dios imponga a la fuerza sobre las espaldas de los hombres, reservándose egoístamente una esfera de autoconocimiento beatificante. La cruz constituye el centro de un misterio de amor y realización, de entrega transformadora y muerte resucitante, que pertenece ala entraña misma de Dios. Sólo porque Dios vive la cruz («es» la hondura de la cruz) la ofrece a los hombres como lugar de realización y de misterio, de búsqueda y de encuentro. Lo contrario seria masoquismo.

8. Cruz y experiencia de hombre

Solo porque la cruz es lugar de encuentro, en donación absoluta y absoluta entrega, del Padre con el Hijo en el Espíritu, se puede hablar de su importancia antropológica. Por gracia absoluta de Dios, el hombre se realiza, esto es, adquiere posibilidad de ser y madurar en ámbito de Espíritu. Pues bien, teniendo en cuenta que el Espíritu se define como realidad y hondura del encuentro trinitario y partiendo de las líneas centrales de la pneumatología, podemos hablar de la experiencia cristiana de la cruz en estos tres momentos: creatividad, salvación en la pequeñez, apertura a la utopía.

El signo de la cruz nos abre hacia el misterio de la creatividad, interpretada como posibilidad de realización del hombre en la entrega de su propia vida. Hay un modelo de humanismo egoísta, donde la plenitud personal se determina en función de la capacidad de dominio sobre los hombres y las cosas. En contra de eso, conforme al símbolo cristiano, el hombre sólo es dueño de sí mismo y creador en la medida en que se entrega, convirtiendo su vida en una especie de semilla que se esparce: «si el grano de trigo no muere ... ». Sólo quien pierde su vida ofreciéndola a los otros, la realiza y recupera. Tal es el primer rasgo de la cruz.

1. Ese misterio de creatividad nos sitúa en el centro de la experiencia cristiana. Contra todos los que afirman que ser hombre es poca cosa, contra todos los que opinan que es inútil todo esfuerzo y toda entrega, contra todos los que piensan que no im¬porta más que el conformarse, dejando que las cosas sigan siendo, el signo de la cruz valora y acentúa el sentido de la propia vida como don, es decir, como entrega a favor de los demás. No ha existido en toda la historia de los hombres un gesto más cargado de creatividad, un signo más revolucionariamente poderoso y transformante, que la entrega generosa de Jesús sobre el Calvario, que regala su vida (se regala a sí mismo) por el Reino.

2. Pasamos con esto al segundo sentido de la cruz para los hombres: la salvación en la pequeñez. Los sistemas de este mundo intentan ofrecer la plenitud por los caminos de la fuerza, a través de la grandiosidad de una transformación económica que se impone al dictado de las leyes, por el cálculo de una revolución proletaria o por la nueva dialéctica de las ideas. Pues bien, ante la cruz eso termina en impotencia. Son incapaces de ofrecer verdadera liberación los ideales más excelsos de la tierra, los poderes de los hombres. Desde Cristo sabemos que la plenitud verdadera se alcanza por la gratuidad: si Dios ha redimido a través de la impotencia del Calvario, los hombres solamente redimirán en la impotencia de una entrega no impositiva, gratificante.

3. Al final de todos los discursos… tenemos que volver al principio. La Cruz no es una necesidad teórica, sino aquella forma práctica, concreta, que Jesús ha tenido de amar a Dios amando a los hombres hasta el final… La Cruz no es un “sacrificio” en sentido opresor… (Dios que “hace morir” a su Hijo para así quedar contento, satisfecho…), sino todo lo contrario. La cruz es la afirmación del amor en medio de la violencia de la historia humana, es el signo del perdón y de la esperanza en medio de la lucha por el poder.

9. Jesús “salva” a los hombres en la “pequeñez” de la Cruz.

Evidentemente, no es salvadora la pequeñez en cuanto tal, sino la pequeñez que se entrega, la impotencia que ama, la ignorancia que se ofrece. No es el dictado de los grandes lo que cambia al mundo sino la capacidad de amor de los pequeños. En la cruz cobra sentido el sufrimiento de los pobres marginados de la tierra: la impotencia de los hambrientos y sedientos, la incapacidad de los derrotados y aplastados, humillados y perdidos.

En ellos, si es que aman y se entregan unos a los otros, se revela el principio de transformación de la realidad… En ellos (aunque no amen) se expresa el amor más grande de Dios, que es entrega generosa de vida. La salvación que intentan imponer los poderosos se encuentra podrida en su interior porque transmite el germen de la fuerza. Solo en el gesto radical de amor de un impotente, de alguien que nada quiere defender y todo lo ha ofrecido, se desvela transformante la esperanza de la tierra: La cruz como signo de resurrección.

10. De esa forma la cruz es signo de esperanza.

Todos los ideales de transformación de los poderosos terminan siendo «antiutopías»: destruyen al hombre al encerrarle en las fronteras de una mutación impositiva que impide el riesgo de la libertad, el gozo de la gratuidad, la alegría del juego y de la entrega de la vida. Sólo en el amor se enciende la utopía abierta, aquélla que aparece vinculada a la absoluta apertura de la vida, interpretada como entrega que se plenifica en el misterio trinitaria. Sólo en la cruz de un amor ofrecido a los demás e internamente sacrificado, puede vislumbrarse el camino de la realización plena del hombre.

La utopía a que se alude en la cruz lleva el nombre de resurrección, como posibilidad de vida creadoramente abierta sobre el mundo y de esperanza de transformación escatológica. El ideal de comunión a que se aspira no será resultado de ninguna fuerza impositiva, sino la realidad de aquel misterio que se vislumbra en la cruz, como amor de Dios que se ofrece, se devuelve, se celebra y se disfruta.

11. Un Dios y hombre sin cruz, de hecho, no son Dios ni son hombre

Un Dios sin cruz (como expresión de plenitud ontológica) termina encerrándose en sí mismo, en soledad autosuficiente, o se confunde con la totalidad difusa en la que todos nos perdernos, en un tipo de nuevo panteísmo. Sólo un Dios de la cruz, que sale de sí mismo, penetra en el centro de la finitud, experimenta el abandono de la historia y la transfigura internamente con su amor, puede ofrecer para los hombres campo de realización y de sentido.

Existe un hombre sin cruz en nuestra tierra. Es el hombre de la autosuficiencia moderna, del racionalismo ilustrado, de la creatividad burguesa. Evidentemente, ese hombre ofrece rasgos creadores: ha transformado el aspecto externo de la tierra con la conquista de su ciencia y las posibilidades de su técnica. Pero al final de su camino ha terminado en la opresión de su impotencia. Ha podido cambiarlo todo, pero no ha podido transformarse a sí mismo. Y, además, su triunfo externo ha sido conseguido a costa de una nueva esclavitud de los pequeños; en las cunetas del mundo burgués sigue tirado el aplastado por la enfermedad y la injusticia, el incapaz de triunfar sobre los otros, el solitario o hacinado, el empobrecido y angustiado.

Pues bien, desde la cruz de Jesucristo, es este segundo tipo de hombre el que dispone en realidad de las llaves de la historia. A partir de la cruz, en el sufrimiento de quien aguanta y busca, existe un germen de transformación, como un vislumbre de hombre nuevo, un hombre creador, pero no impositivo, hombre que espera, ama y se entrega por los otros.

11. De la cruz al hombre nuevo

Frente al legalismo de antigua o nueva escuela, la cruz remite al misterio creador de Dios como expresión de amor que se entrega a través de la impotencia de la historia. Legalista es quien pretende transformar las cosas por la fuerza, por medio de un esquema de ordenación sacral de la existencia (Israel) o utilizando estrategias de carácter económico-politico. Evidentemente, el signo de la cruz no significa un anarquismo, entendido como superación de toda norma de convivencia. Pero, más allá de todas las leyes, la cruz evoca el orden de un amor que se autoentrega.

Lo que importa no es destruir un tipo de poder sino transformarlo radicalmente en capacidad creadora de vida, libertad, futuro abierto. Donde se afirma que la cruz es plena libertad puede añadirse que es, al mismo tiempo, máximo poder. Pero se trata del poder de la impotencia, de la donación gratificante, de la muerte convertida en expresión de confianza respecto de Dios y de apertura hacia los otros.

Frente al escapismo de todos los que, del modo que fuere, convierten la experiencia religiosa en opio que les permite olvidar la injusticia y la miseria de la tierra, diremos que la cruz de Jesucristo constituye precisamente la protesta más violenta y poderosa contra toda esa injusticia. No se muere en la cruz por cobardía respecto de otros tipos de transformación (medios económicos, políticos... ).

La cruz como sacrificio no violento del que muere porque busca la transformación de nuestra tierra, de una forma que no sea impositivo, constituye el germen más violento de renovación que pueda darse sobre el mundo. Sólo quien afirme la posibilidad y sentido de una nueva tierra podrá entregar la vida por aquello en lo que sueña.

Frente a todas las restantes mediaciones, que pueden acabar en nueva dictadura, la entrega absolutamente gratuita y radicalmente no impositiva de la cruz nos abre hacia el futuro de la humanidad transfigurada; se trata de Dios mismo, convertido en mediación para los hombres.

Finalmente, frente al masoquismo que interpreta la cruz como deseo de autodestrucción tendremos que recordar la gloria del crucificado. Bastará con aludir a las representaciones protorrománicas en las que, en la línea del evangelio de san Juan, el crucificado aparece como Señor de la gloria. El cristiano nunca busca la cruz como final, sino como camino de transformación en el amor.

12 Cruz divina, creatividad humana.

Según eso, la Cruz que nace de la donación absoluta (Padre) y la absoluta entrega (Hijo) se expresa en el Espíritu como experiencia radical de comunión o vida compartida. Por medio de Jesús, la comunión del amor divino se encarna de manera dolorosa y pascual en nuestra historia, haciendo que hombres y mujeres puedan desplegar su vida en gratuidad y entrega mutua, superando el miedo de la muerte. Jesús viene a mostrarse así como presencia humana de la cruz de Dios y trasformación divina de la cruz humana. Estos son sus rasgos principales:

– La Cruz es misterio de la creatividad. Según el modelo de humanismo egoísta, uno se cree dueño de sí mismo en la medida en que domina a los demás. En contra de eso, por la Cruz, sabemos que el humano sólo es dueño de sí mismo y creador de vida en la medida en que se entrega, como semilla de vida, en favor de los otros: “si el grano de trigo no muere...” (Jn 12, 24). Sólo quien pierde su vida para bien de los demás la encuentra y recupera. Este misterio de creatividad nos sitúa en el centro de la experiencia cristiana. Contra los que afirman que ser hombre o mujer es poca cosa, contra todos los que opinan que es inútil el esfuerzo y la esperanza, el signo de la Cruz destaca el sentido de la vida y de su entrega por los otros. No ha existido en la historia un gesto más cargado de creatividad, más revolucionario y poderoso que la muerte del Calvario.

– La Cruz es salvación en gratuidad. Los sistemas de este mundo prometen plenitud por la violencia, utilizando leyes económicas, sociales, ideológicas o militares. Pues bien, llegando hasta su meta, ellas se muestran impotentes: son incapaces de ofrecer verdadera libertad y comunión humana. Sabemos desde Cristo que la auténtica grandeza no puede conquistarse por la fuerza: si Dios ha redimido a los humanos por la gracia del Calvario, ellos solamente alcanzarán la redención en gratuidad y entrega mutua. Dios ha elegido lo pequeño de este mundo como base y principio de su acción transformadora (Lc 1, 46-55); pero lo que salva no es la pequeñez en cuanto a tal, sino en cuanto expresión de entrega de la vida. En la Cruz cobra sentido el sufrimiento de los pobres marginados de la tierra: la impotencia de los oprimidos, el desprecio de los humillados y ofendidos. Los que intentan imponerse por la fuerza no consiguen alcanzar su salvación; sólo la alcanzan los que aman, transformando así la Cruz en pascua.

– La Cruz es signo de utopía. Los ideales de construcción por el poder destruyen: encierran al humano en las fronteras de una lucha sin fin, impidiéndole asumir el gozo y alegría de la entrega de la vida. Sólo en el amor se enciende la utopía limpia, vinculada a la apertura de la vida, convertida en don de sí, gozo de entrega y esperanza. Sólo en la Cruz de un amor ofrecido a los demás (dado por ellos, para ellos) puede alcanzarse la verdad del ser humano. La utopía que está al fondo de la Cruz lleva el nombre de pascua: posibilidad de vida que triunfa de la muerte, suscitando comunión de entrega mutua. Un Dios sin Cruz (plenitud ontológica) se acaba enclaustrando en sí mismo, en soledad autosuficiente, o se presenta como totalidad difusa en la que todos nos perdemos, en un tipo de nuevo panteísmo. Sólo un Dios de Cruz, que sale de sí mismo, asume el riesgo de la finitud y experimenta el abandono de la historia, puede triunfar de la muerte, ofreciendo a los humanos plenitud y sentido.

– La Cruz es gozo en el dolor. Ciertamente, mirada desde el mundo, ella es dolor, angustia de muerte y rechazo, como hemos visto previamente. Pero, a través de ese dolor, puede expresarse y se expresa un gozo más profundo, que no es masoquismo (sufrir por sufrir) sino deseo de placer, vida compartida, encuentro enamorado. Jesús no ha querido sufrir sino vivir: compartir pan y palabra, casa y amor, con sus amigos, con todos los humanos. No ha deseado padecer sino gozar con fuerza. Precisamente por amor al gozo más alto, por no quedar cerrado en los pequeños placeres de un mundo donde cada uno tiende a ser a costa de los otros, para abrir a los humanos la utopía de un gozo pleno, se ha entregado Jesús al servicio del reino. Le han matado por eso, pero su deseo de gozo universal, ha triunfado de la muerte, se ha expresado como pascua que empieza en este mundo (Iglesia) y culmina en el futuro de resurrección final, como sabe Mc 10, 28-30.

13. Conclusión

Existe un humano sin Cruz en nuestra tierra, alguien que brota de la autosuficiencia y mentira de aquellos que son (quieren ser) a costa de los otros, de tal forma que puede conquistar todas las cosas, pero al fin acaba siendo un siervo de su propia impotencia y de su muerte, en violencia infinita. Puede cambiar mucho, pero resulta incapaz de cambiarse a sí mismo, de vivir en gratuidad esperanzada, en donación gozosa y encuentro enamorado.

El triunfo externo de esta humanidad sin Cruz se edifica sobre la esclavitud de los pequeños: en las márgenes del mundo siguen expulsados aquellos a quienes ofreció su vida y esperanza el Cristo. Teniendo esto en cuenta concluimos nuestra reflexión con unas breves contraposiciones:

– Frente al legalismo de antigua o nueva escuela, la Cruz abre a la gracia de Dios que se entrega a sí mismo en amor por los humanos. Legalista es quien pretende transformar las cosas por la fuerza, con esquemas de ordenación sacral (Israel) o estrategias de carácter económico y militar (Roma). Evidentemente, el signo de la Cruz no niega los valores de este mundo, sino que los redime: por eso eleva, por encima de todas las leyes, un cielo más alto de amor que se expande por la entrega mutua de la vida. La Cruz es libertad para el amor, que así se vuelve autoridad suprema: poder de la impotencia, donación enriquecedora, muerte que da vida.

– Frente al escapismo de quienes convierten la experiencia religiosa en "opio del pueblo", la Cruz de Jesucristo eleva su protesta poderosa contra toda injusticia de la tierra. No muere Jesús en la Cruz por cobardía ante la historia y sus diversas exigencias (económica, política...), sino porque ha querido encender de un modo intenso el fuego de la vida (del amor que es plena gracia) en esta tierra. Sólo quien afirme la posibilidad y sentido de la nueva tierra podrá entregar su vida por ella. Frente a todas las restantes formas de actuar, que pueden volverse dictadura, la entrega de la cruz nos abre hacia el futuro de la humanidad pascual de un Dios que se hace amor para los humanos.

– Frente al masoquismo que entiende la Cruz como deseo de autodestrucción debemos resaltar la gloria del crucificado: gloria y gracia del amor que triunfa sobre el odio, de la esperanza que vence al miedo. Esta es la gloria de un Dios que funda nuestra vida en su entrega de amor, haciéndose él mismo donación de vida en Cristo. Así lo muestran, por ejemplo, las representaciones proto-románicas donde el crucificado aparece como Señor de gloria. El cristianismo nunca busca la Cruz como final sino como lugar de transformación en el amor.

((Dejo para otra ocasión el estudio más concreto de la Cruz de las víctimas, en la historia actual de los hombres))

Y con esto podemos concluir. Como católicos, hombres universales, valoramos todos los grandes signos religiosos. Valoramos la estrella de Israel y su misterio de esperanza. Saludamos a la media luna del Islam como signo de la ley inexorable e inefable de la vida. Nos fascina el misterio de la esfera, rostro de la eternidad de un Dios de mudo silencio majestuoso y signo de un mundo perfectamente clausurado por la ciencia. También sentimos cerca la hoz y el martillo, como expresión del esfuerzo creador del hombre sobre el mundo. Pero, más allá de todos esos signos, ubicándonos en el corazón de la experiencia de Jesús, hemos descubierto la cruz como señal suprema del misterio en nuestra vida.

Es la cruz un signo donde todas las líneas se entrecruzan. Signo de Dios como amor que se realiza en el encuentro, la entrega y la respuesta; y signo de la historia de los hombres que progresan a través de la creatividad sacrificada de la propia vida y de la entrega de los pobres. Es signo de la plenitud del cosmos, como totalidad abierta hacia los cuatro puntos cardinales; pero sobre todo, es signo de la historia que avanza, lentamente, a través del misterio del fracaso y de la muerte, hacia la irrupción inesperadamente esperada y sorprendentemente nueva de la gloria de Jesús crucificado.

En el centro de todos los caminos que se encuentran, la cruz es signo radical de los cristianos: en ella se refleja el sentido de la vida, de la entrega, del amor y de la gloria de Jesús el Cristo; en ella se refleja el don del Padre que, haciendo que el Hijo sea, le sostiene y le recibe de una forma transformante en el Calvario. Como expresión de amor trinitaria, lugar donde culmina el encuentro Padre-Hijo, la cruz acaba siendo el signo privilegiado del Espíritu. Dentro de la historia de los hombres, la cruz empieza a ser aquel lugar primigenio del amor y de la realización del Dios trinitario que ha querido hacer de su proceso de realización interna lugar donde se centran, se fundamentan y culminan los caminos de la búsqueda, el fracaso y la esperanza de los hombres.