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sábado, 24 de marzo de 2012

Dom 25-3-12 Si el grano de trigo no muere... Morir dando vida


Publicado por El Blog de X. Pikaza

Dom 5 cuaresma Jn 12, 20-33. He escrito repetidas veces sobre la cruz, desde diversas perspectivas y quiero recordar en especial un trabajo que publiqué en la revista Communio (1980) págs. 55-66 (en line en www.apl.name/communio/), retomado después en varios lugares, y en especial en una revista especializada en temas de la pasión y de la cruz de Jesús, Stauros 1999) www.pasionistas.net/documentos/stauros/Stauros%2031.doc

Hoy no plantearía el tema de esa forma, sería más concreto, me fijaría en la experiencia bíblica, con los relatos de la muerte pascual de Jesús y la reflexión inmensa de Pablo en 1 Cor 15, con el pasaje de este domingo (Jn 12). Pero lo que entonces dije me parece valioso y habrá lectores que podrán aprovecharlo.

De un modo significativo, la revista Communio que quería ser entonces (hacia el 1980) un espacio de diálogo (enfrentado, pero no opuesto a Concilium) se escoró más tarde y perdió la amplitud del comienzo… Un día dejaron de llamar sin aviso a algunos de sus miembros fundadores... y tras unos años dejó de publicarse la misma revista. Fue una experiencia perdida triste.

En aquella revista, dirigida por J. M. Laboa publiqué el trabajo que ahora rescato. Sé que anda en que lugares que Communio y Stauros, y que puede encontrarse a través de varios buscadores… Así he podido encontrarlo, pues no tenía copia (o no la encuentro). El lenguaje de aquel tiempo (han pasado 32 años) no es ya el nuestro, pero las ideas de fondo me parecen válidas…

Si el grano de trigo no muere, es decir, si el hombre no regala su vida, no la convierte en don para los otros, termina perdiéndose a sí mismo. Este es el mensaje radical de este quinto domingo de Cuaresma: Morir de vida, no de muerte, morir haciendo que otros vivan, es decir, en efusión de amor.

Si el grano de trigo no muere… Se trata de saber morir, morir dando vida, en un plano individual, familiar, eclesial y social.

La Iglesia ha interpretado muy bien ese texto en un plano místico, de experiencia personal, para sus santos… Teresa de Jesús y Juan de la Cruz han dicho las cosas más hondas sobre el tema: Sólo quien muere dando vida (como el gusanito de seda, como el grano de trigo…) podrá vivir dando vida a los demás, en este mundo que es principio de resurrección.

El tema no es tan claro en el nivel los "poderes" eclesiales (autoridades y jerarquías). Da la impresión de que en ese plano no se aplica "el logos de la Cruz" que valdría en un plano interno (personal), no institucional (en un plano de ministerios jerárquicos).

Algunos piensan que la Iglesia no es (no ha de ser)un “grano de trigo que muere”, sino como un edificio que se alza, se extiende, se impone por su grandeza sobre el mundo (eso de la cruz sería para Jesús y los santos, no para la Iglesia como tal).

Con un poco de humor se podría decir que hay dos evangelios.

-- Un evangelio para los “santos” a los que se aplica esto del “grano de trigo…”, es decir, la doctrina de Jesús en Cesarea de Felipe donde Jesús dice a Pedro y a los Doce que quien quiera seguirle debe aprender a dar la vida (pues sólo quien la pierde la gana...).
-- Y habría otro Evangelio para la Institución Eclesial que no tiene que morir, sino que vivir y triunfar, como si el evangelio de la Cruz no contara para ella…

Pues bien, en contra de eso, Pablo dijo en su día que no hay dos evangelio, sino sólo uno sólo, de manera que este pasaje del grano de trigo que muere ha de aplicarse sólo a los aspirantes a santos, sino también a la Iglesia como institución (que debe aprender a morir, como el grano de trigo…),.

Más aún, este pasaje no se aplica sólo a los cristianos y a la Iglesia, sino que ha de aplicarse también a la vida social y a la misma economía. Sólo quien sabe "morir" dando vida extiende la Vida.

Si el grano de trigo no muere… No, no se trata de hacer que mueran otros y decirles: ¡Pobrecitos, tenéis que morir para tener vida! Se trata de que nosotros demos vida, que aprendamos a morir, es decir, vivir regalando lo que somos, de un modo generoso... pues aquello que no se da se pierde, aquello que no se regala se pudre...

Esto sucede incluso con el dinero. No se trata de guardar con avaricia mil euros o millones de euros... Se trata de aprender a dar, a compartir... En otras palabras, si no sabemos vivir dando vida nos destruimos. Sólo el que pierde la vida la gana..

Éste es el tema de fondo de aquel trabajo de 1980 que ahora reproduzco en dos partes: Hoy la primera, mañana la segunda. Buen fin de semana a todos... con esa imagen de "mi cruz" a la que quiere alzar un helicóptero tras la tormenta.

Si el grano de trigo no muere, el signo de la Cruz

Texto Jn 12, 20 ss

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere,
queda infecundo;
pero si muere, da mucho fruto.
El que se ama a sí mismo se pierde,
y el que se aborrece a sí mismo en este mundo
se guardará para la vida eterna.

Y cuando yo sea elevado sobre la tierra
atraeré a todos hacia mí."
Esto lo decía dando a entender
la muerte de que iba a morir.

La Esfera y la Cruz

En las reflexiones que siguen intentamos fijar los elementos fundamentales del signo cristiano de la cruz. Frente a la esfera de la razón que se absolutiza clausurándose en sí misma, la cruz remite al hombre dislocadamente y creadoramente abierto, al hombre que es capaz de dar la vida por los demás.

Recordemos las palabras que Chesterton ha puesto en boca de Satán:

«La esfera es razonable, la cruz irrazonable;
la esfera es necesaria, la cruz arbitraria.
Sobre todo, la esfera constituye unidad en sí misma;
la cruz está primordialmente y sobre todas las cosas en discordia consigo misma» (La esfera y la cruz, cap. I).

Frente a la lógica cerrrada, la necesidad interna y la plenitud autoclausurada de la esfera, perpetuamente idéntica, nosotros, los cristianos, elevamos la señal abierta y aparentemente contradictoria (creadora) de la cruz. Su irrazonable arbitrariedad se nos transforma en lugar de razón superior, su discordia es principio de reconciliación redentora.

La cruz se ha convertido dentro de la historia de los hombres en el signo de la confrontación e interrogación universal (cfr. 1 Cor. 1, 18 ss.). Frente a ella chocan y en relación con ella cobran su sentido los grandes símbolos religiosos de la humanidad, estrella y luna, fuego y agua, lo mismo que los nuevos emblemas de la ciencia, la revolución o el progreso: esfera y llana, hoz y martillo.

En las reflexiones que siguen, al lado de ese nivel de confrontación más universal y más lejano de las religiones y culturas, queremos desarrollar nuestro pensamiento en relación directa con la «theologia crucis» de la tradición protestante, reflejada en la actualidad por hombres como J. Moltmann (El Dios crucificado) y E. Jüngel (Gott als Geheimnis der Welt, Dios como misterio del mundo).

Debido al tono y finalidad del trabajo, este segundo nivel de confrontación se moverá en el plano de los planteamientos generales. Por eso, no entraré en polémica, no ofreceré comparaciones concretas, no analizaré proposiciones de otros pensadores. Baste con indicar que el hilo de mi reflexión está inspirado en las obras referidas y que, por encima de ellas, pretendo fijar con radicalidad el carácter divino (es decir, humano) del signo de la cruz.

Este último objetivo me sitúa en línea de confrontación interna dentro de la misma tradición católica.

¿Puede hablarse de cruz en términos intradivinos?
¿Quién se atreverá a afirmar que el amor del Padre al Hijo y viceversa puede hallarse enmarcado por los signos de la sangre y de la cruz? Intentaremos responder afirmativamente.

De esta forma, este pequeño trabajo acabará siendo lugar de confrontación intra-católica. Todo eso lo hacemos de manera muy velada, sin imponer criterios, sin marcar soluciones. Simplemente quisiéramos ofrecer una posibilidad de comprensión y de vivencia ampliada de) signo de la cruz, allá donde se juntan los caminos del Dios que se autorrealiza y del hombre que se hace.

1. Cruz e historia de Jesús.

La cruz de los cristianos pertenece al campo de los símbolos primordiales que enmarcan el misterio de la vida, ofreciendo incentivos para amar y sufrir, pensar y esperar. Por eso, su sentido no se muestra con razones, se descubre con la vida; su verdad no se estructura en pensamientos, se traduce en un proceso experiencial que transfigura desde dentro la existencia.

Debemos encuadrar la cruz sobre el campo de los grandes signos religiosos de la humanidad, como la estrella de Israel o la media luna del Islam. Para Israel, la estrella de Jacob-David (cfr. Núm. 24,17) enciende la esperanza de la nueva tierra, simboliza la utopía del hombre que concibe su verdad como camino, anuncia la llegada del culmen de la historia. La media luna de los musulmanes significa de manera inmejorable la vivencia de la condición humana como ritmo fatal de vida y muerte, expresión de un destino necesario.

En estos dos últimos casos, el signo religioso –tomado en sí mismo– se sitúa por encima de los hombres, en nivel de inmensidad cósmica: la estrella anuncia el sol (reino) que viene, la media luna alude al misterio de la insondable voluntad de Dios. Mientras tanto, el hombre permanece como fuera de ese misterio, al margen del Dios que le dirige y encamina. Puede darnos la impresión de que esos signos de carácter cósmico han pasado. Nuestra humanidad es más antropocéntrica. Por eso busca imágenes que sean más humanas, que evoquen mejor el esfuerzo de la cultura, el orden nuevo de la ciencia, el proceso de la maduración psicológica ola utopía de la nueva sociedad ya no clasista. Lógicamente, nuestros contemporáneos se sienten más interpelados por los mitos del surgimiento (Prometen, Edipo) o por los signos del trabajo y de la ciencia (esfera, hoz y martillo). Veamos algo más extensamente estos dos últimos.

1. La esfera ofrece un primer sentido cósmico: alude a la plenitud del sol, como perfección cerrada en si misma, absolutamente idéntica, inmutable. Pero, al mismo tiempo, se refiere, puede referirse, a todo lo que el hombre ha suscitado por la ciencia, ligada internamente a las figuras circulares. Constituyendo una especie de expresión cósmica, como supone la física de Aristóteles, el signo de la esfera alude al mismo tiempo al esfuerzo y ala ciencia creadora.

2. Por su parte, la hoz y el martillo simbolizan el sentido del trabajo en su vertiente de cultivo agrícola y de técnica industrial. Lógicamente, son muchos los que piensan que nuestro mundo, superando la «ingenuidad» de los antiguos símbolos religiosos de carácter cósmico, encuentra su sentido en aquel lugar donde se combinan la hoz-martillo del trabajo revolucionario y la esfera de la ciencia que logra clausurarse sobre si misma en expresión de plenitud definitiva.

3. La cruz. Pues bien, frente al doble simbolismo de la ciencia y del trabajo, superando al mismo tiempo los antiguos signos de la luna y de la estrella, los cristianos confesamos que el misterio definitivo de la realidad se ha expresado por la cruz de Jesucristo. En ella distinguimos tres estratos.

a) Para la ciencia, la cruz ( + ) no es más que un signo de adición, señal de suma.
b) Para el hombre religioso, la cruz simboliza desde la antigüedad el poder del sol que se autoexpande (cruz aspada), o la grandeza de un cosmos que se abre hacia los cuatro puntos cardinales.
c) Para los cristianos, sin perder esos aspectos y especialmente el segundo, la cruz alude directamente a la historia y a la muerte de Jesús como expresión de Dios y campo del misterio. De eso hablaremos a continuación.

La cruz siempre es bifronte. Pensamos habernos centrado en su capacidad de referencia histórica y descubrimos con sorpresa su vertiente cósmica. Fijamos su sentido humano y se nos abre su valor divino. Veamos. La cruz expresa desde antiguo una vivencia cósmica: la experiencia de la totalidad del mundo, significada en el equilibrio de los cuatro puntos cardinales, ilimitadamente abiertos hacia el espacio, la experiencia de los cuatro elementos... Lógicamente, Jung ha destacado la cuaternidad como signo de la perfección absoluta.

Pues bien, sin negar esa experiencia, los cristianos confesamos que la cruz es ante todo el signo de la vida y de la muerte de Jesús, el Cristo, como resumen de una historia que se encuentra recogida por el credo: «Fue crucificado, murió ... ». La cruz es el signo de Jesús, es decir, de una vida entregada a favor de los demás, hasta la muerte. La cruz es el amor creador... No es signo del que quiere morir (masoquismo), sino del que quiere dar y da la vida por los demás... naciendo de su propia entrega, en amor (porque Dios es amor pleno)

En un sentido, la cruz es signo de muerte… Pero antes que ser signo de muerte es signo de una vida que se regale y se entrega, a favor de los demás, como trigo que se siembra en la tierra y da mucho fruto.

La cruz es el regalo supremo de la vida… en un contexto de violencia. Allí donde otros le matan, Jesús regala su vida, de forma generosa, siendo capaz de morir por el Reino, es decir, por el bien de los demás.

a. Las religiones de la naturaleza sitúan la muerte dentro del ritmo de la sacralidad cósmica, en el proceso ininterrumpido de nacimiento y corrupción que determina toda la realidad de los vivientes; estrictamente hablando, la muerte carece por sí misma de sentido, por ser parte de un todo más extenso en que se inscribe: la vida divina se realiza de un modo ininterrumpido a través del proceso del eterno retorno en que todo acaba y todo vuelve a ser lo mismo. Evidentemente, en esa concepción, un signo de muerte como es la cruz no puede convertirse en punto de convergencia donde se anuden todas las dimensiones de la experiencia y de la esperanza de los hombres.

b. De un modo distinto, pero estructuralmente semejante han interpretado la muerte en el Oriente (budismo e hinduismo): liberada del proceso de las reencarnaciones (ciclo del eterno retorno), la verdad del hombre puede abrirse hacia lo eterno. La muerte no es más que el intermedio, el momento en que se realiza la ruptura liberadora. Tampoco aquí el signo violento de la muerte en cruz puede volverse centro de sentido salvador para los hombres.

c. Cuando llegamos a Jesús es diferente. Desde su enraizamiento israelita, Jesús ha superado tanto la solución del eterno retorno, como la búsqueda de una liberación interna en el espacio superior de la inmortalidad. A su entender, la muerte constituye el signo abierto de la vida que, acabándose, se ofrece en manos de alguien que quiera (o pueda) recibirla.

La muerte de Jesús no es ninguna teoría… Es signo y consecuencia de su entrega a favor de los demás. Es una protesta contra los poderes de violencia que dominan el mundo, es un gran “desafío” frente a las instituciones de muerte que rigen la tierra.

La muerte no es no es ninguna teoría, ningún sistema… La muerte en cruz es signo de un amor arriesgado, que protesta contra las condiciones de vida que se imponen en el mundo… La muerte en cruz es la expresión de la violencia de aquellos que matan a los inocentes, que crucifican a los que se oponen a su dominio.

Sólo en ese contexto la cruz de un ajusticiado que muere puede convertirse en signo del misterio. Lógicamente, en la visión del reino que Jesús ha proclamado, dentro de la línea de esperanza israelita y a partir de la conflictividad del mundo, la muerte ofrece dos aspectos correlativos:

a) Por un lado, la muerte en cruz es la expresión del máximo pecado de los hombres, que expulsan a los inocentes, que matan a los justos como Jesús. La Cruz es el pecado supremo de la historia de violencia del mundo, el pecado de los sacerdotes de aquel templo de Jerusalén y de los políticos de Roma… Jesús no muere en la cruz por su pecado, sino por el pecado de lo que rigen este mundo con violencia

b) Por otro lado, la Cruz es la expresión de la victoria de Dios (y de los justos) sobre la violencia de los homicidas y asesinos. En la muerte de Jesús en la cruz se expresa el poder del amor de Dios (de Jesús) que es más fuerte que todos los asesinatos de la historia humana. ,
Teniendo esto en cuenta, y a partir de los datos que nos ofrece el evangelio, pensamos que la muerte en cruz de Jesucristo está condicionada por estos cuatro motivos:

a) Su realidad humana. Ley de vida es para todos los humanos el morir y sólo por la muerte pueden acceder al gran misterio del Dios que les transciende.
b) La oposición político-religiosa de Israel y Roma. Por haberse convertido en pregonero y signo de un mensaje que se opone a los intereses de los poderosos del mundo, Jesús ha sido condenado en juicio público; no ha muerto, le han matado.
c) Su propia opción. La cruz no advino al Cristo desde fuera, como en gesto de' sorpresa. En medio de su propia pequeñez y su impotencia, arrastrado por la tragedia de una vida dolorida, Jesús ha mantenido su opción hasta el final; voluntariamente se ha arriesgado, por su misma conducta le han matado.
d) Finalmente, la cruz es signo de fe y señal de la presencia de Dios. Jesús ha sido el representante radical de la fe, interpretada como entrega de la vida en manos del misterio de Dios Padre. El mismo ha declarado que sólo quien mantiene su confianza en la dureza del fracaso, la persecución y el abandono puede ser en realidad creyente. Pues bien, como el primero de los creyentes, porque se ha puesto en las manos de Dios hasta el final, Jesús ha muerto en el Calvario.

Estos elementos determinan el sentido de la cruz de los cristianos. Signo es la cruz de la flaqueza de una existencia que se quiebra y que sólo en el fracaso de si misma puede abrirse hacia el misterio. La propia muerte es cruz y es insensato quien pretenda salirse de sí mismo por hallarla. Pero siendo cruz la misma vida y muerte de los hombres, lo será de una manera más expresa cuando existen personas que esclavizan, oprimen o destruyen. En momentos de conflictividad especial, la cruz está escondida en la exigencia de respuesta fiel de quien ha optado por la verdad a pesar de las dificultades y persecución que ello supone. Finalmente, lugar de cruz será la misma búsqueda extendida hacia el misterio: Dios pide fidelidad y suele responder con el silencio; exige entrega plena y no se manifiesta. Este es en la cruz el nivel definitivo.

Tales son los planos de la cruz de Jesucristo como centro de la historia de su vida. Ha muerto fiel a la tarea de su vocación mesiánica, ajusticiado sobre dos maderos contrapuestos, en gesto de llamada abierta hacia la altura de un Dios a quien invoca entrañablemente como Padre sin haber escuchado sobre el mundo su respuesta. Si todo hubiera terminado ahí, la historia de Jesús no ofrecería más que un viejo modelo de fidelidad humana, ciertamente interesante pero condenado al olvido inexorable de la historia de los hombres.

Esa historia de la cruz recupera su valor de simbolismo religioso universal (centro donde toda realidad se arraiga, foco del misterio), porque el mismo Dios es quien se ofrece y se realiza en ella. Con esto abrimos un nuevo plano de «dualidad en la cruz»: es revelación plena de Dios, es el sentido de la vida para el hombre.

La cruz es signo de un Dios que en Jesucristo asume la pequeñez del hombre, sufriendo en su carne el dolor, la impotencia, la injusticia y muerte de la historia. Si Dios se mantuviera lejos, sin haber sido alcanzado por la tragedia y conflictividad del mundo, todo permanecería eternamente idéntico. Existirían como dos estratos, regulados por dos grandes señales: la esfera, como autocontemplación inmutable, indicaría el ser de Dios; la cruz, como expresión de búsqueda y de lucha, la existencia de los hombres. En una dualidad de ese tipo, resultaría más emocionante y más valioso ser hombre de cruz que llevar con Dios el orden de la esfera. Pues bien, la novedad del cristianismo consiste en haber descubierto y confesado que la cruz, misterio de un amor que se autoentrega, pertenece en primer lugar a Dios y sólo después puede aplicarse a nuestra historia.

Sólo por ser verdad en Dios la cruz será expresión del hombre, en su múltiple sentido de entrega en el amor, poder en la impotencia y vida abierta. Como en algún momento han señalado los viejos textos cristianos, la cruz del Señor Jesús se extiende desde el cielo hasta la tierra, uniendo en dialéctica de mutua implicación la trinidad de Dios y el hacerse de los hombres. Así lo indicaremos en las reflexiones que siguen.

(seguirá mañana)